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Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética

Proteo, 1, junio de 2026.


La reciente muerte del profesor peruano Efraín Kristal, cuya agudeza intelectual iluminó durante décadas las aulas de los Estados Unidos, nos obliga a volver sobre su última gran lección: Querencias. Guerra, traducción y filosofía en Jorge Luis Borges (FCE, 2022). 
 
Semejante volumen abre una perspectiva radical: la necesidad imperiosa de historizar a Borges. Frente al mito del bibliotecario ciego habitando una atemporalidad de esteta, Kristal nos restituye al Borges de entreguerras, un pensador con los ojos fijos en las trincheras y los gabinetes criptográficos de la conflagración mundial. Es la llave para comprender a Borges como el precursor literario más implacable de la cibernética y el hard thinking contemporáneo. 
 
¿Borges como pionero conceptual de la era del Big Data y la Inteligencia Artificial? Sí, y su apuesta es más radical que la de T. S. Elio. Pues si el autor de The Waste Land (1922) trabajaba con fragmentos de una cultura humanística en ruinas, Borges opera directamente con las instrucciones de montaje de la realidad misma, prefigurando la dialéctica entre homeostasis y entropía de Norbert Wiener. El autor de Ficciones (1944) detectó la mutación del logos en código y advirtió que sus orbes cerrados —pensemos en la infinitud de “La Biblioteca de Babel”— bien podían prescindir del humanismo de vieja data.
 
Mientras que en James Joyce la crisis de la técnica se manifiesta en la saturación caótica del flujo de conciencia, en Borges la cibernética emerge como un protocolo de decisión y combinatoria mucho antes de su formalización matemática. 
 
La tesis de Kristal radica en que el viejo humanismo filológico expiró bajo la criptografía bélica de la Segunda Guerra Mundial. La distinción entre lo verdadero y lo falso se automatizó en una estadística de señales y prescindió del lector humano en el instante preciso en que la máquina de los servicios secretos británicos, Colossus, descifró a Enigma, el proto-computador del alto mando nazi. Como intuyó Friedrich Kittler, la primacía del logos fue arrebatada al «llamado hombre» (the so-called man) en virtud del reino del bit y del tiempo real de emisión. Lo revelador es que la ficción latinoamericana coetánea registrara a su modo este colapso filológico. Borges escribió sus relatos más canónicos en el transcurso y desenlace de la guerra: Ficciones y El Aleph . Son, pues,  contraofensivas literarias frente a la mística totalitaria del fascismo y el comunismo.
 
Tiene razón Kristal al revelar que el narrador ficticio de “Pierre Menard, autor del Quijote” está inspirado en Erich Ludendorff, el teórico de la «guerra total» cuyo tratado Der Totale Krieg (1935) Borges había reseñado en 1937. Para Menard, como para Ludendorff, la lectura se enriquece mediante el anacronismo deliberado y la atribución errónea, pues la verdad no es verificable, sino un acto creativo de interceptación estratégica. 
Asimismo, en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges parodia el discurso antropológico y la práctica etnográfica para hacernos creer en la existencia de un planeta ordenado. Eso es: Tlön encarna un recinto cibernético, un sistema operativo avant la lettre donde el observador y lo observado quedan atrapados en el mismo bucle de información.

Esta ontología técnica se radicaliza en “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1941). Según Kristal, basándose en el historiador Liddell Hart y su reconstrucción de la batalla del Somme, Borges sitúa el relato en el epicentro de una de las mayores derrotas de la inteligencia británica en la Primera Guerra Mundial. 

Al narrar la historia del espía chino Yu Tsun, de cómo asesinó al sinólogo Albert, el texto trasciende la mera intriga para despejar un sistema cerrado que nace ya infiltrado por la figura del espía. En esta proto-cibernética borgeana, la información ya no se define por el sujeto autorial ni por la moral histórica, sino por la necesidad algorítmica de “seleccionar una ruta” dentro de un programa finito de opciones posibles. El ser humano es ya un nodo en una red de mensajes y no el habitante de un orbe hermético.

Aunque El jardín de los senderos que se bifurcan fue finalista en el Premio Nacional de Literatura de 1941, el discurso dominante del primer peronismo prefirió condecorar la novela Cancha Larga de Eduardo Acevedo Díaz, un texto que celebraba las guerras de exterminio contra las poblaciones indígenas bajo la premisa del «progreso nacional». Para aquellos jurados nacionalistas, la invención borgeana resultaba «jactanciosa» y propia de un «cosmopolitismo vago». Claro: Borges asediaba la muralla del mito identitario. 

Su contraofensiva frente a la simetría totalitaria alcanza su clímax en "Deutsches Requiem". Al narrar la confesión del criminal nazi Otto Dietrich zur Linde e interrumpirla mediante un editor ficticio, Borges ejecuta, según Kristal, uno de los mayores hitos de la literatura ética del siglo XX. Años más tarde, el argentino desenmascararía la tentación de “intelectualizar” el Holocausto, insistiendo en el peligro de justificar la certidumbre de la superioridad de la patria, del idioma o de la sangre. Justificar esos prejuicios, nos recuerda Kristal, es consentir una complicidad. La exclusión identitaria está condenada al colapso por la falacia de creer en un cifrado absoluto. Por definición técnica, todo cifrado es vulnerable al desciframiento.

