Editorial (Proteo 3)

 Proteo 3



Este número nace de pensar en voz alta, aun cuando el primer interlocutor sea uno mismo. Proteo no quiere dictar doctrina ni acumular novedades; quiere abrir un margen de glosas donde imágenes, lenguas, máquinas y memorias puedan responderse, contradecirse y dejar una huella.

Como en la tradición del comentario, la verdad no cae intacta desde una autoridad: se prueba en la lectura, en la réplica y en la paciencia de volver sobre una palabra.

Este número no propone un inventario de temas. Persigue una misma pregunta bajo distintas máscaras: quién gobierna las imágenes, las palabras y las memorias con las que una cultura aprende a obedecer.

1. REVISIONES


Una interlocución con Laura Camila Ramírez Bonilla que prolonga la lectura de su libro y examina la televisión como máquina moral, pedagógica y política.

2. REVISIONES


Una serie de fragmentos para pensar cómo las imágenes religiosas, técnicas y publicitarias organizan el deseo, la obediencia y la vida colectiva.

3. Revisiones


Un léxico mínimo para leer una civilización de la palabra, la ley y el exilio. Una introducción no catequística a nociones fundamentales del pensamiento judío y a su potencia para discutir memoria, interpretación, comunidad y escritura.

4. Revisiones-Fantasías 


Relectura del libro póstumo del filólogo y teórico alemán Werner Hamacher, Justicia lingüística, en contra de la administración burocrática de la palabra
Un alegato sobre la lengua como campo de combate: no un repertorio de fórmulas correctas, sino una herencia histórica que exige precisión, riesgo y pensamiento.

4. Revisiones-Fantasías


Una conversación en inglés con los tratados de  John Milton sobre la libertad del divorcio y la conciencia de una pareja que no debe usurpar el Estado ni la Iglesia sino ser tratada entre ellos a la manera de un speaking help

5. Fantasías


Una variación sobre O Agente Secreto trasladada al Urabá bananero de 1977: la vigilancia política, el capital frutero y la Guerra Fría como una misma máquina de secreto.


Glosas a «La pantalla y la cruz», de Laura Camila Ramírez: televisión y catolicismo entre Bogotá y Ciudad de México

 Sebastián Pineda Buitrago, "Glosas a La pantalla y la cruz, de Laura Camila Ramírez: televisión y moral católica entre Bogotá y Ciudad de México", Proteo 3 (agosto, 2026). 



Querida Laura Camila:

Esta carta prolonga una reseña que publiqué en Communication & Society, revista de la Universidad de Navarra, sobre tu libro La pantalla y la cruz. Moral y catolicismo al arribo de la televisión, Bogotá y Ciudad de México (1950-1965). Pero no quiere ser una reseña ampliada ni una diligente reiteración de elogios. Quiere inaugurar una conversación. También es el preludio de nuestro curso optativo, donde volveremos a la escena inaugural de la televisión colombo-mexicana para preguntar qué hizo de nosotros esa máquina que, antes de multiplicarse en cada teléfono móvil, reinó como un pequeño ídolo doméstico en el centro de la sala.

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Lejos de lo que puedan pensar nuestros estudiantes más jóvenes, la televisión no ha desaparecido. Se ha disuelto en YouTube y aplicaciones similares dentro de la sucesión infinita de pantallas portátiles. Cuando nosotros éramos niños, a finales del milenio pasado, mirar televisión todavía suponía entrar en una casa, sentarse en un sofá, obedecer el horario de la emisión y esperar la telenovela, la serie, los muñequitos animados, el noticiero de las 7 o de las 8, el Minuto de Dios... La programación organizaba el tiempo. La pantalla reunía cuerpos. El aparato imponía una ceremonia.

