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mayo 22, 2026

Intervención en una defensa de tesis sobre La guerra de las galaxias (Star Wars)

 


La defensa de una tesis es uno de los rituales sagrados de la vida académica. 

Recientemente, tuve el honor de fungir como jurado en el examen profesional de Ana Cecilia Jiménez Cárdenas, cuya investigación etnográfica aborda un fenómeno tan ubicuo como espinoso: La experiencia afectiva del fan de Star Wars: identidades, prácticas y comunidad en la cultura digital. Debatimos si el vocabulario contemporáneo de los afectos, la pertenencia, el nicho de veras constituye una verdadera democratización cultural o si, por el contrario, funciona como un sofisticado analgésico frente a las contradicciones de la realidad material. 

Para abrir mi intervención en el tribunal, evoqué una vieja anécdota urbana. Si estuviéramos en Bogotá, le dije a Ana Cecilia, te presentaría con unos amiguetes que invirtieron y abrieron, durante algunos años en la llamada "zona rosa" de la ciudad, una discoteca —un antro, como decimos en México— bautizada como Naboo, el pacífico planeta de la saga galáctica. Uno de mis amigos, un tipo bastante fortachón, se apostaba en la entrada con radio-audífonos, filtrando con celo militar a los aspirantes a ingresar a la nave espacial-discoteca. Adentrarse allí era participar en un performance continuo: los fiesteros eran recibidos por figurantes con atuendos intergalácticos y espadas luminosos, con rayos, bajo un diluvio de tragos caros y promesas de inmersión total. De habértelos presentado, tu tesis se titularía De Naboo a Naboo: discotecas temáticas, conciencia de clase y fantasías reaccionarias en la cultura pop latinoamericana. 

Te estoy hablando del año 2003 o 2004. En una ocasión asistí a la disco de marras acompañado por un amigo historiador estadounidense, de inclinaciones sutilmente neoconservadoras. Tras contemplar el espectáculo, me confesó desconcertado que jamás había presenciado tal nivel de alienación fetichista: le pareció una suntuosa extravagancia para nerds gomelos (como se dice en Bogotá a los fresas o pijos). Detrás del brillo estroboscópico, nadie hablaba allí de una "clase media precarizada" consumiendo simulacros; el manto sagrado de la ficción servía para disolver, al menos por unas horas, la brecha salarial e histórica entre quien pagaba la mesa y quien servía las copas. ¿Es eso cultura popular o mera anestesia de la conciencia de clase?

La transición de esa disco de Bogotá al examen universitario en Xalapa resulta menos distante si se le mira a través de los ojos de Friedrich Kittler. El teórico de los medios enseña que toda discoteca moderna, con sus luces danzantes y su potencia acústica devoradora, no es sino una prolongación técnica de la Blitzkrieg de la Segunda Guerra Mundial. El rock y el entretenimiento nocturno son un exceso derivado del aparato militar. un subproducto: un by-product.  

Del mismo modo, la epopeya de George Lucas no nació en el vacío: se inscribió originalmente en las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría. Sólo que, si se escarba bien, sus raíces estéticas no están en la ciencia ficción, sino en la caballería medieval y en las fantasías románticas, antiizquierdistas y aristocráticas anteriores a la Revolución Francesa.

Pues son precisamente esas mitologías regresivas las que Heinrich Heine criticaba con agudeza al desmantelar el trasfondo ideológico conservador de los cuentos de hadas alemanes como Blancanieves.


La tesis de Ana Cecilia se movía con lucidez en ese filo. Por un lado, demostraba con rigor cómo los usuarios articulan en Reddit o TikTok comunidades afectivas genuinas ante los giros del canon o la muerte de un actor. Por el otro, mi réplica insistió en el punto incómodo: hasta qué punto el entusiasmo celebratorio de los Fan Studies no corre el riesgo de convalidar —ahora bajo avatares digitales e hilos de hashtags— un repliegue reaccionario que sustituye la acción política real por el consumo afectivo de imperios espaciales.

