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Editorial: Dossier sobre identidades y antropología americana

Sebastián Pineda Buitrago, "Editorial", Proteo 2 (julio, 2026)




Vorlesung sobre Teorías de la Identidad

En la tradición académica alemana, la Vorlesung (literalmente, "antes de la lectura") designaba no una improvisación oral, sino un texto cuidadosamente redactado que el profesor leía o desarrollaba ante sus alumnos. De febrero a junio de 2026, en una aula de la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana, dictamos el curso Teorías de la identidad para la carrera de Antropología Lingüística. Aquellas notas de clase, lejos de momificarse en la pedagogía ministerial, exigían ser transformadas en proyectiles. Así pues, con este dossier, las notas de curso se vuelven ensayo. Recuperar hoy la Vorlesung es reivindicar la preparación de una clase y revivir discusiones. En mayo, por ejemplo, tuvimos una diálogo en Radio UV


        El artefacto pórtico de esta edición, "Mito, signo y ente: una teoría de la identidad", clava sus tesis en la puerta del presente: la identidad no es una ousía pura, sino una puesta en escena gobernada por un engranaje implacable. El Mito es el murmullo acusmático originario —el "mu" filológico del labio cerrado antes del lenguaje—, el Signo es su fijación técnica y alfanumérica, y el Ente es la carne expuesta al escenario del mundo. A partir de esa tríada, el sumario se despliega en una diagonal implacable. En "Una familia siempre es disfuncional: la identidad de Antígona", rastreamos cómo el signo antecede al ser en el drama trágico, exponiendo los límites normativos del parentesco allí donde cada pregunta por la familia repite, sin saberlo, el edicto punitivo de Creonte.

        El núcleo político más radical estalla en "Teorías del poblamiento americano: dêmos sin arché". Plantear el arribo del Homo sapiens a este continente no como una monografía escolar de flechas sobre el Estrecho de Bering, sino como la odisea existencial de un bípedo que entra a una página geológica en blanco sin pasado fósil local, nos arroja una categoría clave: somos el pueblo sin archivo original, arrojado hoy a un nomadismo globalizado.


Canibalismo y consumismo

    Nuestro número cierra su tenaza biopolítica desmontando las alegorías de la sumisión. En "La muchacha caníbal como alegoría de América", el viejo tropo colonial de la antropofagia e ingestión es arrastrado hasta el presente: la mujer salvaje de Ortelius ya no sostiene una cabeza cercenada de hombre blanco, sino un dispositivo móvil donde la humanidad consume su propia servidumbre voluntaria. 

    Finalmente, el número se repliega sobre la herida del políglota en "Una identidad para George Steiner: la identidad siempre está en el exilio" y el portazo definitivo de "Auschwitz" y "Éxodo y pertenencia", recordando que toda hospitalidad estatal es provisional y que uno debe tener siempre el equipaje hecho si no quiere entrar, como borrego, al matadero del scroll impersonal.

Coda: adiós al Mundial y welcome to Trump's pupils

Nuestra carencia de arché nos permite descifrar el hambre de autoridad desatado en el panorama global. Los engendros políticos de Donald Trump (los Bukele, los Milei, los Abelardo) operan falsificando el estrato del Mito para cuadricular al Ente. Creen que administran la historia, pero ignoran los soportes técnicos a los que están encadenados; no saben a lo que se enfrentan. El cortocircuito es planetario: mientras en Colombia el bípedo se desgasta discutiendo a ciegas la vieja trampa geográfica entre federalismo o centralismo, la verdadera soberanía se ha mudado ya a los servidores de Silicon Valley.

 Después del mundial de fútbol,, el veredicto neurobiológico es atroz: no vimos un torneo, lo padecimos muscularmente. Mientras el enjambre de nuestras neuronas espejo ejecutaba un hackeo silencioso, encendiendo chispazos miméticos en la corteza premotora y haciéndonos sufrir la trayectoria del balón, el ente de carne y hueso permanecía en realidad postrado, acumulando grasa y alienación frente a una pantalla de seis pulgadas. Pasado el espasmo neuromuscular del "ojo enloquecido", cuando el ruido mediático de los dioses del tablón se disuelve en las cloacas del infinite scroll, lo que nos queda es la intemperie de la polis y el archivo.

Mito, signo y ente: una teoría de la identidad


 Sebastián Pineda Buitrago, "Mito, signo y ente: una teoría de la identidad", Proteo, 2 (julio, 2026). 





Mito

Conviene rastrear la palabra "mito" hasta su sustrato más físico y material. Etimológicamente, mythos remite a la onomatopeya mu (μῦ), el sonido que se produce al mantener la boca cerrada o los labios apretados. Es el origen del verbo myein (cerrar, ocultar) y, por supuesto, de la palabra "murmullo" o "mudo". [1].

El mito no es, como asume el antiintelectualismo de manual, una mentira o un cuento popular infantil. Es el lenguaje fundador de una identidad. Es un relato sagrado que se murmura; una cosmogonía que estructura el tiempo y el espacio de una colectividad. El mito es el murmullo originario antes de que la escritura logre fijar la ley. 

 El mito nace precisamente en ese acto de nombrar lo que suena sin mostrarse, de convertir el ruido del entorno en una presencia divina. Esta es la primera, la más antigua y la más cruda de las violencias fundadoras: la violencia de tener que decidir quién habla cuando nadie o nada se ve, y entonces chirría una puerta, crujen las escaleras en mitad de la noche o se azota una ventana misteriosamente. ¿Dioses o demonios?  

Insistamos: por mito no hay que entender el catálogo ingenuo de fábulas que la Ilustración quiso arrinconar en la infancia de la especie, sino un laboratorio lingüístico muy sofisticado. El mito  emerge precisamente al nombrar lo que asalta el entorno inmediato: el balbuceo que intenta asimilar a la res, la "cosa", el bulto material que los latinos veían recortarse en la llanura del horizonte. A veces, la única función del mito es dar cuenta de un hecho lingüístico [2]. 

Signo-Logos

Para entender el engranaje de nuestro tríptico, es imperativo interrogar el pórtico del Evangelio de Juan: «En el principio era el Verbo (Logos[Signo]) y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Si interpretamos el Logos despojándolo de su posterior domesticación racionalista, lo que hallamos en el principio no es una voz humana dialogante, sino un murmullo sagrado e inasible. 