Para nuestros padres y abuelos, a mediados del siglo XX, la televisión no fue todavía el fondo ubicuo de la vida cotidiana. Llegó primero como una visita inquietante. Irrumpió en la sala con su ojo de vidrio, convocó a la familia dispersa –o terminó de separarla– y alteró de inmediato la vieja distribución de las vigilancias. Tal es el hallazgo decisivo de tu libro: la Iglesia comprendió que la pantalla no constituía un instrumento neutral, sino una nueva jurisdicción sobre la mirada. 

No es casual que, por aquellos años, el canadiense Marshall McLuhan comenzara a formular su teoría de los medios. Formado inicialmente como crítico literario, y acaso porque concibió el contenido como un acto de fe, McLuhan se declaró católico converso desde 1937. Declaró que el medio no transporta simplemente mensajes, sino que es el mensaje (o el masaje). Es decir: lo que reorganiza el ambiente entero de la percepción. “Ángel”, ángelos, significa en griego mensajero; y la televisión vino a disputar a los antiguos mensajeros el gobierno de la aparición.

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La Iglesia no inventó la televisión; inventó, mucho antes, el deseo de una imagen capaz de atravesar la distancia sin disolver la obediencia. Por eso me fascina tu rescate de Pío XII y Santa Clara, pues revela dulcemente cómo el Vaticano jamás le tuvo fobia a la pantalla, sino que la reconoció como una vieja amiga. Al convertir en 1958 el trance de una monja febril que «asistía» a distancia a la misa de Navidad de 1252 en la patrona celeste de la televisión, Pío XII ejecutó una refinada maniobra teológica. Le permitió al Papado (desde la alocución pascual de 1949 hasta la encíclica Miranda prorsus de 1957) adiestrar la retina de los fieles y reclamar la autoridad moral sobre todo lo que encandila a la masa desde el tubo catódico.

Insiste Friedrich Kittler que quien habla de medios de comunicación debe estar dispuesto a hablar de tecnologías de guerra. Tu libro lo confirma con una escena formidable: en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, el entonces mayor Gustavo Rojas Pinilla conoció al ingeniero colombiano Joaquín Quijano Caballero mientras el régimen nazi ensayaba las primeras transmisiones televisivas en directo. El futuro y efímero dictador colombiano  descubrió en Berlín la maquinaria perfecta de propaganda estatal y control óptico. La pantalla chica jamás fue civil: fue siempre artillería militar reorientada hacia el santuario doméstico.

Antes de que la televisión convirtiera la sala doméstica en territorio de disputa moral, el catolicismo ya sabía levantar imágenes para administrar una nación herida. El Sacré-Cœur de Montmartre fue construido en 1873, apenas dos años después de la Comuna de París, como monumento de expiación nacional y restauración religiosa frente a la derrota, la revolución y el temido desorden social. Desde la colina donde había comenzado la insurrección, la basílica debía volver visible un principio de autoridad: la nación sólo sanaría bajo el signo del Corazón de Cristo.

La traslación colombiana de ese imaginario la ha leído con atención Carlos Rincón en Íconos y mitos culturales en la invención de la nación en Colombia (2014). Según Rincón, el sacerdote bogotano Bernardo Herrera Restrepo, formado en el seminario de Saint-Sulpice de París, promovió en 1902 la consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús como lenguaje de paz tras la Guerra de los Mil Días. El Sagrado Corazón ofrecía un vocabulario de reconciliación y una gramática de obediencia: la comunidad nacional debía recomponerse bajo una imagen capaz de hacer de la herida histórica una deuda teológica.

Tu lectura de Senda prohibida (1958), la primera telenovela mexicana, es uno de los hallazgos más luminosos. Muestras que Telesistema Mexicano no necesitaba exhibir sacerdotes ni catecismos para poner en funcionamiento una pedagogía moral en la pantalla doméstica. Nora, la joven provinciana que llega a la capital en busca de dinero, movilidad y autonomía, encarna el temor que la modernización urbana despertaba ante una feminidad dispuesta a desbordar el matrimonio, la jerarquía familiar y la respetabilidad burguesa. La telenovela adoctrina desde una secuencia de culpa, llanto y castigo. Las telenovelas (telebobelas, las llamaba mi padre que nunca vio ninguna; o sí, una, Pedro el escamoso) hacían que el orden pareciera deseable.