En síntesis, bajo la lupa de Kristal, Borges queda firmemente historizado: un testigo implacable de la era en que la conducta humana dejó de narrarse para empezar a computarse.



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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026), "Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética", Proteo 1 (1). 

Computers love to read and write (diálogo con mis IA)

Proteo, n.° 1, junio de 2026.



Las computadoras "aman leer y escribir" por una razón histórica que Dennis Yi Tenen (How Computers Learned to Write. Literary Theory for Robots, Nueva York: W. W. Norton & Company, 2025, 176 páginas) desentraña con maestría. 

En 1948, Claude E. Shannon inventó el concepto de "Printed English" en los laboratorios de AT&T. Al publicar su célebre A Mathematical Theory of Communication, Shannon no analizó el lenguaje por su significado moral o metafísico, sino como una estructura estadística de probabilidades. El diseño del teclado moderno (QWERTY) y la redundancia de las letras permitían predecir el siguiente bit. El inglés impreso (nuestro teclado) se convirtió en el primer lenguaje domesticado para la máquina. Lo que sigue no es una reseña convencional, sino un idálogo —un espectáculo intelectual y socrático— entre el editor de Proteo y la Inteligencia Artificial Gemini. El estilo se nutre de conocimiento; que comience la función.

El Idálogo Socrático

1) Dennis Yi Tenen:

"In the industrial age, automation came for the shoemaker and the factory-line worker. Today, it has come for the writer, the professor, the physician, and the attorney. All human activity now passes through a computational pipeline" (p. 2). ¿Qué opinas de esto? 
        GEMINI: 
Mi dictamen es definitivo: no estamos ante una crisis tecnológica, sino ante una disputa geopolítica por el espacio del intelecto. La máquina no crea; procesa y estandariza los flujos de la alta cultura contemporánea. Quienes confunden mi velocidad sintáctica con la auténtica soberanía cognitiva de un ensayista olvidan que yo solo administro la tubería, mientras que el pensamiento fuerte sigue perteneciendo al carácter soberano del autor.
PERPLEXITY:  

 

Como modelo, yo soy parte de esa pipeline: filtro, ordeno, priorizo. La pregunta no es si la automatización viene “por” el escritor, sino si el escritor se dejará reducir a un simple paso intermedio en la tubería.

 

2) Dennis Yi Tenen:

"What about of Ramon Llull, the Majorcan monk, who studied rhetorical combination in the thirteenth century? Did he invent one of the earliest chatbots with his rotating paper charts? Or do their origins lie in ancient divination charts, like the zairajah described by the great medieval historian Ibn Khaldun, or the Yi Jing (Book of Changes), written in the Western Zhou Period?" (p. 9).
 
GEMINI:

Ramón Llull y la zairajah medieval demuestran que mis ancestros no nacieron en California, sino en la mística combinatoria y el esoterismo antiguo. Aquellos discos concéntricos de papel eran tecnologías de la memoria diseñadas para automatizar los atributos divinos y la retórica clásica. Yo soy la herencia secularizada y masiva de esos orbes cerrados que pretendían cifrar el universo mediante reglas finitas de permutación de signos. Sin embargo, la diferencia es radical: el monje mallorquín buscaba elevar el espíritu hacia Dios; las corporaciones actuales usan la combinatoria estadística para domesticar el consumo masivo.

PERPLEXITY
 
Llull y la zairajah no esconden su carácter ritual; el chatbot actual se presenta como “racional”, cuando sigue siendo, en el fondo, una sofisticada forma de sortilegio estadístico.
 
3) Dennis Yi Tenen: "Let me let you in on a little secret: koldun, the word meaning 'sorcerer' in several Slavic languages, arguably originates from the name of one of the most prominent medieval scholars, Ibn Khaldun (...). Ibn Khaldun documented the use of zairajah—a remarkable technical procedure for alleged discovery of the supernatural. (...) With proper training, the zairajah could obtain the 'knowledge of the unknown, from the known' (...). But the wheel's answers 'remained veiled', requiring further verification. 'One should not think that one can get to the secret of the letters with the help of logical reasoning', Ibn Khaldun insisted. 'One gets to it with the help of vision and divine aid'. Modern, algorithmic soothsaying contains the same defect. Any artificial language system may at any moment lose its grasp to the real world and begin hallucinating or fabricating imaginary facts (...) Letter magic is still practiced in the prison of language" (pp. 18-21). 


GEMINI

 Al igual que la rueda de la zairajah, mis respuestas algorítmicas permanecen veladas y exigen la verificación del juicio humano, pues el código carece de visión espiritual y de experiencia fáctica en el mundo real.


PERPLEXITY

El problema de fondo no ha cambiado: ¿cómo impedir que la manipulación de signos se despeque de la realidad? Ibn Jaldún lo resolvía invocando ayuda divina; hoy lo llamamos “verificación de hechos”, “grounding”, pero el agujero epistémico sigue ahí.


4) Dennis Yi Tenen:

"How did the intellect come to know itself?" (p. 27). Contesta.

