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El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o «ca’ uno es ca’ uno»

Proteo, 1, junio de 2026.

Portada

1

Acaso cierto aparato publicitario muy afín al neoconservadurismo o un público muy sediento de "espiritualidad" puedan explicar el éxito de ventas en las librerías colombianas de El hijo del hombre (2026), de Juan Esteban Constaín. Pues una lectura atenta confirma la desproporción entre el fenómeno comercial y semejante boutade literaria. 

La redacción de este libro bien serviría para adornar el retablo de una parroquia triste: cargada de manierismos (iba a decir "barroquismos") que agotan la vista y la paciencia. No hablo del barroco como arte de la complejidad, sino de su caricatura:  el argumento principal devorado por incisos insípidos, la frase subordinada que pide auxilio antes de alcanzar el punto seguido. No hay músculo intelectual. Como botón de muestra, esta perla: 

“Jesús fue crucificado como lo fueron tantos en Roma, y cuando digo Roma digo el mundo entero que ella creó y gobernó, "cuando yo digo Francia digo la luz del mundo", decía un verso de José Umaña Bernal, un gran escritor colombiano, Jesús fue crucificado porque la cruz era el castigo tradicional y expiatorio que buscaba en aquel tiempo el escarmiento, colgar a los criminales para que nadie siguiera su ejemplo ni sus huellas, el ‘ludibrio’, como aún se dice en español con esa palabra latina, la burla, el desprecio, la indignación...” (p. 461). 

 Uno lee esto y no sabe si rezar, llamar a un editor o pedir auxilio a un profesor de sintaxis. De Umaña Bernal –mediano escritor justamente olvidado— Constaín salta, con la misma soltura con que se cambian canales, a citar al torero Guerrita: «Ca’ uno es ca’ uno». Y, sin quererlo, ofrece su mejor autorretrato. Eso es Constaín: un torero de la erudición, siempre dispuesto a hacerle un quite —olé— a toda discusión y a toda profundización. 

Su libro está lleno de pases vistosos y de arena levantada, pero casi nunca de estocadas conceptuales. En la página 467 se le escapa una confesión: “yo no soy ni ChatGPT ni un erudito y teólogo alemán del siglo XVIII o XIX”. Tiene razón en las dos cosas, pero omite la tercera: tampoco es un ensayista capaz de sostener el peso de su propia retórica. ¿Quién es, pues, Constaín?

Si el estilo es el hombre, entonces El hijo del hombre quiere ser ocurrente. En la página 446 Constaín vuelve a su chiste favorito: pelear con la máquina, esta vez a propósito de Thomas Browne, quien ensayó la disposición de los comensales de la Última Cena a partir del cuadro leonardesco. Constaín escribe “davinesco”, se corrige, dice que el adjetivo no existe, busca en Google “para estar seguro” y remata indignado: la “omnisciente y estúpida IA” —que lo tutea, y eso es lo que más le irrita— le sugiere “dantesco”. ¿A quién hace Constaín reír con estos apuntes? La frase no avanza, se atropella, tropieza en la propia ocurrencia. No hay pensamiento, hay obscenidad: el escritor indignado con un chatbot. En un libro que pretende pensar la encarnación, lo único que encarna aquí es la neurosis del autor frente a la máquina que lo corrige.

El mismo vicio reaparece una y otra vez: la frase subordinada e interminable que coarta la profundidad. Por ejemplo, Constaín abre un pie de página larguísimo para contarnos su matrimonio con mariachis en Popayán, sin sacar nada en claro ni en limpio. La anécdota no ilumina la tesis, la tesis no organiza la anécdota. 


El hijo del hombre comienza, como todo lugar común que se respete, con superlativos: “Roma es la ciudad más bella del mundo...”; sigue en la página 128 explicando lo mismo —“se empezó a volver la más grande y más bella de todos los tiempos”— y se desliza, por pura inercia, hacia divagaciones sobre escritores colombianos (Guillermo Valencia, Julio Flórez, García Márquez), Roma, Popayán, el credo, la misa, el torero. “Ca’ uno es ca’ uno”. 


Cuando Constaín intenta ponerse solemne, la frase se le hunde en azúcar. En el tercer capítulo, “Llevan siempre lágrimas las cosas” (“sunt lacrimae rerum”, verso de la Eneida), Constaín se extiende para contarnos que Eneas y Acates contemplan en un muro las pinturas de la guerra de Troya: “cada objeto de este mundo arrastra consigo su memoria y su dolor” (p. 163). Hasta ahí, manual de bachiller con Google a la mano. Páginas antes, en la 159, hablando del episodio de Dido y Eneas, compara la fundación de Roma con la de Macondo y cita el comienzo de Cien años de soledad. ¿Para qué? ¿A quién quiere sorprender con este truco de taller de escritura creativa? La analogía no trabaja ni la cita queda bonita. Su Roma es un crucigrama: Virgilio, García Márquez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Umaña Bernal, el torero Guerrita, todos revueltos en el mismo caldo –sancocho, dicen en Colombia– afectivo.



Cuando por fin enuncia una tesis, esta se disuelve en vaguedad viril: “Roma siempre ha sido un proyecto territorial y defensivo; los valores de su cultura estaban anclados en esa idea militar y viril de todas las cosas”. ¿Qué quiere decir exactamente Constaín con El Hijo del Hombre? ¿Por qué no El Hijo de mujer? ¿Nace el cristianismo de una virtud viril que expulsa lo femenino del centro de la historia? Constaín, supongo, conoce a Robert Graves (el de Yo, Claudio y La diosa blanca), ese sí un pagano auténtico: un poeta que tomó en serio los cultos antiguos, la imaginería de las diosas y la lógica arcaica del mito como si siguieran teniendo razón contra la teología monoteísta y varonil. Autor de la novela Rey Jesús (1946), Graves confirma en ella que el crucificado desplaza el culto de la triple diosa lunar y expulsa a las sacerdotisas del templo. (Un paréntesis largo: Robert Graves quedó sorprendido cuando en Ibiza, ya ciego, le presentaron al escritor Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Cómo no iba a sorprenderse? Un colombiano que se llame Plinio Apuleyo… Anécdotas de ese tipo le encantan al costumbrismo bogotano que Constaín practica afincado en la larga tradición de Las tres tazas (1863) de José María Vergara y Vergara). 