Ésta es la pregunta que tu libro permite profundizar: si la Iglesia deseaba formar al televidente-creyente, de algún modo promovió también una cultura visual y en ocasiones hasta la historia del arte, es decir, no el consumidor dócil, sino el espectador capaz de ordenar visualmente el mundo. Toda pedagogía de la mirada es también una política de la sensibilidad.

Y por aquí me recuerdas a la crítica de arte Marta Traba y sus primeros programas en la televisión colombiana [véase la tesis de 2008 en la U. de los Andes de Nicolás Gómez Echeverri, En blanco y negro. Marta Traba en la televisión colombiana (1954-1958).]  Marta Traba transmitió un Curso de Historia del Arte en 1957, es decir, trasladó a la pantalla esa pedagogía visual que aspiraba a formar espectadores de arte. No es un detalle menor que esas emisiones estuvieran sostenidas por un andamiaje escrito: conferencias, guiones y materiales mimeografiados. La ciudad audiovisual no abolió de golpe a la ciudad letrada (Traba después se casó con Ángel Rama). Se construyó sobre ella, parasitó sus métodos, se alimentó de sus archivos y después amplificó su alcance.

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Pero volvamos a Kittler: quien habla de medios de comunicación debe estar dispuesto a hablar de tecnologías de guerra. Pues la historia de los medios es inseparable de la la historia de las técnicas de guerra que, una vez domesticadas, invaden la intimidad civil y reordenan su imaginación política. 


El 30 de octubre de 1938, Orson Welles transmitió desde la CBS su adaptación de The War of the Worlds de H. G. Wells como una cadena de falsos boletines informativos: la invasión marciana descendía sobre Nueva Jersey con el tono impersonal y urgente de una catástrofe en curso. Los oyentes  confundieron, por unos minutos, ficción y acontecimiento. Luego comprendieron la lección: una voz radiofónica podía alterar el pacto que sostenía la realidad pública, volver porosa la frontera entre noticia, simulacro y amenaza.

Diez años después, en Bogotá, la operación se invirtió. El 9 de abril de 1948, durante el Bogotazo, los intelectuales liberales, liderados por Jorge Zalamea, se tomaron los micrófonos de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Desde luego, ya no se trataba de un alzamiento imaginario mediante boletines ficticios, sino de una insurrección real para orientar o desorientar a la multitud y disputar, en tiempo real, la posibilidad misma de tomar el poder. La ciudad ardía, los tranvías eran volcados, el orden estatal se deshacía en las calles; en lo alto del edificio, los radiomotinados (¡qué bello nombre!) intentaban dar a esa violencia una dirección, un lenguaje y un enemigo. 

Entre Welles y Zalamea se abre una diferencia decisiva. En Nueva York, la radio probó que podía fabricar la apariencia de un acontecimiento; en Bogotá, mostró que podía convertirse en parte constitutiva del acontecimiento mismo.

México no tuvo, entre 1950 y 1969, una escena exactamente comparable de «teleamotinamiento». Precisamente por eso resulta más inquietante. En 1968, cuando el movimiento estudiantil puso en crisis el autoritarismo del PRI, la televisión no fue ocupada por insurrectos: permaneció en manos de Telesistema Mexicano y de la maquinaria político-empresarial encargada de administrar la imagen nacional. La masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre, ocurrió diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos. El 12 de octubre, mientras la herida seguía abierta y el número de víctimas era (sigue siendo) indeterminado, la señal satelital transmitió a color estadios, atletas, banderas, diseño, modernidad. México hizo de la televisión una vitrina tan bien iluminada que podía ocultar, con mayor eficacia que una censura declarada, aquello que dejaba fuera de cuadro. Ésa es la lección suprema del barroco novohispano: no la censura, sino la tramoya. No polemizar. Dorar la píldora. Adornar el retablo a tiempo sin que nadie note el sacrificio bajo el altar. Esconder el cadáver hasta que el hedor sea insoportable. 

