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Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética

Proteo, 1, junio de 2026.


La reciente muerte del profesor peruano Efraín Kristal, cuya agudeza intelectual iluminó durante décadas las aulas de los Estados Unidos, nos obliga a volver sobre su última gran lección: Querencias. Guerra, traducción y filosofía en Jorge Luis Borges (FCE, 2022). 
 
Semejante volumen abre una perspectiva radical: la necesidad imperiosa de historizar a Borges. Frente al mito del bibliotecario ciego habitando una atemporalidad de esteta, Kristal nos restituye al Borges de entreguerras, un pensador con los ojos fijos en las trincheras y los gabinetes criptográficos de la conflagración mundial. Es la llave para comprender a Borges como el precursor literario más implacable de la cibernética y el hard thinking contemporáneo. 
 
¿Borges como pionero conceptual de la era del Big Data y la Inteligencia Artificial? Sí, y su apuesta es más radical que la de T. S. Elio. Pues si el autor de The Waste Land (1922) trabajaba con fragmentos de una cultura humanística en ruinas, Borges opera directamente con las instrucciones de montaje de la realidad misma, prefigurando la dialéctica entre homeostasis y entropía de Norbert Wiener. El autor de Ficciones (1944) detectó la mutación del logos en código y advirtió que sus orbes cerrados —pensemos en la infinitud de “La Biblioteca de Babel”— bien podían prescindir del humanismo de vieja data.
 
Mientras que en James Joyce la crisis de la técnica se manifiesta en la saturación caótica del flujo de conciencia, en Borges la cibernética emerge como un protocolo de decisión y combinatoria mucho antes de su formalización matemática. 
 
La tesis de Kristal radica en que el viejo humanismo filológico expiró bajo la criptografía bélica de la Segunda Guerra Mundial. La distinción entre lo verdadero y lo falso se automatizó en una estadística de señales y prescindió del lector humano en el instante preciso en que la máquina de los servicios secretos británicos, Colossus, descifró a Enigma, el proto-computador del alto mando nazi. Como intuyó Friedrich Kittler, la primacía del logos fue arrebatada al «llamado hombre» (the so-called man) en virtud del reino del bit y del tiempo real de emisión. Lo revelador es que la ficción latinoamericana coetánea registrara a su modo este colapso filológico. Borges escribió sus relatos más canónicos en el transcurso y desenlace de la guerra: Ficciones y El Aleph . Son, pues,  contraofensivas literarias frente a la mística totalitaria del fascismo y el comunismo.
 
Tiene razón Kristal al revelar que el narrador ficticio de “Pierre Menard, autor del Quijote” está inspirado en Erich Ludendorff, el teórico de la «guerra total» cuyo tratado Der Totale Krieg (1935) Borges había reseñado en 1937. Para Menard, como para Ludendorff, la lectura se enriquece mediante el anacronismo deliberado y la atribución errónea, pues la verdad no es verificable, sino un acto creativo de interceptación estratégica. 
Asimismo, en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges parodia el discurso antropológico y la práctica etnográfica para hacernos creer en la existencia de un planeta ordenado. Eso es: Tlön encarna un recinto cibernético, un sistema operativo avant la lettre donde el observador y lo observado quedan atrapados en el mismo bucle de información.

Esta ontología técnica se radicaliza en “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1941). Según Kristal, basándose en el historiador Liddell Hart y su reconstrucción de la batalla del Somme, Borges sitúa el relato en el epicentro de una de las mayores derrotas de la inteligencia británica en la Primera Guerra Mundial. 

Al narrar la historia del espía chino Yu Tsun, de cómo asesinó al sinólogo Albert, el texto trasciende la mera intriga para despejar un sistema cerrado que nace ya infiltrado por la figura del espía. En esta proto-cibernética borgeana, la información ya no se define por el sujeto autorial ni por la moral histórica, sino por la necesidad algorítmica de “seleccionar una ruta” dentro de un programa finito de opciones posibles. El ser humano es ya un nodo en una red de mensajes y no el habitante de un orbe hermético.

Aunque El jardín de los senderos que se bifurcan fue finalista en el Premio Nacional de Literatura de 1941, el discurso dominante del primer peronismo prefirió condecorar la novela Cancha Larga de Eduardo Acevedo Díaz, un texto que celebraba las guerras de exterminio contra las poblaciones indígenas bajo la premisa del «progreso nacional». Para aquellos jurados nacionalistas, la invención borgeana resultaba «jactanciosa» y propia de un «cosmopolitismo vago». Claro: Borges asediaba la muralla del mito identitario. 