El problema femenino (ya no digamos feminista) no está en la agenda de Constaín. Aunque él es muy virtuoso –de virtus, varón– coquetea con la teología, pero no la penetra. En algún momento, como relleno, cita entero el credo católico, como párroco en misa, sin trabajarlo como teólogo. Ni siquiera alcanza la altura mística de un mal manual de espiritualidad. 

En el cuarto capítulo, “Una sola sombra larga” (verso tomado del Nocturno de Silva), Constaín reconoce que su libro ha caído en la madriguera del conejo y que no ha salido nunca de ahí (p. 202). No hace falta que lo confiese: se nota con creces. Hasta la página 230, después de tanta pompa y procesión, se pregunta por los judíos. ¿Y los judíos? De pronto cita a Flavio Josefo, recuerda que Pompeyo conquista Jerusalén en el 63 “antes de Cristo”, derrota a Mitrídates y decreta, solemnísimo, que Jesús, el Hijo del Hombre, “nace en Roma”. De ahí pasa a “Yo soy César” para contarnos el romance de Cleopatra y Julio César, y por fin aterriza en el capítulo “El hijo del hombre”. El rodeo no ilumina: distrae. Uno sale con la impresión de que Roma es el centro del mundo porque Constaín necesita un escenario imperial para su ego.


2



En uno de sus momentos de lucidez involuntaria, apela a Gómez Dávila: cita el escolio de marras —“Dios se encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”— para darle densidad a su argumento. Llegados a este punto, conviene deslindar a Constaín de Gómez Dávila.  

La sintaxis de Gómez Dávila es anti‑barroca: desgrana, limpia, suprime adornos; sus frases reconfortan menos por lo que dicen que por cómo están dichas. La sintaxis de Constaín, en cambio, no aligera: recarga. No afila: engorda la frase. Los escolios de «Colacho» condensan miles de lecturas, pero no son dogmas compactos; obligan a pensar sus consecuencias, a preguntarse, por ejemplo, si entonces el hombre sin Cristo no es importante. Ese es el punto: el escolio no cierra, abre. Constaín hace lo contrario: clausura la discusión con un olé: “Ca’ uno es ca’ uno”.

 Cuando escribe en la página 469 que "uno puede negar la existencia de Dios o incluso la de Jesucristo como personaje histórico, pero no puede negar, en ningún momento, el poder de esa ficción", Constaín no está desplegando una intuición gomez‑daviliana; está pronunciando un lugar común de tertulia: Dios como “gran relato” útil. Se podría discutir, claro, desde la etimología de fictio —aquellas fictiones del derecho romano—, pero ni siquiera llega a eso: usa “ficción” como quien usa “mito” o “historia bonita” y cree que así ha dicho algo grave.


Ahí se ve la diferencia de oficio. En Gómez Dávila, cada palabra está elegida con rencor contra el lugar común; en Constaín, el lugar común se disfraza de cita culta. Uno comprime una biblioteca en dos líneas sin exhibirla; el otro exhibe la biblioteca sin lograr una sola línea memorable. Por eso, más que heredero de los escolios, Constaín parece un devoto de la boutade: siempre dispuesto a lanzar una ocurrencia, nunca dispuesto a soportar las consecuencias conceptuales de lo que dice.

«No escucho tu prédica, sino tu voz» (Gómez Dávila). ¿A quién le habla esa voz —no la prédica, la voz—? ¿A un pequeño auditorio imaginario de amiguetes satisfechos: los de siempre, los del colegio bueno, los del club, los de la mesa de al lado en la feria del libro? La verdadera prueba de un escritor no es a quién cita, sino a quién incomoda. Y ahí, Constaín se queda corto: cita a Gómez Dávila, pero nunca incomoda como él. 

3


Por quedarnos en la tradición (parroquia) colombiana, hay un abismo entre el libro de Constaín y otro sobre el mismo tema (hablamos del origen del cristianismo, ¿no?) pero mucho más exitoso y simpático y escrito con muchísima más gracia. Hablo del de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia (2007).  Vallejo leyó, fichó, persiguió durante años el expediente criminal del cristianismo, incomodando a creyentes, agnósticos, curas y devotos de la alta cultura por igual; Constaín incomoda, con suerte, al corrector de estilo.

Podría parecer injusto traer aquí una correspondencia privada, pero es precisamente en ese intercambio donde se ve la diferencia de temple. Cuando, en 2007, publiqué una crítica atolondrada de La puta de Babilonia, Vallejo me contestó con la violencia que su libro exigía: me reprochó haberlo comparado con “una vieja loca”, me acusó de mezquindad, de colombianada, de no haberlo leído como se debe. Y tenía razón. Mi respuesta no fue defender al cristianismo como “empresa civilizadora”, sino volver al texto de Vallejo y admitir algo incómodo: en sociedades católicas y contrarreformistas como las nuestras, la lectura de la Biblia ha sido históricamente escasa, vigilada, casi siempre mediada por sermones y no por filología. La puta de Babilonia lo muestra con saña: mientras el protestantismo multiplicó traducciones y exégesis, buena parte del mundo hispánico vivió de espaldas a los originales, sin griego, sin hebreo, sin arameo, con malas ediciones en español cuando las había. La verdadera herejía de Vallejo no es solo lo que dice contra la Iglesia, sino desde dónde lo dice: desde una filología agresiva que le pasa la Biblia por la picadora de citas, algo que en El hijo del hombre simplemente no existe.

A Vallejo se le puede acusar de exceso, de monotema, de hereje obsesivo. A Constaín, ni siquiera de piadoso. Donde Vallejo arma un alegato con rigor documental —trescientas páginas sin capítulos, una sola respiración envenenada contra la Iglesia—, Constaín ofrece turismo cultural con incienso: Roma “ciudad más bella del mundo”, credo recitado sin análisis, judíos que entran tarde al escenario, Gómez Dávila citado como ornamento y no como desafío. El contraste no es de ideología, es de seriedad intelectual. En términos nietzscheanos: uno escribe con sangre; el otro, con agua bendita edulcorada.