No hay identidad que no dependa de la infraestructura material capaz de inscribirla, archivarla y, llegado el caso, borrarla. El mito no brota para adornar el mundo, sino para fijar y justificar una frontera, una exclusión o una articulación de la lengua.  Las sirenas que se le aparecen a Ulises en los versos 185 y 191 del Libro XII de la Odisea, mientras navega por el estrecho de Mesina entre Italia y Sicilia con destino a Ítaca, no cantan un mensaje "puro" o inocente; cantan el momento mismo en que la voz humana se vuelve archivable, transmisible, citable y por tanto también borrable. Si toda identidad depende de una infraestructura capaz de inscribirla, el mito de las sirenas sería la escenificación perfecta de esa dependencia: el canto que hechiza no es la voz libre y natural, sino la voz ya capturada por el dispositivo técnico (el alfabeto) que la vuelve reproducible más allá del cuerpo que la emitió, e igualmente vulnerable a su desaparición si esa infraestructura falla o se destruye. [3]. Ningún alfabeto es un receptáculo neutro: al heredarlo, heredamos su carga mitológica entera. Antes del acta de nacimiento, hubo un coro cantando versos: de ahí el universo. 

Ente (ser) 

La palabra identidad desciende del latín entitas, cualidad del ens, entis: «lo que es». En su raíz más honda, identidad es apenas el despliegue del verbo ser en todas sus conjugaciones, la respuesta tozuda a la pregunta por la existencia misma. Aristóteles, en los libros VII y VIII de su Metafísica, ató esa raíz a la ousía (la sustancia, el ser fundamental) y llamó tò tí ên eînai, «lo que era ser», a la esencia irreductible de lo existente. Lúcido hasta la crueldad, Aristóteles advirtió que dos cosas jamás pueden ser absolutamente iguales: basta la diferencia espacio-temporal más mínima para quebrar la identidad absoluta. Somos unidad, sí, pero unidad situada, fechada, herida por el tiempo-espacio. Verbo hecho carne. 

El Ente es una criatura que nace de la escritura, específicamente en la Edad Media, esto es, en el surgimiento del concepto moderno de Universidad (primero en Bolonia, luego en París) bajo una matriz intelectual cristiana. Felipe el Canciller, teólogo, filósofo y poeta que ejerció como Canciller de la Universidad de París, fijó los "atributos trascendentales" de la identidad. Felipe estableció que todo Ente, por el simple hecho de existir, posee características inalienables:

Res: Es una cosa activa, con capacidad de resistencia.

Aliquid: literalmente, "alguna otra cosa" distinta a las demás; que tiene identidad propia.

Unum: Posee una unidad indivisa, en sí misma. Única.

Bonum: Bueno. Todo ente, en tanto que existe, tiene un grado de perfección y es objeto de deseo; contiene una bondad ontológica.

Verum: Es inteligible y verdadero; todo ente es susceptible de ser comprendido por una inteligencia.

Pulchrum: Bello, pulcro; estéticamente armónico.



Conclusión

 

Quien exige una identidad sin máscara exige un actor sin escenario: pide, sin saberlo, la nada. Todo ente está ya atravesado por un signo, y todo signo remite a algún mito, explícito o no. 

        No hay identidad, en suma, que no dependa de la infraestructura material capaz de inscribirla, archivarla y, llegado el caso, borrarla con un clic tan silencioso como brutal fue el edicto de Creonte. No haydiferencia entre el papiro griego y el servidor californiano. Quien crea que su identidad digital le pertenece por entero ignora que, técnicamente, pertenece antes a quien controla el soporte donde esa identidad quedó inscrita.

            Sobre esta primera estructura se monta una segunda, más despiadadamente política, donde el Estado ocupa el lugar del mito. El Estado es el gran narrador que decide quién cuenta como ciudadano, qué lenguas son oficiales, qué formas de vida son legítimas. Desde ahí asegura el signo (2): produce leyes, documentos, códigos, archivos, todo un arsenal de palabras-armas que puede proteger o amenazar. Y, al hacerlo, define la vida del ente (3): el individuo y las colectividades que quedan, o no, bajo su amparo. 

           En rigor, no existe identidad neutra: toda identidad se juega entre la protección y la amenaza. Si el mito  —Dios, patria, tradición, Estado— legitima ciertos signos (2) —leyes, categorías, diagnósticos, certificados—, entonces algunos entes (3) pueden expresar su identidad a plena luz. Pero cuando ese mito es débil, fragmentado o excluyente, muchas identidades quedan fuera del marco de protección y se vuelven invisibles, clandestinas.

           Aquí se abre el problema que verdaderamente nos concierne: la violencia de la identidad. Una identidad puede buscar reconocimiento y cuidado, pero también puede armarse como proyecto de aniquilación de otras identidades. Sería una necedad de sobremesa decir que «toda identidad es buena»: existen identidades racistas, misóginas, "misántropas", homófobas, supremacistas. La pregunta política no admite anestesia: ¿debe dejarse expresar toda identidad sin límite alguno? ¿Cómo sostener, a la vez, el derecho a la identidad y la crítica implacable de aquellas identidades que se constituyen como máquinas de exclusión o de exterminio? Quien esquiva esta pregunta por comodidad académica no hace teoría: hace turismo conceptual.

 

Notas

1) Cf. Pierre Chantraine,  Dictionnaire étymologique de la langue grecque: histoire des motsParís: Klincksieck, 1999.

2) Cf. Nicole Loraux, Los hijos de Atenea [Les enfants d’Athéna]. Trad. de M. Jufresa. Barcelona: Acantilado, 2017, p. 76. Véase nuestro post al respecto: S. P. B., "La diosa Atena: de la identidad sexo-genérica a la identidad político-territorial", Proteo 0 (abril, 2024). 

3) Friedrich Kittler, "Homero y la escritura". La verdad del mundo técnico. Ensayos para una genealogía del presente. Trad. de A. Tamarit. México: FCE, 2018. Véase nuestro resumen actualizado en S. P. B., "Las sirenas y el origen de las vocales", Proteo 0 (marzo, 2024). 






Dêmos sin arché: teorías del poblamiento americano

 Sebastián Pineda Buitrago,  "Dēmos sin arché: teorías del poblamiento americano", Proteo, 2 (julio, 2026)





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Las Américas fueron o son un dêmos sin arché: un pueblo sin archivo ni autoridad reconocida, disperso en islas civilizatorias que apenas llegaron a conocerse entre sí. En un principio, la autoridad  vino de afuera hasta. 

