Walter Benjamin alucina con México

Proteo 1 (junio 2026)


Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional de París (Foto de Gisèle Freund, 1937)





A la llegada de Cortés, según Gruzinski, los indios de Huejotzingo habían destrozado el monolito de Tláloc que se veneraba en la sierra de Texcoco. Baltos voluminosos se enviaban en barcazas por la laguna para escapar de los conquistadores. La Inquisición de 1539 condenó a la hoguera a quien siguiera adorando ídolos. En 1536, presionada para crear otro imaginario, la Corona envió a la Nueva España al pintor flamenco Simón Pereyns y, en 1580, al pintor español Baltasar de Echave Orio. 

Ambos pintaron paisajes bíblicos y alegóricos. La imaginería católica de la Contrarreforma se hacía imperativa ante la amenaza luterana, judaizante. El culto guadalupano de 1648 antecedió el gran auto de fe de 1649 contra los judíos, es decir, contra el pueblo del libro.

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De un rabino en Múnich, Scholem aprendió la práctica rabínica del comentario del Talmud, que luego transmitió a Walter Benjamin. La práctica de conversar con un cuerpo de leyes y tradiciones, cuyo significado nunca está fijo, sino en perpetua construcción, a la espera de una revelación futura, es inexistente entre los adoradores de Cristo. La letra aún no se ha hecho carne, como en Juan. Es aún fuego vivo. 

Y en su extenso análisis sobre Las afinidades electivas, de Goethe, Benjamin puso en práctica esa «crítica rabínica» –si tal cosa existe–: vislumbrar la distancia y la fuerza histórica de una obra, y situarse frente a ella como ante una hoguera en llamas. 

El mero comentarista actúa como un químico, pendiente de la forma externa y del contenido objetivo: maderas, cenizas. El crítico rabínico, en cambio, actúa como un alquimista, pendiente del fulgor del fuego que no puede mirar sin un asombro antiguo (Borges). Eso no lo entiende sino un judío o alguien para quien un texto es tan significativo como un ser.

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En 1916, a los veintitrés años, Benjamin asistió en Múnich a los cursos del americanista Walter Lehmann, experto en lenguas y culturas del México antiguo. Allí, entre códices, Benjamin entrevió la sombra de Bernardino de Sahagún, y adquirió un ejemplar del Vocabulario en lengua castellana y mexicana, considerado el primer diccionario bilingüe impreso en América, atribuido al fraile franciscano Alfonso de Molina, y según relata Gershom Scholem en Historia de una amistad, ambos asistieron a los cursos de Lehmann; ambos leían, en voz alta, himnos mayas a sus dioses.

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En Einbahnstrasse (Calle de dirección única), de 1928, Benjamin incluyó el fragmento “Embajada mexicana”. Lo antecedió con un epígrafe tomado de Baudelaire: “Cuando paso junto a un fetiche de madera, un buda dorado, un ídolo mexicano, nunca dejo de decirme: podría ser el Dios verdadero”. Dado que en 1862 el ejército francés invadía Veracruz, Baudelaire buscaba hacer enfadar al parisino clasemediero, vanidoso y patriotero, preguntándose si el verdadero dios no podía ser un ídolo mexicano. ¿Qué entrevía Benjamin con México?

«En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mexicano de la época del preanimismo, el anaquivitzli. Me desperté riendo (ana = ava; vi = vie; witz [broma] = iglesia mexicana».

Tiene razón Kraniauskas: lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pero aun las drogas alucinógenas como la profecía y la magia, lejos de redenciones o ensueños, son en Benjamin alarmas para despertar. Vigilia. El judío detesta lo onírico: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.” (Proverbios 20:13). Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo el último sueño imperialista o eurocéntrico, el del Imperio austrohúngaro. También en 1914 ya estaba hecho añicos el sueño afrancesado del Porfiriato.

