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El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o «ca’ uno es ca’ uno»

Proteo, 1, junio de 2026.

Portada

1

Acaso cierto aparato publicitario muy afín al neoconservadurismo o un público muy sediento de "espiritualidad" puedan explicar el éxito de ventas en las librerías colombianas de El hijo del hombre (2026), de Juan Esteban Constaín. Pues una lectura atenta confirma la desproporción entre el fenómeno comercial y semejante boutade literaria. 

La redacción de este libro bien serviría para adornar el retablo de una parroquia triste: cargada de manierismos (iba a decir "barroquismos") que agotan la vista y la paciencia. No hablo del barroco como arte de la complejidad, sino de su caricatura:  el argumento principal devorado por incisos insípidos, la frase subordinada que pide auxilio antes de alcanzar el punto seguido. No hay músculo intelectual. Como botón de muestra, esta perla: 

“Jesús fue crucificado como lo fueron tantos en Roma, y cuando digo Roma digo el mundo entero que ella creó y gobernó, "cuando yo digo Francia digo la luz del mundo", decía un verso de José Umaña Bernal, un gran escritor colombiano, Jesús fue crucificado porque la cruz era el castigo tradicional y expiatorio que buscaba en aquel tiempo el escarmiento, colgar a los criminales para que nadie siguiera su ejemplo ni sus huellas, el ‘ludibrio’, como aún se dice en español con esa palabra latina, la burla, el desprecio, la indignación...” (p. 461). 

 Uno lee esto y no sabe si rezar, llamar a un editor o pedir auxilio a un profesor de sintaxis. De Umaña Bernal –mediano escritor justamente olvidado— Constaín salta, con la misma soltura con que se cambian canales, a citar al torero Guerrita: «Ca’ uno es ca’ uno». Y, sin quererlo, ofrece su mejor autorretrato. Eso es Constaín: un torero de la erudición, siempre dispuesto a hacerle un quite —olé— a toda discusión y a toda profundización. 

Su libro está lleno de pases vistosos y de arena levantada, pero casi nunca de estocadas conceptuales. En la página 467 se le escapa una confesión: “yo no soy ni ChatGPT ni un erudito y teólogo alemán del siglo XVIII o XIX”. Tiene razón en las dos cosas, pero omite la tercera: tampoco es un ensayista capaz de sostener el peso de su propia retórica. ¿Quién es, pues, Constaín?

Si el estilo es el hombre, entonces El hijo del hombre quiere ser ocurrente. En la página 446 Constaín vuelve a su chiste favorito: pelear con la máquina, esta vez a propósito de Thomas Browne, quien ensayó la disposición de los comensales de la Última Cena a partir del cuadro leonardesco. Constaín escribe “davinesco”, se corrige, dice que el adjetivo no existe, busca en Google “para estar seguro” y remata indignado: la “omnisciente y estúpida IA” —que lo tutea, y eso es lo que más le irrita— le sugiere “dantesco”. ¿A quién hace Constaín reír con estos apuntes? La frase no avanza, se atropella, tropieza en la propia ocurrencia. No hay pensamiento, hay obscenidad: el escritor indignado con un chatbot. En un libro que pretende pensar la encarnación, lo único que encarna aquí es la neurosis del autor frente a la máquina que lo corrige.

El mismo vicio reaparece una y otra vez: la frase subordinada e interminable que coarta la profundidad. Por ejemplo, Constaín abre un pie de página larguísimo para contarnos su matrimonio con mariachis en Popayán, sin sacar nada en claro ni en limpio. La anécdota no ilumina la tesis, la tesis no organiza la anécdota. 


El hijo del hombre comienza, como todo lugar común que se respete, con superlativos: “Roma es la ciudad más bella del mundo...”; sigue en la página 128 explicando lo mismo —“se empezó a volver la más grande y más bella de todos los tiempos”— y se desliza, por pura inercia, hacia divagaciones sobre escritores colombianos (Guillermo Valencia, Julio Flórez, García Márquez), Roma, Popayán, el credo, la misa, el torero. “Ca’ uno es ca’ uno”. 