     Para empezar, las poblaciones de bípedos que llegaron a las Américas ya eran plenamente Homo sapiens. No se han hallado en este continente registros fósiles de simios catarrinos ni, mucho menos, de homínidos. La historia de la evolución del Homo sapiens se jugó muy lejos de aquí, en las llanuras sudafricanas, donde la selva se retiró y el nuevo primate prescindió de la cola, liberó las manos para la creación de herramientas y comenzó a calcular el espacio y el tiempo: horizontes abiertos, amenazas calculables, noches llenas de estrellas; esa conciencia que Hans Blumenberg describe como resultado de la fuga hacia la llanura: un bípedo que mira y se sabe mirado, que necesita tiempo para dudar y decidir, que convierte el mundo en escenario.[1] Curioso: ese animal que aprendió a leer el horizonte para sobrevivir es el mismo que hoy no soporta leer un párrafo sin desplazar el pulgar. 

     No hay registros oficiales del arribo. La identidad de los primeros americanos se perdió en el balbuceo frente al fuego, en la onomatopeya que nombra al mamut con temor. Era un lenguaje pegado a la cosa.

     En Blombos, Sudáfrica, se conservan trazos en ocre de entre 75.000 y 100.000 años de antigüedad; en Europa, las cuevas de Maltravieso conservan pinturas de hace 66.700 años acaso de neandertales, mientras las de Chauvet ya son de Homo Sapiens capaces de pintar bisontes, caballos y rinocerontes de 37.000 años [2]. Si África y Eurasia llevan decenas de milenios pintando cavernas y domesticando la visión, ¿desde hace cuánto hay en las Américas petroglifos y arte rupestre? Cualquier intento de trazar una linealidad cronológica tropieza hoy con la dispersión geográfica de los focos monumentales del arte y la lítica americana.

         La cultura paleoindia de Clovis en Nuevo México, identificada por sus icónicas puntas de proyectil acanaladas y confinada a un horizonte de entre 13.050 y 12.750 años atrás, ha perdido su primacía. Saltan a la vista otras culturas pre-Clovis que obligan a descentrar la mirada arqueológica y a fracturar la narrativa del avance lineal norte-sur de la teoría del estrecho de Bering, según la cual los primeros hombres entraron por Alaska hace aproximadamente, 25.000 y 15.000. Pues, por ejemplo, en los murales de la serranía de Chiribiquete, dentro de la actual Amazonía colombiana, el arqueólogo Carlos Castaño-Uribe defiende una antigüedad de hasta 20.000 años para el arte rupestre del jaguar, aunquelas dataciones AMS independientes más recientes, lideradas por el ICANH, solo han confirmado hasta ahora unos 4.150 años. [3]. A pocos kilómetros, en la serranía de La Lindosa, otro equipo (Iriarte et al.) ha documentado paredes rocosas con paleolamas, gonfoterios y perezosos gigantes, es decir, la verdadera imaginería de megafauna de la región, fechados hace 12.600 años: un yacimiento distinto, con una edad menos de la mitad de la que se le atribuye a Chiribiquete. [4].

          A este archipiélago pictórico se suman las controvertidas evidencias del Valle de Pedra Furada, en el noreste de Brasil, cuyo registro de radiocarbono y luminiscencia se remonta hasta unos 24.000 años —cifra ya beligerante por sí sola, que no debe confundirse con los 48.000-60.000 años que Niède Guidon reclamó para un abrigo rocoso cercano y distinto, el Boqueirão da Pedra Furada, en una controversia que la arqueología nunca aceptó del todo. [5]. Y está también Monte Verde, en Chile, que hasta hace apenas cuatro meses sostenía sin discusión sus 14.500 años de antigüedad —hasta que un estudio independiente lo dató al Holoceno medio, entre 4.200 y 8.200 años, desatando la réplica de treinta investigadores, con Tom Dillehay a la cabeza, que califican el hallazgo de "categóricamente falso". [6]. Ni el propio radiocarbono se pone de acuerdo sobre cuándo empezó a poblarse América.

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De los ocres minerales de Chiribiquete a los ocres de Pedra Fundada, el poblamiento de América se ha pensado siempre como migración, mezcla y disputa. 

    El anthropos prehispánico no conoció la rueda de tracción ni los grandes animales de carga para movilizarse por cordilleras y selvas que difícilmente resultan caminables; además, los huracanes (palabra arahuaca que rápidamente se incorporó al léxico hispánico para nombrar los ventarrones del Caribe) desbarataron una y otra vez la posibilidad de astilleros y flotas estables. 

    Mientras los incas tocaban casi las nubes en las alturas de Cuzco y del lago Titicaca, los mayas erigían ciudades de piedra en las costas de Yucatán que se hundieron en la selva mucho antes de la Conquista. Todavía en 1519, cuando Cortés se encontró con Moctezuma, éste le hizo saber que los aztecas también eran unos recién llegados al altiplano del Anáhuac (lo habían invadido hacia 1375 aproximadamente) y que esperaban una profecía de Oriente, es decir, del océano Atlántico según su perspectiva. [7]. 

                Si Asia, África y Europa se conocieron entre sí y pudieron imaginar para sí mismas cierta homogeneidad racial o civilizatoria, las Américas jamás han podido reclamar ese privilegio ontológico. Son, por definición, el espacio geopolítico donde ninguna “raza” ni tradición puede erigirse como norma exclusiva, y donde el problema antropológico central radica precisamente en cómo pensar un mundo humano sin unidad previa de sangre, lengua ni ley. 

     Al margen de la antigua trinidad del Viejo Mundo, bajo el rigor cronológico del calendario juliano, América aparece como un continente “descubierto” en 1492 y declarado Mundus Novus en 1503. Periferia del jus publicum europaeum que quiso organizar el mundo como un círculo cerrado de mar libre, territorios estatales, colonias, protectorados, países exóticos y tierras “libremente ocupadas”, America permanece varios siglos administrado por delegación de virreyes, obispos, inquisidores o capitanesPero entre la Doctrina Monroe (1823) y la Guerra Fría (1945-1991) una parte de ese Unidos de América como árbitro y policía del planeta. Semejante escatología obliga a preguntarse por el reverso teológico-político de esta maquinaria de sujeción espacial. ¿Cuáles son los fines últimos que clausuran la historia colonial americana para convertirla en historia imperial? 

     Si no hay un “hombre autóctono” americano, si ninguna raza puede adjudicarse natividad absoluta, y si nos enfrentamos ante una agregación de pueblos nómadas que fragmentariamente se volvieron sedentarios, entonces el continente americano careció una autoridad (una arché) de alcance continental que unificara a los pueblos (dēmos) del hemisferio como totalidad pensada, desde Alaska hasta la Patagonia. Hablar hoy de “Abya Yala” o “Turtle Island” y otros topónimos panindígenas para disputar simbólicamente el nombre de “América” no es más que ceder a modas conceptuales propias del anti-intelectualismo académico de marras.

