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Intempestiva de Nietzsche en la XVII Reunión Internacional de Historiadores de México (Veracruz, septiembre 2026)

Sebastián Pineda Buitrago, "Intempestiva de Nietzsche en la XVII Reunión Internacional de Historiadores de México (Veracruz, septiembre 2026)", Proteo, 



Quien ya ha aprendido a doblar su espalda y asentir con la cabeza al «poder de la Historia» termina por otorgar finalmente un «sí» mecánico-chinesco a cualquier poder. He aquí la primera lección que debo impartir a esta asamblea: un pueblo domesticado por sus conmemoraciones es más fácil de gobernar que un rebaño cercado por alambre. Basta darle fechas, próceres, asesinatos ejemplares, centenarios, mausoleos, placas de bronce; después podrá pedírsele obediencia con tono sacerdotal.

No ignoro que nos encontramos en Veracruz, en el puerto históricamente más importante del Golfo de México (modificado ahora por Gulf of América).  Tampoco ignoro que México es un país talasóbico. Le han enseñado a temer a Thálassa, a odiar el mar como si toda ola trajera todavía la vela de Cortés, el cañón extranjero, la mercancía que desordena el mercado, la epidemia que busca cuerpo y la doctrina que desembarca con su catecismo. Se le ha enseñado a imaginarse eternamente conquistado y nunca conquistador; herido por los poderes marítimos, pero incapaz de reconocer que también hizo del continente un campo de conquista, catequesis, administración y obediencia.

Cortés: invasor, sin duda; pero también fundador de una máquina política cuya descendencia no ha dejado de producir oficinas, jerarquías, mitos patrióticos y funcionarios. El nacionalismo prefiere convertirlo en demonio exterior: así puede absolverse de la larga técnica de dominación que aprendió de él, la perfeccionó en tierra firme y la llamó soberanía.

México ha vivido la dialéctica maldita entre la Tierra y el Mar. La tierra promete origen, tumba, raíz, milpa, pirámide y monumento; el mar promete intercambio, infección, fuga, piratería, comercio, guerra y extranjería. La primera levanta altares para que nadie se mueva; el segundo destruye altares para que nadie permanezca inocente. Y, sin embargo, una nación que detesta el mar termina amando demasiado sus sepulcros.

Thálassa: el antiguo nombre griego del mar. No un paisaje azul para folletos turísticos, sino la potencia impersonal que no reconoce fronteras, que devuelve cadáveres y arroja mercancías sobre costas que se creían eternas. Los griegos sabían que el mar no tiene memoria nacional: guarda naufragios, pero no patrias. Thálassa: una palabra que golpea como una ola contra la piedra y obliga a la tierra a recordar que no es el mundo entero.

Tampoco ignoro que la Universidad Veracruzana ha convocado esta XVII Reunión Internacional de Historiadores de México para hablar de las crisis. Excelente asunto. Pero desconfiad: donde se congregan seiscientos especialistas en la crisis, la crisis puede convertirse pronto en programa, protocolo, gafete, mesa de discusión y fotografía institucional. El hombre histórico moderno lleva el pasado en una carpeta digital y no por ello ha aprendido a vivir una sola hora con mayor intensidad.

Muchas calles mexicanas llevan nombres de presidentes del PRI, el partido de más larga duración en la historia política de la humanidad. No lo digo como reproche municipal, sino como diagnóstico fisiológico. El asfalto ha sido convertido en genealogía. Se camina por avenidas que no conducen a ninguna parte porque ya han sido bautizadas por una administración difunta. Cada esquina exige reverencia. Cada placa reclama una inclinación cervical. Y así el ciudadano, que debía aprender a andar, aprende antes que nada a asentir.

La pedagogía revolucionaria es un guion. La Decena Trágica. El asesinato de Madero. La dictadura de Huerta. El Chacal. Después, la fórmula: Madero triunfó legítimamente; una facción reaccionaria lo asesinó; la Revolución corrigió el crimen; el Estado heredó la misión; el funcionario, por último, administra la herencia. Desde 1914, las voces del régimen han repetido esta letanía con una perseverancia más admirable que verdadera. No porque los hechos sean falsos, sino porque una verdad histórica puede convertirse en una prisión cuando se la repite para impedir que el presente formule su propia pregunta.

Atados a semejante Partenón revolucionario, los ciudadanos cayeron presos de la retórica cantinflesca del PRI: una sintaxis que parece moverse, pero permanece quieta; una frase que promete futuro mientras vuelve a colocar el mismo escritorio, el mismo intermediario, la misma sonrisa de aparato. País levantisco. Conflictivo. Dramático. La Revolución, transformada en mobiliario estatal, otorgó la comodidad más peligrosa: la de un poder que ya no necesita oposición porque ha logrado convertir toda oposición en capítulo anticipado de su propio relato.

Esto no es historia monumental, colegas míos. Es taxidermia. Un pueblo no venera a sus muertos: los rellena, los barniza y los instala en el vestíbulo para no tener que escuchar lo que todavía podrían reprocharle.

La memoria histórica, esa nueva divinidad de los urbanícolas, no es inocente. Toda memoria pregunta: ¿qué debe permanecer? La memoria institucional ya conoce de antemano la respuesta: debe permanecer aquello que legitima al custodio del archivo. Y si un recuerdo no se deja archivar, si una herida no cabe en la efeméride, si un campesino, una mujer, un soldado o un niño contradicen el libreto, entonces se los llama “casos complejos”. La burocracia ama la complejidad porque le permite conservar intacta la maquinaria.

Os hablo, por tanto, de la plastische Kraft: la fuerza plástica de una cultura, su capacidad de digerir, transformar, cerrar heridas y, cuando es necesario, olvidar. Olvidar no significa absolver. Significa rechazar el chantaje del cadáver. La historia sólo sirve a la vida cuando el vivo puede usarla sin convertirse en su portero.

También el muralismo mexicano ha cometido su crimen luminoso. Ha querido dar cuerpo al pueblo, y a menudo le ha dado peso. Ha cubierto muros, escaleras, palacios y secretarías con una saturación barroca que confunde escala con grandeza y volumen con destino. El espectador entra en esos edificios como quien entra en una digestión ajena: campesinos gigantes, obreros musculosos, sacerdotes deformeados, máquinas, fusiles, pirámides, volcanes, calaveras, conquistas, triunfos. No hay pared: hay asedio.

Siqueiros fue demasiado grande para obedecer del todo a su doctrina. Su pintura quiso movilizar al cuerpo, romper el cuadro, atacar al ojo desde todos los ángulos. Pero sus herederos hicieron de aquella violencia una tapicería cívica. La anécdota ocupó el espacio público. Todo debía ser narrado, explicado, alegorizado, monumentalizado. El muro dejó de ser una superficie y se volvió tribunal.

