Editorial. Siqueiros

Sebastián Pineda Buitrago, "Editorial", Proteo 4 (septiembre, 2026)




El poeta comunista francés Paul Éluard dedicó al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros un tremendo poema «À David-Alfaro Siqueiros» (integrado con frecuencia bajo la dedicatoria «Pour David-Alfaro Siqueiros» o recogido en sus antologías de homenaje a pintores camaradas, como Voir, y reeditado en carpetas litográficas como la Mountain Suite). Éluard —quien visitó a Siqueiros en México en dos ocasiones durante sus viajes de posguerra patrocinados por el Consejo Mundial de la Paz— celebró la pintura del muralista como una fuerza tectónica donde la poesía no se contempla, sino que estalla:

«Tu as tracé le cercle où la foudre s’enferme,

L’homme en marche franchit la terreur de la terre...»

(Has trazado el círculo donde se encierra el rayo,

el hombre en marcha cruza el terror de la tierra...)

***

Dado que acabo de citar un poema en francés, ahora permítanme pasar al inglés... 

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This issue of Proteo takes that premise as the direct, radical continuation of our research on the volcanologist painter: «Dr. Atl’s Aerolandscapes, Futurism and the Mexican Revolution», published in the International Yearbook of Futurism Studies (vol. 16, De Gruyter Brill, 2026, doi: 10.1515/9783689240943-toc). 


Ed. Günther Berghaus

 From that molten rock sprang the Mexican Revolution of 1910—the first, most incendiary populist uprising of the twentieth century, preceding the Bolsheviks of 1917, and whose shrapnel still threatens to tear through our contemporary complacency. 

To trace the history of twentieth-century art is to inspect the two great totalitarian butcheries of modernity: fascism and communism. There is no middle ground, no humanitarian shelter, no moral alibi. Gerardo Murillo ultimately shipwrecked himself upon antisemitic, Nazi, and philofascist delirium; his favorite disciple, David Alfaro Siqueiros, gripped the compressed-air spray gun with the fanatical zeal of a convert kneeling before the dogma of the Third International.

In our chapter "Historia y significación del muralismo mexicano: la conquista del espacio público en la era de la «abstracción»" (published in La desclasificación de las artes, Instituto Juan Andrés, Madrid, 2026), we dismantled the monumental imposture of this civic pantheon to recover an abstract, experimental, and dissident Siqueiros. Yet even that critical rescue must be assaulted: Siqueiros’s genius does not reside in an unblemished formal purity, but in his organic complicity with the industrial war machine. The Duco pyroxylin and heavy compressors he wielded in Manhattan in 1936 were never painter's brushes; they were mortars spitting synthetic enamel straight into the spectator's eyes. The interwar avant-garde was the dress rehearsal for carpet bombing.

Faced with this barrage of live artillery, the contemporary archive petrifies everything it touches. It mummifies shrapnel into neat library indices, traps barricades behind climate-controlled glass vitrines, and charges digital admission tickets to behold what was built to smash down the wall. The contemporary academy begs for toothless pedagogy and taxidermic heritage. Against these morticians of memory, Philip Marlowe slips into the dark alleys of Los Angeles to file the forensic report on América Tropical; and Nietzsche, rising from his untimely meditation of 1874, delivers our death sentence: whoever gluts himself on history loses the steady pulse required to pull the trigger.


Contraescrituras (sobre Proteo 3)

Cartas de lectores


Estimado Sebastián:


Seguí por internet la presentación del libro de la historiadora Laura Camila Ramírez en Xalapa, Veracruz. Me emocionó mucho la discusión sobre la televisión. Me sorprendió, sobre todo, la precisión investigativa de la historiadora en cuestión, y me pregunto si no se animaría ella a seguir investigando, por ejemplo, sobre el impacto de Chespirito o de Betty la fea. O, bien, sobre la “perubólica”, aquel nombre colombiano para la antena que trajo a los noventa Supercampeones, Caballeros del Zodiaco y una infancia doblada desde Japón... 

Sería un buen punto de inflexión analizar ese periodo final del siglo XX desde la TV: cuando la sala dejó de obedecer una nación y creyó que cambiar de canal era la mayor libertad tras el colapso del comunismo.