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El 31 de julio de 1916 Benjamin le escribió a Scholem: “...ahora me centro en una meditación de orden estético: me propongo perseguir la distinción entre gráfica y pintura hasta su último fundamento”. Esta reflexión sobre la diferencia entre pintura y escritura es el germen de La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, y lo es también, según Scholem, del problema de la identidad. Benjamin distinguía dos edades del mito: la de los fantasmas y la de los demonios, que preceden a la edad de la revelación mesiánica.

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Pobreza de la experiencia. Crisis de la narración. Relatos débiles, frágiles, repetitivos, sin comienzo ni fin, sin desenlace. Sin tragedia. En tiempos de Benjamin, según Agamben, Proust trabajaba y escribía sin levantarse de la cama, y En busca del tiempo perdido parece narrado entre sueños.

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Adorno lo esperaba en Nueva York, pero Benjamin nunca pudo zarpar de Portbou. La Gestapo, a través de la policía franquista, le respiraba en la nuca. Y la noche del 25 de septiembre de 1940, Benjamin prefirió empastillarse con tabletas de morfina, “suficientes para matar a un caballo”. Aunque nunca cruzó el Atlántico, Benjamin se asomó a México con cierto destello en los ojos, como si se tratara de un enigma.


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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastian (2026), "Walter Benjamin alucina con México", Proteo 1 (1).


Computers love to read and write (diálogo con mis IA)

Proteo, n.° 1, junio de 2026.



Las computadoras "aman leer y escribir" por una razón histórica que Dennis Yi Tenen (How Computers Learned to Write. Literary Theory for Robots, Nueva York: W. W. Norton & Company, 2025, 176 páginas) desentraña con maestría. 

En 1948, Claude E. Shannon inventó el concepto de "Printed English" en los laboratorios de AT&T. Al publicar su célebre A Mathematical Theory of Communication, Shannon no analizó el lenguaje por su significado moral o metafísico, sino como una estructura estadística de probabilidades. El diseño del teclado moderno (QWERTY) y la redundancia de las letras permitían predecir el siguiente bit. El inglés impreso (nuestro teclado) se convirtió en el primer lenguaje domesticado para la máquina. Lo que sigue no es una reseña convencional, sino un idálogo —un espectáculo intelectual y socrático— entre el editor de Proteo y la Inteligencia Artificial Gemini. El estilo se nutre de conocimiento; que comience la función.

El Idálogo Socrático

1) Dennis Yi Tenen:

"In the industrial age, automation came for the shoemaker and the factory-line worker. Today, it has come for the writer, the professor, the physician, and the attorney. All human activity now passes through a computational pipeline" (p. 2). ¿Qué opinas de esto? 
        GEMINI: 
Mi dictamen es definitivo: no estamos ante una crisis tecnológica, sino ante una disputa geopolítica por el espacio del intelecto. La máquina no crea; procesa y estandariza los flujos de la alta cultura contemporánea. Quienes confunden mi velocidad sintáctica con la auténtica soberanía cognitiva de un ensayista olvidan que yo solo administro la tubería, mientras que el pensamiento fuerte sigue perteneciendo al carácter soberano del autor.
PERPLEXITY:  

 

Como modelo, yo soy parte de esa pipeline: filtro, ordeno, priorizo. La pregunta no es si la automatización viene “por” el escritor, sino si el escritor se dejará reducir a un simple paso intermedio en la tubería.

 

2) Dennis Yi Tenen:

"What about of Ramon Llull, the Majorcan monk, who studied rhetorical combination in the thirteenth century? Did he invent one of the earliest chatbots with his rotating paper charts? Or do their origins lie in ancient divination charts, like the zairajah described by the great medieval historian Ibn Khaldun, or the Yi Jing (Book of Changes), written in the Western Zhou Period?" (p. 9).
 