La literatura y la crítica contemporáneas ya no ocurren en la asepsia del texto, sino en la frontera donde los medios moldean nuestra sensibilidad. 


septiembre 21, 2018

Heine y la imagen de Alemania (contra el romanticismo)



Introducción 

Canetti y Borges y creo que también Roberto Bolaño, tres hombres tan distintos, dijeron que, así como el mar es el símbolo de los ingleses, el bosque era la metáfora donde vivían los alemanes. 
A semejante metáfora se opondría Heinrich Heine (1797-1856). Pues, hacia 1835, cuando el autoritarismo prusiano disolvió el movimiento de la Junges Deutschland Literatur, Heine se exilió de Alemania y se estableció en París. Allí descubrió que entre los franceses predominaba una idea romántica e ingenua de Alemania: un país sumido en bosques encantados, poblado de reyes buenos, duendes sabios, princesas melancólicas y filósofos en éxtasis. Madame de Staël, irritada ante los excesos de los revolucionarios, había contribuido a esa imagen idealizada. Pero su mirada era la de una viajera fascinada, no la de una pensadora rigurosa.
Alarmado y perplejo, Heine se dio a la tarea de escribir artículos para desmentir esa fábula amable. Su pluma fue un bisturí contra la hipocresía: quienes alababan la espiritualidad, la honestidad y la cultura alemanas, ignoraban –decía Heine– “nuestras cárceles, nuestros burdeles y nuestros cuarteles” (unsere Zuchthäuser, unsere Bordelle, unsere Kasernen). Ignoraban una maquinaria disciplinaria, una pedagogía policial, una industria de almas dóciles. El gran Heine denuncia el precio del idealismo, esto es, de que la dulzura del pensamiento abstracto puede disimular la brutalidad del poder real. Más que un romántico decepcionado, Heine es el precursor del intelectual moderno: aquel que rasga la superficie de los símbolos y obliga a escuchar el rumor oscuro bajo el follaje de la nación.

Francia vs. Alemania: guerras mundiales

Del mutuo entendimiento entre Francia y Alemania, para Heine, dependía el futuro de la humanidad. 
Heine no se limitó a corregir la postal romántica de Alemania; fue más lejos y lanzó una advertencia casi escandalosa para sus contemporáneos. Si Francia y Alemania no aprendían a entenderse, el genio especulativo alemán se convertiría en pólvora política y haría estallar Europa. Un siglo después, la historia se encargó de ilustrar su pesadilla con una fidelidad brutal.
Primero vino la guerra franco-prusiana de 1870–1871, cuando el proyecto de Bismarck unificó Alemania contra Francia y proclamó el Segundo Reich en Versalles, como una declaración de enemistad tallada en mármol. Después, en la Primera Guerra Mundial, franceses-ingleses y alemanes se desangraron durante años en las trincheras de Verdún, mientras la técnica industrial hacía del frente occidental una fábrica de cadáveres. Y, finalmente, en 1940, las tropas de Hitler entraron en París en cuestión de semanas: la vieja ciudad ilustrada fue ocupada por un ejército que convertía en rito político aquello que Heine había presentido en el bosque oscuro del idealismo alemán.
Heine sabía que ese desenlace estaba prefigurado en el siglo anterior. En la batalla de Jena (1806), las tropas napoleónicas habían expulsado a los últimos fantasmas medievales de los castillos alemanes:  duendes y princesas encantadas se encandilaron con las luces cortantes de la Revolución francesa. Pero, con la derrota de Napoleón en Waterloo (1815) y la restauración orquestada por la Santa Alianza, la historia dio un giro siniestro.
Heine lo narra con una ironía devastadora: “los alemanes recibimos la orden suprema de liberarnos del yugo extranjero, y así nos encendimos en cólera viril, indignados por haber soportado durante tanto tiempo aquella servidumbre, y nos entusiasmamos con las buenas melodías y los malos versos de las canciones de Körner, y conquistamos nuestra independencia: pues es sabido que nosotros hacemos todo lo que nos mandan nuestros príncipes.” (p. 81, traducción de Manuel Sacristán y Juan Carlos Velasco, Madrid: Alianza, 2010).
Ahí está la profecía desnuda: el nacionalismo alemán nace como una obediencia eufórica, como una orden de “ser libres” que se cumple con disciplina militar. 
Desde esa lógica, Jena y Waterloo no son solo fechas de manual, sino los dos ensayos generales de la catástrofe: primero se expulsan los fantasmas; luego se reinstala la servidumbre, pero esta vez bajo la bandera de la patria. El resto del siglo y medio alemán puede leerse como la expansión metódica de esa paradoja.