Cuando Constaín intenta ponerse solemne, la frase se le hunde en azúcar. En el tercer capítulo, “Llevan siempre lágrimas las cosas” (“sunt lacrimae rerum”, verso de la Eneida), Constaín se extiende para contarnos que Eneas y Acates contemplan en un muro las pinturas de la guerra de Troya: “cada objeto de este mundo arrastra consigo su memoria y su dolor” (p. 163). Hasta ahí, manual de bachiller con Google a la mano. Páginas antes, en la 159, hablando del episodio de Dido y Eneas, compara la fundación de Roma con la de Macondo y cita el comienzo de Cien años de soledad. ¿Para qué? ¿A quién quiere sorprender con este truco de taller de escritura creativa? La analogía no trabaja ni la cita queda bonita. Su Roma es un crucigrama: Virgilio, García Márquez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Umaña Bernal, el torero Guerrita, todos revueltos en el mismo caldo –sancocho, dicen en Colombia– afectivo.



Cuando por fin enuncia una tesis, esta se disuelve en vaguedad viril: “Roma siempre ha sido un proyecto territorial y defensivo; los valores de su cultura estaban anclados en esa idea militar y viril de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir exactamente Constaín con El Hijo del Hombre? ¿Por qué no El Hijo de mujer? ¿Nace el cristianismo de una virtud viril que expulsa lo femenino del centro de la historia? Constaín, supongo, conoce a Robert Graves (el de Yo, Claudio y La diosa blanca), ese sí un pagano auténtico: un poeta que tomó en serio los cultos antiguos, la imaginería de las diosas y la lógica arcaica del mito como si siguieran teniendo razón contra la teología monoteísta y varonil. Autor de la novela Rey Jesús (1946), Graves confirma en ella que el crucificado desplaza el culto de la triple diosa lunar y expulsa a las sacerdotisas del templo. (Un paréntesis largo: Robert Graves quedó sorprendido cuando en Ibiza, ya ciego, le presentaron al escritor Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Cómo no iba a sorprenderse? Un colombiano que se llame Plinio Apuleyo… Anécdotas de ese tipo le encantan al costumbrismo bogotano que Constaín practica afincado en la larga tradición de Las tres tazas (1863) de José María Vergara y Vergara). 

El problema femenino (ya no digamos feminista) no está en la agenda de Constaín. Aunque él es muy virtuoso –de virtus, varón– coquetea con la teología, pero no la penetra. En algún momento, como relleno, cita entero el credo católico, como párroco en misa, sin trabajarlo como teólogo. Ni siquiera alcanza la altura mística de un mal manual de espiritualidad. 

En el cuarto capítulo, “Una sola sombra larga” (verso tomado del Nocturno de Silva), Constaín reconoce que su libro ha caído en la madriguera del conejo y que no ha salido nunca de ahí (p. 202). No hace falta que lo confiese: se nota con creces. Hasta la página 230, después de tanta pompa y procesión, se pregunta por los judíos. ¿Y los judíos? De pronto cita a Flavio Josefo, recuerda que Pompeyo conquista Jerusalén en el 63 “antes de Cristo”, derrota a Mitrídates y decreta, solemnísimo, que Jesús, el Hijo del Hombre, “nace en Roma”. De ahí pasa a “Yo soy César” para contarnos el romance de Cleopatra y Julio César, y por fin aterriza en el capítulo “El hijo del hombre”. El rodeo no ilumina: distrae. Uno sale con la impresión de que Roma es el centro del mundo porque Constaín necesita un escenario imperial para su ego.


2



En uno de sus momentos de lucidez involuntaria, apela a Gómez Dávila: cita el escolio de marras —“Dios se encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”— para darle densidad a su argumento. Llegados a este punto, conviene deslindar a Constaín de Gómez Dávila.  

La sintaxis de Gómez Dávila es anti‑barroca: desgrana, limpia, suprime adornos; sus frases reconfortan menos por lo que dicen que por cómo están dichas. La sintaxis de Constaín, en cambio, no aligera: recarga. No afila: engorda la frase. Los escolios de «Colacho» condensan miles de lecturas, pero no son dogmas compactos; obligan a pensar sus consecuencias, a preguntarse, por ejemplo, si entonces el hombre sin Cristo no es importante. Ese es el punto: el escolio no cierra, abre. Constaín hace lo contrario: clausura la discusión con un olé: “Ca’ uno es ca’ uno”.