Att. Andrés Camilo Santos (Bogotá) 

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Sobre reseña del libro Conceptos claves del judaísmo (2026)

Estimado Sebastián:

Le escribo por su reseña al libro Conceptos claves del judaísmo. Yo también lo leí y, contrario a su impresión, me pareció un adefesio. No distingue entre una tradición de comentario, exilio, ley, duelo y mística, ni entre un Estado armado que administra fronteras, asentamientos, cárceles y ruinas.

No basta invocar el sufrimiento histórico judío si, ante la matanza sistemática de palestinos y el bombardeo de sus universidades, la memoria se vuelve coartada. Tampoco basta denunciar a Israel para repetir el viejo reflejo antisemita que transforma a los judíos en una esencia política única.

Disraeli decía que el cristianismo era judaísmo para pobres.  Leamos la Cábala, el Talmud y el midrash; pero no dejemos que la biblioteca cubra los escombros de los bombardeos.

Pensar exige separar sangre, texto, Estado y destino.

Un abrazo, 

Célico G. (librero), Bogotá

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Sobre la reseña al libro de Marie-José Mondzain

Estimado Sebastián: 

Marie-José Mondzain les prestó un vocabulario brillante para hablar del cine como persecución y de la oikonomia como policía del semblante, pero olvidó decirnos de qué va bien el libro. 

Usted afirma que el cristianismo separó la imagen de la naturaleza para fundar una máquina de control. La emulsión de témpera dice exactamente lo contrario. En el icono, la materia mineral y animal sostiene la aparición sagrada. La verdadera iconoclasia de nuestro tiempo no destruye las tablas con hachas: las disuelve en pantallas retroiluminadas donde ningún pigmento corre el riesgo de envejecer.

H. V. (Xalapa, Veracruz)


Vi la misma película en un avión. Tal vez fue incluso el mismo vuelo, aunque esas coincidencias sólo existen después de que alguien las escribe. En mi pantalla no había lodo. Había píxeles, reflejos y la silueta del pasajero de adelante cada vez que se inclinaba para dormir.

Usted dice que la cabina presurizada es la caverna platónica contemporánea. No. En una caverna todavía hay roca, humedad, eco. En el avión hay aire rehecho por una máquina, una noche que no toca el fuselaje y un mapa donde el aparato parece inmóvil mientras debajo de él desaparecen las ciudades. Nadie nos encadena. Pagamos por no poder salir.

La película ocurría en Brasil durante la dictadura. Usted la obligó a cruzar la frontera. La desmontó en pleno vuelo y la volvió a ensamblar en Urabá: bananeras, dragas, muelles, ejecutores, angloamericanos invisibles. Al principio me irritó. Pensé que el país del espectador estaba devorando el país de la película. Pensé que Brasil se había convertido en una escala para regresar, una vez más, a Colombia.

Después miré por la ventanilla. No se veía nada.
Comprendí entonces que todo espectador completa la imagen con la tierra que la pantalla ha expulsado. A esa altura, el cine carece de suelo. El avión le presta una ruta; la memoria, un barro. El remake no empieza cuando un director repite una película, sino cuando un cuerpo desplazado intenta devolverle peso a lo que mira.

Pero todavía queda una pregunta. ¿Por qué Urabá? ¿Porque el litoral colombiano prolonga las máquinas políticas de la dictadura brasileña? ¿Porque la violencia bananera ofrece un escenario equivalente? ¿O porque usted necesitaba volver a una región cuya historia personal no podía nombrar directamente? En su texto, el río Atrato no es un paisaje. Es la corriente que arrastra una película hacia una deuda privada.

No lo reprocho. Le pido que lo reconozca.
La fuerza de un remake no está en trasladar correctamente una trama. Está en declarar qué pierde la obra durante el viaje y qué fantasma gana al llegar. Recife no se conserva intacta en Turbo. Turbo tampoco sale indemne después de alojar a Recife. Ambas ciudades se deforman, como se deforman dos recuerdos cuando intentan ocupar el mismo cuerpo.

El avión aterrizó antes del desenlace. Durante algunos segundos, la pantalla quedó suspendida y el rostro del protagonista se reflejó sobre el mapa de aproximación a Bogotá. Ese empalme no figuraba en la película. Tampoco en su ensayo. Sin embargo, era el único plano que me pertenecía. La pantalla no me llevó a Urabá. Fue Urabá la que subió al avión para demostrar que ninguna imagen permanece en su país de origen.