Su contraofensiva frente a la simetría totalitaria alcanza su clímax en "Deutsches Requiem". Al narrar la confesión del criminal nazi Otto Dietrich zur Linde e interrumpirla mediante un editor ficticio, Borges ejecuta, según Kristal, uno de los mayores hitos de la literatura ética del siglo XX. Años más tarde, el argentino desenmascararía la tentación de “intelectualizar” el Holocausto, insistiendo en el peligro de justificar la certidumbre de la superioridad de la patria, del idioma o de la sangre. Justificar esos prejuicios, nos recuerda Kristal, es consentir una complicidad. La exclusión identitaria está condenada al colapso por la falacia de creer en un cifrado absoluto. Por definición técnica, todo cifrado es vulnerable al desciframiento.

En síntesis, bajo la lupa de Kristal, Borges queda firmemente historizado: un testigo implacable de la era en que la conducta humana dejó de narrarse para empezar a computarse.



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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026), "Borges bajo Kristal: del fascismo a la cibernética", Proteo 1 (1). 

Otto en el umbral: etnografía de un exmarido en la Europa de las vanguardias históricas




En el año 1928, en una ciudad portuaria del Báltico llamada Neumünde, un joven musicólogo llamado Otto Hartmann fue expulsado del piso que compartía con su esposa y los dos hijos de ambos. La explicación oficial era sobria: “incompatibilidad de proyectos”, “agotamiento del vínculo intelectual”, “necesidad de emancipación femenina”. La explicación extraoficial cabía en una frase menos elegante: un romance con un estudiante de primer semestre de germanística.

1. Introducción: estado del arte del cornudo liminal

La situación de Otto, desde luego, merecía un estudio serio. No tanto por el dolor doméstico, sino por su impecable adecuación a la teoría antropológica en boga. En ese mismo año, algunos colegas en París comentaban, en cafés mal ventilados, un curioso libro de 1909: Les Rites de Passage, del etnógrafo Arnold van Gennep, donde se describía la estructura tripartita de los ritos de paso: separación, margen (o liminalidad) e incorporación.

Otto, musicólogo  aplicado, decidió que su propia vida conyugal podía leerse como un caso ejemplar. Había sido separado de su papel de esposo; vivía ahora, literalmente, en el margen de la ciudad, en una habitación alquilada sobre una imprenta; y algún día —le aseguraban sus amigos— se incorporaría de nuevo a la sociedad, quizá como profesor titular, quizá como autor de un libro que nadie leería pero todos citarían. En ese ínterin, tomó notas.

Lo que sigue es una reconstrucción de su manuscrito inédito, Notas para una etnografía del exmarido nórdico, encontrado años después en un archivo húmedo, entre programas de ópera y boletas de impuestos.

2. Fase preliminal: de esposo burgués a sujeto separado

Otto comienza, con rigor clínico, por la fase de separación:

“Siguiendo a van Gennep, debo reconocer que mi expulsión del domicilio conyugal constituye una ruptura formal de estatus. Me han sustraído el anillo, el sofá y el acceso inmediato a la biblioteca grande. Se trata, pues, de una muerte simbólica.”

La esposa, profesora de gramática inglesa, había elaborado su propio discurso: el matrimonio, decía, había devenido institución opresiva; el marido, una figura anacrónica; el estudiante, en cambio, representaba la juventud, la espontaneidad, la promesa de una comunidad erótica sin patriarcado.

Otto anota con sarcasmo académico:

“Es llamativo que, para escapar a la forma burguesa del matrimonio, mi exesposa haya elegido el rito de iniciación más burgués de todos: el amante exótico, cuidadosamente seleccionado del grupo subordinado (el estudiante), a quien se promete acceso a cierto capital simbólico a cambio de devoción. Véase aquí una suerte de inversión paródica del potlatch: se regalan seminarios privados a cambio de adoración.”

La separación se consuma con una breve ceremonia: firma del juez, inventario de muebles, asignación de los niños (6 y 8 años) a la custodia materna, pensión fijada “con perspectiva de género”. Otto sale del edificio cargando dos maletas, una máquina de escribir y un ejemplar manoseado de van Gennep.

3. Liminalidad: el exmarido como ser umbral

Es en la fase liminal donde Otto encuentra su verdadera vocación teórica. Citando a Victor Turner, escribe:

“El liminar es ‘ni esto ni aquello; ni aquí ni allí; es betwixt and between’. En Neumünde, el liminar recibe el nombre de ex.”