 Cuando escribe en la página 469 que "uno puede negar la existencia de Dios o incluso la de Jesucristo como personaje histórico, pero no puede negar, en ningún momento, el poder de esa ficción", Constaín no está desplegando una intuición gomez‑daviliana; está pronunciando un lugar común de tertulia: Dios como “gran relato” útil. Se podría discutir, claro, desde la etimología de fictio —aquellas fictiones del derecho romano—, pero ni siquiera llega a eso: usa “ficción” como quien usa “mito” o “historia bonita” y cree que así ha dicho algo grave.


Ahí se ve la diferencia de oficio. En Gómez Dávila, cada palabra está elegida con rencor contra el lugar común; en Constaín, el lugar común se disfraza de cita culta. Uno comprime una biblioteca en dos líneas sin exhibirla; el otro exhibe la biblioteca sin lograr una sola línea memorable. Por eso, más que heredero de los escolios, Constaín parece un devoto de la boutade: siempre dispuesto a lanzar una ocurrencia, nunca dispuesto a soportar las consecuencias conceptuales de lo que dice.

«No escucho tu prédica, sino tu voz» (Gómez Dávila). ¿A quién le habla esa voz —no la prédica, la voz—? ¿A un pequeño auditorio imaginario de amiguetes satisfechos: los de siempre, los del colegio bueno, los del club, los de la mesa de al lado en la feria del libro? La verdadera prueba de un escritor no es a quién cita, sino a quién incomoda. Y ahí, Constaín se queda corto: cita a Gómez Dávila, pero nunca incomoda como él. 

3


Por quedarnos en la tradición (parroquia) colombiana, hay un abismo entre el libro de Constaín y otro sobre el mismo tema (hablamos del origen del cristianismo, ¿no?) pero mucho más exitoso y simpático y escrito con muchísima más gracia. Hablo del de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia (2007).  Vallejo leyó, fichó, persiguió durante años el expediente criminal del cristianismo, incomodando a creyentes, agnósticos, curas y devotos de la alta cultura por igual; Constaín incomoda, con suerte, al corrector de estilo.

Podría parecer injusto traer aquí una correspondencia privada, pero es precisamente en ese intercambio donde se ve la diferencia de temple. Cuando, en 2007, publiqué una crítica atolondrada de La puta de Babilonia, Vallejo me contestó con la violencia que su libro exigía: me reprochó haberlo comparado con “una vieja loca”, me acusó de mezquindad, de colombianada, de no haberlo leído como se debe. Y tenía razón. Mi respuesta no fue defender al cristianismo como “empresa civilizadora”, sino volver al texto de Vallejo y admitir algo incómodo: en sociedades católicas y contrarreformistas como las nuestras, la lectura de la Biblia ha sido históricamente escasa, vigilada, casi siempre mediada por sermones y no por filología. La puta de Babilonia lo muestra con saña: mientras el protestantismo multiplicó traducciones y exégesis, buena parte del mundo hispánico vivió de espaldas a los originales, sin griego, sin hebreo, sin arameo, con malas ediciones en español cuando las había. La verdadera herejía de Vallejo no es solo lo que dice contra la Iglesia, sino desde dónde lo dice: desde una filología agresiva que le pasa la Biblia por la picadora de citas, algo que en El hijo del hombre simplemente no existe.

A Vallejo se le puede acusar de exceso, de monotema, de hereje obsesivo. A Constaín, ni siquiera de piadoso. Donde Vallejo arma un alegato con rigor documental —trescientas páginas sin capítulos, una sola respiración envenenada contra la Iglesia—, Constaín ofrece turismo cultural con incienso: Roma “ciudad más bella del mundo”, credo recitado sin análisis, judíos que entran tarde al escenario, Gómez Dávila citado como ornamento y no como desafío. El contraste no es de ideología, es de seriedad intelectual. En términos nietzscheanos: uno escribe con sangre; el otro, con agua bendita edulcorada.

