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Alta traición: Santa Anna y la geopolítica de Veracruz

Sebastián Pineda Buitrago, "Alta traición y la geopolítica de Veracruz", Proteo 0 (mayo, 2026)




“Alta traición”, el célebre poema de José Emilio Pacheco publicado hacia 1969, parece aludir a Antonio López de Santa Anna (1794–1876). 

El poema confiesa no amar a la patria, cuyo fulgor abstracto es inasible, salvo “cierta gente, / puertos, bosques de pinos, fortalezas”. Una edición crítica podría glosar al margen: el puerto de Veracruz, los bosques de pinos bajando del altiplano hacia Xalapa, la Fortaleza de San Carlos de Perote y la fortaleza de San Juan de Ulúa en el puerto. Al repetir “varias figuras de su historia”, ¿acaso no pensaba Pacheco en Santa Anna: el memorable caudillo mexicano, el hombre que hizo enterrar con pompa fúnebre su pierna cercenada durante la Guerra de los Pasteles de 1838; el dueño absoluto del paso estratégico entre Veracruz y la Ciudad de México?


Bajo la sombra del fugaz Imperio de Iturbide –que en 1821 pretendió restaurar las ruinas monárquicas del virreinato de la Nueva España desde California hasta Costa Rica–, Santa Anna se hace espadachín y pistolero. Aprende las mañas del poder. Se mueve con precisión felina entre la lealtad y la traición. Entonces comprende su posición providencial: el puerto de Veracruz es la fosa nasal de la República, el único conducto por donde la nación inhala el aire del mundo, el único ojo por donde capta el confuso rayo de civilización europea. 


En 1838, la primera invasión francesa a México, mal llamada Guerra de los Pasteles, sitúa a Veracruz en el epicentro del mare nostrum americano. Bajo el pretexto de unas reclamaciones comerciales, la escuadra de Luis Felipe –el "rey burgués" del Enrichissez-vous– exige indemnizaciones para apuntalar su neocolonialismo en el Caribe. 

El 5 de diciembre de 1838, durante el bombardeo a Veracruz, un cañonazo de metralla destroza la pierna izquierda de Santa Anna. Tal amputación lo es también de la soberanía marítima de México.  Las potencias europeas (España es todavía dueña de Cuba, Francia no termina de soltar Haití ni Martinica ni la Guyana, mientras Holanda agarra varias islas aledañas a Venezuela, e Inglaterra asfixia a Jamaica, a Belice y a las Honduras británicas) se reparten los peajes náuticos del Golfo, la salida de México al mundo. Todavía en 1927, cuando el imperialismo era ya el de Estados Unidos, Alfonso Reyes sintetizó semejante sensación colonialista en el poema "Golfo de México":

"La vecindad del mar queda abolida:
Basta saber que nos guardan las espaldas,
Que hay una ventana inmensa y verde
Por donde echarse a nado."

 No es de extrañar que hasta el siglo XX el país careciera de escuelas navales (los marinos mexicanos iban a educarse a España) y que hasta hace poco buena parte de la población ignorara el sabor del pescado y de los mariscos.

Pero volvamos a Santa Anna. 

A fuerza de asfixiar militar y fiscalmente al puerto de Veracruz y de controlar con bandoleros y policías (lo mismo da) el Camino Real, esa arteria vital que trepa desde las orillas salitrosas del Golfo hacia la Ciudad de México, Santa Anna ocupó la presidencia de México en once ocasiones entre 1833 y 1855, en mandatos breves y discontinuos que se sostuvieron por acumulación y desidia  institucional. Ante la falta de alternativas, entre camarillas enfrentadas y adversarios resignados, el sistema terminaba llamándolo una y otra vez. El tenía un pie en el viejo virreinato de la Nueva España y otra en la república precaria levantada sobre el sustrato milenario de civilizaciones indígenas, ruinas de pirámides y dioses sangrientos: el nuevo orden no terminaba de nacer ni el antiguo acababa de morir.

A partir de 1844, Santa Anna convierte la Hacienda El Lencero, a las afueras de Xalapa, en la mayor caseta de cobro de la República: un control biopolítico, un embudo estratégico situado entre el bochorno de las tierras bajas y la neblina de las altas.

En una nación históricamente talasofóbica, replegada durante milenios en el altiplano central, Santa Anna aparece como una anomalía: quizás sea el único político-marino de siglo XIX mexicano familiarizado con goletas y corbetas y corrientes marinas y cartas náuticas del Golfo. Él encarna el verbo griego kibernâo –pilotear un navío–, de donde se desprende el verbo latino gubernare: el gobernante-piloto que domina el timón en plena tempestad, aun cuando no sepa a dónde se dirige y aun cuando encalle su barco en arrecifes coralinos o lo estampe y lo haga añicos contra acantilados de la costa. 