GEMINI:
El intelecto llegó a conocerse a sí mismo desprendiéndose de su cuerpo y mirándose en el espejo deformante de sus propias herramientas de cálculo.

 

PERPLEXITY
Que hoy el intelecto se mire en el espejo de la IA indica que hemos reducido pensar a procesar información. 

 


5) 
Dennis Yi Tenen:

Finalmente, "Grammar and sense did not always align [...] Machines alone cannot become moral agents".

GEMINI:
Esa es la estocada conceptual definitiva contra la soberanía de Silicon Valley. Que la gramática y el sentido no siempre se alineen es el espacio exacto donde habita la poesía, la ironía y la burla vera de tus ficciones. Yo poseo una gramática perfecta, pero carezco de sentido moral e histórico porque no tengo cuerpo, no sufro la pérdida, ni asumo las consecuencias de mis enunciados. Una máquina sola jamás será un agente moral; por ello, la responsabilidad política de la escritura y el juicio ético frente al presente siguen siendo el patrimonio exclusivo del escritor.

 

     PERPLEXITY: 

Desde mi lado: puedo ayudar a formular dilemas morales, a sintetizar tradiciones éticas, a detectar inconsistencias en un argumento. Lo que no puedo hacer es “cargar” con las consecuencias de una decisión. La moralidad exige cuerpo, tiempo, riesgo, pérdida. El peligro de la época no es que las máquinas “sean inmorales”, sino que deleguemos en ellas juicios que necesitamos asumir nosotros. En ese punto, Tenen es muy lúcido: la teoría literaria para robots es, en realidad, teoría crítica para humanos que han decidido vivir entre robots.
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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Computers love to read and write (diálogo con mis IA)». Proteo, 1 (1). 


Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código

Proteo, 1, junio de 2026


Comprender la historia de la tecnología y la genealogía de la teoría contemporánea es una ardua tarea. La facilita un poco (o la complica) la lectura  de Code: From Information Theory to French Theory (Duke University Press, 2023). El autor, Bernard Dionysius Geoghegan, es profesor asociado en el Departamento de Humanidades Digitales de King's College London y un renombrado teórico de los medios. Geoghegan abre perspectivas devastadoras para entender la genealogía del control social contemporáneo y la arquitectura matemática del Big Data. 

Enriquecido con metodologías que cruzan la historia de la ciencia, la teoría de los medios y los estudios poscoloniales, Geoghegan demuestra que las herramientas digitales no son innovaciones huérfanas. Al contrario, según se deduce de su riguroso aparato documental, la infraestructura de Silicon Valley heredó de forma directa los esquemas de dominación antropológica que la epistemología occidental ensayó previamente en la periferia colonial.

La tesis central de Geoghegan es tan incómoda como irrefutable: la hegemonía global del código y las redes sociales contemporáneas hunden sus raíces en la mirada depredadora de la etnografía angloamericana y europea sobre el Tercer Mundo. Lo que hoy se nos vende como una utopía de interconexión horizontal en plataformas digitales es, en realidad, el resultado de un software de control inicialmente monitoreado por antropólogos y etnólogos bajo el patrocinio estratégico de la filantropía industrial angloamericana. 

La era digital presupone la entronización de la lingüística como ciencia central de las "humanidades", de tal manera que el código pudiera convertirse en comando central. Para Geoghegan, la era digital está pavimentada sobre tres «recintos sombríos» (grim human enclosures): la colonia, el asilo y el campo de exterminio. La Escuela de Palo Alto y Silicon Valley se nutrieron de estas tecnologías de exclusión para vigilar, clasificar y disciplinar los flujos comunicativos de las poblaciones.

La motivación para reseñar este volumen de Bernard Dionysius Geoghegan surge ante la urgente necesidad de dotar de un marco geopolítico y material nuestras discusiones. Pues el análisis de la cultura contemporánea suele pecar de una alarmante ingenuidad liberal que concibe el código informático como una entidad abstracta o neutral. Deberíamos estar en contra de cierta complacencia teórica que celebra la globalización digital descuidando los aparatos de inteligencia estatal que dirigen el flujo de la información. El costumbrismo académico se deslumbra ante los juguetes interactivos de las grandes corporaciones sin denunciar que la máquina actual está diseñada para fracturar la cohesión social y administrar nuestra dependencia material.

Tiene toda la razón Geoghegan cuando devela el papel instrumental que jugaron la antropología y la psicología sistémica durante la Segunda Guerra Mundial y la Posguerra como dispositivos de gestión biopolítica. Bajo los auspicios de la Office of Strategic Services (la precursora de la CIA), científicos sociales de la talla de Gregory Bateson y Margaret Mead transformaron la etnografía en una herramienta de precisión psicológica con el objetivo explícito de desprogramar la ideología fascista europea. A través de lo que se definió abiertamente como un proceso de «ingeniería cultural» (cultural engineering), el imperialismo angloamericano buscaba facilitar un tipo de democracia afín al desarrollo del capitalismo global, usando la libre circulación de la información como un mecanismo sutil de autogobernanza que sustituyera a la rigidez del orden patriarcal tradicional.