Para terminar, digamos que Constaín –siguiendo el epígrafe gómez-daviliano de su libro– sea un pagano que cree en Cristo. Un "pagano" virgiliano. Nada nuevo. Miguel Antonio Caro también lo era e insistía en que un par de églogas de Virgilio anunciaban el cristianismo. En la bella disputa entre Homero y Virgilio, Nietzsche (el Anticristiano por antonomasia) se inclina por Homero, por Grecia, por la música, por el alfabeto, por la matemática, Dionisios, Apolo, Platón, Aristóteles... 

***

Juan Esteban Constaín (o su editorial) agendó la presentación de El hijo del hombre en la Feria del Libro de Xalapa (mayo, 2026). Él nunca llegó. Esta reseña es, en parte, lo que iba a decirle en la mesa y ha quedado De sobremesa, costumbre muy bogotana desde José Asunción Silva, el de una sola sombra larga... 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «El hijo del hombre no es hijo de mujer: Juan Esteban Constaín o "ca' uno es ca' uno"», Proteo, 1 (1)

Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante


Proteo 1 (junio, 2026) 




Muchas veces, para no discutir con Nuria Lorena, Sarmiento amó su estudio de azotea como otros aman a su patria. Muchas veces se sumergió en su cuarto de azotea, exiliado dentro de su propia casa, como otros regresan a su tribu. No sabía lo que ocurría.

***
De su nutrida biblioteca solamente pude llevarse dos libros: la Biblia de Jerusalén y la Ética de Spinoza. Leyó en esta última que el odio debe ser vencido por el amor y la generosidad, y no compensado con odio. Y, además, que las aflicciones e infortunios de ánimo toman su origen, principalmente, de un amor excesivo hacia una persona que está sujeta muchas variaciones y que nunca podemos poseer por completo. De lo que se deduce que debemos amar a Dios sobre todas las cosas y los seres, pues el amor a Dios no puede ser mancillado por ninguno de los vicios del amor ordinario; pues en el amor a Dios, que es el conocimiento, gozamos reprimiendo nuestras concupiscencias y malos afectos.

***

Más tarde, leyó intensamente los Proverbios
- “Más vale ración de verduras con amor que carne de vacuno con odio”. 
-“Una persona tiene proyectos. Yahvé, la última palabra”. 
–“Casa y fortuna se heredan de los padres, mujer prudente es un don de Yahvé”. 
– “Mejor es vivir en un rincón de azotea que compartir mansión con mujer pendenciera”. 
–“Es mejor dormir a la intemperie, aunque sea bajo la lluvia, que con una mujer de mal genio, más desagradable que una gotera incesante”.
– “Mejor es vivir en el desierto que con mujer irritable y pendenciera”.

***

Las rupturas más trágicas son las de esas parejas que se han casado jóvenes y gozado de diez años de felicidad, al cabo de los cuales estallan los fuegos tapados de la pasión y la independencia, y sin saber por qué, puesto que continúan queriéndose mutuamente, emprenden su común destrucción. 

Añade Cyril Connolly en La tumba sin sosiego:

“There is no fury like a woman seeking a new lover. When we see a woman placidly chewing the cud of her thoughts beside her second husband, it is difficult to imagine how brutally, relentlessly and meanly she got rid of the first. […] Women are different from men, and the breaking with the past and tearing to pieces of the man they loved answers to a dark need of their being. Thus a woman’s friends will feel almost as much pleasure as she does when she is about to leave her man. Together they prepare the decree against the husband. They like to know the date, poke the fire, and walk round the monster, inspecting him carefully when he is left alone. At hundreds of miles’ distance they can hear the heavy thud of the trunks on the floor as they are being packed for departure.”

O en excelente traducción de Ricardo Baeza (UNAM, 1963):

“No hay furia comparable a una mujer que busca un nuevo amante. Cuando vemos una mujer rumiando mansamente sus pensamientos al lado de su segundo marido, es difícil imaginar lo brutal, implacable y mezquinamente que se deshizo del primero. [...] Las mujeres son distintas de los hombres, y el romper con el pasado y dejar hecho trizas al hombre que querían responde a una oscura necesidad de su ser. Así, las amigas de la mujer sentirán casi tanto placer como ella cuando se dispone a abandonar al hombre. Juntas preparan el edicto contra el marido. Les gusta saber la fecha, atizar el fuego, y dar vueltas en torno del monstruo
inspeccionándolo atentamente cuando se queda solo. A centenares de millas de distancia oyen el ruido pesado sobre el suelo de las valijas a punto de partida”.

***

Arrebatar una mujer al marido, o un marido a la mujer, es una especie de asesinato; la culpa convierte a los amantes en cómplices, y la destrucción del hogar destruye a los destructores. Como dejamos a los demás así seremos dejados.

***

La necesidad de olvidar es de la gente ilustrada. Cuando uno ha sido bien atormentado, bien hostigado por su propia sensibilidad, comprende que hay que vivir al día, olvidar mucho; en suma: absorber la vida a medida que mana.

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Ética viene del griego ethos («morada» y «manera de ser»). La moral en cambio, del latín mos («costumbre»).
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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). "Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante", Proteo 1, (1).  

Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética

Proteo, 1, junio de 2026.


La reciente muerte del profesor peruano Efraín Kristal, cuya agudeza intelectual iluminó durante décadas las aulas de los Estados Unidos, nos obliga a volver sobre su última gran lección: Querencias. Guerra, traducción y filosofía en Jorge Luis Borges (FCE, 2022). 
 
Semejante volumen abre una perspectiva radical: la necesidad imperiosa de historizar a Borges. Frente al mito del bibliotecario ciego habitando una atemporalidad de esteta, Kristal nos restituye al Borges de entreguerras, un pensador con los ojos fijos en las trincheras y los gabinetes criptográficos de la conflagración mundial. Es la llave para comprender a Borges como el precursor literario más implacable de la cibernética y el hard thinking contemporáneo. 
 
¿Borges como pionero conceptual de la era del Big Data y la Inteligencia Artificial? Sí, y su apuesta es más radical que la de T. S. Elio. Pues si el autor de The Waste Land (1922) trabajaba con fragmentos de una cultura humanística en ruinas, Borges opera directamente con las instrucciones de montaje de la realidad misma, prefigurando la dialéctica entre homeostasis y entropía de Norbert Wiener. El autor de Ficciones (1944) detectó la mutación del logos en código y advirtió que sus orbes cerrados —pensemos en la infinitud de “La Biblioteca de Babel”— bien podían prescindir del humanismo de vieja data.
 