Por cierto, según Bolívar Echevarría, hay otra lectura del 68 espacial y mediática (urbanística, digamos) que conviene añadir. Para finales de la década de 1950, el PRI había trasladado el campus de la UNAM del corazón de la Ciudad de México al sur, confinándola en el Pedregal a imagen y semejanza de un college gringo. Quería aislar a la juventud del cruce de cables del centro histórico. Pero Ciudad Universitaria no funcionó como un gueto profiláctico. Por el contrario, hinchó el movimiento estudiantil que cobró  fuerza como una fuga masiva para reconquistar el centro. El PRI, aterrado al ver que su experimento de esterilización espacial había fracasado, resolvió el problema en la Plaza de las Tres Culturas. Y es exactamente ahí donde la sangre (¿la cruz?) choca con la antena y la pantalla.

***

Ése es, querida Laura Camila, el mérito mayor de La pantalla y la cruz. Tu libro nos obliga a abandonar la cómoda superstición de que la televisión fue un artefacto menor, una caja de entretenimiento. La televisión no ha muerto: ha dejado la sala, se ha alojado en nuestra mano y espera, más luminosa que nunca, que alguien le devuelva la mirada. Gracias por haber escrito un libro desde el lugar incómodo donde se cruzan religión, familia, guerra, Estado y deseo. 



A Speaking Help: John Milton and the Invention of Divorce

Sebastián Pineda Buitrago, "A Speaking Help: John Milton and the Invention of Divorce", Proteo 3 (agosto, 2026)


I

The first time I saw my parents' marriage fail, I didn't have the language for it. I was sixteenth or seventeenth, hiding in the hallway, listening to two people who had stopped speaking to each other in any language that mattered. They still talked –about bills, about schedules, about whose turn it was to pick me up from school– but the conversation, the real one, had died years before. It would take me another decade to find Milton, and another decade after that to understand why a seventeenth-century Puritan poet had more to say about my own divorce than any therapist or lawyer ever did. This is the essay I wish I had read before I got married, when I was still trying to understand how two people can share a house, a child, a history, and still be utterly alone together.

Milton’s “divorce tracts” were four urgent pamphlets written between 1643 and 1645, in the middle of the English Civil War. Their titles sound forbidding –The Doctrine and Discipline of DivorceThe Judgment of Martin BucerTetrachordon, and Colasterion– but their central question is disarmingly simple: what should two people do when they can no longer speak to one another?

Milton’s answer begins in Genesis. Upon seeing Adam alone, God said it is not good for man to be alone. God created Eve from a part of Adam's rib. Milton never escapes this patriarchal grammar. He imagines an unequal marriage, ruled by the husband, in an age when marriage secured inheritance, named legitimate children, and made fatherhood an act of legal and social faith rather than genetic proof. A husband was presumed to be the father; a household depended upon that presumption. Fatherhood is an act of faith.

Yet Milton reads the rib strangely and ambitiously. His question is sharper. A relationship can have shared passwords, photographs, children, bills, and a carefully synchronized calendar– and still lack the one thing that made it human: someone to whom one can speak without becoming smaller.

After my divorce, the German philologist and theorist Werner Hamacher gave me a language for what I had witnessed. My reading of Milton’s divorce tracts is, in part, a conversation with Hamacher’s essay, “Recht auf Scheidung vom Recht (Milton)”—“The Right to a Divorce from Law”—included in the posthumously published 2018 collection Sprachgerechtigkeit (Linguistic Justice). Because Hamacher does not merely ask whether the law should permit divorce, I would add that his real question is darker: what happens when law takes charge of a relationship whose first purpose was speech?

