Editorial: Dossier sobre identidades y antropología americana
Mito, signo y ente: una teoría de la identidad
Conclusión
Quien exige una identidad sin máscara exige un actor sin escenario: pide, sin saberlo, la nada. Todo ente está ya atravesado por un signo, y todo signo remite a algún mito, explícito o no.
No hay identidad, en suma, que no dependa de la infraestructura material capaz de inscribirla, archivarla y, llegado el caso, borrarla con un clic tan silencioso como brutal fue el edicto de Creonte. No haydiferencia entre el papiro griego y el servidor californiano. Quien crea que su identidad digital le pertenece por entero ignora que, técnicamente, pertenece antes a quien controla el soporte donde esa identidad quedó inscrita.
Sobre esta primera estructura se monta una segunda, más despiadadamente política, donde el Estado ocupa el lugar del mito. El Estado es el gran narrador que decide quién cuenta como ciudadano, qué lenguas son oficiales, qué formas de vida son legítimas. Desde ahí asegura el signo (2): produce leyes, documentos, códigos, archivos, todo un arsenal de palabras-armas que puede proteger o amenazar. Y, al hacerlo, define la vida del ente (3): el individuo y las colectividades que quedan, o no, bajo su amparo.
En rigor, no existe identidad neutra: toda identidad se juega entre la protección y la amenaza. Si el mito —Dios, patria, tradición, Estado— legitima ciertos signos (2) —leyes, categorías, diagnósticos, certificados—, entonces algunos entes (3) pueden expresar su identidad a plena luz. Pero cuando ese mito es débil, fragmentado o excluyente, muchas identidades quedan fuera del marco de protección y se vuelven invisibles, clandestinas.
Aquí se abre el problema que verdaderamente nos concierne: la violencia de la identidad. Una identidad puede buscar reconocimiento y cuidado, pero también puede armarse como proyecto de aniquilación de otras identidades. Sería una necedad de sobremesa decir que «toda identidad es buena»: existen identidades racistas, misóginas, "misántropas", homófobas, supremacistas. La pregunta política no admite anestesia: ¿debe dejarse expresar toda identidad sin límite alguno? ¿Cómo sostener, a la vez, el derecho a la identidad y la crítica implacable de aquellas identidades que se constituyen como máquinas de exclusión o de exterminio? Quien esquiva esta pregunta por comodidad académica no hace teoría: hace turismo conceptual.
Notas
Dêmos sin arché: teorías del poblamiento americano
Sebastián Pineda Buitrago, "Dēmos sin arché: teorías del poblamiento americano", Proteo, 2 (julio, 2026)
El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o «ca’ uno es ca’ uno»
Proteo, 1, junio de 2026.
“Jesús fue crucificado como lo fueron tantos en Roma, y cuando digo Roma digo el mundo entero que ella creó y gobernó, "cuando yo digo Francia digo la luz del mundo", decía un verso de José Umaña Bernal, un gran escritor colombiano, Jesús fue crucificado porque la cruz era el castigo tradicional y expiatorio que buscaba en aquel tiempo el escarmiento, colgar a los criminales para que nadie siguiera su ejemplo ni sus huellas, el ‘ludibrio’, como aún se dice en español con esa palabra latina, la burla, el desprecio, la indignación...” (p. 461).
El mismo vicio reaparece una y otra vez: la frase subordinada e interminable que coarta la profundidad. Por ejemplo, Constaín abre un pie de página larguísimo para contarnos su matrimonio con mariachis en Popayán, sin sacar nada en claro ni en limpio. La anécdota no ilumina la tesis, la tesis no organiza la anécdota.
El hijo del hombre comienza, como todo lugar común que se respete, con superlativos: “Roma es la ciudad más bella del mundo...”; sigue en la página 128 explicando lo mismo —“se empezó a volver la más grande y más bella de todos los tiempos”— y se desliza, por pura inercia, hacia divagaciones sobre escritores colombianos (Guillermo Valencia, Julio Flórez, García Márquez), Roma, Popayán, el credo, la misa, el torero. “Ca’ uno es ca’ uno”.
Cuando Constaín intenta ponerse solemne, la frase se le hunde en azúcar. En el tercer capítulo, “Llevan siempre lágrimas las cosas” (“sunt lacrimae rerum”, verso de la Eneida), Constaín se extiende para contarnos que Eneas y Acates contemplan en un muro las pinturas de la guerra de Troya: “cada objeto de este mundo arrastra consigo su memoria y su dolor” (p. 163). Hasta ahí, manual de bachiller con Google a la mano. Páginas antes, en la 159, hablando del episodio de Dido y Eneas, compara la fundación de Roma con la de Macondo y cita el comienzo de Cien años de soledad. ¿Para qué? ¿A quién quiere sorprender con este truco de taller de escritura creativa? La analogía no trabaja ni la cita queda bonita. Su Roma es un crucigrama: Virgilio, García Márquez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Umaña Bernal, el torero Guerrita, todos revueltos en el mismo caldo –sancocho, dicen en Colombia– afectivo.