    La realidad material es más severa: Mesoamérica (término acuñado por Paul Kirchhoff en 1943) y el mundo andino se desarrollaron como dos islas civilizatorias ciegas la una a la otra, irremediablemente separadas por la barrera selvática del tapón del Darién entre Colombia y Panamá. No alcanzaron a desarrollar las dos prótesis de comunicación que unificaron el Mediterráneo y el espacio eurasiático: la navegación a vela de gran calado y la tracción de la rueda. Ambas cosas, junto con la fundición de metales, se conocieron en el Mediterráneo desde antes de la Guerra de Troya (c. 12441209 a. C.). Desde la carta de Américo Vespucio sobre el Mundus Novus (1503), difundida en ediciones latinas que circulan por las redes humanistas europeas, América deja de ser sólo “las Indias occidentales” y se convierte en un cuarto mundo. 

     El concepto de “Nuevo Mundo” abre dos derivas complementarias: por un lado, la novedad absoluta se carga de fantasmas (caníbales, monstruos, “aliens” de la humanidad) que alimentan una iconografía de cuerpos desnudos, decapitados, devorados. Por otro, la misma novedad se traduce en derecho de apropiación total: los calvinistas y puritanos que poblarán la costa atlántica de Norteamérica leen la tierra nueva como escenario de realización individual y expansión de la “raza blanca”, una página en blanco donde el sujeto elegido (Calvino) escribe su propia historia. Frente a esa ontología del cuarto mundo, Bartolomé de Las Casas insiste en la prolongación de Asia: las “Indias occidentales” no rompen el ecumen tripartito, sino que completan la geografía bíblica de los descendientes de Noé. Bajo esta concepción, el indígena no es alien ni monstruo, sino hermano olvidado, pobre y maltratado, que debe ser reintegrado a la historia de salvación; pero precisamente por mantener ese marco providencial, Las Casas oscila entre compasión y tutela, entre la defensa radical del indio y la tentación inicial de descargar sobre los esclavos negros el peso del trabajo colonial. La discusión racial moderna nace, en buena medida, de esa tensión: un “Nuevo Mundo” que autoriza fantasías de conquista total, frente a unas “Indias” que prolongan el mapa bíblico, pero pagan el precio de ser vistas como periferia eternamente menor.





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Aunque el primer en postular la teoría del paso terrestre entre Asia y América fue el jesuita José de Acosta en 1590, en su Historia natural y moral de las Indias, quien la defendió con ahínco a partir de 1898-1903 fue el antropólogo checo‑estadounidense Aleš Hrdlička, curador de la sección de antropología física en la Smithsonian Institution de Washington entre 1910 y 1941. Hrdlička era un antiguo militante del nacionalismo checo y un fiel defensor de la eugenesia y el racismo científico. En abril de 1937 salió su panfleto The Question of Ancient Man in America, en el que Hrdlička defiende con mayor violencia dogmática su cronología. Para Hrdlička,  los eslavos de la antigua Unión Soviética eran una  "reserva biológica de la raza blanca" frente al mundo. [8].

       En 1943, en Les origines de l' homme américain, Paul Rivet sostiene la tesis "poliracial": junto a la oleada mongoloide por Bering, una migración australiana (unos 6.000 años antes) y otra melanesio-polinesia, explícitamente como refutación del monogenismo de Hrdlička. El tipo de dato que usó Rivet no fue el calibrador craneano (frenología) sino el cuestionario lingüístico y el grupo sanguíneo para clasificar pueblos por frecuencias de grupos O/A/B.

    Obligado al exilio tras la ocupación nazi de Francia, Rivet fundó en Bogotá el Instituto Etnológico Nacional (1941) con Gregorio Hernández de Alba, bajo el auspicio del presidente de entonces, Eduardo Santos, y dos años después, en 1943, fundó en la Ciudad de México, con otro círculo de exiliados, el Instituto Francés de América Latina. [9].

        Rivet regresó a París el 22 de octubre de 1944, con autorización del gobierno de Argel, no como "protección" difusa sino como un trámite político preciso tras la Liberación. Y lo que hizo al volver fue reanudar sus cátedras y publicar sobre lingüística indígena americana con el fin de interpretar el poblamiento de América como un complejo choque de ondas migratorias intercontinentales. Muy pronto, sin embargo, tal teoría devino obsoleta. En Las estructuras elementales del parentesco (1949), Lévy-Strauss argumentó que no hay un lazo de sangre biológico (como pensaba la antropología física), sino un sistema de comunicación mediante el cual las sociedades humanas intercambian tres cosas: bienes, mensajes y mujeres. Mientras la antropología física de Rivet buscaba refugio político en Colombia y México integrando la ciencia a las batallas antifascistas, la antropología lingüística-matemática de Lévy-Strauss se preparaba para vaciar al anthropos de su experiencia histórica, entregándolo definitivamente a la soberanía formalista de la naciente era digital.



Notas 

1)  Hans Blumenberg, Descripción del ser humano, trad. G. Mársico, Buenos Aires, FCE, 2011. Véase especialmente el capítulo quinto, “Cuerpo y conciencia de la realidad”, pp. 491-592.

2) D. L. Hoffmann et al., "U-Th dating of carbonate crusts reveals Neandertal origin of Iberian cave art", Science 359 (6378), 2018, pp. 912-915. (Cifra disputada por A. W. G. Pike et al. y otros, que proponen ~47.000 años; cf. comentario en Science 361, 2018, eaau1371).

3) Carlos Castaño Uribe, Chiribiquete: la maloka cósmica de los hombres jaguar, Bogotá, Villegas Editores, 2019, p. 81. Sobre las dataciones AMS del ICANH (2025), cf. "Ancient Indigenous Paintings in Colombia on the Verge...", Colombia One, 1 de julio de 2025.

4)  Cf. J. Iriarte et al., "Ice Age megafauna rock art in the Colombian Amazon?", Philosophical Transactions of the Royal Society B 377 (1849), 2022, art. 20200496.

5) C. Lahaye et al., “New insights into a late-Pleistocene human occupation in America: The Vale da Pedra Furada complete chronological study”, Quaternary Geochronology, 30 (2015), pp. 445–451. 