El ex habita un territorio ambiguo: no pertenece ya al barrio respetable de las familias completas, pero tampoco al mundo ligero de los solteros jóvenes. No es aún maestro emérito, ni bohemio declarativo; es un individuo suspendido entre proyectos.

Otto describe su nueva habitación: una mesa, dos sillas, una cama estrecha, una ventana con vista a chimeneas. En el muro, un mapa que une, con hilos rojos, Neumünde, Berlín, París y Bogotá (ciudad que no conoce, pero que le han descrito como un lugar perfecto para huir). Cada hilo representa una posibilidad de incorporación futura: una cátedra, un libro, unos hijos adolescentes que viajen a visitarlo.

Mientras tanto, su vida cotidiana se puebla de prácticas liminales:

Lleva a sus hijos al parque los días asignados por el juez;

Los niños, a ratos fríos y silenciosos, a ratos entusiastas, encarnan a su vez una subjetividad liminar: pertenecen a dos casas, duermen en dos camas, aprenden a hablar dos versiones de la misma historia.

La exesposa, por su parte, mantiene un curioso doble estatuto: frente a la comunidad académica se presenta como mujer emancipada; frente a los niños, como "víctima" de un padre “difícil”; frente al estudiante, como sacerdotisa que lo ha elegido para un rito secreto.

Otto observa:

“La liminalidad, en este caso, no se limita al exmarido. Los niños devienen sujetos intersticiales, betwixt and between dos narrativas maternas y paternas. El estudiante ocupa también una posición ambigua: ni colega ni hijo, ni esposo ni alumno. Es un personaje transitorio, cuya función principal es dramatúrgica.”

En este “tiempo fuera del tiempo”, el exmarido descubre, con cierto asombro, que las normas habituales se suspenden. Se permite, por ejemplo, llorar en la fila de la panadería, reír solo en el tranvía, tomar notas etnográficas en el club de golf. Descubre que puede vivir sin gritos nocturnos ni amenazas (ella solía decirle “buscaré cualquier amante para deshacerme de ti”), aunque su sistema nervioso tarde en creerlo.

4. Communitas: exmaridos, impresores y padres de parque

Turner sostiene que en la liminalidad surge con frecuencia una communitas: vínculos igualitarios que se forman entre quienes comparten el umbral. Otto lo comprueba de forma pedestre.

Se hace amigo del impresor del piso de abajo, de un médico que también ve a su hijo solo los fines de semana, y de un pequeño grupo de hombres que juegan golf los jueves al atardecer. Ninguno de ellos encaja ya en la figura del padre victoriano; todos pagan pensiones, todos saben lo que es dejar a un hijo en el portal de un edificio y regresar solo a una habitación alquilada.

En sus notas, Otto registra con ironía:

“La communitas de los jueves no está formada por guerreros ni por jóvenes iniciados, sino por señores ligeramente miopes, con sobrepeso y palos usados. Y sin embargo, en los swings o golpes secos, se instala una solidaridad que los manuales de derecho de familia no contemplan: la del padre que no huye.”

Este detalle resulta crucial. En muchas etnografías de la modernidad tardía, el varón separado elige la fuga: otro país, otra ciudad, otra vida. Otto decide lo contrario. Su liminalidad no será una antesala de la deserción, sino el laboratorio de una nueva forma de paternidad.

5. Incorporación: proyecto de casa, libro y viaje

Los manuales de antropología insisten en que la fase liminal culmina en una incorporación: el sujeto adquiere un nuevo estatuto, con símbolos y obligaciones renovadas. Otto, hombre riguroso, se propone acelerar ese tránsito.

Primero, el símbolo material: una casa. No una casa burguesa de fachada solemne, sino un departamento modesto pero propio, cerca del parque donde juega con su hija y no demasiado lejos de la universidad. La hipoteca, observa, funciona como el equivalente profano del tatuaje iniciático: marca el cuerpo del tiempo futuro.

Segundo, el símbolo intelectual: un libro. Decide escribir un ensayo híbrido —mitad parábola, mitad tratado— sobre la figura del exmarido liminal en la Europa de entreguerras. Ahí reelabora su dolor en clave de teoría cultural, convirtiendo la traición doméstica en laboratorio de conceptos. El manuscrito que conservamos pertenece a esa tentativa.

Tercero, el símbolo geográfico: el viaje. Aunque la exesposa retiene, por ahora, los pasaportes de los niños, Otto comienza a trazar itinerarios imaginarios: un verano en una ciudad andina, un otoño de archivos en Viena, una conferencia en una universidad californiana que aún no existe. El itinerario es, de momento, un mapa mental, pero actúa como vector de incorporación: sitúa al exmarido más allá del pequeño teatro de Neumünde y sus escándalos.