Att. Maria Eugenia Contreras (Cali)



Intempestiva de Nietzsche en la XVII Reunión Internacional de Historiadores de México (Veracruz, septiembre 2026)

Sebastián Pineda Buitrago, "Intempestiva de Nietzsche en la XVII Reunión Internacional de Historiadores de México (Veracruz, septiembre 2026)", Proteo, 



Quien ya ha aprendido a doblar su espalda y asentir con la cabeza al «poder de la Historia» termina por otorgar finalmente un «sí» mecánico-chinesco a cualquier poder. He aquí la primera lección que debo impartir a esta asamblea: un pueblo domesticado por sus conmemoraciones es más fácil de gobernar que un rebaño cercado por alambre. Basta darle fechas, próceres, asesinatos ejemplares, centenarios, mausoleos, placas de bronce; después podrá pedírsele obediencia con tono sacerdotal.

No ignoro que nos encontramos en Veracruz, en el puerto históricamente más importante del Golfo de México (modificado ahora por Gulf of América).  Tampoco ignoro que México es un país talasóbico. Le han enseñado a temer a Thálassa, a odiar el mar como si toda ola trajera todavía la vela de Cortés, el cañón extranjero, la mercancía que desordena el mercado, la epidemia que busca cuerpo y la doctrina que desembarca con su catecismo. Se le ha enseñado a imaginarse eternamente conquistado y nunca conquistador; herido por los poderes marítimos, pero incapaz de reconocer que también hizo del continente un campo de conquista, catequesis, administración y obediencia.

Cortés: invasor, sin duda; pero también fundador de una máquina política cuya descendencia no ha dejado de producir oficinas, jerarquías, mitos patrióticos y funcionarios. El nacionalismo prefiere convertirlo en demonio exterior: así puede absolverse de la larga técnica de dominación que aprendió de él, la perfeccionó en tierra firme y la llamó soberanía.

México ha vivido la dialéctica maldita entre la Tierra y el Mar. La tierra promete origen, tumba, raíz, milpa, pirámide y monumento; el mar promete intercambio, infección, fuga, piratería, comercio, guerra y extranjería. La primera levanta altares para que nadie se mueva; el segundo destruye altares para que nadie permanezca inocente. Y, sin embargo, una nación que detesta el mar termina amando demasiado sus sepulcros.

Thálassa: el antiguo nombre griego del mar. No un paisaje azul para folletos turísticos, sino la potencia impersonal que no reconoce fronteras, que devuelve cadáveres y arroja mercancías sobre costas que se creían eternas. Los griegos sabían que el mar no tiene memoria nacional: guarda naufragios, pero no patrias. Thálassa: una palabra que golpea como una ola contra la piedra y obliga a la tierra a recordar que no es el mundo entero.

Tampoco ignoro que la Universidad Veracruzana ha convocado esta XVII Reunión Internacional de Historiadores de México para hablar de las crisis. Excelente asunto. Pero desconfiad: donde se congregan seiscientos especialistas en la crisis, la crisis puede convertirse pronto en programa, protocolo, gafete, mesa de discusión y fotografía institucional. El hombre histórico moderno lleva el pasado en una carpeta digital y no por ello ha aprendido a vivir una sola hora con mayor intensidad.

Muchas calles mexicanas llevan nombres de presidentes del PRI, el partido de más larga duración en la historia política de la humanidad. No lo digo como reproche municipal, sino como diagnóstico fisiológico. El asfalto ha sido convertido en genealogía. Se camina por avenidas que no conducen a ninguna parte porque ya han sido bautizadas por una administración difunta. Cada esquina exige reverencia. Cada placa reclama una inclinación cervical. Y así el ciudadano, que debía aprender a andar, aprende antes que nada a asentir.

La pedagogía revolucionaria es un guion. La Decena Trágica. El asesinato de Madero. La dictadura de Huerta. El Chacal. Después, la fórmula: Madero triunfó legítimamente; una facción reaccionaria lo asesinó; la Revolución corrigió el crimen; el Estado heredó la misión; el funcionario, por último, administra la herencia. Desde 1914, las voces del régimen han repetido esta letanía con una perseverancia más admirable que verdadera. No porque los hechos sean falsos, sino porque una verdad histórica puede convertirse en una prisión cuando se la repite para impedir que el presente formule su propia pregunta.