6) Cf. T. A. Surovell et al., "A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America", Science, 391 (2026), pp. 1283-1288.

7)  Cf. H. Cortés, “Segunda carta de relación” (1520), en Cartas de Relación, ed. de Á. Delgado Gómez, Barcelona, Castalia, 2016, p. 239.

8)  Cf. Mark A. Brandon, The Perils of Race-Thinking: A Portrait of Aleš Hrdlička, Budapest, Central European U. P., 2023. 

9)   Cf. A. Birkenmaier, The Specter of Races: Latin American Anthropology and Literature between the Wars, Charlottesville / London: University of Virginia Press, 2016, pp. 61–92. 




 

El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o «ca’ uno es ca’ uno»

Proteo, 1, junio de 2026.

Portada

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Acaso cierto aparato publicitario muy afín al neoconservadurismo o un público muy sediento de "espiritualidad" puedan explicar el éxito de ventas en las librerías colombianas de El hijo del hombre (2026), de Juan Esteban Constaín. Pues una lectura atenta confirma la desproporción entre el fenómeno comercial y semejante boutade literaria. 

La redacción de este libro bien serviría para adornar el retablo de una parroquia triste: cargada de manierismos (iba a decir "barroquismos") que agotan la vista y la paciencia. No hablo del barroco como arte de la complejidad, sino de su caricatura:  el argumento principal devorado por incisos insípidos, la frase subordinada que pide auxilio antes de alcanzar el punto seguido. No hay músculo intelectual. Como botón de muestra, esta perla: 

“Jesús fue crucificado como lo fueron tantos en Roma, y cuando digo Roma digo el mundo entero que ella creó y gobernó, "cuando yo digo Francia digo la luz del mundo", decía un verso de José Umaña Bernal, un gran escritor colombiano, Jesús fue crucificado porque la cruz era el castigo tradicional y expiatorio que buscaba en aquel tiempo el escarmiento, colgar a los criminales para que nadie siguiera su ejemplo ni sus huellas, el ‘ludibrio’, como aún se dice en español con esa palabra latina, la burla, el desprecio, la indignación...” (p. 461). 

 Uno lee esto y no sabe si rezar, llamar a un editor o pedir auxilio a un profesor de sintaxis. De Umaña Bernal –mediano escritor justamente olvidado— Constaín salta, con la misma soltura con que se cambian canales, a citar al torero Guerrita: «Ca’ uno es ca’ uno». Y, sin quererlo, ofrece su mejor autorretrato. Eso es Constaín: un torero de la erudición, siempre dispuesto a hacerle un quite —olé— a toda discusión y a toda profundización. 

Su libro está lleno de pases vistosos y de arena levantada, pero casi nunca de estocadas conceptuales. En la página 467 se le escapa una confesión: “yo no soy ni ChatGPT ni un erudito y teólogo alemán del siglo XVIII o XIX”. Tiene razón en las dos cosas, pero omite la tercera: tampoco es un ensayista capaz de sostener el peso de su propia retórica. ¿Quién es, pues, Constaín?

Si el estilo es el hombre, entonces El hijo del hombre quiere ser ocurrente. En la página 446 Constaín vuelve a su chiste favorito: pelear con la máquina, esta vez a propósito de Thomas Browne, quien ensayó la disposición de los comensales de la Última Cena a partir del cuadro leonardesco. Constaín escribe “davinesco”, se corrige, dice que el adjetivo no existe, busca en Google “para estar seguro” y remata indignado: la “omnisciente y estúpida IA” —que lo tutea, y eso es lo que más le irrita— le sugiere “dantesco”. ¿A quién hace Constaín reír con estos apuntes? La frase no avanza, se atropella, tropieza en la propia ocurrencia. No hay pensamiento, hay obscenidad: el escritor indignado con un chatbot. En un libro que pretende pensar la encarnación, lo único que encarna aquí es la neurosis del autor frente a la máquina que lo corrige.

El mismo vicio reaparece una y otra vez: la frase subordinada e interminable que coarta la profundidad. Por ejemplo, Constaín abre un pie de página larguísimo para contarnos su matrimonio con mariachis en Popayán, sin sacar nada en claro ni en limpio. La anécdota no ilumina la tesis, la tesis no organiza la anécdota. 


El hijo del hombre comienza, como todo lugar común que se respete, con superlativos: “Roma es la ciudad más bella del mundo...”; sigue en la página 128 explicando lo mismo —“se empezó a volver la más grande y más bella de todos los tiempos”— y se desliza, por pura inercia, hacia divagaciones sobre escritores colombianos (Guillermo Valencia, Julio Flórez, García Márquez), Roma, Popayán, el credo, la misa, el torero. “Ca’ uno es ca’ uno”. 


Cuando Constaín intenta ponerse solemne, la frase se le hunde en azúcar. En el tercer capítulo, “Llevan siempre lágrimas las cosas” (“sunt lacrimae rerum”, verso de la Eneida), Constaín se extiende para contarnos que Eneas y Acates contemplan en un muro las pinturas de la guerra de Troya: “cada objeto de este mundo arrastra consigo su memoria y su dolor” (p. 163). Hasta ahí, manual de bachiller con Google a la mano. Páginas antes, en la 159, hablando del episodio de Dido y Eneas, compara la fundación de Roma con la de Macondo y cita el comienzo de Cien años de soledad. ¿Para qué? ¿A quién quiere sorprender con este truco de taller de escritura creativa? La analogía no trabaja ni la cita queda bonita. Su Roma es un crucigrama: Virgilio, García Márquez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Umaña Bernal, el torero Guerrita, todos revueltos en el mismo caldo –sancocho, dicen en Colombia– afectivo.



Cuando por fin enuncia una tesis, esta se disuelve en vaguedad viril: “Roma siempre ha sido un proyecto territorial y defensivo; los valores de su cultura estaban anclados en esa idea militar y viril de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir exactamente Constaín con El Hijo del Hombre? ¿Por qué no El Hijo de mujer? ¿Nace el cristianismo de una virtud viril que expulsa lo femenino del centro de la historia? Constaín, supongo, conoce a Robert Graves (el de Yo, Claudio y La diosa blanca), ese sí un pagano auténtico: un poeta que tomó en serio los cultos antiguos, la imaginería de las diosas y la lógica arcaica del mito como si siguieran teniendo razón contra la teología monoteísta y varonil. Autor de la novela Rey Jesús (1946), Graves confirma en ella que el crucificado desplaza el culto de la triple diosa lunar y expulsa a las sacerdotisas del templo. (Un paréntesis largo: Robert Graves quedó sorprendido cuando en Ibiza, ya ciego, le presentaron al escritor Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Cómo no iba a sorprenderse? Un colombiano que se llame Plinio Apuleyo… Anécdotas de ese tipo le encantan al costumbrismo bogotano que Constaín practica afincado en la larga tradición de Las tres tazas (1863) de José María Vergara y Vergara). 