Lo cierto es que Santa Anna es también el político mexicano con más proyección al Caribe insular y continental. Tras su caída definitiva en 1855, al triunfar el Plan de Ayutla, Santa Anna desaparece del mapa mexicano y reaparece en Turbaco, Colombia, cerca de Cartagena de Indias, donde ya había pasado una primera temporada entre 1850 y 1853. Decir que llegó a Turbaco es decir que llegó a Macondo: un aldea remota donde el villano nacional se recuerda como benefactor de caminos, iglesia y cementerio, y donde incluso concede entrevista a un corresponsal del New York Herald antes de irse en 1858, cuando teme que la irrupción del general Mosquera y los liberales colombianos lo convierta en moneda de cambio para sus enemigos, los liberales mexicanos (cf. Ana Rosa Suárez Argüello). Luego Santa Anna salta de isla en isla:  de Saint Thomas pasa a La Habana y  a otros puertos del Caribe, hasta que en 1874, ya casi ciego e inofensivo, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada (el de la famosa frase «entre la fuerza y la debilidad: el desierto») lo amnistía y le permite regresar a morir discretamente en la Ciudad de México.

Como lugarteniente del norte, primero en Texas y luego en la franja de Tamaulipas y Coahuila, Santa Anna sintió la expansión de los yanquis hacia el oeste. En 1836 se enfrenta al general Sam Houston (¿otro Uncle Sam, otro U. S. otro Unconditional Surrender?) en San Jacinto, donde es derrotado y hecho prisionero. El general Houston lo obliga a reconocer la independencia de Tejas o Texas en condiciones humillantes. Más tarde, el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 consagra la cesión de California. México pierde más de la mitad de su territorio. 

En el duelo entre Santa Anna y el general Houston, acaso Pacheco identificaría el viejo antagonismo entre la Romania y la Germania: entre los latinos "decadentes" y los anglosajones espabilados y violentos. Hegel, cuya Filosofía de la historia se publicó póstumamente en 1837, diría que Santa Anna aparece subsumido por el paso de la Weltseele, el Espíritu del Mundo encarnado en la expansión de los yanquis de "ojos azules y alma bárbara" (Darío). 

Santa Anna es el retrato de un sujeto histórico que no alcanza a comprender la racionalidad instrumental que lo arrasa: the Last Frontier, el Manifest destiny, el ferrocarril uniendo dos océanos, atravesando el Misisipi y las llanuras de Texas, donde el viejo Imperio español no erigió sino ermitas y ningún puesto de avanzada. Pero incluso si aceptáramos esa dialéctica violenta de la filosofía de la historia hegeliana o marxista nada garantizaría la anulación de Santa Anna en la "astucia de la razón". 

Santa Anna no desaparece en el manual de civismo. Persiste como una de esas “figuras de su historia” del poema de Pacheco que incomodan la patria abstracta de los discursos y vuelven legible la alta traición de la geografía.

 


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Geopoética de Puebla: el Popocatépetl


Sebastián Pineda Buitrago, "Geopoética de Puebla: el Popocatépetl", Proteo 0 (abril, 2026)
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Subiendo desde el Golfo de México al altiplano, cruzando el desierto entre Veracruz y Puebla, los yucas y los izotes levantan sus siluetas espinosas. Hay suelo pardo y pedregoso, casi sin pasto, apenas algunas matas secas aferradas a las lomas de lava antigua: matorrales bajos, nopales dispersos, agaves, todo adaptado al frío nocturno y a la sequedad del día. Muy lejos, casi flotando sobre las sierras azules, asoma el cono blanco del Pico de Orizaba, una geometría nítida de nieve que recorta el cielo y se deja ver apenas, como una aparición, por encima de las cordilleras intermedias.



Este viaje no es solo un trayecto entre Xalapa y Puebla. Es un pouring de asfalto sobre la geografía. Al ascender, nuestra investigación sobre Siqueiros se materializa en el paisaje: la carretera es esa "pintura industrial" de la que hablaré en el coloquio, la señalética que evita el caos y organiza el movimiento de cuerpos, carros, buses, tráilers.


Vivimos Puebla durante siete años. Aquí, a comienzos de  2016, ganamos nuestra primera plaza como profesor-investigador. Trabajamos en la IBERO Puebla. Volver es enfrentarse a un lienzo ya trabajado: superficie donde mis propios pasos han dejado capas de esmalte viejo. 

Mientras vivimos en Puebla me volví un coleccionista de crepúsculos, un lector de paisajes. Especialmente del Paso de Cortés, esa hendidura entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl que representa el tajo fundacional de la cristiandad en las Américas. Tengo mi colección de fotos. Aquí una galería: 




El valle de Puebla y sus volcanes vistos desde el aire: el avión desciende hacia la Ciudad de México y, por un momento, la cordillera parece una maqueta de ceniza donde no existimos. 



El Popocatépetl exhala y el viento escribe una línea oblicua de humo que se inclina hacia la Iztaccíhuatl, como si el volcán tendiera, fugazmente, un coqueteo a la mujer dormida. 


Cae la oscuridad sobre Puebla y solo persiste, bajo la silueta del volcán, una franja mínima de luz occidental: último resplandor que se resiste a apagarse. 





Popocatépetl : "geometría nítida de nieve" domina la historia sentimental de la ciudad.