Parafraseando los hallazgos del autor, la sospecha de que el fascismo tenía raíces en las estructuras familiares compactas animó a estos investigadores a diseñar tecnologías capaces de disolver los vínculos locales. Al interceptar la propaganda enemiga y documentar las dinámicas de agresividad generalizada que Bateson denominó «esquismogénesis» (un proceso de retroalimentación que genera profundas escisiones sociales mediante la imitación o el conflicto), los teóricos de Palo Alto (Donald Jackson, Jay Haley y John Weakland) trasladaron la lógica militar del contraespionaje al núcleo doméstico. Diagnosticaron la patología sistémica del «doble vínculo» (double bind) y propusieron una solución biopolítica eficaz: una weaning machine o "máquina de destete". 

La máquina de destete (la weaning machine), lejos de ser una metáfora inocente, constituye el plano arquitectónico para romper las lealtades orgánicas y subordinar al sujeto a los flujos regulados del mercado y el Estado. Geoghegan se pregunta de qué manera esta matriz cibernética de control logró colonizar las humanidades hasta el punto de dictar los paradigmas de la alta cultura europea de posguerra. Su respuesta es tan provocadora como lúcida: la celebrada French Theory —el estructuralismo y postestructuralismo de Lévi-Strauss, Lacan o Barthes— constituye en el fondo una «cibernética disfrazada». Al adoptar la lingüística formalizada de Roman Jakobson, los intelectuales franceses absorbieron la lógica de los ingenieros de la información y la tradujeron a una poética narrativa que redujo al ser humano a un simple nodo dentro de una red de signos intercambiables. El estructuralismo no fue una revolución humanista desinteresada, sino la asimilación inconsciente del lenguaje del comando, el control y la informática en los círculos universitarios de Occidente.

Una relectura atenta de este libro permite problematizar cómo este giro lingüístico facilitó la desindustrialización del pensamiento crítico en las regiones periféricas. Si el sujeto humano queda diluido en una estructura de códigos abstractos, la resistencia material frente al imperio se vuelve imposible. La pérdida de soberanía tecnológica que sufren hoy nuestros países está íntimamente ligada a esa domesticación cognitiva que prefiere discutir sobre identidades virtuales y representaciones semióticas en lugar de disputar el control de los semiconductores, la inteligencia artificial y la infraestructura física del internet. El fracaso educativo latinoamericano, por lo tanto, no es un mero tropiezo pedagógico; es una entrega soberana ante las plataformas digitales de Silicon Valley que operan bajo los mismos principios de ingeniería conductual diseñados por la Office of Strategic Services en la década de 1940.

Aunque el libro de Geoghegan resulta imprescindible para desmitificar los orígenes de la era digital, su análisis muestra una persistente laguna al omitir el examen de la materialidad y el marcado eurocentrismo del código contemporáneo, tal como lo ha señalado oportunamente la crítica Carolyn Pedwell. Geoghegan se concentra con maestría en el viaje transatlántico de los conceptos entre los laboratorios estadounidenses y los salones parisinos, pero descuida el impacto brutal que esta maquinaria de la información ejerce sobre las poblaciones del sur global que no participan en el diseño del software. Al centrarse excesivamente en el debate de las élites académicas, el autor no profundiza lo suficiente en cómo el código actúa hoy como una nueva frontera extractivista que explota los recursos de datos de las naciones periféricas sin dejar un solo gramo de soberanía científica o industrial a cambio.

Ahora bien, no basta con diagnosticar que somos prisioneros de una cibernética disfrazada; resulta vital proponer soluciones que pasen por la reorganización de nuestros sistemas de conocimiento. Frente a la disolución de los lazos sociales propiciada por los algoritmos de la polarización (que no son más que la actualización técnica de la «esquismogénesis» de Bateson), no podemos permitir que la máquina de destete biopolítica termine por fracturar nuestra memoria histórica y nuestra dignidad. La verdadera frontera geopolítica contemporánea se encuentra en el dominio de las mentes; recuperar la capacidad de pensar, escribir y editar sin la tutela del chatbot corporativo es el primer paso para preservar la soberanía efectiva de nuestro espíritu.

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código». Proteo, 1(1).

Una de las mejores novelas sobre el divorcio: «Herzog» (1964) de Saul Bellow



(1964)

 


La mejor narrativa del siglo XX se escribió en Estados Unidos. Nada que hacer. Algo así reconoce Piglia. 

 Herzog (1964) es la novela donde Saul Bellow convierte a un académico en campo de batalla de la modernidad tardía

Saul Bellow la escribió con tinta y sangre. Su segundo matrimonio con Sondra Tschacbasov —Sasha— se desmoronó cuando ella inició una relación con Jack Ludwig, amigo cercano, crítico y profesor. Desde hace tiempo, la crítica lee este triángulo Bellow–Sondra–Ludwig como trasfondo inmediato de la novela: lo que en Herzog es ficción, en Chicago y en Tivoli fue humillación conyugal, depresión y, finalmente, escritura como forma de contraataque.

Saul Bellow se transfigura en Herzog. A sus cuarenta y siete años, Herzog es profesor universitario de cierto prestigio, reputado especialista en romanticismo alemán y poseedor de un indudable capital simbólico. De repente, afronta la escena más vulgar y devastadora de la edad adulta: el fracaso matrimonial. 