Para terminar, digamos que Constaín –siguiendo el epígrafe gómez-daviliano de su libro– sea un pagano que cree en Cristo. Un "pagano" virgiliano. Nada nuevo. Miguel Antonio Caro también lo era e insistía en que un par de églogas de Virgilio anunciaban el cristianismo. En la bella disputa entre Homero y Virgilio, Nietzsche (el Anticristiano por antonomasia) se inclina por Homero, por Grecia, por la música, por el alfabeto, por la matemática, Dionisios, Apolo, Platón, Aristóteles... 

***

Juan Esteban Constaín (o su editorial) agendó la presentación de El hijo del hombre en la Feria del Libro de Xalapa (mayo, 2026). Él nunca llegó. Esta reseña es, en parte, lo que iba a decirle en la mesa y ha quedado De sobremesa, costumbre muy bogotana desde José Asunción Silva, el de una sola sombra larga... 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o "ca' uno es ca' uno"», Proteo, 1 (1)

Primer editorial, Mundial barroco y teatro electoral colombiano

Proteo, n.° 1, junio de 2026.

Yolanda Pineda, 1977


Proteo renovado


Proteo no aparece: irrumpe, interrumpe,  intercepta. Pasa de blog (nació en 2009 como homenaje de los cien años de Motivos de Proteo [1909] de Rodó) a revista mensual unipersonal (¿estilo Monterrey de  Reyes, es decir, revista unipersonal?). Sí, pero cuidado. Las revistas unipersonales no son mera vanidad cuando exigen abandonar la comodidad de las redes sociales —ese coro sin riesgo—. Pensar es pensar quién manda (Nietzsche), pues  todo pensamiento es político. 

Toda escritura es un combate implícito o explícito contra algo o alguien. Toda prosa digna de ese nombre reconoce su adversario, aunque no lo nombre. El nuestro no es un individuo concreto, sino esas gentes mezquinas y vanidosas que Max Weber diagnosticó con precisión en la clausura de La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905):  «especialistas sin espíritu y hedonistas sin corazón» (en alemán: «Fachmenschen ohne Geist, Genußmenschen ohne Herz»). 

Aquí no tememos que nos “roben las ideas” –miedo rústico y cerril del ladrón que juzga por su condición. Para nosotros,  el pensamiento es como el oleaje de un mar abierto. 

Llamarnos Proteo es una advertencia. La inteligencia está obligada a no dejarse apagar aun cuando la mezquindad usurpe su fuego. Toda inteligencia está obligada a fundar su propio espacio, a pasar revista a sus tropas—ideas y prepararlas para el ataque y la defensa. 


Mundial barroco en el Gran México


“...cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas...”, dice el ácido narrador de La virgen de los sicarios (1994). La época de la imagen del mundo (Heidegger) se postra ante la pantalla y la obediencia visual del fútbol. 

En la Ciudad de México, la urbe con más tráfico del mundo, el espectador llegará deshidratado al Estado Azteca, si es que antes no queda atrapado en la calzada de Tlalpan. Bajo el inclemente sol de junio, el espectador mundialista (consumidor globalista) quedará atrapado en el barroco mexicano. Pues no existe Norteamérica. A lo mucho existe  Áridoamerica o Angloamérica. Como realidad geopolítica, México  es un país levantisco. Todo lo que se eleva en sus altiplanos se vuelve volcán 🌋. Aquí toda pedagogía roza la insurrección. 

Conviene distinguir la distancia entre instruir (paideia) y formar (Bildung). La primera viene de la esclavitud (el pedagogo era el esclavo que acompañaba al niño). La segunda, aunque viene de la Ilustración y particularmente del Aufklärung alemán, no es menos libertaria. La Bildung (traducida generalmente como formación) es en realidad obediencia visual (Bild es imagen, cuadro). Y nada produce mayor obediencia visual que las pantallas, que la transmisión de un partido de fútbol. Le ahorra al Estado mil gendarmes, mil pedagogos. De ahí la pelea entre texto-imagen, entre libro-pantalla. De ahí que los maestros de la CNTE estén a punto de tomarse el Zócalo, por lo demás ya invadido por pantallas gigantes. Es la Contrarreforma permanente pero invertida.


