Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Doppelgängers (pp. 24–27)
En la tumba de Friedrich Kittler
Por Sebastián Pineda Buitrago
1
Cuando, hacia 2017, leí de Kittler La verdad del mundo técnico (en traducción de Ana Tamarit) fue como si un huracán abriera de par en par las ventanas de mi casa y las inundara de luz y revolcara todo alrededor. Kittler, partiendo desde los estudios literarios, despega hacia un horizonte filosófico, lejos de ideologías trasnochadas y pesados materialismos, de la mano de la historia y la gran teoría: Media History and Media Theory.
Cuando, en enero de 2024 me gané por oposición la plaza de investigador en el Centro de Estudios de la Cultura y Comunicación de la Universidad Veracruzana, como agradecimiento, me prometí visitar la tumba de Kittler una vez que me volviera a pasar por Berlín.
He cumplido la promesa. Pero, a todas estas, ¿quién es Friedrich Kittler?
2
En 1977 Kittler se doctoró de germanística en la Universidad de Friburgo con una tesis sobre la obra de un escritor suizo de 1800 titulada Der Traum und die Rede. Eine Analyse der Kommunikationssituation Conrad Ferdinand Meyers («El sueño y el discurso. Un análisis de la situación comunicativa de Conrad Ferdinand Meyer»). La tesis aún no se ha traducido ni siquiera al inglés. No importa. Kittler comenzó a sobresalir en 1980 con un texto programático que equivale a todo un exorcismo en el mejor sentido nietzscheano: "Expulsión del espíritu de las ciencias del espíritu". O, lo que es lo mismo, «Expulsión de lo humano de las ciencias humanas».
Los alemanes traducen «ciencias humanas» o «humanidades» como Geisteswissenschaften (literalmente, «ciencias del espíritu») desde cuando, en 1849, el traductor Jacob Heinrich Wilhelm Schiel halló otra definición para las moral sciences de la Lógica de John Stuart Mill. Quizás haya otros usos anteriores de términos semejantes. Lo cierto es que en 1883 Wilhelm Dilthey, en Einleitung in die Geisteswissenschaften (Introducción a las ciencias del espíritu), contribuyó a su consolidación y fundamentación bajo la idea de que bastaba la comprensión —Verstehen— de la vida histórica para enriquecer nuestra vida. Comprender puede leerse aquí como una «actitud» —Einstellung— y un «valor» —Wert— del trabajo intelectual. Dilthey pretendía rescatar el "alma" (el "espíritu") del mecanicismo industrial mediante el bálsamo de la interpretación empatética de la vida histórica.
Kittler voló en pedazos con frialdad heideggeriana esa hermenéutica decimonónica lo mismo que la de Gadamer y la de la Escuela e Frankfurt (Adorno y Horkheimer y su tomadura de pelo en Dialéctica de la Ilustración) Pues, antes de interpretar lo que una cultura dice, Kittler pide investigar los sistemas de inscripción que le permiten a esa cultura decirlo, esto es, registrar, almacenar y transmitir. Dicho de otro modo, no hay cultura sin soporte técnico: alfabeto, papel, lápiz, máquina de escribir, filme, cinta magnetofónica, computador. Más que en una cultura, sostiene Kittler en Optische Medien, vivimos en estándares técnicos.
Kittler arrancó el título de su tesis de habilitación, Aufschreibesysteme 1800/1900 del infierno clínico de Daniel Paul Schreber: el presidente del tribunal de apelaciones de Dresde que redactó sus Memorias de un neurópata cercado por máquinas celestes, alambres telegráficos y rayos divinos que le martillaban el cráneo. Donde Sigmund Freud quiso ver en 1911 el drama edípico de una paranoia reprimida, Kittler diagnosticó una autopsia materialista: en el delirio de Schreber no había una avería psicológica, sino el registro exacto de las nuevas redes de transmisión —el fonógrafo, el teléfono y la máquina de escribir— inscribiéndose a fuego sobre la carne humana.
Por cierto, ¿sabrán nuestros colegas hispanohablantes lo que significa una «tesis de habilitación»? No lo creo. La academia prusiana sigue siendo un enigma impenetrable para muchos de nosotros. En las universidades alemanas, el grado de doctor (Doktorgrad) jamás funcionó para dormirse en los laureles del escalafón. Quien ambicionaba el mando de una cátedra ordinaria (Lehrstuhl) estaba obligado a escribir y presentar un segundo libro de envergadura (Habilitationsschrift) que acreditara la capacidad autónoma para investigar y enseñar (venia legendi y facultas docendi). Y en ese tribunal sin tregua o probabas la soberanía salvaje de tu propia voz intelectual (Selbständigkeit), o quedabas condenado al limbo perpetuo de los profesores adjuntos mal pagados (Privatdozent). Friedrich Kittler acudió a esa segunda tesis doctoral a la manera de una guerra relámpago (Blitzkrieg) contra los cimientos mismos de las humanidades o ciencias del espíritu.
3
Bajo la provocación de Friedrich Kittler, «el llamado humano» —der sogenannte Mensch— es un cuerpo termodinámico condenado a quemar carbono y procesar datos.
Mi marcha hacia su tumba fue la prueba forense de esa servidumbre. Pues, para dar desde mi hotel en Mitte con el Cementerio (Friedhof) de las comunidades de Dorotheenstadt y Friedrichswerder, quemé gigabytes de satélites en Google Maps y no sé cuántos litros de agua en mis IA calculando la coordenada exacta de su tumba. Di con la lápida cuando apenas me restaban quince minutos antes de correr hacia el metro (U-Bahn) y llegar a tiempo a la estación de tren. En breve me marcharía de Berlín.
Sobre la lápida vi unas piedras pequeñas. Debajo, un nombre y dos fechas. La hiedra asciende por el frente; una rosa roja interrumpe la sobriedad del conjunto. He traído un libro violeta. Durante un momento no sé dónde ponerlo.
Lo dejo entre las plantas. Lo levanto para una fotografía. Finalmente lo apoyo sobre la piedra, con el título hacia la cámara: Die Wahrheit der technischen Welt (La verdad del mundo técnico).
Podría decir que no se trata del culto a los autores. Sería demasiado fácil. He buscado una tumba; he llevado un libro; estoy haciendo fotografías. La teoría también tiene peregrinos.
Salgo del cementerio. Antes, recojo mi ejemplar de La verdad del mundo técnico. La piedra que he añadido se queda entre las otras.
Danke, Kittler. Danke sehr.
Afuera, Berlín sigue andando. La ciudad es un medio (también una necrópolis: un lugar preciso para encontrar una ausencia-presencia que ya no puede trasladarse).
Imprimo velocidad a mis pasos, me subo al metro (U-Bahn), desciendo en Berlín Mitte y me trepo al tren con destino a Varsovia.
Cómo citar este artículo:
Pineda Buitrago, Sebastián. «En la tumba de Friedrich Kittler». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 24–27.


