El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o «ca’ uno es ca’ uno»

Proteo, 1, junio de 2026.

Portada

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Acaso cierto aparato publicitario muy afín al neoconservadurismo o un público muy sediento de "espiritualidad" puedan explicar el éxito de ventas en las librerías colombianas de El hijo del hombre (2026), de Juan Esteban Constaín. Pues una lectura atenta confirma la desproporción entre el fenómeno comercial y semejante boutade literaria. 

La redacción de este libro bien serviría para adornar el retablo de una parroquia triste: cargada de manierismos (iba a decir "barroquismos") que agotan la vista y la paciencia. No hablo del barroco como arte de la complejidad, sino de su caricatura:  el argumento principal devorado por incisos insípidos, la frase subordinada que pide auxilio antes de alcanzar el punto seguido. No hay músculo intelectual. Como botón de muestra, esta perla: 

“Jesús fue crucificado como lo fueron tantos en Roma, y cuando digo Roma digo el mundo entero que ella creó y gobernó, "cuando yo digo Francia digo la luz del mundo", decía un verso de José Umaña Bernal, un gran escritor colombiano, Jesús fue crucificado porque la cruz era el castigo tradicional y expiatorio que buscaba en aquel tiempo el escarmiento, colgar a los criminales para que nadie siguiera su ejemplo ni sus huellas, el ‘ludibrio’, como aún se dice en español con esa palabra latina, la burla, el desprecio, la indignación...” (p. 461). 

 Uno lee esto y no sabe si rezar, llamar a un editor o pedir auxilio a un profesor de sintaxis. De Umaña Bernal –mediano escritor justamente olvidado— Constaín salta, con la misma soltura con que se cambian canales, a citar al torero Guerrita: «Ca’ uno es ca’ uno». Y, sin quererlo, ofrece su mejor autorretrato. Eso es Constaín: un torero de la erudición, siempre dispuesto a hacerle un quite —olé— a toda discusión y a toda profundización. 

Su libro está lleno de pases vistosos y de arena levantada, pero casi nunca de estocadas conceptuales. En la página 467 se le escapa una confesión: “yo no soy ni ChatGPT ni un erudito y teólogo alemán del siglo XVIII o XIX”. Tiene razón en las dos cosas, pero omite la tercera: tampoco es un ensayista capaz de sostener el peso de su propia retórica. ¿Quién es, pues, Constaín?

Si el estilo es el hombre, entonces El hijo del hombre quiere ser ocurrente. En la página 446 Constaín vuelve a su chiste favorito: pelear con la máquina, esta vez a propósito de Thomas Browne, quien ensayó la disposición de los comensales de la Última Cena a partir del cuadro leonardesco. Constaín escribe “davinesco”, se corrige, dice que el adjetivo no existe, busca en Google “para estar seguro” y remata indignado: la “omnisciente y estúpida IA” —que lo tutea, y eso es lo que más le irrita— le sugiere “dantesco”. ¿A quién hace Constaín reír con estos apuntes? La frase no avanza, se atropella, tropieza en la propia ocurrencia. No hay pensamiento, hay obscenidad: el escritor indignado con un chatbot. En un libro que pretende pensar la encarnación, lo único que encarna aquí es la neurosis del autor frente a la máquina que lo corrige.

El mismo vicio reaparece una y otra vez: la frase subordinada e interminable que coarta la profundidad. Por ejemplo, Constaín abre un pie de página larguísimo para contarnos su matrimonio con mariachis en Popayán, sin sacar nada en claro ni en limpio. La anécdota no ilumina la tesis, la tesis no organiza la anécdota. 


El hijo del hombre comienza, como todo lugar común que se respete, con superlativos: “Roma es la ciudad más bella del mundo...”; sigue en la página 128 explicando lo mismo —“se empezó a volver la más grande y más bella de todos los tiempos”— y se desliza, por pura inercia, hacia divagaciones sobre escritores colombianos (Guillermo Valencia, Julio Flórez, García Márquez), Roma, Popayán, el credo, la misa, el torero. “Ca’ uno es ca’ uno”. 


Cuando Constaín intenta ponerse solemne, la frase se le hunde en azúcar. En el tercer capítulo, “Llevan siempre lágrimas las cosas” (“sunt lacrimae rerum”, verso de la Eneida), Constaín se extiende para contarnos que Eneas y Acates contemplan en un muro las pinturas de la guerra de Troya: “cada objeto de este mundo arrastra consigo su memoria y su dolor” (p. 163). Hasta ahí, manual de bachiller con Google a la mano. Páginas antes, en la 159, hablando del episodio de Dido y Eneas, compara la fundación de Roma con la de Macondo y cita el comienzo de Cien años de soledad. ¿Para qué? ¿A quién quiere sorprender con este truco de taller de escritura creativa? La analogía no trabaja ni la cita queda bonita. Su Roma es un crucigrama: Virgilio, García Márquez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Umaña Bernal, el torero Guerrita, todos revueltos en el mismo caldo –sancocho, dicen en Colombia– afectivo.