Elecciones presidenciales en Colombia 


Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977). 

Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento. 

Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía. 

Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.




Liturgias del Canal: en busca de Francisco "Pacho" Valencia en Panamá (1936)

Proteo 1 (junio, 2026)

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No fui a Ciudad de Panamá como turista disciplinado, armado de lista TripAdvisor y bloqueador solar, sino como un profesor con un asunto pendiente en el registro civil de los muertos: quería encontrar a mi tío bisabuelo, Francisco “Pacho” Valencia, poeta pagano, primer cónsul de Colombia en Panamá y agente postal privado, enterrado allí desde 1936. 

En la maleta llevaba menos ropa de la necesaria y más papeles de la conveniente: fotocopias amarillentas, un prólogo de Rafael Maya, notas sueltas sobre la Gruta Simbólica, el poemario  Liturgias de la tierra (no el original publicado en 1904, sino una pésima edición de la Universidad de Pamplona del año 2000).
Lo que sabía de él antes del viaje era casi un guion oral de sobremesa: nacido en Pamplona, Colombia,  en 1878, hermano de militares y políticos, criado entre la niebla fría de la ciudad y el sol templado de la Hacienda San José, entre cafetales, cañaverales, patios, trapiches, eucaliptos y ceibas centenarias.
De niño me contaron que en la Hacienda San José, ganada como merced de guerra por un antepasado de lanza patriota, Pacho aprendió dos religiones incompatibles: el catecismo católico de los corredores oscuros y el paganismo del paisaje, un paganismo de ceibas pensadoras, cañones impenetrables y montañas góticas. Detrás del trapiche arruinado, como un desfiladero deslumbrante, aún se vislumbra en lo hondo del cañón la quebrada Iscalá. 


La ceiba centenaria

Al borde del cañón


En Bogotá, durante su juventud, Pacho se declaró abiertamente pagano con una desenvoltura que habría escandalizado a los párrocos de Pamplona. Pues, en sus poemas, Deméter aparece entre cosechas de café, Cronos se aburre en un trópico sin estaciones, y Eros se pasea sin pudor por las tierras templadas de Chinácota.
No citaba a los dioses para adornar la frase, como tantos modernistas de manual. Entendía que el Olimpo mismo es ya una forma de pensar, una “materia mental” anterior a la palabra cristianizada. La única función de la mitología es, en realidad, dar cuenta de un hecho lingüístico. 
El viaje a Panamá empezó en Google Books, una madrugada de insomnio.
Tecleé “Francisco Pacho Valencia” y apareció, como un guiño, un libro titulado Mi Panamá de ayer, con una breve mención al agente postal privado de Colombia en la ciudad: un tal Valencia que recibía a los connacionales en una oficina de la Avenida A, casa 30, y resolvía sus problemas de cartas, giros y nostalgias.
“Agente Postal Privado de Colombia en Panamá y cónsul general”. En ese relato institucional, Pacho apenas figura –si figura– como una nota lateral: un hombre que visaba documentos, certificaba firmas y enviaba telegramas a Bogotá mientras el país inauguraba, en 1936, la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo.


Probablemente, Pacho llegó a Panamá en 1929, mientras la Bolsa de Nueva York se desplomaba. El mundo estaba ad-portas de penetrar en la Segunda Guerra. Como cónsul general de Colombia en Ciudad de Panamá —poeta pagano, experto en mitología griega y en formularios consulares— Pacho empezó a fantasear con un motín imposible. 

No pensó en ajustar tratados o en enviar notas de protesta al Departamento de Estado en Washington. Sino en algo más radical: invertir el signo del istmo, devolver el Canal al país amputado y liberar a Colombia del colonialismo angloamericano y de sus recintos sombríos, esos grim enclosures donde la ingeniería y la sanidad militar, de la mano de Gorgas y compañía, habían domesticado la malaria para mayor gloria de Wall Street. 