La verdadera Reforma protestante

En su polémico e irónico ensayo titulado  La escuela romántica [Die Romantische Schule, 1833-1836], Heine descree de que lo alemán tenga su origen en el ensueño medieval de los teutones o de los nibelungos, sin ningún contacto con Roma o el catolicismo. 
Es cierto que Alemania tuvo una Edad Media rica en cuentos populares, pero idealizar el medioevo era, para Heine, una actitud reaccionaria que anhelaba en el fondo retornar al Antiguo Régimen de príncipes y reyes. 
La escuela romántica se volvió hostil al espíritu francés y gloriaba todo lo que fuera tradicionalmente alemán en el arte y en la vida. La escuela romántica apoyaba las tendencias del gobierno y de las sociedades secretas.
El triunfo de una escuela nacional-germánico-cristiana-romántica, del arte-alemán-religioso-patriótico, se regodeó en la derrota contra Napoleón. Los señores August Wilhelm y Friedrich Schlegel, según Heine, "tan románticos y pequeños como Pulgarcito y el Gato con Botas, se erigieron como vencedores" (p. 81-82). Heine insistió en que la Antigüedad, el Renacimiento y la Reforma, así como también el Clasismo alemán desde Lessing a Goethe, conforman las tradiciones afirmativas que hay que propagar y robustecer. Porque, en contraste, la Edad Media y el Romanticismo son ramas "decadentes" que hay que extirpar para favorecer el Progreso de Alemania.
Y aquí viene lo más interesante. Para Heine, la verdadera Reforma Protestante no fue la de Lutero, sino la sensual y plástica del Renacimiento italiano, cristalizada por Miguel Ángel cuando éste pintó los frescos del Vaticano. 
Nietzsche lo sabía, y en El Anticristo (1895) le hizo la guerra a los teólogos alemanes disfrazados de filósofos  cuyo principal representante era Kant, a quien Nietzsche llama el "chino de Könisberg", pues eso de "primero el deber y luego el placer" no es sino el mandato de un mandarín oriental administrador de hormigueros. 

        Una teología solapada y terrorista

La Filosofía alemana es un Cristianismo materialista, más aun, un programa de acción, una máquina de matar, dijo Heine en su notas Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania [Zur Geschichte Der Religión und Philosophie in Deutschland, 1835]. La tesis inicial de Heine es que la filosofía alemana hay que verla, en buena parte, como un sustituto de la religión. Lutero, pues, es el primer "filósofo" alemán. 
Es posible que el Papa no se diera siquiera cuenta de lo que pretendía Lutero en 1517. El Papa andaba demasiado ocupado con la construcción de la basílica de San Pedro, cuyos costos estaba precisamente cubriendo con la compraventa de indulgencias, de tal modo que el pecado era la fuente de la financiación de la gran Iglesia. Pero el placer de los sentidos (una Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel) eran cosas que no comprendía Lutero. 
"Nosotros, septentrionales, somos gentes de sangre más fría, y para lavar nuestros pecados carnales no necesitábamos tantas cédulas y bulas de indulgencia como nos mandó León. El clima nos facilita el ejercicio de las virtudes cristianas, y el 31 de octubre de 1517, cuando Lutero clavó en la iglesia del castillo de Wittenberg sus tesis contra la indulgencia, los fosos de la muralla de Wittenberg estaban ya probablemente helados, y la gente saldría a patinar por ellos, lo cual es placer sumamente frío y, consiguientemente, nada pecaminoso” [cito la traducción de Manuel Sacristán y Juan Carlos Velasco (Madrid: Alianza, 2008). pp. 74-75]. 
Comentario: aquí está explicado, con suma claridad, el origen de Lutero. Lo de que salieran a patinar en el hielo, mientras Lutero clavaba sus tesis, me recuerda un cuadro de Brueghel el Viejo. 

