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La humanidad en invierno demográfico: la paradoja de Plotino y el taxista




Informe de Observación 14-X 

*[Ensayo de ciencia ficción]

En el año terrestre 2026, nuestros observadores completaron la tercera fase de seguimiento de la especie humana. El dato más llamativo no fue una nueva guerra ni una plaga inédita, sino algo más silencioso: los humanos han empezado a dejar de nacer. Las cunas se vacían mientras se multiplican los tribunales de familia, los protocolos de género, las plataformas de citas y los consultorios de terapia. El planeta no ha perdido su capacidad biológica de engendrar; ha perdido, más bien, la confianza simbólica en hacerlo.

En sus ciudades llamadas “occidentales”, comprobamos una paradoja de alto refinamiento: cuanto más se habla de derechos reproductivos, menos niños hay en los parques. Las parejas –cuando llegan a formarse– caminan sobre un suelo minado de contratos, cláusulas, capturas de pantalla y posibles denuncias. No se trata de la antigua prudencia campesina (“no tengamos hijos porque no hay qué darles de comer”), sino de un miedo más sofisticado: “no tengamos hijos, porque el Estado y los tribunales acabarán sentados en nuestra cama”. 

No pretendemos sugerir un retorno a patriarcados fósiles ni a familias forzadas por hambre o dogma. Detectamos, eso sí, una curiosa simetría: muchas mujeres cargan la herida de haber crecido sin padre; no pocas, ya adultas, reproducen ese vacío en sus hijos, pero atribuyendo toda la responsabilidad al hombre que intentó quedarse. Un sistema judicial “sin padre”, como describe uno de los comentaristas locales, completa la faena.

Uno de nuestros informantes, un taxista latinoamericano, lo expresa con brutal claridad en su lengua coloquial: «Pero usted dígame, hermano, quién quiere tener hijos si, a la menor provocación, lo demandan a uno por alimentos, la ex mujer de uno se empodera y sostiene a otro cabrón con lo que uno le paga?». El traductor automático, turbado, dejó “cabrón” en el original.

Uno, uno, uno. ¿Se refiere al Uno de Plotino? A Plotino, que no era de este mundo como Jesucristo, nosotros lo trajimos. El taxista ignora quién es Plotino, pero sí que conoce al Crucificado. Plotino, le decimos, no se queja contra el sistema judicial;  estaría harto de pleitos por alimentos y se cansaría de toda esta película, pero pronto se olvidaría de eso porque él busca el origen absoluto de todo, más allá incluso del ser y del pensamiento. Del Uno emanan primero el Intelecto (las Formas) y luego el Alma del Mundo. El Uno no tiene cuerpo, ni partes, ni pasiones; no “piensa” como nosotros porque está más allá de toda distinción sujeto/objeto. Todo lo existente tiende a retornar al Uno, como un río que busca el mar: la mística neoplatónica es, básicamente, ese regreso.

Amigo taxista. Vea. Para nuestra especie, el Uno es algo muy familiar: una singularidad previa al Big Bang, un punto de densidad infinita de realidad del que brotan todas las dimensiones, leyes y conciencias. Ningún “señor en el cielo”, sino el código fuente último de la simulación cósmica. Lo desconcertante, se lo decimos clarito, es que los humanos parecen empeñados en confundir el código con los errores de programación: egos, pleitos, demandas, chats larguísimos a las tres de la mañana.

La retórica del “cuidado” convive en este bípedo con una práctica frecuente del sacrificio. Todas sus religiones son sacrificales. La del capitalismo también. En nombre de proteger a la criatura, se destruye al progenitor no custodio; en nombre de la autonomía femenina, se toleran sin pestañear relaciones de poder de laboratorio. Mientras tanto, el padre que lleva a la niña a piano y equitación es enviado a talleres psicoeducativos por videoconferencia. 