Atados a semejante Partenón revolucionario, los ciudadanos cayeron presos de la retórica cantinflesca del PRI: una sintaxis que parece moverse, pero permanece quieta; una frase que promete futuro mientras vuelve a colocar el mismo escritorio, el mismo intermediario, la misma sonrisa de aparato. País levantisco. Conflictivo. Dramático. La Revolución, transformada en mobiliario estatal, otorgó la comodidad más peligrosa: la de un poder que ya no necesita oposición porque ha logrado convertir toda oposición en capítulo anticipado de su propio relato.

Esto no es historia monumental, colegas míos. Es taxidermia. Un pueblo no venera a sus muertos: los rellena, los barniza y los instala en el vestíbulo para no tener que escuchar lo que todavía podrían reprocharle.

La memoria histórica, esa nueva divinidad de los urbanícolas, no es inocente. Toda memoria pregunta: ¿qué debe permanecer? La memoria institucional ya conoce de antemano la respuesta: debe permanecer aquello que legitima al custodio del archivo. Y si un recuerdo no se deja archivar, si una herida no cabe en la efeméride, si un campesino, una mujer, un soldado o un niño contradicen el libreto, entonces se los llama “casos complejos”. La burocracia ama la complejidad porque le permite conservar intacta la maquinaria.

Os hablo, por tanto, de la plastische Kraft: la fuerza plástica de una cultura, su capacidad de digerir, transformar, cerrar heridas y, cuando es necesario, olvidar. Olvidar no significa absolver. Significa rechazar el chantaje del cadáver. La historia sólo sirve a la vida cuando el vivo puede usarla sin convertirse en su portero.

También el muralismo mexicano ha cometido su crimen luminoso. Ha querido dar cuerpo al pueblo, y a menudo le ha dado peso. Ha cubierto muros, escaleras, palacios y secretarías con una saturación barroca que confunde escala con grandeza y volumen con destino. El espectador entra en esos edificios como quien entra en una digestión ajena: campesinos gigantes, obreros musculosos, sacerdotes deformeados, máquinas, fusiles, pirámides, volcanes, calaveras, conquistas, triunfos. No hay pared: hay asedio.

Siqueiros fue demasiado grande para obedecer del todo a su doctrina. Su pintura quiso movilizar al cuerpo, romper el cuadro, atacar al ojo desde todos los ángulos. Pero sus herederos hicieron de aquella violencia una tapicería cívica. La anécdota ocupó el espacio público. Todo debía ser narrado, explicado, alegorizado, monumentalizado. El muro dejó de ser una superficie y se volvió tribunal.

Frente a ese espesor telúrico, yo reclamo la ligereza libertaria de la vanguardia: no la frivolidad, sino el salto; no la amnesia publicitaria, sino la facultad de escapar del monumento antes de que el monumento os aplaste. Una cultura fuerte no necesita pintarse entera sobre una pared. Tolera el vacío. Tolera una línea, una pausa, un gesto sin policía interpretativa.

***
Al terminar su intempestiva (quiero decir, su conferencia), Nietzsche se fue a caminar por el malecón con una guayabera rosada a tono con su bigote encendido. Se detuvo frente a la pesada estatua de Venustiano Carranza, situada en la plazuela ante el Faro. Los militares de Marina lo miraron con sospecha. Nietzsche desafió la prohibición de beber en público. Sacó entonces una cantimplora con coñac adentro. Un filósofo no debe declarar ante el Estado la composición de su pequeña reserva metafísica. Encendió un cigarro de San Andrés Tuxtla, y dejó que el humo atravesara la brisa salada. Entonces murmuró en alemán (yo de inmediato saqué mi libreta y traduje):

—El problema no es que México tenga demasiada historia. El problema es que la Historia ha aprendido a patrullar.

Después bebió. Carranza no se movía. El faro tampoco. Los jarochos locales y los turistas y los estudiantes del Congreso, que habían sacado el teléfono para fotografiar al extranjero, guardaron por un segundo el aparato y descubrieron, con terror, que el pasado no le estaba pidiendo una selfie.

La historia que no puede ser quemada, discutida ni olvidada a tiempo se convierte en policía. En Policía y Pedagogía.