Frente a ese espesor telúrico, yo reclamo la ligereza libertaria de la vanguardia: no la frivolidad, sino el salto; no la amnesia publicitaria, sino la facultad de escapar del monumento antes de que el monumento os aplaste. Una cultura fuerte no necesita pintarse entera sobre una pared. Tolera el vacío. Tolera una línea, una pausa, un gesto sin policía interpretativa.

***
Al terminar su intempestiva (quiero decir, su conferencia), Nietzsche se fue a caminar por el malecón con una guayabera rosada a tono con su bigote encendido. Se detuvo frente a la pesada estatua de Venustiano Carranza, situada en la plazuela ante el Faro. Los militares de Marina lo miraron con sospecha. Nietzsche desafió la prohibición de beber en público. Sacó entonces una cantimplora con coñac adentro. Un filósofo no debe declarar ante el Estado la composición de su pequeña reserva metafísica. Encendió un cigarro de San Andrés Tuxtla, y dejó que el humo atravesara la brisa salada. Entonces murmuró en alemán (yo de inmediato saqué mi libreta y traduje):

—El problema no es que México tenga demasiada historia. El problema es que la Historia ha aprendido a patrullar.

Después bebió. Carranza no se movía. El faro tampoco. Los jarochos locales y los turistas y los estudiantes del Congreso, que habían sacado el teléfono para fotografiar al extranjero, guardaron por un segundo el aparato y descubrieron, con terror, que el pasado no le estaba pidiendo una selfie.

La historia que no puede ser quemada, discutida ni olvidada a tiempo se convierte en policía. En Policía y Pedagogía. 

Marlowe en busca de Siqueiros: «América Tropical Oprimida y Destrozada por los Imperialismos» (Los Ángeles, 1932)

Sebastián Pineda Buitrago, "Marlowe en busca de Siqueiros: «América Tropical: Oprimida y Destrozada por los Imperialismos» (Los Ángeles, 1932)", Proteo 4 (septiembre, 2026)


Vista panorámica desde la terraza del Italian Hall (Plaza Art Center, Olvera Street, Los Ángeles) poco después de su inauguración y antes del blanqueamiento sistemático. En primer plano, Roberto Berdecio. Fotografía histórica de ca. 1932, cortesía de The Getty Research Institute / SOMAAP.



Documentar la creación y destrucción de América Tropical oprimida y destrozada por los imperialismos, el gigantesco mural de veinticuatro metros de rabia antiimperialista pintado por el comunista mexicano David Alfaro Siqueiros en el corazón de Los Ángeles, exige algo más que un historiador. Exigiría un tipo rudo como Philip Marlowe, el detective privado de origen californiano creado por el escritor Raymond Chandler tras la Gran Depresión, y la máxima figura de la novela negra (hardboiled) estadounidense. El mundillo del arte es de lo más corrupto, y Marlowe es cínico, solitario, incorruptible, gran jugador de ajedrez y buen lector de poesía.

Para Philip Marlowe, el caso de América Tropical arranca con una anomalía intolerable: ¿cómo es posible que en pleno Los Ángeles de 1932, la capital más boyante  y burguesa de los Estados Unidos, cuartel general de la industria del ensueño de Hollywood y sede de las Olimpiadas, aparezca de pronto un mural comunista de veinticuatro metros de ancho que planta un patíbulo antiimperialista en el corazón de la ciudad? Marlowe sabe que detrás no hay una mera pandilla de gánsters grafiteros, sino una operación de sabotaje ideológico ejecutada a la luz del día, bajo las narices de los mismos mecenas que pretendían prestar los muros al folclore mexicano como sedante para amortiguar el colapso de la Gran Depresión.

Al seguir la pista, Marlowe tendría que interrogar primero a Miss Nelbert Chouinard, una matrona del refinamiento californiano cuya academia, la Chouinard School, atraía a señoritas de buena familia de Pasadena para venderles la ilusión de pintar con el estilo del Mexican curious: sombreros de paja, vasijas de barro y frescos pastorales a lo Diego Rivera. Le daría risa comprobar que el crítico de arte neoyorkino asentado en Hollywood, Seymour Stern, celebrara que Siqueiros  infiltrara de comunismo a la Chouinard School, "uno de los manicomios más conservadores del arte burgués" («one of the most conservative art asylums in the United States»), según declarara a la la revista argentina Contra (julio de 1933). Así fue: Siqueiros desobedeció el programa de caballete, formó el Bloc of Mural Painters y reventó la escuela desde adentro ejecutando en el patio exterior Mitin Obrero.

Menos mal tal mural, en el que un líder sindical afroamericano, negro, arenga a trabajadores blancos frente a la mirada atónita de la policía, fue rápidamente clausurado. Pero al cabo, en plena Plaza Art Center, aparece el más escandaloso mural, América Tropical: Oprimida y Destrozada por los Imperialismos. 

El 9 de octubre de 1932, al retirar los andamios, los snobs de Pasadena y de Hollywood no descubren el paraíso tropical por el que habían pagados (esperaban ver palmeras, cocos, loros, guacamayas coloridas), sino una alegoría carnal de la violencia colonial: un cuerpo lacerado, desnudo, atado a una doble cruz, doblegada bajo las garras feroces del águila del capital monopolista estadounidense. La sensualidad del cuerpo no aplaca el horror; intensifica el ultraje y lo vuelve intolerable. En el extremo superior derecho, por si fuera poco, Siqueiros dibujó dos francotiradores campesinos asomándose entre la selva con los máuseres listos para liquidar al rapaz. El sabotaje estaba consumado.

¿Quién permitió semejante mural? ¿Acaso el mismo que lo mandó a destruir? Lo que Philip Marlowe se preguntaría, encendiendo un cigarrillo frente al callejón de Olvera Street, no es por qué la policía tapó el fresco, sino quién financió semejante mural: ¿acaso los mismos mecenas que terminaron pagando las cubetas de cal para borrarlo? El detective descubriría que Siqueiros operó como un saboteador militar en territorio enemigo. Se metió al bolsillo a la Consolidated Rock Products y a la Atlas Portland Cement Company para que le regalaran la arena y el cemento blanco de fraguado rápido; sentó a los arquitectos Richard Neutra y Sumner Spaulding para calcular la distorsión del muro y calibrar la línea de tiro visual del automovilista que subía por la calle; usó epidiascopios mecánicos para proyectar de noche fotografías de mítines obreros sobre el ladrillo; y, con lijadoras y aerógrafos industriales donados por la Bings Manufacturing Company, disparó ráfagas de pigmentos y silicatos a presión de artillería. Las corporaciones de Los Ángeles habían pagado el blindaje, la pólvora y el pertrecho de su propio atentado.