El resultado es un claroscuro demográfico: menos parejas que se arriesgan a fundar casa, más individuos que optan por viajes, mascotas, amantes rotativos y, cuando mucho, un hijo único convertido en terreno de batalla simbólica. Desde nuestra órbita, la ecuación es simple: cuando la procreación se percibe como puerta de entrada a un campo de minas legal y sentimental, la racionalidad mínima sugiere no cruzarla.

Judicializar cada desencuentro amoroso deconstruye un ecosistema poco propicio para la llegada de nuevos habitantes. Llaman a esto “progreso”; en nuestra clasificación es una forma elegante de autoboicot reproductivo. Quien observa con telescopio no ve empoderamientos luminosos, sino una coreografía agotadora de seres cansados que, en lugar de cortar el cordón umbilical, lo conectan a cuentas bancarias, contraseñas de Zoom y capturas de WhatsApp.

Quizá, dentro de algunos ciclos solares, los arqueólogos de otra especie encuentren sus retablos, sus novelas, sus sentencias y sus blogs, y concluyan que los humanos del siglo XXI no murieron por falta de tecnología ni de medicinas, sino por una extraña combinación de orgullo, miedo y litigio. Entre los restos, tal vez aparezca el registro de una madre y un padre que, tras muchas batallas, descubrieron algo casi revolucionario: que el mejor servicio que podían hacer a su causa no era ganar el último recurso de apelación, sino permitir que la niña creciera en paz, sin convertirla en paradigma, ni en víctima ejemplar, ni en caso de estudio.

Fase reguetonera del capitalismo tardío 2.0.: Quevedo en Panamá




Preludio 

Si en el siglo XVII el hit que configuraba el deseo era “Amor constante más allá de la muerte”, en marzo de 2026 el hit también sigue siendo de Quevedo —pero el canario—: “Quédate” dicta, durante tres minutos, las leyes del sexo, de la ley y del mercado. 

El reguetón es la fisiología del capital: el latido sonoro con el que el mercado sincroniza cuerpos, flujos y hormonas. También es la venganza inesperada de un Imperio hispanoamericano caído y emergente a la vez, que ya no necesita fragatas ni virreyes, sino bajos profundos y plataformas de streaming

Soy profesor de antropología y teoría de los medios; se supone que debo dar ejemplo de seriedad. Citaré a  Friedrich Kittler para justificarme, para decir que la música es la que llama (rufen) al comercio y que los verdaderos tratados de geopolítica se bailan antes de escribirse, y así preludiar el diario de mi viaje relámpago a Panamá.

 8 de marzo de 2026. Casco histórico de Panamá
 
Gabby emerge de las aguas del del Canal como una Afrodita panameña de treinta y tantos. Sonrisa custodiada por dos hoyuelos divinos. Por su escote generoso naufraga mi seriedad académica. Su piel, en ese umbral exacto entre la sombra morena y la luz blanca, se vuelve el pergamino donde el sol ha escrito su mejor poema

Gabby posee un castellano riquísimo, lleno de verbos inesperados. Expresiva, su acento  es un puerto libre. Oigo en su voz ecos limeños, dulzura caleña, cierta rapidez del guayaquileño y ese golpe de mar del barranquillero y el cartagenero. La voz de Gabby es una cartografía sonora del continente, una frecuencia que fluye sin aduanas, la unión del Pacífico y el Caribe hispanoamericanos.




Al caer la tarde subimos al bar-terraza del Bay View, desde donde el casco histórico flota como un pedazo de Cartagena de Indias, del Callao o de Buenaventura: fachadas coloniales apretadas unas contra otras, torres de iglesia y tejados rojizos rodeados por un cinturón de roca y espumas. Un enclave barroco rodeado de mar. Más allá, la bahía de Panamá se abre en un semicírculo interminable, recorrida por la cinta costera y la fila inmóvil de barcos anclados. Al anochecer, la lámina del océano espejea los rascacielos. 