Cuando por fin enuncia una tesis, esta se disuelve en vaguedad viril: “Roma siempre ha sido un proyecto territorial y defensivo; los valores de su cultura estaban anclados en esa idea militar y viril de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir exactamente Constaín con El Hijo del Hombre? ¿Por qué no El Hijo de mujer? ¿Nace el cristianismo de una virtud viril que expulsa lo femenino del centro de la historia? Constaín, supongo, conoce a Robert Graves (el de Yo, Claudio y La diosa blanca), ese sí un pagano auténtico: un poeta que tomó en serio los cultos antiguos, la imaginería de las diosas y la lógica arcaica del mito como si siguieran teniendo razón contra la teología monoteísta y varonil. Autor de la novela Rey Jesús (1946), Graves confirma en ella que el crucificado desplaza el culto de la triple diosa lunar y expulsa a las sacerdotisas del templo. (Un paréntesis largo: Robert Graves quedó sorprendido cuando en Ibiza, ya ciego, le presentaron al escritor Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Cómo no iba a sorprenderse? Un colombiano que se llame Plinio Apuleyo… Anécdotas de ese tipo le encantan al costumbrismo bogotano que Constaín practica afincado en la larga tradición de Las tres tazas (1863) de José María Vergara y Vergara). 

El problema femenino (ya no digamos feminista) no está en la agenda de Constaín. Aunque él es muy virtuoso –de virtus, varón– coquetea con la teología, pero no la penetra. En algún momento, como relleno, cita entero el credo católico, como párroco en misa, sin trabajarlo como teólogo. Ni siquiera alcanza la altura mística de un mal manual de espiritualidad. 

En el cuarto capítulo, “Una sola sombra larga” (verso tomado del Nocturno de Silva), Constaín reconoce que su libro ha caído en la madriguera del conejo y que no ha salido nunca de ahí (p. 202). No hace falta que lo confiese: se nota con creces. Hasta la página 230, después de tanta pompa y procesión, se pregunta por los judíos. ¿Y los judíos? De pronto cita a Flavio Josefo, recuerda que Pompeyo conquista Jerusalén en el 63 “antes de Cristo”, derrota a Mitrídates y decreta, solemnísimo, que Jesús, el Hijo del Hombre, “nace en Roma”. De ahí pasa a “Yo soy César” para contarnos el romance de Cleopatra y Julio César, y por fin aterriza en el capítulo “El hijo del hombre”. El rodeo no ilumina: distrae. Uno sale con la impresión de que Roma es el centro del mundo porque Constaín necesita un escenario imperial para su ego.


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En uno de sus momentos de lucidez involuntaria, apela a Gómez Dávila: cita el escolio de marras —“Dios se encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”— para darle densidad a su argumento. Llegados a este punto, conviene deslindar a Constaín de Gómez Dávila.  

La sintaxis de Gómez Dávila es anti‑barroca: desgrana, limpia, suprime adornos; sus frases reconfortan menos por lo que dicen que por cómo están dichas. La sintaxis de Constaín, en cambio, no aligera: recarga. No afila: engorda la frase. Los escolios de «Colacho» condensan miles de lecturas, pero no son dogmas compactos; obligan a pensar sus consecuencias, a preguntarse, por ejemplo, si entonces el hombre sin Cristo no es importante. Ese es el punto: el escolio no cierra, abre. Constaín hace lo contrario: clausura la discusión con un olé: “Ca’ uno es ca’ uno”.

 Cuando escribe en la página 469 que "uno puede negar la existencia de Dios o incluso la de Jesucristo como personaje histórico, pero no puede negar, en ningún momento, el poder de esa ficción", Constaín no está desplegando una intuición gomez‑daviliana; está pronunciando un lugar común de tertulia: Dios como “gran relato” útil. Se podría discutir, claro, desde la etimología de fictio —aquellas fictiones del derecho romano—, pero ni siquiera llega a eso: usa “ficción” como quien usa “mito” o “historia bonita” y cree que así ha dicho algo grave.