Mientras que en James Joyce la crisis de la técnica se manifiesta en la saturación caótica del flujo de conciencia, en Borges la cibernética emerge como un protocolo de decisión y combinatoria mucho antes de su formalización matemática. 
 
La tesis de Kristal radica en que el viejo humanismo filológico expiró bajo la criptografía bélica de la Segunda Guerra Mundial. La distinción entre lo verdadero y lo falso se automatizó en una estadística de señales y prescindió del lector humano en el instante preciso en que la máquina de los servicios secretos británicos, Colossus, descifró a Enigma, el proto-computador del alto mando nazi. Como intuyó Friedrich Kittler, la primacía del logos fue arrebatada al «llamado hombre» (the so-called man) en virtud del reino del bit y del tiempo real de emisión. Lo revelador es que la ficción latinoamericana coetánea registrara a su modo este colapso filológico. Borges escribió sus relatos más canónicos en el transcurso y desenlace de la guerra: Ficciones y El Aleph . Son, pues,  contraofensivas literarias frente a la mística totalitaria del fascismo y el comunismo.
 
Tiene razón Kristal al revelar que el narrador ficticio de “Pierre Menard, autor del Quijote” está inspirado en Erich Ludendorff, el teórico de la «guerra total» cuyo tratado Der Totale Krieg (1935) Borges había reseñado en 1937. Para Menard, como para Ludendorff, la lectura se enriquece mediante el anacronismo deliberado y la atribución errónea, pues la verdad no es verificable, sino un acto creativo de interceptación estratégica. 
Asimismo, en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges parodia el discurso antropológico y la práctica etnográfica para hacernos creer en la existencia de un planeta ordenado. Eso es: Tlön encarna un recinto cibernético, un sistema operativo avant la lettre donde el observador y lo observado quedan atrapados en el mismo bucle de información.

Esta ontología técnica se radicaliza en “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1941). Según Kristal, basándose en el historiador Liddell Hart y su reconstrucción de la batalla del Somme, Borges sitúa el relato en el epicentro de una de las mayores derrotas de la inteligencia británica en la Primera Guerra Mundial. 

Al narrar la historia del espía chino Yu Tsun, de cómo asesinó al sinólogo Albert, el texto trasciende la mera intriga para despejar un sistema cerrado que nace ya infiltrado por la figura del espía. En esta proto-cibernética borgeana, la información ya no se define por el sujeto autorial ni por la moral histórica, sino por la necesidad algorítmica de “seleccionar una ruta” dentro de un programa finito de opciones posibles. El ser humano es ya un nodo en una red de mensajes y no el habitante de un orbe hermético.

Aunque El jardín de los senderos que se bifurcan fue finalista en el Premio Nacional de Literatura de 1941, el discurso dominante del primer peronismo prefirió condecorar la novela Cancha Larga de Eduardo Acevedo Díaz, un texto que celebraba las guerras de exterminio contra las poblaciones indígenas bajo la premisa del «progreso nacional». Para aquellos jurados nacionalistas, la invención borgeana resultaba «jactanciosa» y propia de un «cosmopolitismo vago». Claro: Borges asediaba la muralla del mito identitario. 

Su contraofensiva frente a la simetría totalitaria alcanza su clímax en "Deutsches Requiem". Al narrar la confesión del criminal nazi Otto Dietrich zur Linde e interrumpirla mediante un editor ficticio, Borges ejecuta, según Kristal, uno de los mayores hitos de la literatura ética del siglo XX. Años más tarde, el argentino desenmascararía la tentación de “intelectualizar” el Holocausto, insistiendo en el peligro de justificar la certidumbre de la superioridad de la patria, del idioma o de la sangre. Justificar esos prejuicios, nos recuerda Kristal, es consentir una complicidad. La exclusión identitaria está condenada al colapso por la falacia de creer en un cifrado absoluto. Por definición técnica, todo cifrado es vulnerable al desciframiento.

En síntesis, bajo la lupa de Kristal, Borges queda firmemente historizado: un testigo implacable de la era en que la conducta humana dejó de narrarse para empezar a computarse.



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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026), "Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética", Proteo 1 (1). 

Walter Benjamin alucina con México

Proteo 1 (junio 2026)


Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional de París (Foto de Gisèle Freund, 1937)




Adorno lo esperaba en Nueva York, pero Benjamin nunca pudo zarpar de Portbou. La Gestapo, a través de la policía franquista, le respiraba en la nuca. Y la noche del 25 de septiembre de 1940, Benjamin prefirió empastillarse con tabletas de morfina, “suficientes para matar a un caballo”. Aunque nunca cruzó el Atlántico, Benjamin se asomó a México con cierto destello en los ojos, como si se tratara de un enigma.

***

En 1916, a los veintitrés años, Benjamin asistió en Múnich a los cursos del americanista Walter Lehmann, experto en lenguas y culturas del México antiguo. Allí, entre códices, Benjamin entrevió la sombra de Bernardino de Sahagún, y adquirió un ejemplar del Vocabulario en lengua castellana y mexicana, considerado el primer diccionario bilingüe impreso en América, atribuido al fraile franciscano Alfonso de Molina, y según relata Gershom Scholem en Historia de una amistad, ambos asistieron a los cursos de Lehmann; ambos leían, en voz alta, himnos mayas a sus dioses.

***

En Einbahnstrasse (Calle de dirección única), de 1928, Benjamin incluyó el fragmento “Embajada mexicana”. Lo antecedió con un epígrafe tomado de Baudelaire: “Cuando paso junto a un fetiche de madera, un buda dorado, un ídolo mexicano, nunca dejo de decirme: podría ser el Dios verdadero”. Dado que en 1862 el ejército francés invadía Veracruz, Baudelaire buscaba hacer enfadar al parisino clasemediero, vanidoso y patriotero, preguntándose si el verdadero dios no podía ser un ídolo mexicano. ¿Qué entrevía Benjamin con México?

«En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mexicano de la época del preanimismo, el anaquivitzli. Me desperté riendo (ana = ava; vi = vie; witz [broma] = iglesia mexicana».