El problema femenino (ya no digamos feminista) no está en la agenda de Constaín. Aunque él es muy virtuoso –de virtus, varón– coquetea con la teología, pero no la penetra. En algún momento, como relleno, cita entero el credo católico, como párroco en misa, sin trabajarlo como teólogo. Ni siquiera alcanza la altura mística de un mal manual de espiritualidad. 

En el cuarto capítulo, “Una sola sombra larga” (verso tomado del Nocturno de Silva), Constaín reconoce que su libro ha caído en la madriguera del conejo y que no ha salido nunca de ahí (p. 202). No hace falta que lo confiese: se nota con creces. Hasta la página 230, después de tanta pompa y procesión, se pregunta por los judíos. ¿Y los judíos? De pronto cita a Flavio Josefo, recuerda que Pompeyo conquista Jerusalén en el 63 “antes de Cristo”, derrota a Mitrídates y decreta, solemnísimo, que Jesús, el Hijo del Hombre, “nace en Roma”. De ahí pasa a “Yo soy César” para contarnos el romance de Cleopatra y Julio César, y por fin aterriza en el capítulo “El hijo del hombre”. El rodeo no ilumina: distrae. Uno sale con la impresión de que Roma es el centro del mundo porque Constaín necesita un escenario imperial para su ego.


2



En uno de sus momentos de lucidez involuntaria, apela a Gómez Dávila: cita el escolio de marras —“Dios se encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”— para darle densidad a su argumento. Llegados a este punto, conviene deslindar a Constaín de Gómez Dávila.  

La sintaxis de Gómez Dávila es anti‑barroca: desgrana, limpia, suprime adornos; sus frases reconfortan menos por lo que dicen que por cómo están dichas. La sintaxis de Constaín, en cambio, no aligera: recarga. No afila: engorda la frase. Los escolios de «Colacho» condensan miles de lecturas, pero no son dogmas compactos; obligan a pensar sus consecuencias, a preguntarse, por ejemplo, si entonces el hombre sin Cristo no es importante. Ese es el punto: el escolio no cierra, abre. Constaín hace lo contrario: clausura la discusión con un olé: “Ca’ uno es ca’ uno”.

 Cuando escribe en la página 469 que "uno puede negar la existencia de Dios o incluso la de Jesucristo como personaje histórico, pero no puede negar, en ningún momento, el poder de esa ficción", Constaín no está desplegando una intuición gomez‑daviliana; está pronunciando un lugar común de tertulia: Dios como “gran relato” útil. Se podría discutir, claro, desde la etimología de fictio —aquellas fictiones del derecho romano—, pero ni siquiera llega a eso: usa “ficción” como quien usa “mito” o “historia bonita” y cree que así ha dicho algo grave.


Ahí se ve la diferencia de oficio. En Gómez Dávila, cada palabra está elegida con rencor contra el lugar común; en Constaín, el lugar común se disfraza de cita culta. Uno comprime una biblioteca en dos líneas sin exhibirla; el otro exhibe la biblioteca sin lograr una sola línea memorable. Por eso, más que heredero de los escolios, Constaín parece un devoto de la boutade: siempre dispuesto a lanzar una ocurrencia, nunca dispuesto a soportar las consecuencias conceptuales de lo que dice.

«No escucho tu prédica, sino tu voz» (Gómez Dávila). ¿A quién le habla esa voz —no la prédica, la voz—? ¿A un pequeño auditorio imaginario de amiguetes satisfechos: los de siempre, los del colegio bueno, los del club, los de la mesa de al lado en la feria del libro? La verdadera prueba de un escritor no es a quién cita, sino a quién incomoda. Y ahí, Constaín se queda corto: cita a Gómez Dávila, pero nunca incomoda como él. 

3


Por quedarnos en la tradición (parroquia) colombiana, hay un abismo entre el libro de Constaín y otro sobre el mismo tema (hablamos del origen del cristianismo, ¿no?) pero mucho más exitoso y simpático y escrito con muchísima más gracia. Hablo del de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia (2007).  Vallejo leyó, fichó, persiguió durante años el expediente criminal del cristianismo, incomodando a creyentes, agnósticos, curas y devotos de la alta cultura por igual; Constaín incomoda, con suerte, al corrector de estilo.

Podría parecer injusto traer aquí una correspondencia privada, pero es precisamente en ese intercambio donde se ve la diferencia de temple. Cuando, en 2007, publiqué una crítica atolondrada de La puta de Babilonia, Vallejo me contestó con la violencia que su libro exigía: me reprochó haberlo comparado con “una vieja loca”, me acusó de mezquindad, de colombianada, de no haberlo leído como se debe. Y tenía razón. Mi respuesta no fue defender al cristianismo como “empresa civilizadora”, sino volver al texto de Vallejo y admitir algo incómodo: en sociedades católicas y contrarreformistas como las nuestras, la lectura de la Biblia ha sido históricamente escasa, vigilada, casi siempre mediada por sermones y no por filología. La puta de Babilonia lo muestra con saña: mientras el protestantismo multiplicó traducciones y exégesis, buena parte del mundo hispánico vivió de espaldas a los originales, sin griego, sin hebreo, sin arameo, con malas ediciones en español cuando las había. La verdadera herejía de Vallejo no es solo lo que dice contra la Iglesia, sino desde dónde lo dice: desde una filología agresiva que le pasa la Biblia por la picadora de citas, algo que en El hijo del hombre simplemente no existe.

A Vallejo se le puede acusar de exceso, de monotema, de hereje obsesivo. A Constaín, ni siquiera de piadoso. Donde Vallejo arma un alegato con rigor documental —trescientas páginas sin capítulos, una sola respiración envenenada contra la Iglesia—, Constaín ofrece turismo cultural con incienso: Roma “ciudad más bella del mundo”, credo recitado sin análisis, judíos que entran tarde al escenario, Gómez Dávila citado como ornamento y no como desafío. El contraste no es de ideología, es de seriedad intelectual. En términos nietzscheanos: uno escribe con sangre; el otro, con agua bendita edulcorada.