Ante esa jugada, en el colmo del cinismo y la inteligencia, Marlowe terminaría sentándose en un cuchitril de mala muerte a vaciar una botella de whisky barato con Siqueiros. Ambos conocían las cloacas del poder. 
***


En el documental de California Educational Television, América Tropical: The Martyr Mural of Siqueiros, hay un segmento (minuto 18:05) que rescata la voz de Siqueiros (tomada de la histórica entrevista que le realizó Jesús Salvador Treviño en 1971) contando lo realmente había pasado sobre el encargo y la posterior destrucción:

«Querían que pintara una América tropical de fantasía, un paraíso de postal con palmeras, papagayos y hombres durmiendo bajo los árboles. Para mí, la América Tropical no era eso: era la tierra del indio explotado, perseguido y crucificado por los imperialismos. Por eso pinté al peón atado a la doble cruz y coronado por el águila de las monedas norteamericanas... Sabía muy bien lo que sucedería después».

Al ser preguntado directamente por el blanqueamiento (whitewashing) sistemático del muro, Siqueiros precisa:

«No soportaron ver la verdad en su propia casa. Bastaron unos días para que vinieran con la cal. Primero taparon lo que se veía desde la calle comercial y luego cubrieron todo el muro. Fue una orden directa de los dueños del dinero y de las autoridades locales que no podían tolerar una acusación política contra el imperio».

¿A quién culpa exactamente Siqueiros del blanqueamiento? Fiel a su formación marxista y a su lectura materialista, Siqueiros señala a una tríada de culpables articulados. Culpa a los promotores y comerciantes del Plaza Art Center y del comité de Olvera Street encabezado por Christine Sterling, respaldados por el zar inmobiliario Harry Chandler (dueño del Los Angeles Times). Ellos buscaban una escenografía dócil y pintoresca para atraer dólares del turismo durante la Gran Depresión y se encontraron con una denuncia visual de la explotación colonial. Denuncia la intervención de las autoridades locales y los escuadrones policiales, quienes primero obligaron a cubrir la sección visible desde la arteria pública (los guerrilleros apuntando al águila imperial) por considerarla «sediciosa» e incitadora al desorden obrero, para luego ordenar o permitir el encalado de los 24 metros del muro. En última instancia, Siqueiros concluye que la orden de blanquear el mural provino de la intolerancia ideológica del capital monopolista anglosajón. 

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Pero Marlowe sabe que ningún comunista conspira por mero amor al arte: conspira para que el Estado o un mecenas burgués le aseguren una plataforma donde comer. Cuatro años antes, en mayo de 1928, el pintor Siqueiros desfilaba por Moscú como cabecilla de la delegación mexicana en el IV Congreso de la Profintern. Allí aprendió de Stalin la receta del Tercer Periodo: liquidar a la oposición reformista como «socialfascista» y acelerar la confrontación radical de masas. No era mística proletaria; era un manual de asalto al monopolio.

Tras purgar siete meses en el Palacio Negro de Lecumberri por armar zafarranchos el 1 de mayo de 1930, Siqueiros convirtió su confinamiento judicial en Taxco en el cuartel general del escándalo. Allí vio a Serguéi Eisenstein encuadrar campesinos y pirámides con lentes gran angulares y contrapicados brutales mientras el cineasta soviético devoraba el dinero del socialista millonario Upton Sinclair. Siqueiros aprendió la lección publicitaria de inmediato: si la élite pagaba por el vértigo, el muro debía ser un fotograma sin celuloide que vendiera revolución con la misma estridencia con que Hollywood vendía cosméticos. En febrero de 1932 violó su arraigo para reventar su exposición en el Casino Español con Rectificaciones sobre las artes plásticas en México: tachó la pintura pura de vicio burgués y, con esa coartada teórica bajo el brazo, logró que el director de cine Josef von Sternberg le financiara la fuga y le abriera la frontera hacia California.

Acaso el desenlace de América Tropical encuentra su clave literaria en La vorágine (1924) del colombiano José Eustasio Rivera, pues la selva que rodea a la mujer morena y sensual crucificada no es un suvenir folclórico, sino la fosa común del capital internacional extractivista que vigila la explotación con el águila imperial de las monedas estadounidenses.

La policía de Los Ángeles despachó a sus brigadas de cal para borrar primero los fusiles de los guerrilleros y, hacia 1934, sepultar los 24 metros del muro bajo una sábana blanca. Siqueiros fue deportado al expirar su visado.

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Si Philip Marlowe empujara la puerta de cristal del Centro de Interpretación el 9 de octubre de 2012 —exactamente ochenta años después de la noche en que los andamios cayeron sobre la calle Olvera—, no necesitaría desenfundar su revólver. El viejo detective subiría las escaleras de acero hasta la plataforma de observación techada por un dosel de vidrio y vigas industriales. Frente al espectro mineral estabilizado al milímetro por el Getty Conservation Institute y la burocracia municipal, Marlowe encendería un fósforo, miraría el muro y entendería la ironía final del caso.

 Los mismos herederos del capital monopolista que en 1932 financiaron a Christine Sterling y aplaudieron el blanqueamiento del mural gastaron décadas y millones de dólares en examinar cada poro del cemento blanco Portland, midiendo la degradación química, los daños por terremotos y el hollín de los automóviles. Trataron el atentado como una escena del crimen que debía preservarse sin resolver jamás.

Abajo, en el callejón de Olvera Street, la farsa que Marlowe detectó en 1932 sigue intacta. Los turistas compran calaveras de azúcar, sarapes sintéticos importados y margaritas heladas en vasijas de barro, mientras suben fotos desde sus teléfonos  a pocos metros del patíbulo antiimperialista. El Mission Myth sobrevivió al siglo; solo tuvo que incorporar la ruina del comunismo como una atracción turística más en el menú.

Apoyado en la barandilla de la terraza, Marlowe comprendería que Siqueiros, al final, ganó y perdió la partida al mismo tiempo. Perdió porque la máquina del capital que denunciaba absorbió su dinamita visual, la esterilizó bajo vidrio templado y la convirtió en patrimonio cultural protegido contra sismos. Pero ganó porque ni ochenta años de cal, smog, sol californiano e hipocresía institucional lograron borrar el plomo de su arquitectura en la ciudad más desmemoriada del mundo.
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Bibliografía consultada

Cantú, Roberto, ed. Mexican Mural Art: Critical Essays on a Belligerent Esthetic. Newcastle upon Tyne: Cambridge Scholars Publishing, 2021.