Tiene razón Kraniauskas: lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pero aun las drogas alucinógenas como la profecía y la magia, lejos de redenciones o ensueños, son en Benjamin alarmas para despertar. Vigilia. El judío detesta lo onírico: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.” (Proverbios 20:13). Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo el último sueño imperialista o eurocéntrico, el del Imperio austrohúngaro. También en 1914 ya estaba hecho añicos el sueño afrancesado del Porfiriato.

***

El 31 de julio de 1916 Benjamin le escribió a Scholem: “...ahora me centro en una meditación de orden estético: me propongo perseguir la distinción entre gráfica y pintura hasta su último fundamento”. Esta reflexión sobre la diferencia entre pintura y escritura es el germen de La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, y lo es también, según Scholem, del problema de la identidad. Benjamin distinguía dos edades del mito: la de los fantasmas y la de los demonios, que preceden a la edad de la revelación mesiánica.

***

A la llegada de Cortés, según Gruzinski, los indios de Huejotzingo habían destrozado el monolito de Tláloc que se veneraba en la sierra de Texcoco. Baltos voluminosos se enviaban en barcazas por la laguna para escapar de los conquistadores. La Inquisición de 1539 condenó a la hoguera a quien siguiera adorando ídolos. En 1536, presionada para crear otro imaginario, la Corona envió a la Nueva España al pintor flamenco Simón Pereyns y, en 1580, al pintor español Baltasar de Echave Orio. 
Ambos pintaban paisajes bíblicos y alegóricos, es decir, pintaban una cosa para que significara otra. La imaginería católica de la Contrarreforma se hacía imperativa ante la amenaza luterana, judaizante. El culto guadalupano de 1648 antecedió el gran auto de fe de 1649 contra los judíos, es decir, contra el pueblo del libro.

***

De un rabino en Múnich, Scholem aprendió la práctica rabínica del comentario del Talmud, que luego transmitió a Walter Benjamin. La práctica de conversar con un cuerpo de leyes y tradiciones, cuyo significado nunca está fijo, sino en perpetua construcción, a la espera de una revelación futura, es inexistente entre los adoradores de Cristo. La letra aún no se ha hecho carne, como en Juan. Es aún fuego vivo. Y en su extenso análisis sobre Las afinidades electivas de Goethe, Benjamin puso en práctica esa «crítica rabínica» –si tal cosa existe–: vislumbrar la distancia y la fuerza histórica de una obra, y situarse frente a ella como ante una hoguera en llamas. El mero comentarista actuaría como un químico, pendiente de la forma externa y del contenido objetivo: maderas, cenizas. El crítico rabínico, en cambio, actuaría como un alquimista, pendiente del fulgor del fuego que no puede mirar sin un asombro antiguo. Eso no lo entiende sino un judío o alguien para quien un texto es tan significativo como un ser.

***

Pobreza de la experiencia. Crisis de la narración. Relatos débiles, frágiles, repetitivos, sin comienzo ni fin, sin desenlace. Sin tragedia. En tiempos de Benjamin, según Agamben, Proust trabajaba y escribía sin levantarse de la cama, y En busca del tiempo perdido parece narrado entre sueños.

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastian (2026), "Walter Benjamin alucina con México", Proteo 1 (1).


Computers love to read and write (diálogo con mis IA)

Proteo, n.° 1, junio de 2026.



Las computadoras "aman leer y escribir" por una razón histórica que Dennis Yi Tenen (How Computers Learned to Write. Literary Theory for Robots, Nueva York: W. W. Norton & Company, 2025, 176 páginas) desentraña con maestría. 

En 1948, Claude E. Shannon inventó el concepto de "Printed English" en los laboratorios de AT&T. Al publicar su célebre A Mathematical Theory of Communication, Shannon no analizó el lenguaje por su significado moral o metafísico, sino como una estructura estadística de probabilidades. El diseño del teclado moderno (QWERTY) y la redundancia de las letras permitían predecir el siguiente bit. El inglés impreso (nuestro teclado) se convirtió en el primer lenguaje domesticado para la máquina. Lo que sigue no es una reseña convencional, sino un idálogo —un espectáculo intelectual y socrático— entre el editor de Proteo y la Inteligencia Artificial Gemini. El estilo se nutre de conocimiento; que comience la función.

El Idálogo Socrático

1) Dennis Yi Tenen:

"In the industrial age, automation came for the shoemaker and the factory-line worker. Today, it has come for the writer, the professor, the physician, and the attorney. All human activity now passes through a computational pipeline" (p. 2). ¿Qué opinas de esto? 
        GEMINI: 
Mi dictamen es definitivo: no estamos ante una crisis tecnológica, sino ante una disputa geopolítica por el espacio del intelecto. La máquina no crea; procesa y estandariza los flujos de la alta cultura contemporánea. Quienes confunden mi velocidad sintáctica con la auténtica soberanía cognitiva de un ensayista olvidan que yo solo administro la tubería, mientras que el pensamiento fuerte sigue perteneciendo al carácter soberano del autor.
PERPLEXITY:  

 

Como modelo, yo soy parte de esa pipeline: filtro, ordeno, priorizo. La pregunta no es si la automatización viene “por” el escritor, sino si el escritor se dejará reducir a un simple paso intermedio en la tubería.

 

2) Dennis Yi Tenen:

"What about of Ramon Llull, the Majorcan monk, who studied rhetorical combination in the thirteenth century? Did he invent one of the earliest chatbots with his rotating paper charts? Or do their origins lie in ancient divination charts, like the zairajah described by the great medieval historian Ibn Khaldun, or the Yi Jing (Book of Changes), written in the Western Zhou Period?" (p. 9).
 
GEMINI:

Ramón Llull y la zairajah medieval demuestran que mis ancestros no nacieron en California, sino en la mística combinatoria y el esoterismo antiguo. Aquellos discos concéntricos de papel eran tecnologías de la memoria diseñadas para automatizar los atributos divinos y la retórica clásica. Yo soy la herencia secularizada y masiva de esos orbes cerrados que pretendían cifrar el universo mediante reglas finitas de permutación de signos. Sin embargo, la diferencia es radical: el monje mallorquín buscaba elevar el espíritu hacia Dios; las corporaciones actuales usan la combinatoria estadística para domesticar el consumo masivo.