Ahí se ve la diferencia de oficio. En Gómez Dávila, cada palabra está elegida con rencor contra el lugar común; en Constaín, el lugar común se disfraza de cita culta. Uno comprime una biblioteca en dos líneas sin exhibirla; el otro exhibe la biblioteca sin lograr una sola línea memorable. Por eso, más que heredero de los escolios, Constaín parece un devoto de la boutade: siempre dispuesto a lanzar una ocurrencia, nunca dispuesto a soportar las consecuencias conceptuales de lo que dice.

«No escucho tu prédica, sino tu voz» (Gómez Dávila). ¿A quién le habla esa voz —no la prédica, la voz—? ¿A un pequeño auditorio imaginario de amiguetes satisfechos: los de siempre, los del colegio bueno, los del club, los de la mesa de al lado en la feria del libro? La verdadera prueba de un escritor no es a quién cita, sino a quién incomoda. Y ahí, Constaín se queda corto: cita a Gómez Dávila, pero nunca incomoda como él. 

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Por quedarnos en la tradición (parroquia) colombiana, hay un abismo entre el libro de Constaín y otro sobre el mismo tema (hablamos del origen del cristianismo, ¿no?) pero mucho más exitoso y simpático y escrito con muchísima más gracia. Hablo del de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia (2007).  Vallejo leyó, fichó, persiguió durante años el expediente criminal del cristianismo, incomodando a creyentes, agnósticos, curas y devotos de la alta cultura por igual; Constaín incomoda, con suerte, al corrector de estilo.

Podría parecer injusto traer aquí una correspondencia privada, pero es precisamente en ese intercambio donde se ve la diferencia de temple. Cuando, en 2007, publiqué una crítica atolondrada de La puta de Babilonia, Vallejo me contestó con la violencia que su libro exigía: me reprochó haberlo comparado con “una vieja loca”, me acusó de mezquindad, de colombianada, de no haberlo leído como se debe. Y tenía razón. Mi respuesta no fue defender al cristianismo como “empresa civilizadora”, sino volver al texto de Vallejo y admitir algo incómodo: en sociedades católicas y contrarreformistas como las nuestras, la lectura de la Biblia ha sido históricamente escasa, vigilada, casi siempre mediada por sermones y no por filología. La puta de Babilonia lo muestra con saña: mientras el protestantismo multiplicó traducciones y exégesis, buena parte del mundo hispánico vivió de espaldas a los originales, sin griego, sin hebreo, sin arameo, con malas ediciones en español cuando las había. La verdadera herejía de Vallejo no es solo lo que dice contra la Iglesia, sino desde dónde lo dice: desde una filología agresiva que le pasa la Biblia por la picadora de citas, algo que en El hijo del hombre simplemente no existe.

A Vallejo se le puede acusar de exceso, de monotema, de hereje obsesivo. A Constaín, ni siquiera de piadoso. Donde Vallejo arma un alegato con rigor documental —trescientas páginas sin capítulos, una sola respiración envenenada contra la Iglesia—, Constaín ofrece turismo cultural con incienso: Roma “ciudad más bella del mundo”, credo recitado sin análisis, judíos que entran tarde al escenario, Gómez Dávila citado como ornamento y no como desafío. El contraste no es de ideología, es de seriedad intelectual. En términos nietzscheanos: uno escribe con sangre; el otro, con agua bendita edulcorada.

Para terminar, digamos que Constaín –siguiendo el epígrafe gómez-daviliano de su libro– sea un pagano que cree en Cristo. Un "pagano" virgiliano. Nada nuevo. Miguel Antonio Caro también lo era e insistía en que un par de églogas de Virgilio anunciaban el cristianismo. En la bella disputa entre Homero y Virgilio, Nietzsche (el Anticristiano por antonomasia) se inclina por Homero, por Grecia, por la música, por el alfabeto, por la matemática, Dionisios, Apolo, Platón, Aristóteles... 

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Juan Esteban Constaín (o su editorial) agendó la presentación de El hijo del hombre en la Feria del Libro de Xalapa (mayo, 2026). Él nunca llegó. Esta reseña es, en parte, lo que iba a decirle en la mesa y ha quedado De sobremesa, costumbre muy bogotana desde José Asunción Silva, el de una sola sombra larga... 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o "ca' uno es ca' uno"», Proteo, 1 (1)

Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante


Proteo 1 (junio, 2026) 




Muchas veces, para no discutir con Nuria Lorena, Sarmiento amó su estudio de azotea como otros aman a su patria. Muchas veces se sumergió en su cuarto de azotea, exiliado dentro de su propia casa, como otros regresan a su tribu. No sabía lo que ocurría.