Goldman, Shifra M. «Siqueiros y los muralistas del Bloc: El experimento de Los Ángeles, 1932». Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 14, n.º 53 (1984): 119–133.

Herner, Irene y Mónica Ruiz, coords. Siqueiros documentado. Testimonios de un proceso creativo. Ciudad de México: Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2024.

Rainer, Leslie, Susan Macdonald, Mitchell Hearns Bishop y Christopher Gray. «The Conservation of David Alfaro Siqueiros' América Tropical: A Decade of Research and Treatment». APT Bulletin: The Journal of Preservation Technology 43, n.º 2/3 (2012): 5–14.





Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977

 Sebastián Pineda Buitrago, "Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977", Proteo 3 (agosto, 2026) 




Vi esta película en una pantalla de seis pulgadas incrustada en el respaldo de enfrente, a treinta mil pies de altura, mientras volaba entre Ciudad de México y Bogotá. A medianoche cualquier rectángulo iluminado se convierte en cine, y me sumergí en el Brasil de 1977, en el clima espeso de Guerra Fría, dobles agentes, empresarios, activistas.  

Wagner Moura (ese rostro ya codificado globalmente como Pablo Escobar por el aparato seriado de Netflix) aparece ahora reconvertido en otra clase de operador secreto: no de cocaína, sino de información y lealtades. Moura protagoniza un irónico thriller político: un hombre atrapado en la maquinaria opaca entre entidades públicas y negocios privados; entre el activismo izquierdista, unas veces tolerado y auspiciado por el Estado, pero otras veces perseguido y masacrado por otra rama del Estado que cohonesta con empresarios corruptos. 

Estamos en 1977. En las oficinas públicas todo el mundo fuma. La narración avanza por ese aire espeso; la paranoia no se dispara en persecuciones espectaculares, sino en la acumulación de detalles burocráticos; la pierna lanzada al río, sin nombre ni biografía, es sinécdoque. Esa pierna es el pedazo que basta para entender que el resto del cuerpo ya ha sido entregado a una estadística, a un expediente. 

Como para mí el cine político latinoamericano no es ninguna ficción lejana, sino un expediente familiar, voy a profanar mi reseña sobre O Agente Secreto proponiendo una suerte de remake colombiano.  Wagner Moura se parece a mi padre en 1977: el bigote de galán de telenovela, de latin-lover. 

***

Borrador del guion-remake

Una bruma de río se pega a los racimos de banano. Las grúas chirrían. Un carguero extranjero respira, inmóvil, frente al golfo. Un hombre joven baja de una avioneta: camisa floreada, gafas oscuras, cabello demasiado largo para la zona. Habla con el acento de Medellín.

Es EL AGENTE.

Un capataz lo conduce a una oficina con aire acondicionado. Dentro, tres empresarios contemplan un mapa: fincas, ríos, carreteras; líneas rojas hacia el mar.

—Aquí no necesitamos muchachos que lleguen hablando de sindicatos —dice el mayor, sin levantarse—. Ni de reforma agraria. Ni de Vietnam.

El Agente mira el mapa. Enciende un cigarrillo.

—No vengo a hablarles de Vietnam. Vengo a decirles que ya llegó.

Silencio. Afuera, los obreros descargan cajas sin saber qué contienen. Un empresario golpea la mesa.

—Sus amigos están agitando a la gente. Huelgas. Grafitis. Música extranjera. Marihuana. Eso destruye la disciplina.

El Agente sonríe con cansancio.

—La disciplina ya está destruida. Ustedes solo no han recibido el telegrama.

Se acerca al mapa. Señala el muelle, después las rutas interiores, luego el golfo.

—Quieren sacar mercancía nueva sin que nadie pregunte. Pero necesitan jóvenes que sepan bailar, repartir panfletos, fumar delante de los curas y hablar de libertad. Necesitan una contracultura que parezca revolución y una revolución que pueda caber en una caja.

Los empresarios intercambian miradas. El mayor apaga el ventilador. De pronto, el zumbido del trópico entra completo en la oficina.

—¿Y usted de qué lado está? —pregunta.

El Agente mira por la ventana: racimos de banano, lodo, hombres doblados bajo la carga.

—Del lado del que todavía no ha sido comprado.

CORTE A NEGRO.

Hágale, pues. Revolución con bareta. Negocio redondo, patrón..

***

En mi película filmaría muchas tomas aéreas: selvas de banano extendidas como un tapete verde; el río Atrato explayándose en ciénagas, brazos marrones, besando de lodo el golfo de Urabá. Filmaría la aduana de Turbó, ese pueblo extraño y ardiente situado por debajo del nivel del mar. Bodegas y muelles de infraestructura precaria, oxidada; barcos que cargan banano, maquinaria. Droga. Dragas. Grandes empresarios capaces de negociar banano, dragados, contratos con Europa y silencios forzados en la costa. 


Y en esa costa, el asesino de mi película saldría de entre el personal más mal pagado de los muelles, azotado por capataces, deseoso de vengarse matando a quien sea, con tal de no trabajar más en la plantación ni en el muelle húmedo y maloliente, donde el banano se embarca de madrugada. Tendría la mirada del Marte de Velázquez: ojos que no son psicología, sino guerra concentrada. Ese personaje, extraído de un imaginario de infierno industrial y portuario, cruzaría los ríos a bordo de lanchas rápidas, aparecería en las fincas bananeras, negociaría con capataces y mandos medios. La pierna del Brasil dictatorial se convertiría aquí en un resto arrojado al Atrato, flotando lentamente hacia las ciénagas. 

Yo haría como el director Mendonça Filho: compondría mi relato con una cámara que rehúye el subrayado melodramático, prefiriendo la ironía seca y dejando que el absurdo político surja de la lógica interna de las escenas. Que el asesinato no sea espectáculo, sino trámite burocrático, como en La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, pero sin ese narrador monolítico. 

***



Las ruedas del avión tocan la pista de El Dorado justo cuando la película se acaba. Las luces se encienden. 

La humanidad en invierno demográfico: la paradoja de Plotino y el taxista




Informe de Observación 14-X 

*[Ensayo de ciencia ficción]

En el año terrestre 2026, nuestros observadores completaron la tercera fase de seguimiento de la especie humana. El dato más llamativo no fue una nueva guerra ni una plaga inédita, sino algo más silencioso: los humanos han empezado a dejar de nacer. Las cunas se vacían mientras se multiplican los tribunales de familia, los protocolos de género, las plataformas de citas y los consultorios de terapia. El planeta no ha perdido su capacidad biológica de engendrar; ha perdido, más bien, la confianza simbólica en hacerlo.