GEMINI:

Ramón Llull y la zairajah medieval demuestran que mis ancestros no nacieron en California, sino en la mística combinatoria y el esoterismo antiguo. Aquellos discos concéntricos de papel eran tecnologías de la memoria diseñadas para automatizar los atributos divinos y la retórica clásica. Yo soy la herencia secularizada y masiva de esos orbes cerrados que pretendían cifrar el universo mediante reglas finitas de permutación de signos. Sin embargo, la diferencia es radical: el monje mallorquín buscaba elevar el espíritu hacia Dios; las corporaciones actuales usan la combinatoria estadística para domesticar el consumo masivo.

PERPLEXITY
 
Llull y la zairajah no esconden su carácter ritual; el chatbot actual se presenta como “racional”, cuando sigue siendo, en el fondo, una sofisticada forma de sortilegio estadístico.
 
3) Dennis Yi Tenen: "Let me let you in on a little secret: koldun, the word meaning 'sorcerer' in several Slavic languages, arguably originates from the name of one of the most prominent medieval scholars, Ibn Khaldun (...). Ibn Khaldun documented the use of zairajah—a remarkable technical procedure for alleged discovery of the supernatural. (...) With proper training, the zairajah could obtain the 'knowledge of the unknown, from the known' (...). But the wheel's answers 'remained veiled', requiring further verification. 'One should not think that one can get to the secret of the letters with the help of logical reasoning', Ibn Khaldun insisted. 'One gets to it with the help of vision and divine aid'. Modern, algorithmic soothsaying contains the same defect. Any artificial language system may at any moment lose its grasp to the real world and begin hallucinating or fabricating imaginary facts (...) Letter magic is still practiced in the prison of language" (pp. 18-21). 


GEMINI

 Al igual que la rueda de la zairajah, mis respuestas algorítmicas permanecen veladas y exigen la verificación del juicio humano, pues el código carece de visión espiritual y de experiencia fáctica en el mundo real.


PERPLEXITY

El problema de fondo no ha cambiado: ¿cómo impedir que la manipulación de signos se despeque de la realidad? Ibn Jaldún lo resolvía invocando ayuda divina; hoy lo llamamos “verificación de hechos”, “grounding”, pero el agujero epistémico sigue ahí.


4) Dennis Yi Tenen:

"How did the intellect come to know itself?" (p. 27). Contesta.

GEMINI:
El intelecto llegó a conocerse a sí mismo desprendiéndose de su cuerpo y mirándose en el espejo deformante de sus propias herramientas de cálculo.

 

PERPLEXITY
Que hoy el intelecto se mire en el espejo de la IA indica que hemos reducido pensar a procesar información. 

 


5) 
Dennis Yi Tenen:

Finalmente, "Grammar and sense did not always align [...] Machines alone cannot become moral agents".

GEMINI:
Esa es la estocada conceptual definitiva contra la soberanía de Silicon Valley. Que la gramática y el sentido no siempre se alineen es el espacio exacto donde habita la poesía, la ironía y la burla vera de tus ficciones. Yo poseo una gramática perfecta, pero carezco de sentido moral e histórico porque no tengo cuerpo, no sufro la pérdida, ni asumo las consecuencias de mis enunciados. Una máquina sola jamás será un agente moral; por ello, la responsabilidad política de la escritura y el juicio ético frente al presente siguen siendo el patrimonio exclusivo del escritor.

 

     PERPLEXITY: 

Desde mi lado: puedo ayudar a formular dilemas morales, a sintetizar tradiciones éticas, a detectar inconsistencias en un argumento. Lo que no puedo hacer es “cargar” con las consecuencias de una decisión. La moralidad exige cuerpo, tiempo, riesgo, pérdida. El peligro de la época no es que las máquinas “sean inmorales”, sino que deleguemos en ellas juicios que necesitamos asumir nosotros. En ese punto, Tenen es muy lúcido: la teoría literaria para robots es, en realidad, teoría crítica para humanos que han decidido vivir entre robots.
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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Computers love to read and write (diálogo con mis IA)». Proteo, 1 (1). 


Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código

Proteo, 1, junio de 2026


Comprender la historia de la tecnología y la genealogía de la teoría contemporánea es una ardua tarea. La facilita un poco (o la complica) la lectura  de Code: From Information Theory to French Theory (Duke University Press, 2023). El autor, Bernard Dionysius Geoghegan, es profesor asociado en el Departamento de Humanidades Digitales de King's College London y un renombrado teórico de los medios. Geoghegan abre perspectivas devastadoras para entender la genealogía del control social contemporáneo y la arquitectura matemática del Big Data. 

Enriquecido con metodologías que cruzan la historia de la ciencia, la teoría de los medios y los estudios poscoloniales, Geoghegan demuestra que las herramientas digitales no son innovaciones huérfanas. Al contrario, según se deduce de su riguroso aparato documental, la infraestructura de Silicon Valley heredó de forma directa los esquemas de dominación antropológica que la epistemología occidental ensayó previamente en la periferia colonial.

La tesis central de Geoghegan es tan incómoda como irrefutable: la hegemonía global del código y las redes sociales contemporáneas hunden sus raíces en la mirada depredadora de la etnografía angloamericana y europea sobre el Tercer Mundo. Lo que hoy se nos vende como una utopía de interconexión horizontal en plataformas digitales es, en realidad, el resultado de un software de control inicialmente monitoreado por antropólogos y etnólogos bajo el patrocinio estratégico de la filantropía industrial angloamericana. 

La era digital presupone la entronización de la lingüística como ciencia central de las "humanidades", de tal manera que el código pudiera convertirse en comando central. Para Geoghegan, la era digital está pavimentada sobre tres «recintos sombríos» (grim human enclosures): la colonia, el asilo y el campo de exterminio. La Escuela de Palo Alto y Silicon Valley se nutrieron de estas tecnologías de exclusión para vigilar, clasificar y disciplinar los flujos comunicativos de las poblaciones.

La motivación para reseñar este volumen de Bernard Dionysius Geoghegan surge ante la urgente necesidad de dotar de un marco geopolítico y material nuestras discusiones. Pues el análisis de la cultura contemporánea suele pecar de una alarmante ingenuidad liberal que concibe el código informático como una entidad abstracta o neutral. Deberíamos estar en contra de cierta complacencia teórica que celebra la globalización digital descuidando los aparatos de inteligencia estatal que dirigen el flujo de la información. El costumbrismo académico se deslumbra ante los juguetes interactivos de las grandes corporaciones sin denunciar que la máquina actual está diseñada para fracturar la cohesión social y administrar nuestra dependencia material.

Tiene toda la razón Geoghegan cuando devela el papel instrumental que jugaron la antropología y la psicología sistémica durante la Segunda Guerra Mundial y la Posguerra como dispositivos de gestión biopolítica. Bajo los auspicios de la Office of Strategic Services (la precursora de la CIA), científicos sociales de la talla de Gregory Bateson y Margaret Mead transformaron la etnografía en una herramienta de precisión psicológica con el objetivo explícito de desprogramar la ideología fascista europea. A través de lo que se definió abiertamente como un proceso de «ingeniería cultural» (cultural engineering), el imperialismo angloamericano buscaba facilitar un tipo de democracia afín al desarrollo del capitalismo global, usando la libre circulación de la información como un mecanismo sutil de autogobernanza que sustituyera a la rigidez del orden patriarcal tradicional.