A medianoche, entonados por los mojitos, cantamos ella y yo al unísono, a grito herido, la segunda estrofa de “Quédate”:

“Se pintaba los labios
y la copa como espejo,
se acercó poco a poco
y yo queriendo que me baile.
Luego me dijo:
‘Vamos, que te enseño Buenos Aire’…”

Si Quevedo confiaba en que su alma seguiría amando cuando su cuerpo fuera “polvo enamorado”, pues la eternidad se figuraba como superación de la ley severa de la muerte, el otro Quevedo, el canario, se conforma con desafiar la ley severa del amanecer: 

“Perreamo' toda la noche y nos dormimo' a la die'
 Ando rezándole a dios pa' repetirlo otra ve'”

Y al terminar la canción, como si obedeciéramos a la letra, bajamos los 28 pisos y salimos a la noche húmeda, rodeando el mercado de mariscos. Vigilantes con radio custodiaban una aduana somnolienta. Gatos negros fornidos, como panteras, se deslizaban como en sueños patrullando el perímetro. El Casco —así le dicen aquí— está saturado de discotecas que bombean reguetón y salsa a volúmenes industriales. 

Entramos en la cervecería La Rana Dorada, y ella pide una porter negra mientras yo me aferro a una pale ale.
Gaby, soltera y amiguera, me habla sin rodeos de sus aventuras, de su elección de tener más amigos hombres que mujeres. 

“Las mujeres somos capaces de dar vida –y hace el gesto de parir, de dar a luz– pero también de destruirlo todo con tal de mantener el control”. 

Con esa sentencia, Gaby no hizo más que resumirme la vieja guerra fría entre Atenea y Afrodita: parir o gobernar, placer o control, útero o asamblea. 

No recuerdo si llegué a darle a Gaby el concierto completo de Kittler, enumerando verticalmente los cinco capítulos de su Musik und Mathematik, ese bello libro inacabado: 

1) Hellas, 

2) Afrodita y Eros, 

3) Minne (amor medieval cortés), 

4) Liebe (amor romántico), 

5) Sex (otras formas del amor).

 Vivimos en el quinto, en la era del reggeton.  Hablar de amor es difícil porque los dioses se retiraron desde Cristo. Él nos dejó encerrados en un monoteísmo varonil.  Cristo vino a destruir las obras de la Triple Diosa lunar que gobernaba el Mediterráneo (Robert Graves, Rey Jesús). 

Afrodita reemplaza a Atenea (la casta) como una coartada para excluir a las mujeres de los ritos religiosos y de las escuelas. 
Afrodita anuncia el monoteísmo. 

Salimos de La Rana Dorada y la letra del reguetón seguía martillándome la cabeza: 

“y nos fuimos en Uber al apartamento 
 en privado me pedía que le diera un concierto 
le dije que por meno’ de un beso no canto. 
Y nos fuimos en una empezando a la una…”. 

En el apartamento, ya sentados en el balcón, el único beat era el del mar: el del canto IV de la Odisea, verso 430, “nos rendimos al sueño escuchando el romper de las aguas marinas[thalássos]”.

Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G


Etnografía imaginaria*

Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Leyendo el libro de Geoghegan, veo que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. 

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas. El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.

Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio. Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, incluyendo la pérdida de su nutrida biblioteca, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, ella tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.

La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la casa, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehizo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.

Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.