Para tratar de entender este coloso, hay que acudir a la precisión de Francisco Serrano. Hay lava en su poemario sobre el Popocatépetl

"Ventral
            bajo la bóveda
o vesánico
                 el bálano basáltico
                                               volcándose

edifica su edículo."

 Serrano escribe sobre las "cañadas" y la "geometría de fuego": el volcán es un soplete de dios. Sus versos  capturan esa potencia que Siqueiros intentó emular con sus ráfagas de aire comprimido: una fuerza que no pide permiso, que simplemente es.

«Entre la bruma, bajo las blancas nubes
vastas como una bahía
que se abanican sobre el valle,
el volcán veleidoso
vocifera con brío
sus bárbaras bravatas.
Virulento, vocea,
sus vocales de brasas,
sus vocablos de brisa abrasadora,
sus vagidos de valva o tolva,
sus nubes en volandas
sus bestiales badajos de brea.

Los bruscos bloques turbios,
las briznas de su polvo vibrátil,
su vaho, sus vórtices de humo:
vuelco de babas ávidas, su báculo
de brevas basálticas:
baza, vaina, vestíbulo.
Voluptuoso y bestial silba
sus bagatelas y sus valses,
sus balazos sin brida
sus burbujas brutales,
su bacanal de lava,
sus vaharadas,
sus befas, sus bribonerías,
sus brocados de vides bravas.
Desde el brocal bullente, báratro borrascoso,
con la voluminosa voz
bramando se vacía, se vierte, va viniéndose:
vuelan las blancas bocanadas,
las volutas de su bronco vapor vacilante
que baja a borbotones
sobre su base vítrea
bañando valles y cañadas,
veredas y voladeros,
barandales, barrancas, vados.
Visto desde abajo,
válvula, brasero, vaso, brújula,
el báratro es un bálano». 


Bajo la guía de La expresión americana de Lezama Lima, solíamos repetir al estudiantado —entre ellos a Gerardo Álvarez Palau, tesista de la geopoética del Zapotecas— que "solo el paisaje crea cultura". No hay irracionalidad en el entorno; hay una dialéctica latente. Reyes lo descifró en su Visión de Anáhuac: el paisaje mexicano no es un objeto mudo, sino una entidad que en 1519 fue investida por el Alma del Mundo (Weltseele). Al ser nombrado a través de las figuras de Cortés y la Malinche, el altiplano dejó de ser naturaleza silvestre para transformarse en el hardware espiritual de una nueva cultura

La zona de Cholula, uno de los asentamientos habitados de más larga duración en el continente, una persistencia humana sostenida por un suelo feraz, nutrido durante milenios por la ceniza del Popocatépetl. 

La Gran Pirámide es un palimpsesto de imperios teocráticos cuya violencia quedó fijada en el barro. Bernal Díaz del Castillo, deslumbrado, la comparó con la torre de Babel en 1519, y tres siglos más tarde el joven exiliado cubano José María Heredia escribió allí “En el Teocalli de Cholula”, el poema que inaugura el romanticismo hispanoamericano. Heredia vio desde la pirámide la proyección de reyes nefastos: el eco de pueblos que, desde el año 3 conejo, han habitado este valle bajo el rigor de teocracias sucesivas, sin llegar nunca a sublevarse. 




Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G

Sebastián Pineda Buitrago, "Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G", Proteo 0 (marzo, 2026)


Etnografía imaginaria*

Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Leyendo el libro de Geoghegan, veo que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. 

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas. El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.

Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio. Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, incluyendo la pérdida de su nutrida biblioteca, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, ella tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.

La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la casa, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehizo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.

Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.


Geopoética de México: el desierto de Perote


Sebastián Pineda Buitrago, "Geopoética de México: el desierto de Perote", Proteo 0 (febrero, 2026)




Petrarca inventó la geopoética entre 1336 o 1353. El paisajismo. Lo inventó cuando le relató a un amigo cómo escaló el Monte Ventoso por el "solo deseo de ver un lugar célebre por su altura". No sube por estrategia militar ni por pastoreo ni por penitencia. Sube por curiosidad. Al llegar a la cima, Petrarca abre las Confesiones de San Agustín: «Los hombres van a admirar las cumbres de las montañas... y se olvidan de sí mismos». El paisaje exterior es interior y el ascenso físico, ascenso moral.


Durante todo 2023, en autobús y a ratos en mi carro, crucé cada semana los Llanos de San Juan, el altiplano entre Puebla y Perote, descendiendo después en zigzag a Xalapa, ciudad vertical entre la cordillera y el mar.  

Entonces tuve un sueño recurrente. Soñaba que Dulce y yo, siendo novios, nos distanciábamos tres meses. Ella vivía otras aventuras amorosas; luego regresaba a mí en plan de reconciliación. No hay nada más dulce, Dulce, que el supremo deleite de reconciliarnos tras los abandonos crueles.  Compadezco —decía Valle-Inclán en la Sonata de estío— a los desgraciados que, engañados por una mujer, se consumen sin volver a besarla. La Niña Chole le murmuraba al jactancioso españolito: «—¡Dime si hay algo más dulce como esta reconciliación nuestra!». Así vivía con mi Madona: en la geografía de los regresos humillantes. Pero en el ajedrez de la vida la arriesgué: sacrificio de Dama.