En una nota tardía, escribe:

“Tal vez la liminalidad del exmarido europeo consista, en último término, en aprender a habitar el tiempo sin esperar drama. El verdadero rito de paso no es de esposo a soltero, sino de antagonista de una mujer resentida a ciudadano tranquilo de un mundo más amplio.”

6. Conclusión: del antropólogo traicionado al Proteo ciudadano

Si algo hace interesante —y cómica— la figura de Otto Hartmann es que toma al pie de la letra una teoría pensada para adolescentes de tribus africanas y la aplica a un profesor de musicología en un puerto frío. Pero en esa desproporción reside precisamente su lucidez.

Visto desde el futuro, Otto es un personaje posdivorcial avant la lettre:

–se niega a ser reducido al rol de villano en la narrativa de la exesposa,

–convierte la humillación en materia de escritura,

–reconvierte la habitación alquilada en espacio de transformación,

–y apuesta por una paternidad persistente, sin melodrama y sin huida.

Su vida no se resuelve en un final feliz hollywoodense. Lo que obtiene es algo más sobrio y, quizá, más pagano: una forma de alegría serena, hecha de trabajo intelectual, paseos con sus hijos, viajes esporádicos y una casa pequeña llena de libros que nadie le puede quitar.

En términos de van Gennep, el rito de paso se ha completado; en términos de Spinoza, su conatus ha dejado de desgastarse en pasiones tristes y ha encontrado, al fin, una dirección propia. Otto deja de ser “el marido que fue” para convertirse en un ciudadano Proteo, capaz de cambiar de forma —profesor, escritor, padre viajero— sin perder el núcleo de su dignidad.

Y quizá ese sea el secreto que su parábola deja entrever: no todos los amores que terminan merecen un duelo eterno; algunos merecen, simplemente, un buen diseño de investigación, una hipoteca razonable y un pasaporte listo para cuando, por fin, la fase liminal se dé por concluida.

Nietzsche: contra los teólogos de las facultades de Letras

Los estudiantes de letras hace unos cuantos siglos se separaron de los monjes, pero asisten todavía a seminarios en academias “conventuales”. No es raro que muchos tengan alma de teólogos.

Nietzsche trató de apartarse de ellos y escribió a propósito El nacimiento de la tragedia (1872) que sigue provocando una ardua polémica. Se preguntó por la filosofía de la filología, es decir, por la justificación de estudiar Letras. Y se dio cuenta de cómo muchos estudiantes de Letras despreciaban las referencias históricas o políticas en la medida en que asumían todo poema o novela como auto-referencialidad, es decir, como inspiración divina o mensaje de Dios, sin fundamentos culturales y humanos. “A este instinto de teólogos –dijo Nietzsche en traducción de Rafael Gutiérrez Girardot– hago la guerra: encontré su huella por doquier. Quien tiene sangre de teólogo en el cuerpo se sitúa de antemano frente a las cosas torcidamente y sin honradez”.[1] Esta crítica de Nietzsche no tuvo eco alguno. Nuestros centros de estudios literarios siguen tomados por pérfidos teólogos: por quienes detestan a quienes asumimos el conocimiento como un goce, por quienes están en contra del “Amor al Logos”. Esos teólogos disfrazados de literatos o lingüistas no exploran ni enseñan a explorar, en palabras de Gutiérrez Girardot:
“[…] la experiencia vital e histórica que ha sido configurada en las obras literarias y la de transmitir esa experiencia a la sociedad y a las generaciones posteriores. Esta renuncia corre paralela con la renuncia a la historia que fue consecuencia de la mala conciencia que sobrecogió a Europa tras la Segunda Guerra Mundial […] para borrar su responsabilidad del Holocausto, los culpables políticos destruyeron toda pretensión de visión total, es decir, de exigencia de la comprensión y el análisis […] y tal renuncia al contexto convierte la vida política y social en una convivencia de conformistas, de autómatas consumidores, en especialistas  sin espíritu, hedonistas sin corazón”. (p. 131).

Así me siento después de mis seminarios. Pero en fin. “Hay que conocerse en el enemigo”, por usar otra frase de Nietzsche.  




[1] Citado por Rafael Gutiérrez Girardot, Nietzsche y la filología clásica. La poesía de Nietzsche, Panamericana, Bogotá, 2000, p. 47.