Lack of affection: el «norte» en Xalapa


*Diario imaginario de un antropólogo en México


1
Aunque estudié en la Universidad de Vermont y mi aspecto engaña a medio mundo, no soy gringo: soy colombiano, y llegué a México hace quince años en trabajo de campo con mi profesor Mike, que a su vez fue alumno devoto de Oscar Lewis y de la antropología “de la pobreza”. No de la pobreza material, sino de una economía compleja del afecto: un régimen de carencia emocional tan sofisticado como cualquier sistema financiero. 
Anoche, en un bar de Xalapa, coqueteaba —torpemente, con mis cuarenta y tantos encima— con Gabby, sexóloga de barrio fino. Me tocó soportar a su amiga boba celebrar a Pablo Escobar como “un genio”, sólo porque había oído que yo era colombiano. La amiga mandaba a callar a su esposo: "cállate, pendejo". El pobre era un hombre bueno, apocado, sentado a su lado. Yo pensaba en la frase de mi profe Mike, aquella que soltó décadas atrás en Tapalpa, Jalisco, tras entrevistar a una familia rota por la migración y el alcohol: “I’ve never seen such a lack of affection.” México como un extraño planeta afectivo. 
No sé en qué momento quedamos solos Gabby y yo. El bar pronto cerraría. Y aunque ella parecía caerse de bruces, borracha por el mezcal, se negó a dejar su carro en el estacionamiento y a que yo la llevara. Ni madres, me dijo. Ella manejaría. Tengo práctica en manejar peda. Para no parecer tan ruda, me besó, agradecida. "Si quieres ir a mi casa y seguir chupando, sígueme en tu coche",  me ordenó.  A mí me gustan las mujeres con carro, me dije, las que se conducen solas, aunque vayan directo al abismo.
2
Gabby vivía en una primera planta encima de una tienda de abarrotes. Xalapa no es un valle sino una ciudad derramada sobre lomas y barrancas; aquí las casas se acomodan donde pueden, como piedras después de un derrumbe. 
Gabby estacionó su carro en lo alto de su casa, en la azotea; su casa estaba suspendida sobre un sótano luminoso, una primera planta ocupada por una tienda de abarrotes abierta las 24 horas. “Aquí arriba —dijo al dejarme pasar al estacionamiento, cerrar el portón y luego bajar conmigo por unas escaleras angostas— se oye todo el desmadre, todos los madrazos, cómo se mientan la madre y cómo se la rompen: puro desmadre”.
Al oírnos llegar, el perro ladraba. Al abrirle la puerta, el beagle salió disparado escaleras arriba. Por la ventana de la cocina lo vi mear en el tronco del ficus. 
Desde abajo, donde funcionaba la tienda de abarrotes, subía el zumbido de los refrigeradores. Era como un ruido de animales submarinos, pensé. En las paredes de la casa de Gabby, iluminados por las lámparas de neón, nadaban peces pintados: sierras, tiburones, ballenas, moluscos. "Los pinté para divertir a mi hija", me dijo. "Ahora la cabrona quiere ser bióloga marina". Su hija adolescente no estaba.
Mujer viene de molusco, dije como por decir algo. Y Gabby se emocionó con la etimología. Claro. De ahí la concha. La vulva. 
Gabby me invitó a seguir a sus aposentos. Quería enseñarme sus dos cuyes oblongos. Ocupaban casi medio estudio en celdas desproporcionadas, mitad jaula, mitad consultorio. Yo ya no sabía si Gabby era psicóloga-sexóloga, pintora o veterinaria. 
Luego volvimos a la barra de la cocina. Mientras yo me tomaba otra chela, ella preparó la cena para sus animales. La preparó como un rito aprendido largamente: de la nevera sacó zanahoria, hojas verdes, fruta, y las dispuso en el plato con una geometría que no alcancé a seguir. Seguía borracha, pero ya menos. Cada cuy recibió su porción exacta, como si llegara a una cita clínica distinta. El beagle miraba la escena en silencio, sin reclamar nada.
Mientras tanto, a través de la ventana de la cocina, el foco del patio a comenzó a parpadear —encendido, apagado, encendido— y el viento del norte agitaba el ficus. Por un segundo tuve la impresión clara de que el árbol nos estaba enviando un mensaje en código morse, y que sólo a los cuyes les correspondía traducirlo.
"Sabes, doy terapias aquí, en la casa. Vienen mujeres destrozadas porque sus maridos miran a otra, muchachas que se enredan con profesores casados, señoras fresas que a los cuarenta se sienten viejas y se acuestan con estudiantes en pocilgas."
Se sirvió a sí misma un poco de vino, mientras yo pasé al agua mineral.  "A veces solo quiero decirles: you’re not dying, you’re just heartbroken. Don’t drown in a glass of water", soltó en inglés, mirando a la nada. "¿Y por qué me hablas en inglés?", le pregunté. "Soy colombiano, no de Vermont.". "Porque, huey, todo suena menos serio en inglés".
El beagle se acomodó en el suelo, resignado a no ser acariciado. Los cuyes, en cambio, se mostraban inquietos. Sus ojos rojos brillaban con una conciencia extraña, casi humana. Sentí que algo en la casa se desplazaba cuando el viento aumentó su fuerza: el norte no solamente soplaba, parecía entrar por las rendijas y reorganizar los objetos.
Gabby habló durante horas. Yo intervenía poco, apenas una pregunta, un comentario, un asentimiento. El afecto es un recurso escaso: cada abrazo, un lujo; cada caricia, una factura.
En algún momento se cansó de sí misma y me miró a los ojos.