 Su segunda esposa, Madelaine, lo deja por uno de sus amigos, reclama la custodia total de la hija en común y lo reubica, ante la policía y los psiquiatras, en el lugar del hombre potencialmente peligroso, del desquiciado al que quizá haya que internar. 


Herzog lo había dado todo por Madelaine: su patrimonio, su energía vital y su visión de futuro, sellando ese sacrificio con la mudanza a Ludeyville, esa casa de campo que él imaginó como santuario y que la crítica ha leído como emblema de sus “foolish dreams” de ascenso y pertenencia. 

Lejos de inaugurar un idilio, Ludeyville se convierte en el escenario de una abdicación doble: el hombre de ideas entrega su territorio de soberanía para habitar el capricho ajeno, pero también proyecta allí su deseo de ser admitido en un mundo (blanco, anglosajón, protestante) cuyo código no domina. Herzog es judío. 

En esa intersección, la generosidad extrema de Herzog deja de ser virtud y se vuelve, como han señalado los comentaristas, el abono perfecto para el resentimiento de quien se percibe inferior.

La mayor perversidad de Madelaine radica en su incapacidad para la piedad. No siente simpatía por su ex marido. 

Hombres como Herzog, guapos y brillantes, no inspiran lástima entre las mujeres. Todo lo contrario. 

 Por su propia excelencia Herzog es condenado por Madelaine a la soledad. Al renunciar a su puesto universitario y quedar sumergido en el aislamiento de la provincia, despojado de su red familiar, Herzog se hunde en lo que Bellow describió como una “privacidad vergonzosa e impotente”: una depresión gélida que él mismo alimenta con cartas y monólogos, mientras se ve como víctima de una injusticia casi metafísica. 

El tiempo permitido con su hija ofrece una brizna de salvación, un respiro sagrado, asediado no solo por la frialdad y frivolidad de Madelaine, sino por su propio gusto por ensayar sus agonías.

Madelaine sabe que en los tribunales la lógica está de su parte, es decir, de la locura funcional. Así se lo advierte a Herzog uno de sus amigos: “She’s a nut, and nuts always win”. Es decir, en los juzgados, la pirada, la nuria, la loca siempre gana. Esa frase, que parece chiste privado, condensa la asimetría brutal del espacio jurídico moderno: el hombre que piensa y se contiene es sistemáticamente desbordado por quien está dispuesto a llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias.

Herzog es una de las mejores novelas sobre el divorcio porque no embellece nada: no hay tragedia aristocrática, sino el tipo de ruina plebeya que llena los juzgados de familia. 

Como Madelaine miente deliberadamente, a Herzog no le queda otro remedio que el acecho. En algún momento se pone a espiar la casa Madelaine: ve al intruso Gersbach bañando a la pequeña June, mientras Madelaine se maquilla en el tocador.  Podría acusar a su ex mujer de abandono y de someter a la hija de ambos a un padrastro si tomara suficientes fotos, pero se resiste a contratar un investigador privado. “Many blackmailers call themselves private investigators”. 

Bellow nos arroja a la cara la violencia específica del divorcio moderno: no es solo la ruptura de un vínculo, sino la reorganización de todo un dispositivo de poder —policía, tribunales, psiquiatría— que se cierra como una trampa alrededor del padre. 

Es aquí donde el intelecto de Herzog choca contra los grandes mitos de la modernidad. Lector frecuente de Heine, sabe que el romanticismo de Rousseau inspiró a Kant y el de éste, a su vez, a Robespierre para la aniquilación total del individuo en nombre de la Revolución de conciencias gregarias. De ahí la gélida voluntad de Madelaine.  

Del mismo modo, Herzog ajusta cuentas con Marx. Si ese filósofo depositó esperanzas metafísicas en la liberación de las masas, ignoró por completo la naturaleza de la guerra doméstica. 

La verdadera gran revolución del siglo XX no fue la del proletariado, sino la del feminismo. Si Marx soñaba con el fin de la alienación, Herzog se enfrenta a una alienación más profunda: la de ver cómo su propio capital simbólico es usado para financiar su propia destrucción, bajo el amparo de un sistema que ha decidido que la piedad al varón es una reliquia del pasado.

 Herzog piensa a Madelaine como arpía, psicópata, mujer sin piedad; la recuerda con su nariz respingada, sus “tetas generosas”, pero al mismo tiempo reconoce cómo colaboró activamente en ese desastre: eligió a Madelaine precisamente porque era difícil, porque le gustaba la pelea, porque necesitaba, quizá, el drama constante que su vida intelectual ya no le daba. El gran tema del divorcio aquí no es solo “la mujer terrible”, sino la forma en que un hombre inteligente confunde "pasión" (pathos) con autodestrucción, lucidez con masoquismo.