Desde su despacho de agente postal privado, entre cartas y telegramas cifrados, Francisco “Pacho” Valencia —nietzscheano, horaciano, sensualista— imaginó una revolución tan improbable como poética: que un país crónicamente ensimismado en guerras civiles encontrara, por fin, el coraje de reclamar el trozo de tierra que lo unía al mundo, no ya en nombre de Dios o de la patria, sino en nombre de Afrodita, Eros y de la dignidad pagana de los despojados. 

 Pacho no fue un mero funcionario. Celebrado a principios de siglo por cantar las vendimias del trópico en verso alejandrino, tres décadas después, en 1930, frente a una bahía caliente, no se puso a redactar notas consulares sobre “la situación de los nacionales en la zona del Canal”. No. Brindaba, en secreto por Afrodita, Deméter, Eros y por Marte, el dios de la guerra, cuyo fulgor se intensificaba por esos días. 

Decidió ser un poeta soltero y sin hijos. "Imagínese si mis hijos me pidieran algo y yo no pudiera dárselos”, dijo alguna vez. Era un mito familiar. Pero Pacho  depositó su semilla en poemas. El verbo hecho carne.
Lo fascinante de seguirle la pista en 2026 es que Panamá acaso siga siendo el mismo puerto amputado que conoció él. El drama de la mutilación persiste como eco.
Desde el piso 28 de un hotel moderno, con ascensor veloz y barra de cocteles de diseño, el istmo se ve como un catálogo de rascacielos de vidrio. Pero, debajo de ese skyline neoliberal, laten los barrios donde aún se cruzan colombianos, panameños y antillanos en cantinas sombrías.
Caminar por el Casco Antiguo con la biografía de Pacho en la cabeza produce una especie de doble exposición: uno ve balcones de hierro, faroles marchitos, pero también imagina al tío bisabuelo trepando a la azotea de un hotel de cuatro pisos que entonces llamaban “rascacielos”, mirando un archipiélago de luces amarillas donde nosotros vemos ahora un corredor financiero.
En ese juego de superposiciones, las fechas se vuelven porosas.

1936: López Pumarejo reforma la Constitución y anuncia un país moderno, mientras Pacho muere en Panamá, probablemente sin sentir que la Revolución en marcha haya llegado hasta su escritorio de cónsul postal.

2026: yo desciendo por el mismo istmo, no como diplomático, sino como profesor universitario en México. 

No encontré, por supuesto, una placa con su nombre en letras doradas. La ciudad no lo recuerda con busto ni estatua; su rastro sobrevive en las hemerotecas, en una entrevista perdida de 1928 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en el rumor familiar de que “murió cónsul en Panamá”, como si el cargo bastara para explicar el destino.
Lo que sí encontré fue algo más discreto: la certeza de que su paganismo –esa mezcla de Eros y Minerva, de sensualidad creadora y soledad fértil– sigue operando, silenciosamente, en mi propia manera de mirar el istmo.
Leyendo sus poemas, uno entiende que la palabra “pagano” dejó de ser insulto católico para convertirse en título de honor.
En una época en que media Colombia se desgarraba en guerras civiles, Pacho eligió otra forma de combate. Acaso vio a sus parientes hundirse en el río Peralonso, cuyas aguas se tiñeron de rojo durante diez días, entre el 5 y el 16 de diciembre de 1899. 

Con la lucidez que otorga la derrota (en la Batalla de Peralonso ganaron los liberales, los enemigos de su familia), Pacho se marchó a Bogotá. Amistó con Julio Flórez y los poetas de la Gruta Simbólica a recitar a Hugo grande y a Verlaine antiguo, a Baudelaire y a los simbolistas franceses y a Darío y a Silva y a Lugones, a leer a Nietzsche y a Schopenhauer, a componer sonetos donde la verdadera batalla fuera entre Calvario y tálamo nupcial.
Tal vez por eso me interesa tanto pensar su muerte en Panamá: porque condensa, en una escena, el destino de un país y de una familia.


Colombia renunció al istmo como quien cede un miembro bajo presión imperial. Pero Pacho, aunque renunció voluntariamente a casarse y tener hijos, se negó a semejante amputación geográfica. 