—¿Y tú qué onda? ¿Qué te gusta de México? ¿Cuánto llevas aquí? ¿Cuál es tu trauma?
Cuál trauma, le reclamé. Le conté la versión abreviada: que llegué siendo estudiante de antropología, siguiendo a mi maestro Mike a Jalisco, para hacer trabajo de campo sobre pobreza y familia. Que él venía fascinado por esa idea de que la pobreza no era sólo económica, sino una cultura entera, una forma de estar en el mundo atravesada por la falta, la desconfianza, el aislamiento.
Gabby bostezó, pero con interés. México es un gigantesco Kindergarten, agregué, recordando a Roberto Bolaño. Un país de adultos que se resisten a crecer. 
"Sí", dijo Gabby, casi dormida. "El síndrome del infantilismo perpetuo… puer aeternus."
"¿Sabes latín?", le pregunté. "No", respondió. En vez de eso, se levantó, miró al beagle, miró a los cuyes y me ordenó con una naturalidad abrupta:
– Hoy duermes conmigo. 
Feliz, me levanté a abrazarla por la espalda; se zafó un poco para preguntarme si ya le había dado de cenar a los cuyes y al perro. "Sí, ya", le dije. Entonces le ordenó al sistema operativo de Alexa apagar, uno por uno, los interruptores de la casa, salvo el del pasillo que conducía a su cuarto. El foco del patio volvió a parpadear, esta vez como si diera su bendición. Entramos a su aposento.
Gabby no quería “coger”. Lo dijo así, con una mezcla de pudor y protocolo. Pero una vez en la cama, la intención pareció cambiar de temperatura. Había una ternura rara, sin promesa y sin futuro, como el viento del norte que refresca pero no se queda.
Quedé contento, extrañamente sereno.