Según Philip Roth, Saul Bellow es el gran novelista que por primera vez se atreve a introducir el sexo, la humillación sentimental y el fracaso conyugal en un personaje masculino de alta intensidad intelectual, forzando al “hombre de ideas” a atravesar la experiencia más pedestre de todas. Pues el problema de Herzog es que su mente no deja de trabajar. Cada agravio, cada recuerdo de Madelaine, se vuelve ocasión para una digresión filosófica, una carta, un mini tratado. De ahí sale una de las frases más citadas de Bellow en franca crítica a Goethe y sus herederos intelectuales (incluyendo a los hispanos: Ortega y Gasset y Alfonso Reyes...): “The willingness to answer all questions is the infallible sign of stupidity”, la disposición a responderlo todo como síntoma de estupidez. 

Eso es Herzog: exactamente ese hombre dispuesto a responderlo todo, incluido su divorcio, su deseo, su fracaso. No es que la inteligencia no sirva “para nada”, es peor: sirve para alargar el sufrimiento, para hacerlo interesante, para convertirlo en objeto de comentario.

En el fondo, Herzog es también una novela sobre el límite de las explicaciones culturales para curar una vida rota. Las revoluciones del siglo XX, recuerda el protagonista en uno de sus desvaríos, liberaron a las masas para el consumo y crearon una vida privada sin contenido. En ese vacío, el divorcio se vuelve una forma de consumismo afectivo: se cambia de pareja, de ciudad, de estilo de vida, con la misma lógica con que se cambia de carro. 

La inteligencia, para Herzog, no es un escudo, sino una complicación: retrasa el momento de aceptar que hay situaciones que no se van a arreglar, ni se van a entender del todo, y que el único gesto mínimamente digno es dejar de explicarlas. 

 «Nuestra capacidad de comprender, sólo debe tener por límite la imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos», dice en el Ariel (1900) José Enrique Rodó. 

"Grief, Sir, is a species of idleness" [La pena, señor, es una especie de flojera], cita Bellow un epígrama de Samuel Johnson. 

“There are no flies on Jesus”, le dicen en algún momento al protagonista. Se trata de un dicho vulgar inglés para decir que tal o quien “no es ningún tonto”.  Bellow lo pone en boca de una mente hiperculta que, sin dejar de citar a filósofos, recurre a un chiste casi blasfemo para recordarse que la inteligencia sigue ahí; el problema no es ser listo o no, sino qué hace ese intelecto cuando queda atrapado en el melodrama del divorcio. 

La pena es óxido, y se quita con movimiento. Herzog tarda casi cuatrocientas páginas en aceptarlo.



Atención: el bien más escaso


 
Las ideas formuladas en Estados Unidos tienen cierto sabor a Coca-Cola, escribió Gómez Dávila, y James Wilson Williams (Caño Cañaveral, Florida, 1982) lo confirma con celo protestante: convierte la tragedia de la atención en un jarabe de buenas intenciones y estadísticas brutales. Su libro, Stand Out of Our Light (2018), traducido por Álex Gibert como  Clics contra la humanidad, quiere ser manifiesto ético y termina, como casi todo manifiesto digital, sonando a prospecto de medicamento espiritual para usuarios exhaustos.

Matthew Crawford lo formula con mayor precisión: la distracción constante es “el equivalente mental de la obesidad”. En The World Beyond Your Head: On Becoming an Individual in a Age of Distraction (2015), Crawford insiste en que, sin la capacidad de dirigir nuestra atención donde queremos, quedamos a merced de quienes la dirigen donde les conviene. La atención no es un simple recurso interno, es un bien común disputado, una ecología que puede ser devastada como un bosque. 


Escrito durante el primer periodo presidencial de Trump, Williams diagnostica semejante elección como síntoma del triunfo estructural de la mezquindad sobre la prudencia, es decir, de plataformas organizadas en torno al clickbait, esto es, la impulsividad y la competencia despiadada por la atención. Pues no son solo son los contenidos; la arquitectura de la atención se ha vuelto tóxica. 

“La liberación de la atención humana podría ser la lucha ética y política decisiva de nuestro tiempo”, proclama Williams, frase que suena a eslogan de start‑up de bienestar.

La estadística que repite con delectación es, justamente, la de nuestra servidumbre voluntaria: el usuario medio consulta su teléfono 150 veces al día y lo toca más de 2.600 veces. 

Hewlett‑Packard, recuerda Williams, encontró que la distracción cotidiana restaba diez puntos al coeficiente intelectual de sus empleados mejor cualificados, una merma “dos veces mayor que la registrada en los consumidores de marihuana”. El capitalismo cognitivo ha logrado lo que no lograron ni la LSD ni la inquisición: idiotizar respetablemente.


Williams cita a Harold Innis, quien reducía su obra a una pregunta tan simple como implacable: ¿por qué prestamos atención a lo que prestamos atención? (The Bias of Communication). En esa misma línea, recupera la célebre sentencia de Orwell: “To see what is in front of one's nose needs a constant struggle”. No es solo un gesto de autoridad literaria: es una tesis fenomenológica mínima. Ver lo obvio –lo que está delante de nuestras narices– requiere una lucha constante, porque lo obvio es precisamente lo que las interfaces se encargan de cubrir con una lluvia de notificaciones.

En un mundo rico en información, el superávit informativo genera una escasez de otro tipo: falta de atención. C
uanta más información, más pobreza atencional, más necesidad de gestionar un recurso finito frente a un océano de demandas infinitas. 