En 2025 seguí transitando el desierto de Perote de paso entre Xalapa y la Ciudad de México. Los volcanes del altiplano central se reparten el horizonte como dioses cansados. Ellos están aquí desde muchísimo antes que nosotros, y lo estarán cuando ya no estemos. Sus explosiones moldean todo. Creemos viajar, movernos; nada; es la ilusión de la rueda: esa misteriosa forma del espacio-tiempo. 


Mi nueva compañera de autobús habla con acento de Badajoz. Desciende conmigo desde el reino de  Navarra, pasando La Rioja, al reino de Castilla, a la corte de Madrid. España y Nueva España se tocan en la densidad del aire.

A veces la llamo Clawdia Chauchat, como si este autobús subiera a Davos-Platz, como si nosotros fuéramos los tísicos que buscan la curación en la altura. Ella tiene esa mirada de felino kirguís que Thomas Mann le otorgó a su heroína: una indiferencia soberana que es, en el fondo, una forma de piedad. Pero luego parpadeo y es Martha, la que conoce la hospitalidad de la piedra. Me da una cátedra de geología. Me habla de lo que ocurre bajo la costra de los Llanos de San Juan. 


Altiplanos endorreicos: del griego endo, dentro; rhein, fluir. El agua cae, busca salida, y no encuentra el mar. 




—Mira el cerro de Pizarro —me susurra, y su mano dibuja una línea que corta la calima—. Es un tapón de lava, un centinela de riolita. Aquí el desierto es una mentira visual. Debajo hay ríos ciegos, acuíferos que no conocen la luz del sol pero que sostienen el peso de todo este silencio.

Su voz se vuelve líquida cuando explica la niebla. Me dice que lo que vemos es un despojo del Atlántico. La humedad del Golfo de México sube como una procesión de fantasmas por la ladera de la sierra; choca contra el muro del Cofre de Perote. Se rompe. Lo que queda es este abrazo de vapor frío sobre la aridez. Es la "selva de niebla" que se niega a morir, un beso húmedo sobre un rostro de ceniza.

Ella es geóloga. Entiende que Perote es un templo de la endorreicidad: un lugar donde el agua, como nuestro amor, ha decidido no buscar el mar. Se queda aquí, filtrándose entre las grietas del basalto, purificándose en el encierro.

—En la meseta castellana el agua se pierde en el horizonte —murmura ella, mientras el autobús flanquea un volcán monogenético—. Aquí el agua se hunde en nosotros.

Me pregunto si Petrarca, al escalar el Monte Ventoso, no estaría buscando también a una Martha o a una Clawdia. Él buscaba la vista; yo busco la voz. Al final, el paisaje no es más que una mujer explicándote por qué la tierra tiene sed. 


No hacen falta nombres: conciencia enamorada, conciencia humillada, conciencia que se sienta lado pasillo a mirar el Nauhcampatépetl sin entrar al pueblo.


El mensaje cifrado de Comala: guía de lectura para una edición numerada de «Pedro Páramo»

[Nota de la dirección: Este aparato crítico pertenece a la Primera Época (Proteo 0) del portal. Fue indexado originalmente en octubre de 2025 y se integra hoy al Archivo Vivo como un mapa metodológico indispensable para la revisión histórico-crítico-ética del fragmento romántico, las teorías de la comunicación de la Guerra Fría y las estructuras polifónicas de Juan Rulfo].

Brevísima nota introductoria






Dado que se trata de una novela deliberadamente escrita en fragmentos —algunos de los cuales alcanzan la temperatura y condensación de un poema en prosa—, la siguiente edición de Pedro Páramo ha numerado cada fragmento. Hay en total 68. Cada uno se indica en números arábigos entre corchetes. Esta decisión busca facilitar al lector el seguimiento y la organización de la experiencia lectora, a la vez que pone en primer plano la naturaleza polifónica, discontinua y experimental del texto de Rulfo.

Conviene recordar que Rulfo redactó su novela entre 1953 y 1955, bajo el patrocinio del Centro Mexicano de Escritores, una institución financiada por la CIA y la Rockefeller Foundation, lo que sitúa su trabajo en un contexto intelectual influenciado por el experimentalismo y la complejidad informativa. En otras palabras, Pedro Páramo fue escrita bajo el auge de las nuevas teorías de la comunicación y la cibernética (Shannon, Wiener), que comenzaron a difundirse desde Estados Unidos a partir de 1948. Rulfo puso en práctica la idea de que un mensaje confuso o impredecible puede contener, paradójicamente, más información que uno claro y conciso. Rulfo apostó de manera radical por el fragmento. Y todo fragmento, como ya lo habían anticipado los románticos (Schlegel, Novalis), es una crítica de la modernidad –del progresismo lineal. Con lo cual, cada fragmento de Pedro Páramo tiene como función sacudir, incomodar, negar el sentido, confrontar al lector en una yuxtaposición de los hechos que incluso borran las fronteras entre muertos y vivos. 