3

Al clarear, la casa parecía otra. La desperté y le pedí que me abriera. El cielo apenas se nublaba, pero la luz tenía una textura metálica. Desde su ventana al oriente, juraría que vi, a lo lejos, una fina línea brillante: la costa del Golfo de México insinuándose en el horizonte. Era absurdo: Xalapa no tiene mar.  Estelas de aviones cruzaban el cielo, como cicatrices luminosas.
Bajé a mi coche. Para salir de su colonia tuve que activar Google Maps. La noche anterior había seguido su carro, pero ahora las calles se cerraban como trampas. Me equivoqué de camino varias veces; metí reversa en callejones sin salida, rodeados de bardas húmedas. En una de esas maniobras vi a un encapuchado recogiendo con guantes de plástico algo aplastado en el asfalto. No supe si era un gato, una zarigüeya o un cuy. Y pensé en el más inquieto de los cuyes de Gabby; imaginé que se había escapado durante la noche, huyendo del experimento conductista que tal vez ella llevaba años ensayando sin confesarlo.
Xalapa limita con la selva. Xalapa es un laboratorio botánico donde las emociones se pudren más rápido que las hojas.
Más tarde, de regreso a mi hotel, encendí el celular. Mensajes, noticias, alertas. El nombre del Mencho rebotaba en todas las pantallas: abatido en un operativo federal en Tapalpa, Jalisco; bloqueos en carreteras; clases suspendidas hasta en estados lejanos. 
Me pregunté cómo regresaría a Ciudad de México si la autopista México–Puebla seguía bloqueada por incendios y enfrentamientos. 
Ahora se ha ido la luz en Xalapa. He bajado al súper a comprar velas. Sólo había velas de la Santa Muerte, de San Judas Tadeo y de la Virgen de Guadalupe. Ninguna “neutra”. Tuve que escoger devoción. Entre la violencia y el caos, ganó San Judas, patrón de las causas imposibles. 
Mis amigos politólogos me dicen por WhatsApp que la orden de abatir al Mencho provino de Trump y de Rubio. Pensé en los imperios y en su vieja estrategia: “La mayor virtud del César es hacer de sus fronteras un desierto”. Estados Unidos se alimenta de esta anarquía mexicana como de un recurso renovable.

4

Al anochecer, con la última luz del crepúsculo, he subido a la azotea de mi hotel. El norte sigue soplando más frío, más afilado. Miro hacia el oriente y, por un segundo, veo la línea del mar donde no debería haber mar. Tal vez era un error óptico. Tal vez Xalapa, en su falta de afecto, había decidido acercarse un poco al océano para sentir algo.

Otto en el umbral: etnografía de un exmarido en la Europa de las vanguardias históricas




En el año 1928, en una ciudad portuaria del Báltico llamada Neumünde, un joven musicólogo llamado Otto Hartmann fue expulsado del piso que compartía con su esposa y los dos hijos de ambos. La explicación oficial era sobria: “incompatibilidad de proyectos”, “agotamiento del vínculo intelectual”, “necesidad de emancipación femenina”. La explicación extraoficial cabía en una frase menos elegante: un romance con un estudiante de primer semestre de germanística.

1. Introducción: estado del arte del cornudo liminal

La situación de Otto, desde luego, merecía un estudio serio. No tanto por el dolor doméstico, sino por su impecable adecuación a la teoría antropológica en boga. En ese mismo año, algunos colegas en París comentaban, en cafés mal ventilados, un curioso libro de 1909: Les Rites de Passage, del etnógrafo Arnold van Gennep, donde se describía la estructura tripartita de los ritos de paso: separación, margen (o liminalidad) e incorporación.

Otto, musicólogo  aplicado, decidió que su propia vida conyugal podía leerse como un caso ejemplar. Había sido separado de su papel de esposo; vivía ahora, literalmente, en el margen de la ciudad, en una habitación alquilada sobre una imprenta; y algún día —le aseguraban sus amigos— se incorporaría de nuevo a la sociedad, quizá como profesor titular, quizá como autor de un libro que nadie leería pero todos citarían. En ese ínterin, tomó notas.

Lo que sigue es una reconstrucción de su manuscrito inédito, Notas para una etnografía del exmarido nórdico, encontrado años después en un archivo húmedo, entre programas de ópera y boletas de impuestos.

2. Fase preliminal: de esposo burgués a sujeto separado

Otto comienza, con rigor clínico, por la fase de separación:

“Siguiendo a van Gennep, debo reconocer que mi expulsión del domicilio conyugal constituye una ruptura formal de estatus. Me han sustraído el anillo, el sofá y el acceso inmediato a la biblioteca grande. Se trata, pues, de una muerte simbólica.”

La esposa, profesora de gramática inglesa, había elaborado su propio discurso: el matrimonio, decía, había devenido institución opresiva; el marido, una figura anacrónica; el estudiante, en cambio, representaba la juventud, la espontaneidad, la promesa de una comunidad erótica sin patriarcado.