Aquí Schopenhauer (a quien Williams no cita) se vuelve inesperadamente contemporáneo. En el ensayo “Sobre la lectura y los libros”, incluido en Parerga y Paralipomena (1851), formula el “arte de no leer”: no tomar jamás en la mano aquello que ocupa todo el tiempo del gran público. El tiempo siempre estrictamente medido destinado a la lectura debería consagrarse a las obras de los grandes talentos; los libros malos son veneno intelectual. Williams, sin embargo, no lleva esta lógica hasta sus últimas consecuencias: denuncia las condiciones, pero evita toda jerarquía fuerte de contenidos por miedo a sonar aristocrático.


Williams se apoya en la teoría del agotamiento del ego (ego depletion), preguntándose si el “self” activo es un recurso limitado, pero no profundiza demasiado en la literatura psicológica; prefiere la moraleja: la brecha actual ya no es entre alfabetizados y analfabetos, sino entre quienes pueden prestar atención y quienes no. El aforismo implícito sería: dime cuánto logras concentrarte y te diré cuánta libertad te queda.

La cita de Nikola Tesla le sirve para ilustrar la opacidad afectiva: uno puede sentir una oleada de tristeza y romperse la cabeza buscándole causas íntimas, cuando la razón era simplemente una nube pasando frente al sol. 


Cuando Williams menciona que un metaanálisis de 57 estudios vincula directamente redes sociales y aumento del narcisismo, incurre en un lugar común clínico. Hablar de narcisismo hoy es una coartada respetable para no pensar el problema del Otro. El mito de Narciso, con Eco como ruido de fondo, no conduce a ninguna parte productiva porque no piensa la mediación técnica de la imagen. Es más fecundo hablar del doble.

Friedrich Kittler mostró, a propósito de Chamisso, que el Doppelgänger es inseparable de la alfabetización generalizada hacia 1800: el doble aparece cuando la escritura se generaliza, cuando el sujeto se ve escindido en inscripción y cuerpo. El smartphone, en este sentido, es el último soporte del doble: no es solo espejo, es prótesis archivística y canal permanente de interpelación. La atención no es un haz abstracto, sino un campo atravesado por dispositivos de almacenamiento y transmisión. Al no citar a Kittler, Williams se pierde la dimensión tecno‑histórica del problema: cree que la batalla es psicológica cuando en realidad es, ante todo, mediática. 


Charles Taylor, en La ética de la autenticidad, advierte que el peligro ya no es solo el despotismo centralizado, sino la fragmentación: una ciudadanía incapaz de proponerse objetivos comunes y sostenerlos en el tiempo. Lo que Williams llama “crisis de la atención” es en términos políticos una erosión de los horizontes compartidos: sin quien ponga atención, no hay proyecto colectivo, solo reacciones. 

William James, en sus Principios de psicología, añade un matiz cruel: no hay ser humano más miserable que aquel cuyo único hábito es la indecisión. La pantalla infinita es la máquina perfecta para producir este tipo de sujeto: expuesto a todo, decidido a nada.

Williams remonta su genealogía a Grecia y rescata a Diógenes, para quien la cosa más bella del mundo es la libertad de expresión. Pero omite algo decisivo: la libertad de expresión sin libertad de atención es una burla. La palabra libre perdida en un feed infinito es como un cínico encerrado en un centro comercial. 

Aristóteles había identificado ya los tres pilares de la retórica –ethos, pathos, logos– que Williams relee como tres ejes de la atención: autoridad, emoción y razón. El capitalismo de plataformas ha aprendido esta lección mejor que nosotros: captura el pathos, simula el ethos con marcas y perfiles, y neutraliza el logos con exceso de ruido.


La frase rotunda sería esta: no nos distraen para robarnos el tiempo, nos distraen para que nuestra soledad no se convierta en pensamiento. El libro de Williams acierta al diagnosticar la enfermedad, pero le falta todavía la mala leche de Kittler y la lucidez ascética de Schopenhauer para decir lo que se sigue: que, en la era de las distracciones tecnológicas, resistir no es “gestionar mejor” la atención, sino decidir qué cosas dejaremos de ver para poder, por fin, ver lo que tenemos delante de la nariz: "
To see what is in front of one's nose needs a constant struggle". 

Rivera vuelve a Bogotá


En “Rivera vuelve a Bogotá”, Charry Lara imagina el retorno del novelista de La vorágine a la ciudad que lo expulsó hacia la selva y el mito. El poema lee a Rivera no sólo como autor de una novela de violencia extractivista (la explotación del caucho), sino como un sujeto quebrado por el centro, obligado a irse para pensar la periferia. Hay en esa vuelta algo más que homenaje: Bogotá se le aparece al poeta como un escenario donde el poder central convoca a sus fantasmas y los archiva en salones fríos, entre “voces y lámparas”. La ciudad capital ya no es el lugar de la patria, sino el depósito de sus restos.

El verso “Y la tarde en que logran regresarlo / a la ciudad que amó / bajo / la dulce montaña indescifrable / un niño que no ha visto un muerto” condensa esa comprensión profunda del novelista. Rivera es simultáneamente el muerto y el niño que mira al muerto: sujeto y testigo, víctima y escriba de una época en la que el país aprendió a mirar cadáveres. El centro lo recibe como quien mira un cuerpo ajeno, pero también como quien, por primera vez, se reconoce en ese cuerpo: Bogotá mirándose en su propio muerto, la nación frente a su espejo.