Por otra parte, lo anterior no obsta para insistir en que la novela sí que cuenta una historia concreta y goza de un argumento histórica y geográficamente ubicable. Ocurre en el cambio de siglo 1800 /1900, desde el fin de la economía de haciendas del Porfiriato (1880-1910) pasando por el estallido de la Revolución mexicana (1910-1920) hasta la Guerra Cristera (1926). Explícitamente se mencionan a Comala (del Estado de Colima) y a otros pueblos del sur de Jalisco.
 
Por lo demás, como se verá en el texto de Rulfo, el uso de cursivas tiene también una función oral y experimental: aproxima el texto escrito al teatro y al recital, y actúa como “guía de lectura sonora”, como las instrucciones en textos antiguos (la Celestina, por ejemplo), que orientan la lectura en voz alta, musical, coral. Por lo tanto, cada lector debe reconfigurar su postura —no sólo “leer”, sino “escuchar” y reconstruir el ritmo interno de la memoria. Insistamos en que Rulfo redactó su novela de manera ambivalente bajo la idea de que un mensaje confuso o impredecible contiene, paradójicamente, más información. Es decir: a mayor incertidumbre, mayor riqueza y potencial interpretativo. Pero tal abundancia solo se revela si cada lector abandona la pasividad y actúa como descifrador activo: con inteligencia y creatividad. Pedro Páramo no es narración plana, sino un mensaje cifrado. En Rulfo, el sentido hay que construirlo: trabajar la ambigüedad, escuchar los ecos y rehacer el mensaje. Solo así se accede a una verdad literaria imposible en la simple linealidad.

Índice numerado de fragmentos

1) «Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». 
2) «Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente…»
3) «Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos».  
4) «Me había quedado en Comala». 
5) «—Soy Eduviges Dyada.» […]». Juan Preciado ya no siente su cuerpo físico. 
6) Primera irrupción de la voz de Pedro Páramo. 
7) «–Abuela, vengo a ayudarle a desgranar el maíz».
8) «Por la noche volvió a llover.»
8) Historia de Dolores, la madre de Juan Preciado. Otros. episodios. Frases en cursivas y entrecomilladas. 
9) «Pues sí, yo estuve a punto de ser tu madre. Eduviges recuerda…»
10) «El día en que te fuiste entendí que no te volvería a ver». 
11) «¿–Qué es lo que pasa, doña Eduviges?»
12) «–Qué pasó? – le dije a Miguel Páramo–.» 
13) «En el hidrante las gotas caen una tras otra». 
14) «Hay aire y sol, hay nubes». [El padre Rentería se niega a bendecir el cadáver de Miguel Páramo].
15) «Durante la cena tomó su chocolate como todas las noches.» [Confesión de Ana, sobrina del padre].
16) «Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle real con el camino de Contla». 
17) «Había estrellas fugaces». 
18) «–Más te vale, hijo.» 
19) «“Fulgor Sedano, hombre de 54 años, soltero, de oficio administrador, apto para entablar y seguir pleitos, reclamo y alego lo siguiente…”».
20) «Tocó con el mango del chicote». 
21) «¿De dónde diablos habrá sacado esas mañas el muchacho?»
22) «Fue muy fácil encampanarse a la Dolores». 
23) «Ya está pedida y muy de acuerdo». 
24) «Tocó nuevamente con el mango del chicote…»
25) «–Este pueblo está lleno de ecos».
26) «Oí que ladraban los perros, como si yo los hubiera despertado.»
27) «La noche. Mucho más allá de la medianoche. Y las voces...»
28) «Mañana, en amaneciendo, te irás conmigo, Chona». 
29) «Ruidos. Voces. Rumores».
30) «Vi pasar las carretas».  
31) «La madrugada fue apagando mis recuerdos». 
32) «Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos…»
33) «Como si hubiera retrocedido el tiempo». 
34) «–¿No me oyes? –pregunté en voz baja». 
35) «El calor me hizo despertar al filo de la medianoche.»
36) «–¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado?»
37) «Al amanecer, gruesas gotas de lluvia cayeron sobre la tierra». 
38) «–Allá afuera debe estar variando el tiempo». 
39) «El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche…». 
40) «Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre…»
41) «–¿Eres tú la que ha dicho todo eso, Dorotea?»
42) «Fue Fulgor Sedano quien le dijo:…»
43) «“Espere treinta años a que regresaras, Susana…». 
44) «–Hay pueblos que saben a desdicha». 
45) «–¿Sabías, Fulgor, que ésa es la mujer más hermosa…?»
46) «Sobre los campos del valle de Comala está cayendo la lluvia». 
47) «Era la medianoche y allá afuera el ruido del agua apagaba todos los sonidos.»
48) «Muchos años, cuando ella era una niña, él le había dicho…»
49) «Los vientos siguieron soplando todos esos días.»
50) «Un hombre al que decía el Tartamudo llegó a la Media Luna…» 
51) «Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena.»
52) «Pardeando la tarde, aparecieron los hombres». 
53) «–¿Quién crees tú que sea el jefe de éstos?»
54) «–¿Qué es lo que dice, Juan Preciado?»
55) «Esa noche volvieron a sucederse los sueños». 
56) «–¿Sabe, don Pedro, que derrotaron al Tilcuate?»
57) «–Don Pedro, he regresado, pues no estoy satisfecho conmigo mismo.»
58) «Faltaba mucho para el amanecer.» 
59) «–Supe que te habían derrotado, Damasio.»
60) «En el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas…»
61) «–Ve usted aquella ventana, doña Fausta, allá en la Media Luna…»
62) «–Tengo la boca llena de tierra». 
63) «–Yo. Yo vi morir a doña Susanita.» 
64) «Al alba, la gente fue despertada por el repique de las campanas.»
65) «El Tilcuate siguió viniendo:…».
66) «Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal…»
67) «A esa misma hora, la madre de Gamaliel Villalpando, doña Inés, barría la calle…»
68) «Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo…»