Otto anota con sarcasmo académico:

“Es llamativo que, para escapar a la forma burguesa del matrimonio, mi exesposa haya elegido el rito de iniciación más burgués de todos: el amante exótico, cuidadosamente seleccionado del grupo subordinado (el estudiante), a quien se promete acceso a cierto capital simbólico a cambio de devoción. Véase aquí una suerte de inversión paródica del potlatch: se regalan seminarios privados a cambio de adoración.”

La separación se consuma con una breve ceremonia: firma del juez, inventario de muebles, asignación de los niños (6 y 8 años) a la custodia materna, pensión fijada “con perspectiva de género”. Otto sale del edificio cargando dos maletas, una máquina de escribir y un ejemplar manoseado de van Gennep.

3. Liminalidad: el exmarido como ser umbral

Es en la fase liminal donde Otto encuentra su verdadera vocación teórica. Citando a Victor Turner, escribe:

“El liminar es ‘ni esto ni aquello; ni aquí ni allí; es betwixt and between’. En Neumünde, el liminar recibe el nombre de ex.”

El ex habita un territorio ambiguo: no pertenece ya al barrio respetable de las familias completas, pero tampoco al mundo ligero de los solteros jóvenes. No es aún maestro emérito, ni bohemio declarativo; es un individuo suspendido entre proyectos.

Otto describe su nueva habitación: una mesa, dos sillas, una cama estrecha, una ventana con vista a chimeneas. En el muro, un mapa que une, con hilos rojos, Neumünde, Berlín, París y Bogotá (ciudad que no conoce, pero que le han descrito como un lugar perfecto para huir). Cada hilo representa una posibilidad de incorporación futura: una cátedra, un libro, unos hijos adolescentes que viajen a visitarlo.

Mientras tanto, su vida cotidiana se puebla de prácticas liminales:

Lleva a sus hijos al parque los días asignados por el juez;

Los niños, a ratos fríos y silenciosos, a ratos entusiastas, encarnan a su vez una subjetividad liminar: pertenecen a dos casas, duermen en dos camas, aprenden a hablar dos versiones de la misma historia.

La exesposa, por su parte, mantiene un curioso doble estatuto: frente a la comunidad académica se presenta como mujer emancipada; frente a los niños, como "víctima" de un padre “difícil”; frente al estudiante, como sacerdotisa que lo ha elegido para un rito secreto.

Otto observa:

“La liminalidad, en este caso, no se limita al exmarido. Los niños devienen sujetos intersticiales, betwixt and between dos narrativas maternas y paternas. El estudiante ocupa también una posición ambigua: ni colega ni hijo, ni esposo ni alumno. Es un personaje transitorio, cuya función principal es dramatúrgica.”

En este “tiempo fuera del tiempo”, el exmarido descubre, con cierto asombro, que las normas habituales se suspenden. Se permite, por ejemplo, llorar en la fila de la panadería, reír solo en el tranvía, tomar notas etnográficas en el club de golf. Descubre que puede vivir sin gritos nocturnos ni amenazas (ella solía decirle “buscaré cualquier amante para deshacerme de ti”), aunque su sistema nervioso tarde en creerlo.

4. Communitas: exmaridos, impresores y padres de parque

Turner sostiene que en la liminalidad surge con frecuencia una communitas: vínculos igualitarios que se forman entre quienes comparten el umbral. Otto lo comprueba de forma pedestre.

Se hace amigo del impresor del piso de abajo, de un médico que también ve a su hijo solo los fines de semana, y de un pequeño grupo de hombres que juegan golf los jueves al atardecer. Ninguno de ellos encaja ya en la figura del padre victoriano; todos pagan pensiones, todos saben lo que es dejar a un hijo en el portal de un edificio y regresar solo a una habitación alquilada.

