Sebastián Pineda Buitrago, "Intempestiva de Nietzsche en la XVII Reunión Internacional de Historiadores de México (Veracruz, septiembre 2026)", Proteo,
Quien ya ha aprendido a doblar su espalda y asentir con la cabeza al «poder de la Historia» termina por otorgar finalmente un «sí» mecánico-chinesco a cualquier poder. He aquí la primera lección que debo impartir a esta asamblea: un pueblo domesticado por sus conmemoraciones es más fácil de gobernar que un rebaño cercado por alambre. Basta darle fechas, próceres, asesinatos ejemplares, centenarios, mausoleos, placas de bronce; después podrá pedírsele obediencia con tono sacerdotal.
No ignoro que nos encontramos en Veracruz, en el puerto históricamente más importante del Golfo de México (modificado ahora por Gulf of América). Tampoco ignoro que México es un país talasóbico. Le han enseñado a temer a Thálassa, a odiar el mar como si toda ola trajera todavía la vela de Cortés, el cañón extranjero, la mercancía que desordena el mercado, la epidemia que busca cuerpo y la doctrina que desembarca con su catecismo. Se le ha enseñado a imaginarse eternamente conquistado y nunca conquistador; herido por los poderes marítimos, pero incapaz de reconocer que también hizo del continente un campo de conquista, catequesis, administración y obediencia.
Cortés: invasor, sin duda; pero también fundador de una máquina política cuya descendencia no ha dejado de producir oficinas, jerarquías, mitos patrióticos y funcionarios. El nacionalismo prefiere convertirlo en demonio exterior: así puede absolverse de la larga técnica de dominación que aprendió de él, la perfeccionó en tierra firme y la llamó soberanía.
México ha vivido la dialéctica maldita entre la Tierra y el Mar. La tierra promete origen, tumba, raíz, milpa, pirámide y monumento; el mar promete intercambio, infección, fuga, piratería, comercio, guerra y extranjería. La primera levanta altares para que nadie se mueva; el segundo destruye altares para que nadie permanezca inocente. Y, sin embargo, una nación que detesta el mar termina amando demasiado sus sepulcros.
Thálassa: el antiguo nombre griego del mar. No un paisaje azul para folletos turísticos, sino la potencia impersonal que no reconoce fronteras, que devuelve cadáveres y arroja mercancías sobre costas que se creían eternas. Los griegos sabían que el mar no tiene memoria nacional: guarda naufragios, pero no patrias. Thálassa: una palabra que golpea como una ola contra la piedra y obliga a la tierra a recordar que no es el mundo entero.
Tampoco ignoro que la Universidad Veracruzana ha convocado esta XVII Reunión Internacional de Historiadores de México para hablar de las crisis. Excelente asunto. Pero desconfiad: donde se congregan seiscientos especialistas en la crisis, la crisis puede convertirse pronto en programa, protocolo, gafete, mesa de discusión y fotografía institucional. El hombre histórico moderno lleva el pasado en una carpeta digital y no por ello ha aprendido a vivir una sola hora con mayor intensidad.
Muchas calles mexicanas llevan nombres de presidentes del PRI, el partido de más larga duración en la historia política de la humanidad. No lo digo como reproche municipal, sino como diagnóstico fisiológico. El asfalto ha sido convertido en genealogía. Se camina por avenidas que no conducen a ninguna parte porque ya han sido bautizadas por una administración difunta. Cada esquina exige reverencia. Cada placa reclama una inclinación cervical. Y así el ciudadano, que debía aprender a andar, aprende antes que nada a asentir.
La pedagogía revolucionaria es un guion. La Decena Trágica. El asesinato de Madero. La dictadura de Huerta. El Chacal. Después, la fórmula: Madero triunfó legítimamente; una facción reaccionaria lo asesinó; la Revolución corrigió el crimen; el Estado heredó la misión; el funcionario, por último, administra la herencia. Desde 1914, las voces del régimen han repetido esta letanía con una perseverancia más admirable que verdadera. No porque los hechos sean falsos, sino porque una verdad histórica puede convertirse en una prisión cuando se la repite para impedir que el presente formule su propia pregunta.