En sus ciudades llamadas “occidentales”, comprobamos una paradoja de alto refinamiento: cuanto más se habla de derechos reproductivos, menos niños hay en los parques. Las parejas –cuando llegan a formarse– caminan sobre un suelo minado de contratos, cláusulas, capturas de pantalla y posibles denuncias. No se trata de la antigua prudencia campesina (“no tengamos hijos porque no hay qué darles de comer”), sino de un miedo más sofisticado: “no tengamos hijos, porque el Estado y los tribunales acabarán sentados en nuestra cama”. 

No pretendemos sugerir un retorno a patriarcados fósiles ni a familias forzadas por hambre o dogma. Detectamos, eso sí, una curiosa simetría: muchas mujeres cargan la herida de haber crecido sin padre; no pocas, ya adultas, reproducen ese vacío en sus hijos, pero atribuyendo toda la responsabilidad al hombre que intentó quedarse. Un sistema judicial “sin padre”, como describe uno de los comentaristas locales, completa la faena.

Uno de nuestros informantes, un taxista latinoamericano, lo expresa con brutal claridad en su lengua coloquial: «Pero usted dígame, hermano, quién quiere tener hijos si, a la menor provocación, lo demandan a uno por alimentos, la ex mujer de uno se empodera y sostiene a otro cabrón con lo que uno le paga?». El traductor automático, turbado, dejó “cabrón” en el original.

Uno, uno, uno. ¿Se refiere al Uno de Plotino? A Plotino, que no era de este mundo como Jesucristo, nosotros lo trajimos. El taxista ignora quién es Plotino, pero sí que conoce al Crucificado. Plotino, le decimos, no se queja contra el sistema judicial;  estaría harto de pleitos por alimentos y se cansaría de toda esta película, pero pronto se olvidaría de eso porque él busca el origen absoluto de todo, más allá incluso del ser y del pensamiento. Del Uno emanan primero el Intelecto (las Formas) y luego el Alma del Mundo. El Uno no tiene cuerpo, ni partes, ni pasiones; no “piensa” como nosotros porque está más allá de toda distinción sujeto/objeto. Todo lo existente tiende a retornar al Uno, como un río que busca el mar: la mística neoplatónica es, básicamente, ese regreso.

Amigo taxista. Vea. Para nuestra especie, el Uno es algo muy familiar: una singularidad previa al Big Bang, un punto de densidad infinita de realidad del que brotan todas las dimensiones, leyes y conciencias. Ningún “señor en el cielo”, sino el código fuente último de la simulación cósmica. Lo desconcertante, se lo decimos clarito, es que los humanos parecen empeñados en confundir el código con los errores de programación: egos, pleitos, demandas, chats larguísimos a las tres de la mañana.

La retórica del “cuidado” convive en este bípedo con una práctica frecuente del sacrificio. Todas sus religiones son sacrificales. La del capitalismo también. En nombre de proteger a la criatura, se destruye al progenitor no custodio; en nombre de la autonomía femenina, se toleran sin pestañear relaciones de poder de laboratorio. Mientras tanto, el padre que lleva a la niña a piano y equitación es enviado a talleres psicoeducativos por videoconferencia. 

El resultado es un claroscuro demográfico: menos parejas que se arriesgan a fundar casa, más individuos que optan por viajes, mascotas, amantes rotativos y, cuando mucho, un hijo único convertido en terreno de batalla simbólica. Desde nuestra órbita, la ecuación es simple: cuando la procreación se percibe como puerta de entrada a un campo de minas legal y sentimental, la racionalidad mínima sugiere no cruzarla.

Judicializar cada desencuentro amoroso deconstruye un ecosistema poco propicio para la llegada de nuevos habitantes. Llaman a esto “progreso”; en nuestra clasificación es una forma elegante de autoboicot reproductivo. Quien observa con telescopio no ve empoderamientos luminosos, sino una coreografía agotadora de seres cansados que, en lugar de cortar el cordón umbilical, lo conectan a cuentas bancarias, contraseñas de Zoom y capturas de WhatsApp.

Quizá, dentro de algunos ciclos solares, los arqueólogos de otra especie encuentren sus retablos, sus novelas, sus sentencias y sus blogs, y concluyan que los humanos del siglo XXI no murieron por falta de tecnología ni de medicinas, sino por una extraña combinación de orgullo, miedo y litigio. Entre los restos, tal vez aparezca el registro de una madre y un padre que, tras muchas batallas, descubrieron algo casi revolucionario: que el mejor servicio que podían hacer a su causa no era ganar el último recurso de apelación, sino permitir que la niña creciera en paz, sin convertirla en paradigma, ni en víctima ejemplar, ni en caso de estudio.

Fase reguetonera del capitalismo tardío 2.0.: Quevedo en Panamá




Preludio 

Si en el siglo XVII el hit que configuraba el deseo era “Amor constante más allá de la muerte”, en marzo de 2026 el hit también sigue siendo de Quevedo —pero el canario—: “Quédate” dicta, durante tres minutos, las leyes del sexo, de la ley y del mercado. 

El reguetón es la fisiología del capital: el latido sonoro con el que el mercado sincroniza cuerpos, flujos y hormonas. También es la venganza inesperada de un Imperio hispanoamericano caído y emergente a la vez, que ya no necesita fragatas ni virreyes, sino bajos profundos y plataformas de streaming. 

Soy profesor de antropología y teoría de los medios; se supone que debo dar ejemplo de seriedad. Citaré a  Friedrich Kittler para justificarme, para decir que la música es la que llama (rufen) al comercio y que los verdaderos tratados de geopolítica se bailan antes de escribirse, y así preludiar el diario de mi viaje relámpago a Panamá.

 8 de marzo de 2026. Casco histórico de Panamá
 
Gabby emerge de las aguas del del Canal como una Afrodita panameña de treinta y tantos. Sonrisa custodiada por dos hoyuelos divinos. Por su escote generoso naufraga mi seriedad académica. Su piel, en ese umbral exacto entre la sombra morena y la luz blanca, se vuelve el pergamino donde el sol ha escrito su mejor poema

Gabby posee un castellano riquísimo, lleno de verbos inesperados. Expresiva, su acento  es un puerto libre. Oigo en su voz ecos limeños, dulzura caleña, cierta rapidez del guayaquileño y ese golpe de mar del barranquillero y el cartagenero. La voz de Gabby es una cartografía sonora del continente, una frecuencia que fluye sin aduanas, la unión del Pacífico y el Caribe hispanoamericanos.




Al caer la tarde subimos al bar-terraza del Bay View, desde donde el casco histórico flota como un pedazo de Cartagena de Indias, del Callao o de Buenaventura: fachadas coloniales apretadas unas contra otras, torres de iglesia y tejados rojizos rodeados por un cinturón de roca y espumas. Un enclave barroco rodeado de mar. Más allá, la bahía de Panamá se abre en un semicírculo interminable, recorrida por la cinta costera y la fila inmóvil de barcos anclados. Al anochecer, la lámina del océano espejea los rascacielos. 