En sus notas, Otto registra con ironía:

“La communitas de los jueves no está formada por guerreros ni por jóvenes iniciados, sino por señores ligeramente miopes, con sobrepeso y palos usados. Y sin embargo, en los swings o golpes secos, se instala una solidaridad que los manuales de derecho de familia no contemplan: la del padre que no huye.”

Este detalle resulta crucial. En muchas etnografías de la modernidad tardía, el varón separado elige la fuga: otro país, otra ciudad, otra vida. Otto decide lo contrario. Su liminalidad no será una antesala de la deserción, sino el laboratorio de una nueva forma de paternidad.

5. Incorporación: proyecto de casa, libro y viaje

Los manuales de antropología insisten en que la fase liminal culmina en una incorporación: el sujeto adquiere un nuevo estatuto, con símbolos y obligaciones renovadas. Otto, hombre riguroso, se propone acelerar ese tránsito.

Primero, el símbolo material: una casa. No una casa burguesa de fachada solemne, sino un departamento modesto pero propio, cerca del parque donde juega con su hija y no demasiado lejos de la universidad. La hipoteca, observa, funciona como el equivalente profano del tatuaje iniciático: marca el cuerpo del tiempo futuro.

Segundo, el símbolo intelectual: un libro. Decide escribir un ensayo híbrido —mitad parábola, mitad tratado— sobre la figura del exmarido liminal en la Europa de entreguerras. Ahí reelabora su dolor en clave de teoría cultural, convirtiendo la traición doméstica en laboratorio de conceptos. El manuscrito que conservamos pertenece a esa tentativa.

Tercero, el símbolo geográfico: el viaje. Aunque la exesposa retiene, por ahora, los pasaportes de los niños, Otto comienza a trazar itinerarios imaginarios: un verano en una ciudad andina, un otoño de archivos en Viena, una conferencia en una universidad californiana que aún no existe. El itinerario es, de momento, un mapa mental, pero actúa como vector de incorporación: sitúa al exmarido más allá del pequeño teatro de Neumünde y sus escándalos.

En una nota tardía, escribe:

“Tal vez la liminalidad del exmarido europeo consista, en último término, en aprender a habitar el tiempo sin esperar drama. El verdadero rito de paso no es de esposo a soltero, sino de antagonista de una mujer resentida a ciudadano tranquilo de un mundo más amplio.”

6. Conclusión: del antropólogo traicionado al Proteo ciudadano

Si algo hace interesante —y cómica— la figura de Otto Hartmann es que toma al pie de la letra una teoría pensada para adolescentes de tribus africanas y la aplica a un profesor de musicología en un puerto frío. Pero en esa desproporción reside precisamente su lucidez.

Visto desde el futuro, Otto es un personaje posdivorcial avant la lettre:

–se niega a ser reducido al rol de villano en la narrativa de la exesposa,

–convierte la humillación en materia de escritura,

–reconvierte la habitación alquilada en espacio de transformación,

–y apuesta por una paternidad persistente, sin melodrama y sin huida.

Su vida no se resuelve en un final feliz hollywoodense. Lo que obtiene es algo más sobrio y, quizá, más pagano: una forma de alegría serena, hecha de trabajo intelectual, paseos con sus hijos, viajes esporádicos y una casa pequeña llena de libros que nadie le puede quitar.

En términos de van Gennep, el rito de paso se ha completado; en términos de Spinoza, su conatus ha dejado de desgastarse en pasiones tristes y ha encontrado, al fin, una dirección propia. Otto deja de ser “el marido que fue” para convertirse en un ciudadano Proteo, capaz de cambiar de forma —profesor, escritor, padre viajero— sin perder el núcleo de su dignidad.

Y quizá ese sea el secreto que su parábola deja entrever: no todos los amores que terminan merecen un duelo eterno; algunos merecen, simplemente, un buen diseño de investigación, una hipoteca razonable y un pasaporte listo para cuando, por fin, la fase liminal se dé por concluida.