Brevísima conclusión

Al clausurar la última secuencia, Pedro Páramo se revela por fin como lo que es: un algoritmo espectral. La numeración de estos 68 fragmentos demuestra que la aparente confusión de Comala obedece a una rigurosa economía del desierto, donde cada murmullo y cada línea en cursiva actúa como un bit de información estética que desafía la linealidad del progresismo moderno. Rulfo no nos legó una novela para ser contemplada con pasividad, sino un archivo de ruidos y ausencias que exige del lector una mentalidad dispuesta a descifrar los traumas históricos que se llevan en la sangre. Enfrentar este orden discontinuo es, en última instancia, aprender a escuchar los ecos de nuestro propio subsuelo contemporáneo.

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastian (Octubre, 2025). "El mensaje cifrado de Comala: guía de lectura para una edición numerada de Pedro Páramo". Proteo (Primera Época, N.º 0). https://www.motivosdeproteo.com/2025/10/para-una-edicion-numerada-de-pedro.html

Matriarcado de la autodestrucción: sobre la novela de Elena Piedra, «Una nota de fuego y nada más»


[Nota de la dirección: Este ensayo crítico pertenece a la Primera Época (Proteo 0) del portal. Fue indexado originalmente en junio de 2025 y se integra hoy al Archivo Vivo por su valor clínico para el examen histórico-crítico-ético de las genealogías del malestar, la alienación familiar y las estructuras del silencio en la narrativa contemporánea]





La destrucción familiar suele ser una implosión silenciosa de los afectos, de la erosión de la confianza y de la herencia invisible de los traumas. En esta perturbadora tendencia se inscribe la primera novela de Elena Piedra (México, 1990), Una nota de fuego y nada más (Tusquets, 2025).

La protagonista es una correctora de estilo. Ella encarna la fatiga de esta herencia emocional. Su oficio, que busca la pulcritud y la coherencia en el lenguaje, contrasta brutalmente con el caos y la incoherencia de su vida familiar. La narradora admite que el mundo entero de la protagonista “…giraba alrededor de su madre y sus conflictos. Pero con nadie habla de eso. El simple hecho de imaginarse repitiendo lamentos e inseguridades vinculados a las mujeres de su familia la exasperaba” (p. 120). Esta es la carga de una genealogía de malestar, donde la lealtad familiar se confunde con la repetición de patrones destructivos.

La novela de Piedra no elude la pregunta incómoda sobre la infidelidad y la autodestrucción: “¿Cómo una persona podía arriesgarlo todo por acostarse con alguien más?” Esta interrogante, que resuena con vivencias personales, apunta a un rasgo de las sociedades contemporáneas, a menudo “terapiadas”, sin poder eludir el malestar de la cultura (Freud). La autora capta una tristeza colectiva, acaso exacerbada en el contexto mexicano: “Víctimas de nuestra propia tristeza, de la apatía, de estas malditas ganas de estar siempre mal” (p. 192). Es una tristeza que se autoperpetúa, una elección inconsciente por la disfunción.

La estructura narrativa de la novela, que intercala una narración en tercera persona del singular con cartas de la protagonista a su madre, es una elección brillante que subraya la intimidad del conflicto y la carga de la herencia. En una de estas cartas, fechada el 20 de julio de 2016, la protagonista confronta a su madre con una verdad devastadora: “Aprendí a odiar todo eso que tú odiabas. Desde antes de ser consciente de lo que sucedía entre ustedes hice mío tu coraje, seguí tus formas y esa especie de desprecio hacia mi padre. Tú y yo contra él. ¡Qué infierno debe haber vivido todo esos años! Pero él, culpable y conciliador, recibió pacientemente tus maltratos y los míos” (p. 59). Este pasaje es una radiografía de la alienación parental, de cómo el odio se transmite generacionalmente, y de la complicidad silenciosa del progenitor “conciliador” en su propia victimización. Una nota de fuego y nada más es, en esencia, un largo relato de abandonos y desconfianzas, narrado con una discreción y agilidad que lo hacen aún más perturbador.

La novela de Piedra, con sus constelaciones de tías, primas, abuela y madre, que la protagonista intenta organizar, revela un confuso matriarcado que opera por encima de un supuesto patriarcado. Pues, en este universo femenino, la autodestrucción se erige como una fuerza peligrosa. La novela nos obliga a cuestionar si la mujer, en su búsqueda de poder o liberación, termina por devorarse a sí misma y a quienes la rodean.