Cuando por fin enuncia una tesis, esta se disuelve en vaguedad viril: “Roma siempre ha sido un proyecto territorial y defensivo; los valores de su cultura estaban anclados en esa idea militar y viril de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir exactamente Constaín con El Hijo del Hombre? ¿Por qué no El Hijo de mujer? ¿Nace el cristianismo de una virtud viril que expulsa lo femenino del centro de la historia? Constaín, supongo, conoce a Robert Graves (el de Yo, Claudio y La diosa blanca), ese sí un pagano auténtico: un poeta que tomó en serio los cultos antiguos, la imaginería de las diosas y la lógica arcaica del mito como si siguieran teniendo razón contra la teología monoteísta y varonil. Autor de la novela Rey Jesús (1946), Graves confirma en ella que el crucificado desplaza el culto de la triple diosa lunar y expulsa a las sacerdotisas del templo. (Un paréntesis largo: Robert Graves quedó sorprendido cuando en Ibiza, ya ciego, le presentaron al escritor Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Cómo no iba a sorprenderse? Un colombiano que se llame Plinio Apuleyo… Anécdotas de ese tipo le encantan al costumbrismo bogotano que Constaín practica afincado en la larga tradición de Las tres tazas (1863) de José María Vergara y Vergara).
El problema femenino (ya no digamos feminista) no está en la agenda de Constaín. Aunque él es muy virtuoso –de virtus, varón– coquetea con la teología, pero no la penetra. En algún momento, como relleno, cita entero el credo católico, como párroco en misa, sin trabajarlo como teólogo. Ni siquiera alcanza la altura mística de un mal manual de espiritualidad.
En el cuarto capítulo, “Una sola sombra larga” (verso tomado del Nocturno de Silva), Constaín reconoce que su libro ha caído en la madriguera del conejo y que no ha salido nunca de ahí (p. 202). No hace falta que lo confiese: se nota con creces. Hasta la página 230, después de tanta pompa y procesión, se pregunta por los judíos. ¿Y los judíos? De pronto cita a Flavio Josefo, recuerda que Pompeyo conquista Jerusalén en el 63 “antes de Cristo”, derrota a Mitrídates y decreta, solemnísimo, que Jesús, el Hijo del Hombre, “nace en Roma”. De ahí pasa a “Yo soy César” para contarnos el romance de Cleopatra y Julio César, y por fin aterriza en el capítulo “El hijo del hombre”. El rodeo no ilumina: distrae. Uno sale con la impresión de que Roma es el centro del mundo porque Constaín necesita un escenario imperial para su ego.
2
En uno de sus momentos de lucidez involuntaria, apela a Gómez Dávila: cita el escolio de marras —“Dios se encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”— para darle densidad a su argumento. Llegados a este punto, conviene deslindar a Constaín de Gómez Dávila.
La sintaxis de Gómez Dávila es anti‑barroca: desgrana, limpia, suprime adornos; sus frases reconfortan menos por lo que dicen que por cómo están dichas. La sintaxis de Constaín, en cambio, no aligera: recarga. No afila: engorda la frase. Los escolios de «Colacho» condensan miles de lecturas, pero no son dogmas compactos; obligan a pensar sus consecuencias, a preguntarse, por ejemplo, si entonces el hombre sin Cristo no es importante. Ese es el punto: el escolio no cierra, abre. Constaín hace lo contrario: clausura la discusión con un olé: “Ca’ uno es ca’ uno”.
Cuando escribe en la página 469 que "uno puede negar la existencia de Dios o incluso la de Jesucristo como personaje histórico, pero no puede negar, en ningún momento, el poder de esa ficción", Constaín no está desplegando una intuición gomez‑daviliana; está pronunciando un lugar común de tertulia: Dios como “gran relato” útil. Se podría discutir, claro, desde la etimología de fictio —aquellas fictiones del derecho romano—, pero ni siquiera llega a eso: usa “ficción” como quien usa “mito” o “historia bonita” y cree que así ha dicho algo grave.
Ahí se ve la diferencia de oficio. En Gómez Dávila, cada palabra está elegida con rencor contra el lugar común; en Constaín, el lugar común se disfraza de cita culta. Uno comprime una biblioteca en dos líneas sin exhibirla; el otro exhibe la biblioteca sin lograr una sola línea memorable. Por eso, más que heredero de los escolios, Constaín parece un devoto de la boutade: siempre dispuesto a lanzar una ocurrencia, nunca dispuesto a soportar las consecuencias conceptuales de lo que dice.
Podría parecer injusto traer aquí una correspondencia privada, pero es precisamente en ese intercambio donde se ve la diferencia de temple. Cuando, en 2007, publiqué una crítica atolondrada de La puta de Babilonia, Vallejo me contestó con la violencia que su libro exigía: me reprochó haberlo comparado con “una vieja loca”, me acusó de mezquindad, de colombianada, de no haberlo leído como se debe. Y tenía razón. Mi respuesta no fue defender al cristianismo como “empresa civilizadora”, sino volver al texto de Vallejo y admitir algo incómodo: en sociedades católicas y contrarreformistas como las nuestras, la lectura de la Biblia ha sido históricamente escasa, vigilada, casi siempre mediada por sermones y no por filología. La puta de Babilonia lo muestra con saña: mientras el protestantismo multiplicó traducciones y exégesis, buena parte del mundo hispánico vivió de espaldas a los originales, sin griego, sin hebreo, sin arameo, con malas ediciones en español cuando las había. La verdadera herejía de Vallejo no es solo lo que dice contra la Iglesia, sino desde dónde lo dice: desde una filología agresiva que le pasa la Biblia por la picadora de citas, algo que en El hijo del hombre simplemente no existe.
Primer editorial, Mundial barroco y teatro electoral colombiano
Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977).
Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento.
Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía.
Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.