Atados a semejante Partenón revolucionario, los ciudadanos cayeron presos de la retórica cantinflesca del PRI: una sintaxis que parece moverse, pero permanece quieta; una frase que promete futuro mientras vuelve a colocar el mismo escritorio, el mismo intermediario, la misma sonrisa de aparato. País levantisco. Conflictivo. Dramático. La Revolución, transformada en mobiliario estatal, otorgó la comodidad más peligrosa: la de un poder que ya no necesita oposición porque ha logrado convertir toda oposición en capítulo anticipado de su propio relato.
Esto no es historia monumental, colegas míos. Es taxidermia. Un pueblo no venera a sus muertos: los rellena, los barniza y los instala en el vestíbulo para no tener que escuchar lo que todavía podrían reprocharle.
La memoria histórica, esa nueva divinidad de los urbanícolas, no es inocente. Toda memoria pregunta: ¿qué debe permanecer? La memoria institucional ya conoce de antemano la respuesta: debe permanecer aquello que legitima al custodio del archivo. Y si un recuerdo no se deja archivar, si una herida no cabe en la efeméride, si un campesino, una mujer, un soldado o un niño contradicen el libreto, entonces se los llama “casos complejos”. La burocracia ama la complejidad porque le permite conservar intacta la maquinaria.
Os hablo, por tanto, de la plastische Kraft: la fuerza plástica de una cultura, su capacidad de digerir, transformar, cerrar heridas y, cuando es necesario, olvidar. Olvidar no significa absolver. Significa rechazar el chantaje del cadáver. La historia sólo sirve a la vida cuando el vivo puede usarla sin convertirse en su portero.
También el muralismo mexicano ha cometido su crimen luminoso. Ha querido dar cuerpo al pueblo, y a menudo le ha dado peso. Ha cubierto muros, escaleras, palacios y secretarías con una saturación barroca que confunde escala con grandeza y volumen con destino. El espectador entra en esos edificios como quien entra en una digestión ajena: campesinos gigantes, obreros musculosos, sacerdotes deformeados, máquinas, fusiles, pirámides, volcanes, calaveras, conquistas, triunfos. No hay pared: hay asedio.
Siqueiros fue demasiado grande para obedecer del todo a su doctrina. Su pintura quiso movilizar al cuerpo, romper el cuadro, atacar al ojo desde todos los ángulos. Pero sus herederos hicieron de aquella violencia una tapicería cívica. La anécdota ocupó el espacio público. Todo debía ser narrado, explicado, alegorizado, monumentalizado. El muro dejó de ser una superficie y se volvió tribunal.
Frente a ese espesor telúrico, yo reclamo la ligereza libertaria de la vanguardia: no la frivolidad, sino el salto; no la amnesia publicitaria, sino la facultad de escapar del monumento antes de que el monumento os aplaste. Una cultura fuerte no necesita pintarse entera sobre una pared. Tolera el vacío. Tolera una línea, una pausa, un gesto sin policía interpretativa.
***
Al terminar su intempestiva (quiero decir, su conferencia), Nietzsche se fue a caminar por el malecón con una guayabera rosada a tono con su bigote encendido. Se detuvo frente a la pesada estatua de Venustiano Carranza, situada en la plazuela ante el Faro. Los militares de Marina lo miraron con sospecha. Nietzsche desafió la prohibición de beber en público. Sacó entonces una cantimplora con coñac adentro. Un filósofo no debe declarar ante el Estado la composición de su pequeña reserva metafísica. Encendió un cigarro de San Andrés Tuxtla, y dejó que el humo atravesara la brisa salada. Entonces murmuró en alemán (yo de inmediato saqué mi libreta y traduje):
—El problema no es que México tenga demasiada historia. El problema es que la Historia ha aprendido a patrullar.
Después bebió. Carranza no se movía. El faro tampoco. Los jarochos locales y los turistas y los estudiantes del Congreso, que habían sacado el teléfono para fotografiar al extranjero, guardaron por un segundo el aparato y descubrieron, con terror, que el pasado no le estaba pidiendo una selfie.
La historia que no puede ser quemada, discutida ni olvidada a tiempo se convierte en policía. En Policía y Pedagogía.
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