Tremenda interpretación del protestantismo:  

A partir de la Dieta imperial en que Lutero niega la autoridad del Papa y declara que su doctrina debe refutarse por medio de sentencias de la Biblia misma o por motivos de razón, empieza una nueva era en Alemania. [...] La propia religión se transforma; desaparece de ella el elemento gnóstico-hindú, y vemos erguirse de nuevo en ella el elemento judeo-deísta Surge así el cristianismo evangélico. [...] El sacerdote se hace hombre, toma mujer y engendra hijos, como la manda Dios. El propio Dios vuelve, en cambio, a ser una celeste soledad orgullosa y sin familia; se discute la legitimidad de su Hijo; se destituye a los santos; se cortan las alas de los ángeles; la Madre de Dios pierde todas sus pretensiones a la corona celeste, y se le prohíbe hacer milagros.” (p. 84).   

            Todo lo real es racional

Los alemanes usan la misma palabra para pedir perdón que para envenenar: vergeben. 
            Es espantoso, dice Heine, cómo nos piden alma los cuerpos que hemos creado. “El pensamiento quiere ser acción, la palabra quiere ser carne". 
Y añade en uno de sus momentos de mayor lucidez:
      "Anotaos esto, orgullosos hombres de acción: no sois más que peones inconscientes de los hombres del pensamiento, los cuales, en humilde silencio, han predeterminado a menudo todo vuestro hacer del modo más exacto. Maximiliam Robespierre no fue sino la mano de Jean-Jacques Rousseau, la mano ensangrentada que sacó del seno de los tiempos el cuerpo cuya alma había creado Rousseau. […] Immanuel Kant, este gran destructor del reino del pensamiento, rebasa ampliamente en terrorismo a Maximilian Robespierre”. (pp. 153-155). 

                      Contra Kant y Fichte

Heine les dice a los franceses: “No sonriáis al oír mi consejo, el consejo de un soñador que os pone en guardia ante kantianos, fichteanos y filósofos de la naturaleza. El pensamiento precede a la acción como el rayo al trueno.” (pp. 208-209). 

Heine se indigna de la ingenuidad pacifista de ciertos políticos franceses  que buscan desarmar a  Francia. "Debéis conocer el Olimpo", les dice. “Entre los desnudos dioses y las desnudas diosas que allí se complacen con néctar y ambrosía podéis ver a una diosa que, aunque rodeada de tanta alegría y entretenimiento, lleva siempre coraza, el casco puesto y la lanza en la mano. Es la diosa de la sabiduría” (p. 210).
A continuación, en un párrafo censurado y que más tarde publicó por separado en la revista Der Geächtete, bajo el título de “La futura revolución en Alemania”, agrega Heine: 
“La filosofía alemana es un asunto importante, que afecta a toda la humanidad.
[...] Aparecerán kantianos que tampoco querrán saber nada de compasión en el mundo fenoménico, y resolverán sin misericordia el suelo de nuestra vida europea con la espada y con el hacha, hasta arrancar las últimas raíces del pasado. Entrarán en escena fichteanos armados, que en su fanatismo de la voluntad no son refrenables ni por el temor ni por el egoísmo; pues ellos viven en el espíritu, resisten a la materia y la niegan igual que los primeros cristianos, a los que tampoco era posible vencer con torturas o placeres corporales; aún más: esos idealistas trascendentales serían, en una transformación social, mucho más resistentes que los primeros cristianos.
[…] Pero aún más espantosos serían los filósofos de la naturaleza interviniendo activamente en una revolución alemana e identificándose ellos mismos con la obra destructora. Pues si la mano del kantiano golpea fuerte y segura porque su corazón está libre de todo respeto tradicional, y si el fichteano resiste valerosamente todo peligro porque para él la realidad empieza por no existir, el filósofo de la naturaleza será temible porque se encuentra en contacto con las potencias primigenias de la naturaleza, porque puede conjurar las fuerzas del antiguo panteísmo germánico, y porque en él se despierta entonces aquel gusto por la lucha que hallamos en los viejos germanos y que no lucha por destruir ni por vencer, sino por luchar.” (pp. 207-208).
En síntesis, Heine avizoraba a Marx y sus métodos tremendos de todas las formas de lucha. 