Parafraseando los hallazgos del autor, la sospecha de que el fascismo tenía raíces en las estructuras familiares compactas animó a estos investigadores a diseñar tecnologías capaces de disolver los vínculos locales. Al interceptar la propaganda enemiga y documentar las dinámicas de agresividad generalizada que Bateson denominó «esquismogénesis» (un proceso de retroalimentación que genera profundas escisiones sociales mediante la imitación o el conflicto), los teóricos de Palo Alto (Donald Jackson, Jay Haley y John Weakland) trasladaron la lógica militar del contraespionaje al núcleo doméstico. Diagnosticaron la patología sistémica del «doble vínculo» (double bind) y propusieron una solución biopolítica eficaz: una weaning machine o "máquina de destete". 

La máquina de destete (la weaning machine), lejos de ser una metáfora inocente, constituye el plano arquitectónico para romper las lealtades orgánicas y subordinar al sujeto a los flujos regulados del mercado y el Estado. Geoghegan se pregunta de qué manera esta matriz cibernética de control logró colonizar las humanidades hasta el punto de dictar los paradigmas de la alta cultura europea de posguerra. Su respuesta es tan provocadora como lúcida: la celebrada French Theory —el estructuralismo y postestructuralismo de Lévi-Strauss, Lacan o Barthes— constituye en el fondo una «cibernética disfrazada». Al adoptar la lingüística formalizada de Roman Jakobson, los intelectuales franceses absorbieron la lógica de los ingenieros de la información y la tradujeron a una poética narrativa que redujo al ser humano a un simple nodo dentro de una red de signos intercambiables. El estructuralismo no fue una revolución humanista desinteresada, sino la asimilación inconsciente del lenguaje del comando, el control y la informática en los círculos universitarios de Occidente.

Una relectura atenta de este libro permite problematizar cómo este giro lingüístico facilitó la desindustrialización del pensamiento crítico en las regiones periféricas. Si el sujeto humano queda diluido en una estructura de códigos abstractos, la resistencia material frente al imperio se vuelve imposible. La pérdida de soberanía tecnológica que sufren hoy nuestros países está íntimamente ligada a esa domesticación cognitiva que prefiere discutir sobre identidades virtuales y representaciones semióticas en lugar de disputar el control de los semiconductores, la inteligencia artificial y la infraestructura física del internet. El fracaso educativo latinoamericano, por lo tanto, no es un mero tropiezo pedagógico; es una entrega soberana ante las plataformas digitales de Silicon Valley que operan bajo los mismos principios de ingeniería conductual diseñados por la Office of Strategic Services en la década de 1940.

Aunque el libro de Geoghegan resulta imprescindible para desmitificar los orígenes de la era digital, su análisis muestra una persistente laguna al omitir el examen de la materialidad y el marcado eurocentrismo del código contemporáneo, tal como lo ha señalado oportunamente la crítica Carolyn Pedwell. Geoghegan se concentra con maestría en el viaje transatlántico de los conceptos entre los laboratorios estadounidenses y los salones parisinos, pero descuida el impacto brutal que esta maquinaria de la información ejerce sobre las poblaciones del sur global que no participan en el diseño del software. Al centrarse excesivamente en el debate de las élites académicas, el autor no profundiza lo suficiente en cómo el código actúa hoy como una nueva frontera extractivista que explota los recursos de datos de las naciones periféricas sin dejar un solo gramo de soberanía científica o industrial a cambio.

Ahora bien, no basta con diagnosticar que somos prisioneros de una cibernética disfrazada; resulta vital proponer soluciones que pasen por la reorganización de nuestros sistemas de conocimiento. Frente a la disolución de los lazos sociales propiciada por los algoritmos de la polarización (que no son más que la actualización técnica de la «esquismogénesis» de Bateson), no podemos permitir que la máquina de destete biopolítica termine por fracturar nuestra memoria histórica y nuestra dignidad. La verdadera frontera geopolítica contemporánea se encuentra en el dominio de las mentes; recuperar la capacidad de pensar, escribir y editar sin la tutela del chatbot corporativo es el primer paso para preservar la soberanía efectiva de nuestro espíritu.

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). «Del campo de concentración a Silicon Valley: genealogía sucia del código». Proteo, 1(1).