La lucha entre los dos dioses griegos Dionisio y Apolo podría extrapolarse a la lucha entre la imagen y el texto, es decir, entre lo plástico o figurativo contra lo abstracto e ideologizado (cf. Nietzsche, El origen de la tragedia, 9, I, 55).
Los críticos de arte, al buscar explicar la pintura a través de concepciones abstractas, de algún modo han empobrecido y omitido buena parte de la riqueza del lenguaje pictórico. Esto se puede comprender mejor si se admite la riqueza pictórica redescubierta por el crítico Leo Steinberg (1983), Sexuality of Christ in Renaissance Art and in Modern Oblivion (La sexualidad de Cristo en el arte del Renacimiento y en el olvido moderno). Pues, al llenarse de concepciones abstractas, la crítica de arte se ha vuelto mucho más moralista y prejuiciosa. Contrario a lo que se piensa, la llamada «cultura visual» ya no sabe ver realmente. Hace falta restablecer la autoridad de la experiencia visual cotidiana.
Entre los siglos 14 y 16, la presentación ostensiva –figurativa– de los genitales de Cristo nunca se ocultó. Ni cuando se representaba de niño ni cuando se representaba de adulto en la cruz. El cristianismo fue una de las religiones más figurativas en el afán por no diluirse en mera abstracción.
"La historia del dogma es ante todo el relato de los esfuerzos de la Iglesia para que la doctrina no se evapore en metafísica. Ni en Nicea, ni en Calcedonia expone la Iglesia teorías: circunscribe un misterio (Gómez Dávila, Sucesivos escolios a un texto implícito, 54g).
Ahora bien, la emancipación del discurso visual, ¿está fuera del alcance de las palabras? No. La emancipación del discurso visual no está fuera del alcance de las palabras. En la historia de las imágenes occidentales, muchas, si no la mayoría de ellas, han nacido del lenguaje –de la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) y de Homero y la mitología griega. De modo que la imagen ha nacido y vivirá y morirá relacionada con las palabras y la textualidad.
Es en esta tensión irresuelta donde reside la potencia del arte occidental. Si la Iglesia blindó su dogma impidiendo que el Verbo se evaporara en abstracción platónica, la pintura renacentista hizo lo propio al recordar que el misterio exige la inmanencia de la carne. La imagen no es el calco sumiso del texto, sino su encarnación trágica: el espacio donde la palabra se vuelve visible, corporal y, por tanto, expuesta a la herida del tiempo. Desmantelar el olvido moderno y aprender a mirar de nuevo la soberanía de esa carne —fuera de las anteojeras de la censura contemporánea o de la asepsia digital— es el primer paso para devolverle a nuestra experiencia cotidiana su verdadera fuerza estética y su dignidad intelectual.
–––––––––––––––––––––––––––



No hay comentarios:
Publicar un comentario