Aunque supuestamente el gobierno de Estados Unidos le entregó en 1999 el Canal a Panamá, persiste el enclave colonial. Basta recorrer hoy la antigua Zona del Canal, visitar el Museo y escuchar la voz grave de Morgan Freeman –que todo lo vuelve épica pedagógica– para notar que, en el relato oficial, los héroes siguen siendo ingenieros y coroneles sanitarios estadounidenses. El documental de Hollywood ignora al Dr. Carlos Juan Finlay (1833-1915), el médico cubano que teorizó sobre la transmisión de la fiebre amarilla (el mosquito) y patentó la primera vacuna. 


Tío bisabuelo mío, Pacho Valencia, descansa. No te hará falta el casco de corcho ni la quinina para digerir este siglo. Ahí tienes a Kipling, todavía redactando el inventario de nuestras carencias con la métrica exacta de un oficial de aduanas del Imperio británico. Él, en la India, decía que la gente del trópico éramos "mitad demonios y mitad niños" (half child half devils). ¡Qué carga tan pesada la del hombre blanco!, se quejaba Kipling. Tener que cargar con todo el oro, con todas las esclusas y con todos nuestros muertos sobre sus hombros cansados de tanto decretar el progreso.

Oye al black man Morgan Freeman. Qué voz tan profunda, tan aséptica, tan de "padre de la nación" narrando el despojo con la cadencia de quien lee un salmo. Es el sonido de la hegemonía: una voz de terciopelo que convierte la cicatriz de Panamá en un accidente geográfico superado.

Pero nosotros sabemos, Pacho, que más allá de la muerte no hay carga. Solo queda el polvo que no se rinde y la ironía. Mientras Kipling y sus hermanos angloamericanos celebran su "burden" en pantallas de alta definición, tú ya eres parte del istmo, de la etimología de la tierra que nunca pudo ser domesticada por un poema de Kipling ni por un contrato de la Zona.

El imperio tiene la voz de Dios; nosotros tenemos el silencio de la Verdad.




"MOTIVOS DE PROTEO", DE RODÓ

Blog Motivos de Proteo, año 0 (2009)





A modo de Editorial 

Lees por azar un libro que te hace quedar meditabundo; vuelves a confundirte en el bullicio de las gentes y las cosas; olvidas la impresión que el libro te causó; pero, andando el tiempo, llegas  a averiguar que aquella lectura, sin tú removerla, ha labrado de tal modo dentro de ti, que toda tu vida espiritual se ha impregnado de ella y se ha modificado según ella.

Esa lectura –ese libro– es MOTIVOS DE PROTEO, del ensayista uruguayo José Enrique Rodó. A 100 años de su primera edición (1909) abrimos este blog en aras de resucitar semejante ensayo, transcribir apartes, parafrasearlo, comentarlo, mantenerlo presente siempre. Por dicha, todo el libro ya se puede gozar online.


Motivos de Proteo sirve muchísimo para la vida, para esa educación sentimental de la que habla Flaubert. Con Motivos de Proteo se aprende que, ante todo, debemos ser fieles a nuestros cambios y transformaciones. La prosa ondulante de Rodó se parece a esa oratoria heterodoxa de los antiguos, o mejor, a las olas del mar. Es un clásico. Útil a la vida. Acaso inservible para la educación ortodoxa porque no infla, sino que nutre.

Así pues, este es un blog de muchos motivos inspirado en Proteo: un mito griego del mar, numen del mar, cuyas opiniones multiformes lo hacen también una deidad del pensamiento crítico, de la verdad nunca fijada. Pues los blogs, los cuadernos, las revistas personales –más, mucho más que las redes sociales– facilitan la fluidez del pensamiento culto y libre.



MOTIVOS DE PROTEO -fragmentos-



Por José Enrique Rodó


"Reformarse es vivir... (...)


Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes.

¿Desde qué día preciso dejaste de creer? ¿En qué preciso día nació el amor que te inflama?

Pocas veces hay respuesta para tales preguntas. Y es que cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no deje en tu sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe una leve copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te crean... Muertes cuya suma es la muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida.

Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones; en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más misteriosa y trascendente de todas...

Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran sobre un objeto constantemente renovado"