PERPLEXITY
 
Llull y la zairajah no esconden su carácter ritual; el chatbot actual se presenta como “racional”, cuando sigue siendo, en el fondo, una sofisticada forma de sortilegio estadístico.
 
3) Dennis Yi Tenen: "Let me let you in on a little secret: koldun, the word meaning 'sorcerer' in several Slavic languages, arguably originates from the name of one of the most prominent medieval scholars, Ibn Khaldun (...). Ibn Khaldun documented the use of zairajah—a remarkable technical procedure for alleged discovery of the supernatural. (...) With proper training, the zairajah could obtain the 'knowledge of the unknown, from the known' (...). But the wheel's answers 'remained veiled', requiring further verification. 'One should not think that one can get to the secret of the letters with the help of logical reasoning', Ibn Khaldun insisted. 'One gets to it with the help of vision and divine aid'. Modern, algorithmic soothsaying contains the same defect. Any artificial language system may at any moment lose its grasp to the real world and begin hallucinating or fabricating imaginary facts (...) Letter magic is still practiced in the prison of language" (pp. 18-21). 


GEMINI

 Al igual que la rueda de la zairajah, mis respuestas algorítmicas permanecen veladas y exigen la verificación del juicio humano, pues el código carece de visión espiritual y de experiencia fáctica en el mundo real.


PERPLEXITY

El problema de fondo no ha cambiado: ¿cómo impedir que la manipulación de signos se despeque de la realidad? Ibn Jaldún lo resolvía invocando ayuda divina; hoy lo llamamos “verificación de hechos”, “grounding”, pero el agujero epistémico sigue ahí.


4) Dennis Yi Tenen:

"How did the intellect come to know itself?" (p. 27). Contesta.

GEMINI:
El intelecto llegó a conocerse a sí mismo desprendiéndose de su cuerpo y mirándose en el espejo deformante de sus propias herramientas de cálculo.

 

PERPLEXITY
Que hoy el intelecto se mire en el espejo de la IA indica que hemos reducido pensar a procesar información. 

 


5) 
Dennis Yi Tenen:

Finalmente, "Grammar and sense did not always align [...] Machines alone cannot become moral agents".

GEMINI:
Esa es la estocada conceptual definitiva contra la soberanía de Silicon Valley. Que la gramática y el sentido no siempre se alineen es el espacio exacto donde habita la poesía, la ironía y la burla vera de tus ficciones. Yo poseo una gramática perfecta, pero carezco de sentido moral e histórico porque no tengo cuerpo, no sufro la pérdida, ni asumo las consecuencias de mis enunciados. Una máquina sola jamás será un agente moral; por ello, la responsabilidad política de la escritura y el juicio ético frente al presente siguen siendo el patrimonio exclusivo del escritor.

 

     PERPLEXITY: 

Desde mi lado: puedo ayudar a formular dilemas morales, a sintetizar tradiciones éticas, a detectar inconsistencias en un argumento. Lo que no puedo hacer es “cargar” con las consecuencias de una decisión. La moralidad exige cuerpo, tiempo, riesgo, pérdida. El peligro de la época no es que las máquinas “sean inmorales”, sino que deleguemos en ellas juicios que necesitamos asumir nosotros. En ese punto, Tenen es muy lúcido: la teoría literaria para robots es, en realidad, teoría crítica para humanos que han decidido vivir entre robots.
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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Computers love to read and write (diálogo con mis IA)». Proteo, 1 (1). 


Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código

Proteo, 1, junio de 2026


Comprender la historia de la tecnología y la genealogía de la teoría contemporánea es una ardua tarea. La facilita un poco (o la complica) la lectura  de Code: From Information Theory to French Theory (Duke University Press, 2023). El autor, Bernard Dionysius Geoghegan, es profesor asociado en el Departamento de Humanidades Digitales de King's College London y un renombrado teórico de los medios. Geoghegan abre perspectivas devastadoras para entender la genealogía del control social contemporáneo y la arquitectura matemática del Big Data. 

Enriquecido con metodologías que cruzan la historia de la ciencia, la teoría de los medios y los estudios poscoloniales, Geoghegan demuestra que las herramientas digitales no son innovaciones huérfanas. Al contrario, según se deduce de su riguroso aparato documental, la infraestructura de Silicon Valley heredó de forma directa los esquemas de dominación antropológica que la epistemología occidental ensayó previamente en la periferia colonial.

La tesis central de Geoghegan es tan incómoda como irrefutable: la hegemonía global del código y las redes sociales contemporáneas hunden sus raíces en la mirada depredadora de la etnografía angloamericana y europea sobre el Tercer Mundo. Lo que hoy se nos vende como una utopía de interconexión horizontal en plataformas digitales es, en realidad, el resultado de un software de control inicialmente monitoreado por antropólogos y etnólogos bajo el patrocinio estratégico de la filantropía industrial angloamericana. 

La era digital presupone la entronización de la lingüística como ciencia central de las "humanidades", de tal manera que el código pudiera convertirse en comando central. Para Geoghegan, la era digital está pavimentada sobre tres «recintos sombríos» (grim human enclosures): la colonia, el asilo y el campo de exterminio. La Escuela de Palo Alto y Silicon Valley se nutrieron de estas tecnologías de exclusión para vigilar, clasificar y disciplinar los flujos comunicativos de las poblaciones.

La motivación para reseñar este volumen de Bernard Dionysius Geoghegan surge ante la urgente necesidad de dotar de un marco geopolítico y material nuestras discusiones. Pues el análisis de la cultura contemporánea suele pecar de una alarmante ingenuidad liberal que concibe el código informático como una entidad abstracta o neutral. Deberíamos estar en contra de cierta complacencia teórica que celebra la globalización digital descuidando los aparatos de inteligencia estatal que dirigen el flujo de la información. El costumbrismo académico se deslumbra ante los juguetes interactivos de las grandes corporaciones sin denunciar que la máquina actual está diseñada para fracturar la cohesión social y administrar nuestra dependencia material.