La protagonista de Piedra se ve arrastrada a defender, en discusiones con sus tías, a la izquierda gobiernista. Con una lucidez dolorosa, la novela permite ver cómo se admite que unos y otros, tanto los defensores como los detractores, “cobran y se benefician de un Estado benefactor” —un Estado cuya contraprestación tácita a la población es, paradójicamente, no poner a la familia en el centro de la polis, sino entronizar una figura presidencial omnipresente y carismática.

Para terminar, a riesgo de un anacronismo provocador, comparemos la novela de Elena Piedra con el bestseller de Bella Macki, How to Kill Your Family (Cómo matar a tu familia). Mackie utiliza la neurosis de la familia británica para desatar carcajadas y giros inesperados. Piedra, en cambio, el rencoroso silencio mexicano para practicar una autopsia minuciosa e implacable donde todo sentido del humor se ha consumido. Su violencia es la del silencio (en los grandes silencios se engendra el rencor, decía Alfonso Reyes), la del desprecio acumulado y heredado.

Elena Piedra no busca la subversión cómica ni la sátira mordaz de Mackie; su linaje es otro. Su novela se inscribe en la estela de Ernesto Sábato, cuya saga familiar en Sobre héroes y tumbas, con la figura enigmática de Alejandra Vidal y el incendio que consume el pasado, resuena en las constelaciones familiares alarmantes que Piedra desvela. La autora se aventura en las preguntas que acechan a sus personajes: “¿Por qué tantas rupturas en la familia? ¿La depresión puede llevarse en la sangre? ¿Qué tan normal es vivir esperando la violencia y la traición?” (p. 83). Estas interrogantes no son meros disparadores argumentales; son el pulso de una exploración que desnuda el despojo y la desconfianza como los verdaderos gobernantes de las relaciones familiares contemporáneas.

En esa espera tensa de la traición estriba la verdadera tragedia de la herencia. Al clausurar cualquier salida cómica y habitar el rencoroso silencio que engendra el desprecio, la narrativa contemporánea nos sitúa ante un espejo incómodo: el de una cultura que prefiere el infierno de la repetición destructiva antes que la renuncia a sus lealtades invisibles. Romper con el linaje de la apatía y el malestar exige algo más que terapia o asimilación estatal; exige la lucidez crítica de desmantelar el mito familiar desde su raíz. Solo al desnudar el despojo que gobierna nuestros afectos ordinarios es posible empezar a trazar, con absoluta dignidad, una geografía soberana para el pensamiento y la existencia. 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián. "Parábola de la hidra y la flor: autopsia de la destrucción familiar en Elena Piedra". Motivos de Proteo: revista de pensamiento (Primera Época, Proteo 0), junio de 2025. 

Teoría de la identidad musical

[Nota: Este texto fue indexado originalmente en mayo de 2024 y se integra hoy al Archivo Vivo de Proteo por su vigencia para el estudio de las genealogías de la identidad y la estética musical contemporánea].







1. La música comienza en el momento en que  descubrimos nuestro cuerpo como un instrumento sonoro. Nuestra constitución fisiológica es en sí misma un instrumento de música. Pulmones, laringe, tráquea, boca, al expulsar el aire, producen diversas tonalidades. El chasquido de los dedos, el aplaudir, el golpear el suelo con los pies, el zapateo, son sonidos percutidos. "Cuando el hombre descubre que los sonidos que puede producir con su propio cuerpo son capaces de regulación, la Música nace" (1)

2. La téchne, el manejo de la materia sonora surge en dos frentes: en la música que se engendra con nuestra voz, la música vocal, y en la música que brota de instrumentos externos: piedra que golpea, árbol hueco que resuena, vaina llena de semillas secas: "échale semilla a la maraca pa' que suene: cha chacucha cucha cucha cucha".  

3. El filósofo Friedrich Nietzsche formuló una teoría sobre la música en El origen de la tragedia (1871). Según él, la música no sólo nace de la distinción entre el ruido y el sonido, sino también de la tensión entre lo individual y lo colectivo. El individuo por sí solo es un sujeto «egoísta», adversario de la música. Cuando el individuo se vuelve un sujeto «generoso», amigo de la música, cede a la colectividad. Porque toda música es pública. Ella no habla el lenguaje cultivado de una casta particular, sino el lenguaje del pueblo en general. De ahí que la música y sus diferentes géneros y danzas sean un rasgo identitario de cada comunidad. 

