Proteo, 1, junio de 2026
Comprender la historia de la tecnología y la genealogía de la teoría contemporánea es una ardua tarea. La facilita un poco (o la complica) la lectura de Code: From Information Theory to French Theory (Duke University Press, 2023). El autor, Bernard Dionysius Geoghegan, es profesor asociado en el Departamento de Humanidades Digitales de King's College London y un renombrado teórico de los medios. Geoghegan abre perspectivas devastadoras para entender la genealogía del control social contemporáneo y la arquitectura matemática del Big Data.
Enriquecido con metodologías que cruzan la historia de la ciencia, la teoría de los medios y los estudios poscoloniales, Geoghegan demuestra que las herramientas digitales no son innovaciones huérfanas. Al contrario, según se deduce de su riguroso aparato documental, la infraestructura de Silicon Valley heredó de forma directa los esquemas de dominación antropológica que la epistemología occidental ensayó previamente en la periferia colonial.
La tesis central de Geoghegan es tan incómoda como irrefutable: la hegemonía global del código y las redes sociales contemporáneas hunden sus raíces en la mirada depredadora de la etnografía angloamericana y europea sobre el Tercer Mundo. Lo que hoy se nos vende como una utopía de interconexión horizontal en plataformas digitales es, en realidad, el resultado de un software de control inicialmente monitoreado por antropólogos y etnólogos bajo el patrocinio estratégico de la filantropía industrial angloamericana.
La era digital presupone la entronización de la lingüística como ciencia central de las "humanidades", de tal manera que el código pudiera convertirse en comando central. Para Geoghegan, la era digital está pavimentada sobre tres «recintos sombríos» (grim human enclosures): la colonia, el asilo y el campo de exterminio. La Escuela de Palo Alto y Silicon Valley se nutrieron de estas tecnologías de exclusión para vigilar, clasificar y disciplinar los flujos comunicativos de las poblaciones.
La motivación para reseñar este volumen de Bernard Dionysius Geoghegan surge ante la urgente necesidad de dotar de un marco geopolítico y material nuestras discusiones. Pues el análisis de la cultura contemporánea suele pecar de una alarmante ingenuidad liberal que concibe el código informático como una entidad abstracta o neutral. Deberíamos estar en contra de cierta complacencia teórica que celebra la globalización digital descuidando los aparatos de inteligencia estatal que dirigen el flujo de la información. El costumbrismo académico se deslumbra ante los juguetes interactivos de las grandes corporaciones sin denunciar que la máquina actual está diseñada para fracturar la cohesión social y administrar nuestra dependencia material.
Tiene toda la razón Geoghegan cuando devela el papel instrumental que jugaron la antropología y la psicología sistémica durante la Segunda Guerra Mundial y la Posguerra como dispositivos de gestión biopolítica. Bajo los auspicios de la Office of Strategic Services (la precursora de la CIA), científicos sociales de la talla de Gregory Bateson y Margaret Mead transformaron la etnografía en una herramienta de precisión psicológica con el objetivo explícito de desprogramar la ideología fascista europea. A través de lo que se definió abiertamente como un proceso de «ingeniería cultural» (cultural engineering), el imperialismo angloamericano buscaba facilitar un tipo de democracia afín al desarrollo del capitalismo global, usando la libre circulación de la información como un mecanismo sutil de autogobernanza que sustituyera a la rigidez del orden patriarcal tradicional.
Parafraseando los hallazgos del autor, la sospecha de que el fascismo tenía raíces en las estructuras familiares compactas animó a estos investigadores a diseñar tecnologías capaces de disolver los vínculos locales. Al interceptar la propaganda enemiga y documentar las dinámicas de agresividad generalizada que Bateson denominó «esquismogénesis» (un proceso de retroalimentación que genera profundas escisiones sociales mediante la imitación o el conflicto), los teóricos de Palo Alto (Donald Jackson, Jay Haley y John Weakland) trasladaron la lógica militar del contraespionaje al núcleo doméstico. Diagnosticaron la patología sistémica del «doble vínculo» (double bind) y propusieron una solución biopolítica eficaz: una weaning machine o "máquina de destete".
La máquina de destete (la weaning machine), lejos de ser una metáfora inocente, constituye el plano arquitectónico para romper las lealtades orgánicas y subordinar al sujeto a los flujos regulados del mercado y el Estado. Geoghegan se pregunta de qué manera esta matriz cibernética de control logró colonizar las humanidades hasta el punto de dictar los paradigmas de la alta cultura europea de posguerra. Su respuesta es tan provocadora como lúcida: la celebrada French Theory —el estructuralismo y postestructuralismo de Lévi-Strauss, Lacan o Barthes— constituye en el fondo una «cibernética disfrazada». Al adoptar la lingüística formalizada de Roman Jakobson, los intelectuales franceses absorbieron la lógica de los ingenieros de la información y la tradujeron a una poética narrativa que redujo al ser humano a un simple nodo dentro de una red de signos intercambiables. El estructuralismo no fue una revolución humanista desinteresada, sino la asimilación inconsciente del lenguaje del comando, el control y la informática en los círculos universitarios de Occidente.
Una relectura atenta de este libro permite problematizar cómo este giro lingüístico facilitó la desindustrialización del pensamiento crítico en las regiones periféricas. Si el sujeto humano queda diluido en una estructura de códigos abstractos, la resistencia material frente al imperio se vuelve imposible. La pérdida de soberanía tecnológica que sufren hoy nuestros países está íntimamente ligada a esa domesticación cognitiva que prefiere discutir sobre identidades virtuales y representaciones semióticas en lugar de disputar el control de los semiconductores, la inteligencia artificial y la infraestructura física del internet. El fracaso educativo latinoamericano, por lo tanto, no es un mero tropiezo pedagógico; es una entrega soberana ante las plataformas digitales de Silicon Valley que operan bajo los mismos principios de ingeniería conductual diseñados por la Office of Strategic Services en la década de 1940.
Aunque el libro de Geoghegan resulta imprescindible para desmitificar los orígenes de la era digital, su análisis muestra una persistente laguna al omitir el examen de la materialidad y el marcado eurocentrismo del código contemporáneo, tal como lo ha señalado oportunamente la crítica Carolyn Pedwell. Geoghegan se concentra con maestría en el viaje transatlántico de los conceptos entre los laboratorios estadounidenses y los salones parisinos, pero descuida el impacto brutal que esta maquinaria de la información ejerce sobre las poblaciones del sur global que no participan en el diseño del software. Al centrarse excesivamente en el debate de las élites académicas, el autor no profundiza lo suficiente en cómo el código actúa hoy como una nueva frontera extractivista que explota los recursos de datos de las naciones periféricas sin dejar un solo gramo de soberanía científica o industrial a cambio.
Ahora bien, no basta con diagnosticar que somos prisioneros de una cibernética disfrazada; resulta vital proponer soluciones que pasen por la reorganización de nuestros sistemas de conocimiento. Frente a la disolución de los lazos sociales propiciada por los algoritmos de la polarización (que no son más que la actualización técnica de la «esquismogénesis» de Bateson), no podemos permitir que la máquina de destete biopolítica termine por fracturar nuestra memoria histórica y nuestra dignidad. La verdadera frontera geopolítica contemporánea se encuentra en el dominio de las mentes; recuperar la capacidad de pensar, escribir y editar sin la tutela del chatbot corporativo es el primer paso para preservar la soberanía efectiva de nuestro espíritu.
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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código». Proteo, 1(1).

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