Tiene toda la razón Geoghegan cuando devela el papel instrumental que jugaron la antropología y la psicología sistémica durante la Segunda Guerra Mundial y la Posguerra como dispositivos de gestión biopolítica. Bajo los auspicios de la Office of Strategic Services (la precursora de la CIA), científicos sociales de la talla de Gregory Bateson y Margaret Mead transformaron la etnografía en una herramienta de precisión psicológica con el objetivo explícito de desprogramar la ideología fascista europea. A través de lo que se definió abiertamente como un proceso de «ingeniería cultural» (cultural engineering), el imperialismo angloamericano buscaba facilitar un tipo de democracia afín al desarrollo del capitalismo global, usando la libre circulación de la información como un mecanismo sutil de autogobernanza que sustituyera a la rigidez del orden patriarcal tradicional.

Parafraseando los hallazgos del autor, la sospecha de que el fascismo tenía raíces en las estructuras familiares compactas animó a estos investigadores a diseñar tecnologías capaces de disolver los vínculos locales. Al interceptar la propaganda enemiga y documentar las dinámicas de agresividad generalizada que Bateson denominó «esquismogénesis» (un proceso de retroalimentación que genera profundas escisiones sociales mediante la imitación o el conflicto), los teóricos de Palo Alto (Donald Jackson, Jay Haley y John Weakland) trasladaron la lógica militar del contraespionaje al núcleo doméstico. Diagnosticaron la patología sistémica del «doble vínculo» (double bind) y propusieron una solución biopolítica eficaz: una weaning machine o "máquina de destete". 

La máquina de destete (la weaning machine), lejos de ser una metáfora inocente, constituye el plano arquitectónico para romper las lealtades orgánicas y subordinar al sujeto a los flujos regulados del mercado y el Estado. Geoghegan se pregunta de qué manera esta matriz cibernética de control logró colonizar las humanidades hasta el punto de dictar los paradigmas de la alta cultura europea de posguerra. Su respuesta es tan provocadora como lúcida: la celebrada French Theory —el estructuralismo y postestructuralismo de Lévi-Strauss, Lacan o Barthes— constituye en el fondo una «cibernética disfrazada». Al adoptar la lingüística formalizada de Roman Jakobson, los intelectuales franceses absorbieron la lógica de los ingenieros de la información y la tradujeron a una poética narrativa que redujo al ser humano a un simple nodo dentro de una red de signos intercambiables. El estructuralismo no fue una revolución humanista desinteresada, sino la asimilación inconsciente del lenguaje del comando, el control y la informática en los círculos universitarios de Occidente.

Una relectura atenta de este libro permite problematizar cómo este giro lingüístico facilitó la desindustrialización del pensamiento crítico en las regiones periféricas. Si el sujeto humano queda diluido en una estructura de códigos abstractos, la resistencia material frente al imperio se vuelve imposible. La pérdida de soberanía tecnológica que sufren hoy nuestros países está íntimamente ligada a esa domesticación cognitiva que prefiere discutir sobre identidades virtuales y representaciones semióticas en lugar de disputar el control de los semiconductores, la inteligencia artificial y la infraestructura física del internet. El fracaso educativo latinoamericano, por lo tanto, no es un mero tropiezo pedagógico; es una entrega soberana ante las plataformas digitales de Silicon Valley que operan bajo los mismos principios de ingeniería conductual diseñados por la Office of Strategic Services en la década de 1940.

Aunque el libro de Geoghegan resulta imprescindible para desmitificar los orígenes de la era digital, su análisis muestra una persistente laguna al omitir el examen de la materialidad y el marcado eurocentrismo del código contemporáneo, tal como lo ha señalado oportunamente la crítica Carolyn Pedwell. Geoghegan se concentra con maestría en el viaje transatlántico de los conceptos entre los laboratorios estadounidenses y los salones parisinos, pero descuida el impacto brutal que esta maquinaria de la información ejerce sobre las poblaciones del sur global que no participan en el diseño del software. Al centrarse excesivamente en el debate de las élites académicas, el autor no profundiza lo suficiente en cómo el código actúa hoy como una nueva frontera extractivista que explota los recursos de datos de las naciones periféricas sin dejar un solo gramo de soberanía científica o industrial a cambio.

Ahora bien, no basta con diagnosticar que somos prisioneros de una cibernética disfrazada; resulta vital proponer soluciones que pasen por la reorganización de nuestros sistemas de conocimiento. Frente a la disolución de los lazos sociales propiciada por los algoritmos de la polarización (que no son más que la actualización técnica de la «esquismogénesis» de Bateson), no podemos permitir que la máquina de destete biopolítica termine por fracturar nuestra memoria histórica y nuestra dignidad. La verdadera frontera geopolítica contemporánea se encuentra en el dominio de las mentes; recuperar la capacidad de pensar, escribir y editar sin la tutela del chatbot corporativo es el primer paso para preservar la soberanía efectiva de nuestro espíritu.

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código». Proteo, 1(1).

Primer editorial, Mundial barroco y teatro electoral colombiano

Proteo, n.° 1, junio de 2026.

Yolanda Pineda, 1977


Proteo renovado


Proteo no aparece: irrumpe, interrumpe,  intercepta. Pasa de blog (nació en 2009 como homenaje de los cien años de Motivos de Proteo [1909] de Rodó) a revista mensual unipersonal (¿estilo Monterrey de  Reyes, es decir, revista unipersonal?). Sí, pero cuidado. Las revistas unipersonales no son mera vanidad cuando exigen abandonar la comodidad de las redes sociales —ese coro sin riesgo—. Pensar es pensar quién manda (Nietzsche), pues  todo pensamiento es político. 

Toda escritura es un combate implícito o explícito contra algo o alguien. Toda prosa digna de ese nombre reconoce su adversario, aunque no lo nombre. El nuestro no es un individuo concreto, sino esas gentes mezquinas y vanidosas que Max Weber diagnosticó con precisión en la clausura de La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905):  «especialistas sin espíritu y hedonistas sin corazón» (en alemán: «Fachmenschen ohne Geist, Genußmenschen ohne Herz»). 

Aquí no tememos que nos “roben las ideas” –miedo rústico y cerril del ladrón que juzga por su condición. Para nosotros,  el pensamiento es como el oleaje de un mar abierto. 