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De su nutrida biblioteca solamente pude llevarse dos libros: la Biblia de Jerusalén y la Ética de Spinoza. Leyó en esta última que el odio debe ser vencido por el amor y la generosidad, y no compensado con odio. Y, además, que las aflicciones e infortunios de ánimo toman su origen, principalmente, de un amor excesivo hacia una persona que está sujeta muchas variaciones y que nunca podemos poseer por completo. De lo que se deduce que debemos amar a Dios sobre todas las cosas y los seres, pues el amor a Dios no puede ser mancillado por ninguno de los vicios del amor ordinario; pues en el amor a Dios, que es el conocimiento, gozamos reprimiendo nuestras concupiscencias y malos afectos.

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Más tarde, leyó intensamente los Proverbios
- “Más vale ración de verduras con amor que carne de vacuno con odio”. 
-“Una persona tiene proyectos. Yahvé, la última palabra”. 
–“Casa y fortuna se heredan de los padres, mujer prudente es un don de Yahvé”. 
– “Mejor es vivir en un rincón de azotea que compartir mansión con mujer pendenciera”. 
–“Es mejor dormir a la intemperie, aunque sea bajo la lluvia, que con una mujer de mal genio, más desagradable que una gotera incesante”.
– “Mejor es vivir en el desierto que con mujer irritable y pendenciera”.

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Las rupturas más trágicas son las de esas parejas que se han casado jóvenes y gozado de diez años de felicidad, al cabo de los cuales estallan los fuegos tapados de la pasión y la independencia, y sin saber por qué, puesto que continúan queriéndose mutuamente, emprenden su común destrucción. 

Añade Cyril Connolly en La tumba sin sosiego:

“There is no fury like a woman seeking a new lover. When we see a woman placidly chewing the cud of her thoughts beside her second husband, it is difficult to imagine how brutally, relentlessly and meanly she got rid of the first. […] Women are different from men, and the breaking with the past and tearing to pieces of the man they loved answers to a dark need of their being. Thus a woman’s friends will feel almost as much pleasure as she does when she is about to leave her man. Together they prepare the decree against the husband. They like to know the date, poke the fire, and walk round the monster, inspecting him carefully when he is left alone. At hundreds of miles’ distance they can hear the heavy thud of the trunks on the floor as they are being packed for departure.”

O en excelente traducción de Ricardo Baeza (UNAM, 1963):

“No hay furia comparable a una mujer que busca un nuevo amante. Cuando vemos una mujer rumiando mansamente sus pensamientos al lado de su segundo marido, es difícil imaginar lo brutal, implacable y mezquinamente que se deshizo del primero. [...] Las mujeres son distintas de los hombres, y el romper con el pasado y dejar hecho trizas al hombre que querían responde a una oscura necesidad de su ser. Así, las amigas de la mujer sentirán casi tanto placer como ella cuando se dispone a abandonar al hombre. Juntas preparan el edicto contra el marido. Les gusta saber la fecha, atizar el fuego, y dar vueltas en torno del monstruo
inspeccionándolo atentamente cuando se queda solo. A centenares de millas de distancia oyen el ruido pesado sobre el suelo de las valijas a punto de partida”.

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Arrebatar una mujer al marido, o un marido a la mujer, es una especie de asesinato; la culpa convierte a los amantes en cómplices, y la destrucción del hogar destruye a los destructores. Como dejamos a los demás así seremos dejados.

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La necesidad de olvidar es de la gente ilustrada. Cuando uno ha sido bien atormentado, bien hostigado por su propia sensibilidad, comprende que hay que vivir al día, olvidar mucho; en suma: absorber la vida a medida que mana.

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Ética viene del griego ethos («morada» y «manera de ser»). La moral en cambio, del latín mos («costumbre»).
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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). "Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante", Proteo 1, (1).  

Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética

Proteo, 1, junio de 2026.


La reciente muerte del profesor peruano Efraín Kristal, cuya agudeza intelectual iluminó durante décadas las aulas de los Estados Unidos, nos obliga a volver sobre su última gran lección: Querencias. Guerra, traducción y filosofía en Jorge Luis Borges (FCE, 2022). 
 
Semejante volumen abre una perspectiva radical: la necesidad imperiosa de historizar a Borges. Frente al mito del bibliotecario ciego habitando una atemporalidad de esteta, Kristal nos restituye al Borges de entreguerras, un pensador con los ojos fijos en las trincheras y los gabinetes criptográficos de la conflagración mundial. Es la llave para comprender a Borges como el precursor literario más implacable de la cibernética y el hard thinking contemporáneo. 
 