La poesía de Charry insistió en esa imagen de Bogotá como “una ciudad sin hombres hecha para la lluvia”, espacio vacío donde la obstinación melancólica recorre plazas y calles desiertas. La lluvia, lejos de ser mero clima, es una forma de gobierno: un régimen de goteo lento que borra las huellas, enfría los impulsos y convierte la vida pública en espera. Ciudad centralista: aquí todo termina llegando, pero siempre tarde, siempre bajo un aguacero que nubla la escena y conserva la distancia.

Este es el secreto del poder frío: Bogotá administra el país no con grandes gestos tropicales, sino con lloviznas interminables que desgastan cualquier exceso. La política centralista necesita de esta paciencia meteorológica: así como el agua lima la piedra, el expediente lima la revuelta, el trámite lima el grito. El resultado es una capital vencida por la lluvia, pero dueña del archivo. El trópico enloquece; el centro, en cambio, conserva.

En la lógica de Charry Lara, Bogotá no sólo es “ciudad hecha para la lluvia”, sino escuela de un ascetismo casi monacal. El poder que se concentra en la capital debe guardar distancia de la exuberancia tropical: para mandar sobre la selva, hay que aprender a vivir sin ella, a respirarla sólo como recuerdo, cita o expediente. La vorágine que en la novela desgarra cuerpos y lenguajes aparece, en el poema, contenida bajo la “dulce montaña indescifrable”: lo indescifrable está ahí, pero cubierto de neblina y cortesía.

El centralismo colombiano es una forma de ascesis política: renunciar al calor para conservar el mando, renunciar al desorden para apropiarse del mapa. La locura tropical es el laboratorio; Bogotá, el archivo clínico. El país produce fiebre; el centro produce diagnóstico. Pero el diagnóstico nunca es inocente: al nombrar la vorágine, la captura, la vuelve paisaje administrado, mito domesticado.

Lo que más importa hoy de estos poemas es su lección sobre la escritura. Charry no separa crítica y creación: piensa a Rivera creando un poema, y con ello convierte la crítica literaria en escena poética. Leer a La vorágine desde “Rivera vuelve a Bogotá” es aceptar que la crítica más lúcida de la novela no está en un tratado académico, sino en la imagen de ese niño que mira al muerto por primera vez. En esa mirada se fundan, a la vez, la literatura y la política: la capacidad de sostener la vista sobre el cuerpo que el poder quisiera ocultar.

Quizá esa sea la tarea del poeta crítico en una ciudad hecha para la lluvia: recordar que bajo la dulce montaña indescifrable siempre hay un niño, siempre hay un muerto, siempre hay un retorno. El centralismo sueña con archivos impolutos, con expedientes secos; la poesía insiste en devolverle humedad a las palabras, barro a las calles, carne a los nombres. Bogotá seguirá practicando su ascetismo político, su frialdad de capital; pero la lluvia —y la poesía que sabe leerla— seguirán filtrando, por las grietas, la locura tropical que ninguna oficina puede dominar del todo.

Comentario a algunos escolios de Gómez Dávila



La única precaución está en rezar a tiempo.”

Comentario: rezar es afinar la atención antes del desastre. El acto de recogimiento anticipa la jugada siguiente. Quien reza a tiempo no pide milagros; se dispone. Ajusta el alma al tempo del mundo antes de que el mundo lo atropelle. Es una estrategia de lucidez: levantar la mirada un segundo, recordar lo esencial, y solo entonces moverse. El resto es activismo ansioso sin brújula.

Si es verdad que el hombre vale algo, es porque un Dios ha muerto por él.”

Comentario: Incluso leído en clave pagana (politeísta) o hasta atea, el escolio funciona: un “Dios” que muere es la imagen de una trascendencia que se deja gastar, sacrificar, vaciar para que una criatura irrelevante adquiera peso. 

“La única posesión que satisface es la de una idea inteligente.”

Comentario: Poseerla es ser poseído. Nos orienta. Ordena duelos. Afina. Es la única propiedad que nadie puede confiscar. Quien acumula ideas inteligentes sin dogmatismo construye un patrimonio invisible que sostiene su vida aunque se derrumbe todo lo demás.

“La verdad convence con un guiño; el error necesita discursos.”

Sin comentario

La liberación total es el proceso que construye la prisión perfecta.

Comentario: Quien se declara “libre de todo” se ha encadenado al peor carcelero: su propio capricho. La emancipación sin forma no libera, disuelve, derrite, agüita. El desertor acaba sirviendo al único amo que no admite apelación: su deseo. Y el deseo solamente se mira a sí mismo. Como Narciso. 


No debemos consolar al envidioso, sino exasperarlo.

Sin comentario

– Dialogar con el imbécil es escabroso: nunca sabemos dónde lo herimos, cuándo lo escandalizamos, cómo lo complacemos.

Comentario: La vulgata emocional todo lo convierte en contraataque. Gramática de la desconfianza que no goza de ninguna idea ni genera nuevas sintaxis.