Para terminar, digamos que Constaín –siguiendo el epígrafe gómez-daviliano de su libro– sea un pagano que cree en Cristo. Un "pagano" virgiliano. Nada nuevo. Miguel Antonio Caro también lo era e insistía en que un par de églogas de Virgilio anunciaban el cristianismo. En la bella disputa entre Homero y Virgilio, Nietzsche (el Anticristiano por antonomasia) se inclina por Homero, por Grecia, por la música, por el alfabeto, por la matemática, Dionisios, Apolo, Platón, Aristóteles... 

***

Juan Esteban Constaín (o su editorial) agendó la presentación de El hijo del hombre en la Feria del Libro de Xalapa (mayo, 2026). Él nunca llegó. Esta reseña es, en parte, lo que iba a decirle en la mesa y ha quedado De sobremesa, costumbre muy bogotana desde José Asunción Silva, el de una sola sombra larga... 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o "ca' uno es ca' uno"», Proteo, 1 (1)

Primer editorial, Mundial barroco y teatro electoral colombiano

Proteo, n.° 1, junio de 2026.

Yolanda Pineda, 1977


Proteo renovado


Proteo no aparece: irrumpe, interrumpe,  intercepta. Pasa de blog (nació en 2009 como homenaje de los cien años de Motivos de Proteo [1909] de Rodó) a revista mensual (¿estilo Monterrey de  Reyes, es decir, revista unipersonal?). Sí, pero cuidado. Las revistas unipersonales no son mera vanidad cuando exigen abandonar la comodidad de las redes sociales —ese coro sin riesgo. 



Mundial barroco en el Gran México


“...cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas...”, dice el ácido narrador de La virgen de los sicarios (1994). La época de la imagen del mundo (Heidegger) se postra ante la pantalla y la obediencia visual del fútbol. 

En la Ciudad de México, la urbe con más tráfico del mundo, el espectador llegará deshidratado al Estado Azteca, si es que antes no queda atrapado en la calzada de Tlalpan. Bajo el inclemente sol de junio, el espectador mundialista (consumidor globalista) quedará atrapado en el barroco mexicano. Pues no existe Norteamérica. A lo mucho existe  Áridoamerica o Angloamérica. Como realidad geopolítica, México  es un país levantisco. Todo lo que se eleva en sus altiplanos se vuelve volcán 🌋. Aquí toda pedagogía roza la insurrección. 

Conviene distinguir la distancia entre instruir (paideia) y formar (Bildung). La primera viene de la esclavitud (el pedagogo era el esclavo que acompañaba al niño). La segunda, aunque viene de la Ilustración y particularmente del Aufklärung alemán, no es menos libertaria. La Bildung (traducida generalmente como formación) es en realidad obediencia visual (Bild es imagen, cuadro). Y nada produce mayor obediencia visual que las pantallas, que la transmisión de un partido de fútbol. Le ahorra al Estado mil gendarmes, mil pedagogos. De ahí la pelea entre texto-imagen, entre libro-pantalla. De ahí que los maestros de la CNTE estén a punto de tomarse el Zócalo, por lo demás ya invadido por pantallas gigantes. Es la Contrarreforma permanente pero invertida.


Elecciones presidenciales en Colombia 


Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977). 

            Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento. 


    Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía. 


        Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.




Liturgias del Canal: en busca de Francisco "Pacho" Valencia en Panamá (1936)

Proteo 1 (junio, 2026)

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No fui a Ciudad de Panamá como turista disciplinado, armado de lista TripAdvisor y bloqueador solar, sino como un profesor con un asunto pendiente en el registro civil de los muertos: quería encontrar a mi tío bisabuelo, Francisco “Pacho” Valencia, poeta pagano, primer cónsul de Colombia en Panamá y agente postal privado, enterrado allí desde 1936. 

En la maleta llevaba menos ropa de la necesaria y más papeles de la conveniente: fotocopias amarillentas, un prólogo de Rafael Maya, notas sueltas sobre la Gruta Simbólica, el poemario  Liturgias de la tierra (no el original publicado en 1904, sino una pésima edición de la Universidad de Pamplona del año 2000).
Lo que sabía de él antes del viaje era casi un guion oral de sobremesa: nacido en Pamplona, Colombia,  en 1878, hermano de militares y políticos, criado entre la niebla fría de la ciudad y el sol templado de la Hacienda San José, entre cafetales, cañaverales, patios, trapiches, eucaliptos y ceibas centenarias.
De niño me contaron que en la Hacienda San José, ganada como merced de guerra por un antepasado de lanza patriota, Pacho aprendió dos religiones incompatibles: el catecismo católico de los corredores oscuros y el paganismo del paisaje, un paganismo de ceibas pensadoras, cañones impenetrables y montañas góticas. Detrás del trapiche arruinado, como un desfiladero deslumbrante, aún se vislumbra en lo hondo del cañón la quebrada Iscalá. 


La ceiba centenaria

Al borde del cañón


En Bogotá, durante su juventud, Pacho se declaró abiertamente pagano con una desenvoltura que habría escandalizado a los párrocos de Pamplona. Pues, en sus poemas, Deméter aparece entre cosechas de café, Cronos se aburre en un trópico sin estaciones, y Eros se pasea sin pudor por las tierras templadas de Chinácota.
No citaba a los dioses para adornar la frase, como tantos modernistas de manual. Entendía que el Olimpo mismo es ya una forma de pensar, una “materia mental” anterior a la palabra cristianizada. La única función de la mitología es, en realidad, dar cuenta de un hecho lingüístico. 
El viaje a Panamá empezó en Google Books, una madrugada de insomnio.
Tecleé “Francisco Pacho Valencia” y apareció, como un guiño, un libro titulado Mi Panamá de ayer, con una breve mención al agente postal privado de Colombia en la ciudad: un tal Valencia que recibía a los connacionales en una oficina de la Avenida A, casa 30, y resolvía sus problemas de cartas, giros y nostalgias.
“Agente Postal Privado de Colombia en Panamá y cónsul general”. En ese relato institucional, Pacho apenas figura –si figura– como una nota lateral: un hombre que visaba documentos, certificaba firmas y enviaba telegramas a Bogotá mientras el país inauguraba, en 1936, la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo.


Probablemente, Pacho llegó a Panamá en 1929, mientras la Bolsa de Nueva York se desplomaba. El mundo estaba ad-portas de penetrar en la Segunda Guerra. Como cónsul general de Colombia en Ciudad de Panamá —poeta pagano, experto en mitología griega y en formularios consulares— Pacho empezó a fantasear con un motín imposible. 