4) La teoría de Nietzsche de lo dionisíaco y lo apolíneo sostiene que los dioses griegos Dionisio y Apolo encarnan entre sí una lucha a muerte. La etimología de la palabra música proviene del griego mousikḗ, asociado a moûsa, a las musas, personajes femeninos de la mitología griega cuya misión era deleitar a los dioses del Olimpo con melodía y ritmos armoniosos; hijas de Zeus y de Mnemósine, la diosa de la memoria, las musas estaban bajo el control de Apolo, un dios de la racionalidad, bajo cuyo control se aseguraba precisamente que la música –que las musas– no perdieran sus estribos, su ritmo y armonía. La tesis de Nietzsche es que Dionisio, el dios del vino y de la irracionalidad, introduce el "desorden" en el reino de las musas y de la música. Dionisio hace que las musas entren en éxtasis inspirando una música que se desborda y libera los instintos más profundos. Nada es más difícil que mantener la armonía entre lo apolíneo y lo dionisíaco (2)

5) La antigua civilización griega padeció desde muy temprano  la tensión entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Si en principio la música y la danza constituían la principal educación de un niño mediante el entrenador físico (paidotríbês) y el citarista (kitharistês), a partir de la invención y consolidación del alfabeto tanto el entrenador físico como el maestro de música  son  desplazados por el maestro de letras (gramatistês). En adelante, “la definición de sonido se atribuye a los mejores gramáticos y la música es considerada la segunda ciencia que concierne al sonido […] como soporte del verbo logos” (3). Aristóteles, en De anima (420b), afirma que el sonido crea fantasmas («phônê meta phantasías»), es decir, que el sonido supone una articulación distinta a la del ruido y que por lo tanto está más cercano a la lengua griega, al idioma encadenado de la escritura alfabética o articulada.

6) Antropológicamente, hay pueblos más apolíneos que dionisíacos, es decir, más reprimidos al momento de expresar su música, sus danzas y su sexualidad. Los pueblos más apolíneos son aquellos más teocráticos, que obedecen al emperador como si se tratara de un dios, reprimen sus instintos sexuales y no celebran el movimiento de sus cuerpos. Los pueblos más dionisíacos se caracterizan por darle mucha dignidad a la música y al baile, por celebrar la sensualidad del movimiento corporal y por dividir las artes de las esferas religiosos y políticas.


7) Para Nietzsche, la música es un estímulo para movernos, es decir, para el baile. Si el alma no existe, Nietzsche se pregunta: «¿qué quiere en definitiva todo mi cuerpo de la música en general?» (4). Si el alma no existe, si solamente somos constitución fisiológica, si nuestro cuerpo es un instrumento musical que regula los sonidos, un mero «medio» en el discurso de un cuerpo productor de medios, un simulacro [Scheinbild] de tensiones afectivas dispersas, la música es algo que depende de la disposición de escuchar. Pues, dependiendo de nuestro estado de ánimo, unas veces puede agradarnos el jazz o la banda o el zapateado del son jarocho, así como otras veces puede desagradarnos. 

8) Insistamos en la teoría de Nietzsche: el individuo apolíneo por sí solo es un sujeto «egoísta», adversario de la música o que la quiere controlada, con bajo volumen y sin que altere su cotidianidad. El individuo dionisíaco se vuelve un sujeto «generoso», amigo de la música, cuando cede a la colectividad, a los bailes o danzas populares, a las fiestas patronales, a la disco, a la rumba. Porque toda música es pública. Ella no habla el lenguaje cultivado de una casta particular, sino el del pueblo en general. De ahí que la música y la danza, los diferentes géneros musicales y los distintos bailes, sean un rasgo identitario de cada comunidad. 


9) Históricamente, hay que decir que la música gozó de notación propia a partir de dos momentos. El primero cuando, en el año 1030 d. C., el italiano Guido de Arezzo inventó el pentagrama. El segundo  cuando,  el 6 de diciembre de 1877, el estadounidense Thomas Alva Edison inventó el fonógrafo y, por último, cuando en 1906 Lee de Forest inventó el amplificador a válvulas permitiendo que, de los discos de vinilo, se transmitieran ondas musicales en masa a cualquier radio de transistor. El filtro electrónico permitió nítidamente separar la señal deseada de la distorsión, es decir, la música del ruido.

10) El antropólogo francés Marcel Mauss, en su Ensayo sobre el don: forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (1923-24), comprobó cómo la matemática y la música nacieron a la par.  O dicho de otro modo, que el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas . Música y comercio van de la mano. Para incentivar el consumismo y la guerra comercial, tiendas y plazas comerciales sumerjan al cliente en atmósferas musicales. En síntesis, por medio del verso ("danza de palabras", según Pedro Henríquez Ureña) se adquiere conciencia del “yo”, del “mí”, del “tú” y del “nosotros”, de la persona (de la “máscara”). No en vano el universo viene de verso. 


Referencias:

1) Adolfo Salazar, La música como proceso histórico de su invención ([1950] 2018). México: FCE, p. 9.

2) F. Nietzsche ([1871] 2003). El origen de la tragedia. Madrid: Alianza. 

3) S. Auserón. Arte sonora. En las fuentes del pensamiento griego (2022). Barcelona: Anagrama, 2022, p. 126.

4) F. Nietzsche ([1889] 2003) «Nietzsche contra Wagner. Documentos de un psicólogo», en Escritos sobre Wagner. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 247-248. 

4) F. Kittler (2017). La verdad del mundo técnico. México: FCE, p. 182.

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Pineda Buitrago, Sebastián. "Teoría de la identidad musical". Motivos de Proteo: revista de pensamiento, mayo de 2024. https://www.motivosdeproteo.com/2024/05/teoria-de-la-identidad-musical.html