Milton's phrase describing marriage as a "apt and cheerful conversation between a man and a woman" is another way to say that love is a long conversation. If marriage begins in the possibility of speech, it ends when the shared language is broken. When conversation dies, the demon of the law enters. The judicial language replaces the language of intimacy with its own hard vocabulary—petitioner, respondent, asset, custody. It may settle a case without ever naming the wound. Hamacher helped me see that Milton was defending the right to leave a language that had ceased to be a home.

II


I first encountered Milton through Borges who loved to remind us that Milton traveled to Italy to peer through Galileo’s telescope at the moons of Jupiter, later smuggling that expanded, terrifying cosmos into his poem Paradise Lost (1667). In his lectures on English poetry, Borges related that in 1638 the young Milton visited Galileo in Arcetry, Italy, when the old and blind astronomer was imprisoned by the Church. Since then, the universe became too large, too strange, too full of worlds for any priest to supervise. The joke, however, is cruel: Milton could imagine the abyss of space, but he could not always cross the silence of his own living room.

In 2003, when I was 20 or 21, I read with immense pleasure Robert Grave's The Story of Marie Powell: Wife to Mr. Milton (1943). Graves nails the cosmic cruelty of the great Puritan poet with lethal precision. He imagines a sign hung on Milton’s study door that belongs on the tombstone of every dead marriage: Do not disturb. I am working with the Muses. The law of affective anatomy is absolute: a husband who converses with angels while ignoring his wife has already finalized his divorce, regardless of what the clerical paperwork claims. 


Since then, perhaps because of my Hispanic American formation, I recognize in Milton a baroque intensity shared across hostile confessions: grand rhetoric, biblical excess, intellectual combat, cosmic scenery, and the conviction that language can reorganize the world. Milton was indeed a Puritan polemicist. He was against the Council of Trent that defended marriage as sacramental and indissoluble—the very kind of ecclesiastical authority his divorce argument resisted. 

This may sound like a contradiction. Milton was  hostile to Rome, suspicious of ceremony, and willing to quarrel with the Church over marriage and conscience. Yet his prose feels strangely familiar to a reader formed by the baroque: it is excessive, theatrical, biblical, full of thunder and legal fire. He writes like a man who believes that a sentence can alter the arrangement of the universe. The Council of Trent had made marriage a sacrament guarded by clergy and law; Milton answered from the other side of the religious war, but with an equally baroque sense of the stakes. For both worlds, marriage was never merely private. It was a battlefield where salvation, authority, family, property, and language met.

How to name the moment when a poet could argue that neither bishop nor state should command the inward life? Milton’s liberty was not polite. It was quarrelsome, learned, Protestant, masculine, and often unbearable. But it gave me, a reader moving between Colombia and Mexico, a way to recognize something familiar: the baroque pleasure of turning theology into style, private grief into public argument, and a domestic quarrel into a theory of freedom.

Milton was Cromwell’s adviser from 1649. He serve the Commonwealth as Secretary for Foreign Tongues. The Sephardic return to Cromwellian London made this drama larger. Jews arriving by way of Amsterdam brought Spanish, Portuguese, Ladino, Hebrew, commerce, and prophecy into a city that the tidy birthplace of liberalism. It is closer to our baroque worlds than the schoolbook version of England admits. Milton belonged to an age of dangerous languages. He read Genesis not as a dead monument but as political dynamite: Eve was not made to decorate Adam’s household, but to end his solitude. Marriage, therefore, was a conversation between minds. If that conversation died, the law might preserve the contract, but not the life inside it. Graves gave me a comic, domestic Milton: Mary Powell, from a Royalist family, facing a husband whose Parliamentarian imagination had entered the house before Cromwell ever entered government. Their marriage became a civil war across a table. One sees the poet shut himself in with the Muses while his wife asks the fatal question: who, precisely, is going to speak to me?

In the end, perhaps this is what Milton still teaches us: that divorce is not, in the first instance, a legal procedure, a moral failure, or even a tragedy. It is a crisis of language. It begins when the conversation that made a marriage inhabitable –when the difficult, unfinished labor of making oneself intelligible to another– falls into silence. No decree can restore that speech once it has ceased to be possible.