No pensó en ajustar tratados o en enviar notas de protesta al Departamento de Estado en Washington. Sino en algo más radical: invertir el signo del istmo, devolver el Canal al país amputado y liberar a Colombia del colonialismo angloamericano y de sus recintos sombríos, esos grim enclosures donde la ingeniería y la sanidad militar, de la mano de Gorgas y compañía, habían domesticado la malaria para mayor gloria de Wall Street. 

Desde su despacho de agente postal privado, entre cartas y telegramas cifrados, Francisco “Pacho” Valencia —nietzscheano, horaciano, sensualista— imaginó una revolución tan improbable como poética: que un país crónicamente ensimismado en guerras civiles encontrara, por fin, el coraje de reclamar el trozo de tierra que lo unía al mundo, no ya en nombre de Dios o de la patria, sino en nombre de Afrodita, Eros y de la dignidad pagana de los despojados. 

 Pacho no fue un mero funcionario. Celebrado a principios de siglo por cantar las vendimias del trópico en verso alejandrino, tres décadas después, en 1930, frente a una bahía caliente, no se puso a redactar notas consulares sobre “la situación de los nacionales en la zona del Canal”. No. Brindaba, en secreto por Afrodita, Deméter, Eros y por Marte, el dios de la guerra, cuyo fulgor se intensificaba por esos días. 

Decidió ser un poeta soltero y sin hijos. "Imagínese si mis hijos me pidieran algo y yo no pudiera dárselos”, dijo alguna vez. Era un mito familiar. Pero Pacho  depositó su semilla en poemas. El verbo hecho carne.
Lo fascinante de seguirle la pista en 2026 es que Panamá acaso siga siendo el mismo puerto amputado que conoció él. El drama de la mutilación persiste como eco.
Desde el piso 28 de un hotel moderno, con ascensor veloz y barra de cocteles de diseño, el istmo se ve como un catálogo de rascacielos de vidrio. Pero, debajo de ese skyline neoliberal, laten los barrios donde aún se cruzan colombianos, panameños y antillanos en cantinas sombrías.
Caminar por el Casco Antiguo con la biografía de Pacho en la cabeza produce una especie de doble exposición: uno ve balcones de hierro, faroles marchitos, pero también imagina al tío bisabuelo trepando a la azotea de un hotel de cuatro pisos que entonces llamaban “rascacielos”, mirando un archipiélago de luces amarillas donde nosotros vemos ahora un corredor financiero.
En ese juego de superposiciones, las fechas se vuelven porosas.

1936: López Pumarejo reforma la Constitución y anuncia un país moderno, mientras Pacho muere en Panamá, probablemente sin sentir que la Revolución en marcha haya llegado hasta su escritorio de cónsul postal.

2026: yo desciendo por el mismo istmo, no como diplomático, sino como profesor universitario en México. 

No encontré, por supuesto, una placa con su nombre en letras doradas. La ciudad no lo recuerda con busto ni estatua; su rastro sobrevive en las hemerotecas, en una entrevista perdida de 1928 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en el rumor familiar de que “murió cónsul en Panamá”, como si el cargo bastara para explicar el destino.
Lo que sí encontré fue algo más discreto: la certeza de que su paganismo –esa mezcla de Eros y Minerva, de sensualidad creadora y soledad fértil– sigue operando, silenciosamente, en mi propia manera de mirar el istmo.
Leyendo sus poemas, uno entiende que la palabra “pagano” dejó de ser insulto católico para convertirse en título de honor.
En una época en que media Colombia se desgarraba en guerras civiles, Pacho eligió otra forma de combate. Acaso vio a sus parientes hundirse en el río Peralonso, cuyas aguas se tiñeron de rojo durante diez días, entre el 5 y el 16 de diciembre de 1899. 

Con la lucidez que otorga la derrota (en la Batalla de Peralonso ganaron los liberales, los enemigos de su familia), Pacho se marchó a Bogotá. Amistó con Julio Flórez y los poetas de la Gruta Simbólica a recitar a Hugo grande y a Verlaine antiguo, a Baudelaire y a los simbolistas franceses y a Darío y a Silva y a Lugones, a leer a Nietzsche y a Schopenhauer, a componer sonetos donde la verdadera batalla fuera entre Calvario y tálamo nupcial.
Tal vez por eso me interesa tanto pensar su muerte en Panamá: porque condensa, en una escena, el destino de un país y de una familia.


Colombia renunció al istmo como quien cede un miembro bajo presión imperial. Pero Pacho, aunque renunció voluntariamente a casarse y tener hijos, se negó a semejante amputación geográfica. 

Aunque supuestamente el gobierno de Estados Unidos le entregó en 1999 el Canal a Panamá, persiste el enclave colonial. Basta recorrer hoy la antigua Zona del Canal, visitar el Museo y escuchar la voz grave de Morgan Freeman –que todo lo vuelve épica pedagógica– para notar que, en el relato oficial, los héroes siguen siendo ingenieros y coroneles sanitarios estadounidenses. El documental de Hollywood ignora al Dr. Carlos Juan Finlay (1833-1915), el médico cubano que teorizó sobre la transmisión de la fiebre amarilla (el mosquito) y patentó la primera vacuna. 


Tío bisabuelo mío, Pacho Valencia, descansa. No te hará falta el casco de corcho ni la quinina para digerir este siglo. Ahí tienes a Kipling, todavía redactando el inventario de nuestras carencias con la métrica exacta de un oficial de aduanas del Imperio británico. Él, en la India, decía que la gente del trópico éramos "mitad demonios y mitad niños" (half child half devils). ¡Qué carga tan pesada la del hombre blanco!, se quejaba Kipling. Tener que cargar con todo el oro, con todas las esclusas y con todos nuestros muertos sobre sus hombros cansados de tanto decretar el progreso.

Oye al black man Morgan Freeman. Qué voz tan profunda, tan aséptica, tan de "padre de la nación" narrando el despojo con la cadencia de quien lee un salmo. Es el sonido de la hegemonía: una voz de terciopelo que convierte la cicatriz de Panamá en un accidente geográfico superado.

Pero nosotros sabemos, Pacho, que más allá de la muerte no hay carga. Solo queda el polvo que no se rinde y la ironía. Mientras Kipling y sus hermanos angloamericanos celebran su "burden" en pantallas de alta definición, tú ya eres parte del istmo, de la etimología de la tierra que nunca pudo ser domesticada por un poema de Kipling ni por un contrato de la Zona.

El imperio tiene la voz de Dios; nosotros tenemos el silencio de la Verdad.