¿Borges como pionero conceptual de la era del Big Data y la Inteligencia Artificial? Sí, y su apuesta es más radical que la de T. S. Elio. Pues si el autor de The Waste Land (1922) trabajaba con fragmentos de una cultura humanística en ruinas, Borges opera directamente con las instrucciones de montaje de la realidad misma, prefigurando la dialéctica entre homeostasis y entropía de Norbert Wiener. El autor de Ficciones (1944) detectó la mutación del logos en código y advirtió que sus orbes cerrados —pensemos en la infinitud de “La Biblioteca de Babel”— bien podían prescindir del humanismo de vieja data.
 
Mientras que en James Joyce la crisis de la técnica se manifiesta en la saturación caótica del flujo de conciencia, en Borges la cibernética emerge como un protocolo de decisión y combinatoria mucho antes de su formalización matemática. 
 
La tesis de Kristal radica en que el viejo humanismo filológico expiró bajo la criptografía bélica de la Segunda Guerra Mundial. La distinción entre lo verdadero y lo falso se automatizó en una estadística de señales y prescindió del lector humano en el instante preciso en que la máquina de los servicios secretos británicos, Colossus, descifró a Enigma, el proto-computador del alto mando nazi. Como intuyó Friedrich Kittler, la primacía del logos fue arrebatada al «llamado hombre» (the so-called man) en virtud del reino del bit y del tiempo real de emisión. Lo revelador es que la ficción latinoamericana coetánea registrara a su modo este colapso filológico. Borges escribió sus relatos más canónicos en el transcurso y desenlace de la guerra: Ficciones y El Aleph . Son, pues,  contraofensivas literarias frente a la mística totalitaria del fascismo y el comunismo.
 
Tiene razón Kristal al revelar que el narrador ficticio de “Pierre Menard, autor del Quijote” está inspirado en Erich Ludendorff, el teórico de la «guerra total» cuyo tratado Der Totale Krieg (1935) Borges había reseñado en 1937. Para Menard, como para Ludendorff, la lectura se enriquece mediante el anacronismo deliberado y la atribución errónea, pues la verdad no es verificable, sino un acto creativo de interceptación estratégica. 
Asimismo, en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges parodia el discurso antropológico y la práctica etnográfica para hacernos creer en la existencia de un planeta ordenado. Eso es: Tlön encarna un recinto cibernético, un sistema operativo avant la lettre donde el observador y lo observado quedan atrapados en el mismo bucle de información.

Esta ontología técnica se radicaliza en “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1941). Según Kristal, basándose en el historiador Liddell Hart y su reconstrucción de la batalla del Somme, Borges sitúa el relato en el epicentro de una de las mayores derrotas de la inteligencia británica en la Primera Guerra Mundial. 

Al narrar la historia del espía chino Yu Tsun, de cómo asesinó al sinólogo Albert, el texto trasciende la mera intriga para despejar un sistema cerrado que nace ya infiltrado por la figura del espía. En esta proto-cibernética borgeana, la información ya no se define por el sujeto autorial ni por la moral histórica, sino por la necesidad algorítmica de “seleccionar una ruta” dentro de un programa finito de opciones posibles. El ser humano es ya un nodo en una red de mensajes y no el habitante de un orbe hermético.

Aunque El jardín de los senderos que se bifurcan fue finalista en el Premio Nacional de Literatura de 1941, el discurso dominante del primer peronismo prefirió condecorar la novela Cancha Larga de Eduardo Acevedo Díaz, un texto que celebraba las guerras de exterminio contra las poblaciones indígenas bajo la premisa del «progreso nacional». Para aquellos jurados nacionalistas, la invención borgeana resultaba «jactanciosa» y propia de un «cosmopolitismo vago». Claro: Borges asediaba la muralla del mito identitario. 

Su contraofensiva frente a la simetría totalitaria alcanza su clímax en "Deutsches Requiem". Al narrar la confesión del criminal nazi Otto Dietrich zur Linde e interrumpirla mediante un editor ficticio, Borges ejecuta, según Kristal, uno de los mayores hitos de la literatura ética del siglo XX. Años más tarde, el argentino desenmascararía la tentación de “intelectualizar” el Holocausto, insistiendo en el peligro de justificar la certidumbre de la superioridad de la patria, del idioma o de la sangre. Justificar esos prejuicios, nos recuerda Kristal, es consentir una complicidad. La exclusión identitaria está condenada al colapso por la falacia de creer en un cifrado absoluto. Por definición técnica, todo cifrado es vulnerable al desciframiento.

En síntesis, bajo la lupa de Kristal, Borges queda firmemente historizado: un testigo implacable de la era en que la conducta humana dejó de narrarse para empezar a computarse.



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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026), "Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética", Proteo 1 (1).