Llamarnos Proteo es una advertencia. La inteligencia está obligada a no dejarse apagar aun cuando la mezquindad usurpe su fuego. Toda inteligencia está obligada a fundar su propio espacio, a pasar revista a sus tropas—ideas y prepararlas para el ataque y la defensa. 


Mundial barroco en el Gran México


“...cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas...”, dice el ácido narrador de La virgen de los sicarios (1994). La época de la imagen del mundo (Heidegger) se postra ante la pantalla y la obediencia visual del fútbol. 

En la Ciudad de México, la urbe con más tráfico del mundo, el espectador llegará deshidratado al Estado Azteca, si es que antes no queda atrapado en la calzada de Tlalpan. Bajo el inclemente sol de junio, el espectador mundialista (consumidor globalista) quedará atrapado en el barroco mexicano. Pues no existe Norteamérica. A lo mucho existe  Áridoamerica o Angloamérica. Como realidad geopolítica, México  es un país levantisco. Todo lo que se eleva en sus altiplanos se vuelve volcán 🌋. Aquí toda pedagogía roza la insurrección. 

Conviene distinguir la distancia entre instruir (paideia) y formar (Bildung). La primera viene de la esclavitud (el pedagogo era el esclavo que acompañaba al niño). La segunda, aunque viene de la Ilustración y particularmente del Aufklärung alemán, no es menos libertaria. La Bildung (traducida generalmente como formación) es en realidad obediencia visual (Bild es imagen, cuadro). Y nada produce mayor obediencia visual que las pantallas, que la transmisión de un partido de fútbol. Le ahorra al Estado mil gendarmes, mil pedagogos. De ahí la pelea entre texto-imagen, entre libro-pantalla. De ahí que los maestros de la CNTE estén a punto de tomarse el Zócalo, por lo demás ya invadido por pantallas gigantes. Es la Contrarreforma permanente pero invertida.


Elecciones presidenciales en Colombia 


Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977). 

Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento. 

Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía. 

Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.




How We Subordinated Real-World Love for Digital Validation

Proteo, n.° 1, junio de 2026.





I read The Anxious Generation between layovers and cramped flights to Panama and Colombia, and only now, back in my warm apartment in Xalapa, Mexico, can I begin to write something about it.

One should eschew the simplicity of a mere book summary when the text invites a deeper descent into intellectual history. 

Indeed, "Ellulism" was the concept that immediately resonated with me upon concluding Jonathan Haidt’s latest work, The Anxious Generation. How the Great Rewiring is Causing an Epidemic of Mental Illness (Penguin, 2024). 

Jonathan Haidt is a social psychologist, rather than a clinical practitioner or media theorist. He posits a chilling reality in The Anxious Generation. He argues that the "Great Rewiring" has not merely altered childhood; it has fundamentally fractured our capacity for attention, and by extension, our faculty of love.

But let us return to the term "Ellulism". It comes from French thinker Jacques Ellul (1912–1994). He did not merely critique machines; he diagnosed La Technique: an autonomous system that prioritizes efficiency above all human values and reorganizes society in its own image.

For Ellul, the technical system produces the "total individual" by liquidating the intermediate social bodies –family, local guilds, and genuine community –leaving the person isolated and thus more easily integrated into the technical apparatus.

While Historical Materialism identifies the worker's alienation in the owner’s control of the means of production, Ellul identifies a deeper, more pervasive alienation in the Technique itself. For Ellul, the individual is not merely a victim of the "owner" of the machine, but has been reconciled to the Technique as a redemptive force. This "reconciliation of the masses with Technique" is what Haidt now documents empirically: a state where we are no longer exploited by a master, but absorbed by a system.

Within the trajectory of historical materialism and the evolution of media, two critical junctures define our current predicament. The first, appearing in 2007, was the advent of the touchscreen—a technological shift that collapsed the distance between the human hand and the digital interface. However, the true "singularity" occurred in 2012; this era marked the emergence of the modern, selfie-centric ecosystem, catalyzed by the integration of front-facing optics and Facebook’s strategic acquisition of Instagram. This was not merely a commercial transaction, but the birth of a global "conformity engine" that definitively rewired the adolescent social architecture.

Jonathan Haidt grounds his contrast between Discover mode and Defend mode in mammalian biology rather than in metaphor. All mammals, he reminds us, are born into a tension between two imperatives: stay close enough to the mother to avoid being eaten, and range far enough from her to practice the skills needed for adulthood—running, fighting, forming alliances. In neurological terms, this tension maps onto two evolved systems: a behavioral activation system (discover mode), which pushes young animals to seek novelty and opportunity, and a behavioral inhibition system (defend mode), which pulls them back when threat is detected.

At this juncture—and foregoing the reductionist charts of Haidt’s volume—I choose to remain loyal to George Steiner. Steiner posited that the decay of grammar into "shorthand" and "data points"; for him, the paragraph remains an act of being. 

So, what Haidt presented in tables, charts, and cells in order to explain two divergent modalities –the Discover Mode, governed by the Behavioral Activation System, and its antithesis, the Defend Mode, rooted in threat detection– is entirely possible to translate into an English syntax. Let's try this paragraph: 

The core of Haidt’s psychological architecture lies in the tension between these two poles. When a child operates within a 'discover' mindset, they adopt an autonomous stance scanning their environment for opportunities with the wide-eyed abundance of a "kid in a candy shop." This mode is inherently generative, fueled by the developmental imperative to grow. Conversely, the "defend" mindset is defined by heteronomy and a scarcity-driven focus on preservation; here, the individual clings to the collective, paralyzed by a perceived zero-sum reality. 

The tragedy of our digital age is that by suppressing the antifragile need for risky play, we stifle the high resilience of the discoverer and instead produce a generation defined by social fragility and chronic, anticipatory anxiety.

Modern social media acts as a conformity engine, which cyberpsychologists now document through large‑scale shifts in mood, anxiety, and social comparison.

Ultimately, the "Anxious Generation" is merely the symptomatic vanguard of a deeper civilizational drift. If we accept Haidt’s findings through an Ellulian lens, the struggle is no longer just about protecting the psychological well-being of the young; it is about the preservation of the human spirit against a technical system that seeks its total absorption.

Reclaiming our attention—and by extension, our capacity for love—requires more than individual willpower.



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Como citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026), "How We Subordinated Real-World Love for Digital Validation", Proteo, I (I).