A medianoche, entonados por los mojitos, cantamos ella y yo al unísono, a grito herido, la segunda estrofa de “Quédate”:

“Se pintaba los labios
y la copa como espejo,
se acercó poco a poco
y yo queriendo que me baile.
Luego me dijo:
‘Vamos, que te enseño Buenos Aire’…”

Si Quevedo confiaba en que su alma seguiría amando cuando su cuerpo fuera “polvo enamorado”, pues la eternidad se figuraba como superación de la ley severa de la muerte, el otro Quevedo, el canario, se conforma con desafiar la ley severa del amanecer: 

“Perreamo' toda la noche y nos dormimo' a la die'
 Ando rezándole a dios pa' repetirlo otra ve'”

Y al terminar la canción, como si obedeciéramos a la letra, bajamos los 28 pisos y salimos a la noche húmeda, rodeando el mercado de mariscos. Vigilantes con radio custodiaban una aduana somnolienta. Gatos negros fornidos, como panteras, se deslizaban como en sueños patrullando el perímetro. El Casco —así le dicen aquí— está saturado de discotecas que bombean reguetón y salsa a volúmenes industriales. 

Entramos en la cervecería La Rana Dorada, y ella pide una porter negra mientras yo me aferro a una pale ale.
​
Gaby, soltera y amiguera, me habla sin rodeos de sus aventuras, de su elección de tener más amigos hombres que mujeres. 

“Las mujeres somos capaces de dar vida –y hace el gesto de parir, de dar a luz– pero también de destruirlo todo con tal de mantener el control”. 

Con esa sentencia, Gaby no hizo más que resumirme la vieja guerra fría entre Atenea y Afrodita: parir o gobernar, placer o control, útero o asamblea. 

No recuerdo si llegué a darle a Gaby el concierto completo de Kittler, enumerando verticalmente los cinco capítulos de su Musik und Mathematik, ese bello libro inacabado: 

1) Hellas, 

2) Afrodita y Eros, 

3) Minne (amor medieval cortés), 

4) Liebe (amor romántico), 

5) Sex (otras formas del amor).

 Vivimos en el quinto, en la era del reggeton.  Hablar de amor es difícil porque los dioses se retiraron desde Cristo. Él nos dejó encerrados en un monoteísmo varonil.  Cristo vino a destruir las obras de la Triple Diosa lunar que gobernaba el Mediterráneo (Robert Graves, Rey Jesús). 

Afrodita reemplaza a Atenea (la casta) como una coartada para excluir a las mujeres de los ritos religiosos y de las escuelas. 
Afrodita anuncia el monoteísmo. 

Salimos de La Rana Dorada y la letra del reguetón seguía martillándome la cabeza: 

“y nos fuimos en Uber al apartamento 
 en privado me pedía que le diera un concierto 
le dije que por meno’ de un beso no canto. 
Y nos fuimos en una empezando a la una…”. 

En el apartamento, ya sentados en el balcón, el único beat era el del mar: el del canto IV de la Odisea, verso 430, “nos rendimos al sueño escuchando el romper de las aguas marinas[thalássos]”.

Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G

Sebastián Pineda Buitrago, "Fase reguetonera del capitalismo tardío: la influencia académica de Karol G", Proteo 0 (marzo, 2026)


Etnografía imaginaria*

Prefacio

Si, como repiten ciertos historiadores de los medios (Kittler, Marcel Mauss, Auserón), el canto constituyó el modelo para el intercambio comercial mucho antes de la acuñación de monedas –la voz que ofrece, promete, seduce, negocia–, entonces música y comercio han caminado siempre de la mano. 

En la fase reguetonera del capitalismo tardío, las tiendas y plazas comerciales ya no necesitan acuñar moneda ni demasiada publicidad: basta con sumergir al cliente en la atmósfera sonora de Karol G para activar el circuito deseo–compra–selfie. 

En el departamento de Antropología solemos hablar de “recintos sombríos” ("grim enclousures") para referirnos a colonias, asilos, campos de concentración: esos laboratorios de humanos donde la modernidad afina sus algoritmos de obediencia.

 Leyendo el libro de Geoghegan, veo que se puede montar un "grim enclosure" con reguetón, plazas académicas y departamentos amueblados con Ikea.

En lo que sigue, transcribo fragmentos del diario de campo de una antropóloga amiga que observa a otra colega fascinada por las letras de Karol G. 

Diario de campo: 

Mi colega –llamémosla Karo, por fidelidad musical– se convirtió en otro sujeto etnográfico el día que firmó su plaza de investigadora en una universidad pública de provincia. Hasta entonces era una antropóloga más: seminarios sobre género, papers en revistas indexadas, becas bien viajadas. El contrato indefinido fue su “ya estoy free”:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free / puesta pa’ revivir viejos tiempos...” 

Por los audífonos de Karo, las lyrics de Karol G actuaron como mandato ontológico, no como estribillo bailable.
​
Recinto 1: dinamitar la casa 

Primero vinieron los escándalos domésticos: desaires metódicos al marido, sexo mínimo y malhumorado (“el coito como dispositivo de castigo diferencial”, lo llamaría en sus clases), performances nocturnos de “me estrello con el carro”, que mezclaban autolesión fingida y control de la agenda conyugal. Él leía en la sala, ella amenazaba en la puerta. 


Luego apareció el estudiante. Un muchacho aplicado al que Karo identificó de inmediato como material etnográfico y biográfico:

“Si antes te hubiera conocido / seguramente estarías bailando esta conmigo, no como amigos...”

De la Karol de los estadios a la Karo de las aulas y las plazas, lo traducción sería: “si antes te hubiera conocido, tú serías el marido y no este señor que me consiguió casa, hijo y escalafón, pero me recuerda cada día que no me hice sola”.

Finalmente,  le decretó el divorcio al profesor con el que se había casado y tenido un hijo que ya contaba con ocho años, pero no se conformó con dinamitar el matrimonio. Aunque el profesor aceptó todas sus condiciones, incluyendo la pérdida de su nutrida biblioteca, Karo se irritó por tanta serenidad. Con todo, ella tenía que ser discreta con la fase dos del experimento. 

Recinto 2: la jaula del hámster-estudiante

El laboratorio se armó rápido. Ella alquiló una pocilga en una calle empinada de la ciudad –lo llama “loft”, pero huele a humedad y fritanga– y lo instaló allí. Él, como buen hámster, aceptó las condiciones:
ella paga la jaula, promete viajes, contactos, cartas de recomendación, pero fija fronteras: “todavía no es tiempo de vivir juntos, ni de conocer a mi hijo de nueve; qué va a pensar, que cambié a su papá por un chamaquito”.

El estudiante rueda en su rueda metálica (tesis, reseñas, favores, caricias a deshoras); ella entra y sale, como guardiana del zoológico humano descrito por los viejos antropólogos, alternando protección y privación, abrazo y portazo.
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La banda sonora es coherente:

“Taba con alguien, pero ya estoy free”, como declaración de independencia con patrocinio estatal;
“Yo me caso contigo / mi nombre suena bien con tu apellido / ‘toy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”, como fantasía de reescritura matrimonial siempre aplazada.

En la práctica, Karo no se casa con nadie: mantiene al ex-marido como proveedor oficial, al hámster como amante experimental y al hijo como rehén afectivo. La libertad reguetonera, traducida a régimen de plaza, significa “rotar de hombre sin perder el queso”.

La antropóloga dilapida su sueldo de investigadora de tiempo completo en camisetas y joyería premium con merchandising oficial de Karol G.  

El viaje a Madrid para ver a Karol G en el Bernabéu fue su rito de paso:

“Provenza” en Spotify, Provenza en Instagram,
“’toy free” en stories, marido y niño en casa, esperando el turno de convertirse en notas al pie de un paper sobre maternidades precarizadas.

Desde mi libreta de campo, el experimento se ve así:

Recinto 3: la "casa oficial"

Aquí Karo juega a ser madre intachable. El niño de nueve años –mi verdadero informante– la adora y teme a la vez. Sabe, sin saber, que si un día aparece un “tío” nuevo en la sala, su vida puede reconfigurarse en un fin de semana. El padre, expulsado primero del dormitorio y después de la casa, ha quedado reducido a figura de transferencia bancaria y a chófer eventual.


El estudiante no aparece en fotos familiares ni en chats de escuela. Es un sujeto en cautiverio: respira solo cuando ella abre la puerta. Karo le explica que todavía no puede integrarlo al ecosistema oficial porque “el niño quiere mucho a su papá y no quiero que piense que lo cambié por un chamaquito”.

 Traducción: mientras el ex financia casa y colegio, el hámster debe permanecer off–line.


Recinto 4: el campus y las redes


Aquí Karo es heroína feminista. En coloquios y asambleas narra su historia como la de una mujer que escapó de un matrimonio opresivo, se “puso free” y rehizo su vida con un amor puro con diferencia de edad. El hámster se vuelve alegoría; el ex, patriarcado; cualquier disidencia, violencia simbólica.

Los tres recintos se comunican por pequeños cables invisibles: chats borrados, fotos recortadas, rumores de pasillo llevan la noticia de su experimento a una velocidad que Karo prefiere no calcular.
​
Como antropóloga, debería limitarme a observar y describir. Como colega, a veces solo atino a pensar que el animal más cruel de este encierro no es el hámster, ni el ex-marido, ni siquiera la institución que paga el salario; es esa voz en la cabeza de Karo que le susurra, con base y autotune:

“’Taba con alguien, pero ya estoy free”,
“yo me caso contigo, estoy esperando el primer descuido pa’ presentarte como mi marido”.

Mientras tanto, el niño de nueve años aprende dos lecciones contradictorias: que su papá es prescindible y que su mamá nunca está del todo aquí. Él sí es el verdadero sujeto de prueba de este experimento sombrío.


Lack of affection: el «norte» en Xalapa


*Diario imaginario de un antropólogo en México


1
Aunque estudié en la Universidad de Vermont y mi aspecto engaña a medio mundo, no soy gringo: soy colombiano, y llegué a México hace quince años en trabajo de campo con mi profesor Mike, que a su vez fue alumno devoto de Oscar Lewis y de la antropología “de la pobreza”. No de la pobreza material, sino de una economía compleja del afecto: un régimen de carencia emocional tan sofisticado como cualquier sistema financiero. 
Anoche, en un bar de Xalapa, coqueteaba —torpemente, con mis cuarenta y tantos encima— con Gabby, sexóloga de barrio fino. Me tocó soportar a su amiga boba celebrar a Pablo Escobar como “un genio”, sólo porque había oído que yo era colombiano. La amiga mandaba a callar a su esposo: "cállate, pendejo". El pobre era un hombre bueno, apocado, sentado a su lado. Yo pensaba en la frase de mi profe Mike, aquella que soltó décadas atrás en Tapalpa, Jalisco, tras entrevistar a una familia rota por la migración y el alcohol: “I’ve never seen such a lack of affection.” México como un extraño planeta afectivo. 
No sé en qué momento quedamos solos Gabby y yo. El bar pronto cerraría. Y aunque ella parecía caerse de bruces, borracha por el mezcal, se negó a dejar su carro en el estacionamiento y a que yo la llevara. Ni madres, me dijo. Ella manejaría. Tengo práctica en manejar peda. Para no parecer tan ruda, me besó, agradecida. "Si quieres ir a mi casa y seguir chupando, sígueme en tu coche",  me ordenó.  A mí me gustan las mujeres con carro, me dije, las que se conducen solas, aunque vayan directo al abismo.
2
Gabby vivía en una primera planta encima de una tienda de abarrotes. Xalapa no es un valle sino una ciudad derramada sobre lomas y barrancas; aquí las casas se acomodan donde pueden, como piedras después de un derrumbe. 
Gabby estacionó su carro en lo alto de su casa, en la azotea; su casa estaba suspendida sobre un sótano luminoso, una primera planta ocupada por una tienda de abarrotes abierta las 24 horas. “Aquí arriba —dijo al dejarme pasar al estacionamiento, cerrar el portón y luego bajar conmigo por unas escaleras angostas— se oye todo el desmadre, todos los madrazos, cómo se mientan la madre y cómo se la rompen: puro desmadre”.
Al oírnos llegar, el perro ladraba. Al abrirle la puerta, el beagle salió disparado escaleras arriba. Por la ventana de la cocina lo vi mear en el tronco del ficus. 
Desde abajo, donde funcionaba la tienda de abarrotes, subía el zumbido de los refrigeradores. Era como un ruido de animales submarinos, pensé. En las paredes de la casa de Gabby, iluminados por las lámparas de neón, nadaban peces pintados: sierras, tiburones, ballenas, moluscos. "Los pinté para divertir a mi hija", me dijo. "Ahora la cabrona quiere ser bióloga marina". Su hija adolescente no estaba.
Mujer viene de molusco, dije como por decir algo. Y Gabby se emocionó con la etimología. Claro. De ahí la concha. La vulva. 
Gabby me invitó a seguir a sus aposentos. Quería enseñarme sus dos cuyes oblongos. Ocupaban casi medio estudio en celdas desproporcionadas, mitad jaula, mitad consultorio. Yo ya no sabía si Gabby era psicóloga-sexóloga, pintora o veterinaria. 
Luego volvimos a la barra de la cocina. Mientras yo me tomaba otra chela, ella preparó la cena para sus animales. La preparó como un rito aprendido largamente: de la nevera sacó zanahoria, hojas verdes, fruta, y las dispuso en el plato con una geometría que no alcancé a seguir. Seguía borracha, pero ya menos. Cada cuy recibió su porción exacta, como si llegara a una cita clínica distinta. El beagle miraba la escena en silencio, sin reclamar nada.
Mientras tanto, a través de la ventana de la cocina, el foco del patio a comenzó a parpadear —encendido, apagado, encendido— y el viento del norte agitaba el ficus. Por un segundo tuve la impresión clara de que el árbol nos estaba enviando un mensaje en código morse, y que sólo a los cuyes les correspondía traducirlo.
"Sabes, doy terapias aquí, en la casa. Vienen mujeres destrozadas porque sus maridos miran a otra, muchachas que se enredan con profesores casados, señoras fresas que a los cuarenta se sienten viejas y se acuestan con estudiantes en pocilgas."
Se sirvió a sí misma un poco de vino, mientras yo pasé al agua mineral.  "A veces solo quiero decirles: you’re not dying, you’re just heartbroken. Don’t drown in a glass of water", soltó en inglés, mirando a la nada. "¿Y por qué me hablas en inglés?", le pregunté. "Soy colombiano, no de Vermont.". "Porque, huey, todo suena menos serio en inglés".
El beagle se acomodó en el suelo, resignado a no ser acariciado. Los cuyes, en cambio, se mostraban inquietos. Sus ojos rojos brillaban con una conciencia extraña, casi humana. Sentí que algo en la casa se desplazaba cuando el viento aumentó su fuerza: el norte no solamente soplaba, parecía entrar por las rendijas y reorganizar los objetos.
Gabby habló durante horas. Yo intervenía poco, apenas una pregunta, un comentario, un asentimiento. El afecto es un recurso escaso: cada abrazo, un lujo; cada caricia, una factura.
En algún momento se cansó de sí misma y me miró a los ojos.

—¿Y tú qué onda? ¿Qué te gusta de México? ¿Cuánto llevas aquí? ¿Cuál es tu trauma?
Cuál trauma, le reclamé. Le conté la versión abreviada: que llegué siendo estudiante de antropología, siguiendo a mi maestro Mike a Jalisco, para hacer trabajo de campo sobre pobreza y familia. Que él venía fascinado por esa idea de que la pobreza no era sólo económica, sino una cultura entera, una forma de estar en el mundo atravesada por la falta, la desconfianza, el aislamiento.
Gabby bostezó, pero con interés. México es un gigantesco Kindergarten, agregué, recordando a Roberto Bolaño. Un país de adultos que se resisten a crecer. 
"Sí", dijo Gabby, casi dormida. "El síndrome del infantilismo perpetuo… puer aeternus."
"¿Sabes latín?", le pregunté. "No", respondió. En vez de eso, se levantó, miró al beagle, miró a los cuyes y me ordenó con una naturalidad abrupta:
– Hoy duermes conmigo. 
Feliz, me levanté a abrazarla por la espalda; se zafó un poco para preguntarme si ya le había dado de cenar a los cuyes y al perro. "Sí, ya", le dije. Entonces le ordenó al sistema operativo de Alexa apagar, uno por uno, los interruptores de la casa, salvo el del pasillo que conducía a su cuarto. El foco del patio volvió a parpadear, esta vez como si diera su bendición. Entramos a su aposento.
Gabby no quería “coger”. Lo dijo así, con una mezcla de pudor y protocolo. Pero una vez en la cama, la intención pareció cambiar de temperatura. Había una ternura rara, sin promesa y sin futuro, como el viento del norte que refresca pero no se queda.
Quedé contento, extrañamente sereno.

3

Al clarear, la casa parecía otra. La desperté y le pedí que me abriera. El cielo apenas se nublaba, pero la luz tenía una textura metálica. Desde su ventana al oriente, juraría que vi, a lo lejos, una fina línea brillante: la costa del Golfo de México insinuándose en el horizonte. Era absurdo: Xalapa no tiene mar.  Estelas de aviones cruzaban el cielo, como cicatrices luminosas.
Bajé a mi coche. Para salir de su colonia tuve que activar Google Maps. La noche anterior había seguido su carro, pero ahora las calles se cerraban como trampas. Me equivoqué de camino varias veces; metí reversa en callejones sin salida, rodeados de bardas húmedas. En una de esas maniobras vi a un encapuchado recogiendo con guantes de plástico algo aplastado en el asfalto. No supe si era un gato, una zarigüeya o un cuy. Y pensé en el más inquieto de los cuyes de Gabby; imaginé que se había escapado durante la noche, huyendo del experimento conductista que tal vez ella llevaba años ensayando sin confesarlo.
Xalapa limita con la selva. Xalapa es un laboratorio botánico donde las emociones se pudren más rápido que las hojas.
Más tarde, de regreso a mi hotel, encendí el celular. Mensajes, noticias, alertas. El nombre del Mencho rebotaba en todas las pantallas: abatido en un operativo federal en Tapalpa, Jalisco; bloqueos en carreteras; clases suspendidas hasta en estados lejanos. 
Me pregunté cómo regresaría a Ciudad de México si la autopista México–Puebla seguía bloqueada por incendios y enfrentamientos. 
Ahora se ha ido la luz en Xalapa. He bajado al súper a comprar velas. Sólo había velas de la Santa Muerte, de San Judas Tadeo y de la Virgen de Guadalupe. Ninguna “neutra”. Tuve que escoger devoción. Entre la violencia y el caos, ganó San Judas, patrón de las causas imposibles. 
Mis amigos politólogos me dicen por WhatsApp que la orden de abatir al Mencho provino de Trump y de Rubio. Pensé en los imperios y en su vieja estrategia: “La mayor virtud del César es hacer de sus fronteras un desierto”. Estados Unidos se alimenta de esta anarquía mexicana como de un recurso renovable.

4

Al anochecer, con la última luz del crepúsculo, he subido a la azotea de mi hotel. El norte sigue soplando más frío, más afilado. Miro hacia el oriente y, por un segundo, veo la línea del mar donde no debería haber mar. Tal vez era un error óptico. Tal vez Xalapa, en su falta de afecto, había decidido acercarse un poco al océano para sentir algo.