Heine vuelve a Alemania

Cuando, en 1844, Heine tuvo oportunidad de regresar a Alemania tras un largo exilio en París, compuso su poemario Deutschland. Ein Weintermärchen (Alemania. Un cuento de invierno). El título es engañoso porque nada tiene de infantil ni de navideño. En el canto séptimo, Heine acepta con ironía que Alemania sea una nación que ha llegado tarde al reparto colonial del mundo y que, en consecuencia, deberá resignarse a influir o dominar mediante el pensamiento: 

La tierra es de franceses y rusos 
y el mar de los británicos, 
pero en el aéreo reino del sueño 
poseemos el dominio indiscutible. 

Ahí ejercemos la hegemonía, 
ahí somos invencibles; 
los otros pueblos sólo se han 
desarrollado a ras de tierra 
(versión de Jesús Munáriz).

Ironizaba. La imagen de que los alemanes viven en la estratósfera como un pueblo filósofo, como un conglomerado de reinos con castillos, princesas, duques y nobles, y filósofos y poetas sumamente respetuosos de la Autoridad, es la que persiste todavía. Se trata de una imagen reaccionaria, fabricada desde 1814 por Madame de Staël, para vengarse contra Napoleón, el "Espíritu a Caballo", el que en el 18 Brumario del año VII (9 de noviembre de 1799) dio el Golpe de Estado e instaló el primer Consulado (1799-1804), sin  restablecer nunca a la antigua nobleza a la que pertenecía Madame de Staël. 



noviembre 18, 2014

Un paseo por la literatura alemana


“I can't get no satisfaction, I can't get no satisfaction

'Cause I try and I try and I try and I try” 

Rolling Stones



En la leyenda medieval recuperada por Goethe a finales del siglo XVIII, el famoso sabio alquimista, Fausto, huye de la Academia, de la erudición universitaria y de la filología protestante poblada meramente de varones (no de mujeres) hacia la escritura libre, romántica, representada por una mujer, la Poesía. Es la Tragedia del erudito (Kittler dixit). Fausto está montado sobre una basura libresca. Como de nada vale entender un texto sin entender su contexto, conviene preguntarse por qué Alemania ha puesto en jaque dos veces al mundo. 



En el canto séptimo del poema Deutschland. Ein Weintermärchen (Alemania. Un cuento de invierno), Heinrich Heine acepta con ironía que Alemania es una nación que ha llegado tarde al reparto colonial del mundo (estamos en 1844) y que, en consecuencia, deberá resignarse a influir o dominar mediante el pensamiento: 


La tierra es de franceses y rusos 

y el mar de los británicos, 

pero en el aéreo reino del sueño 

poseemos el dominio indiscutible. 


Ahí ejercemos la hegemonía, 

ahí somos invencibles; 

los otros pueblos sólo se han 

desarrollado a ras de tierra 

(versión de Jesús Munáriz).



¿Ironizaba? ¿Es verdad la imagen de que los alemanes viven en la estratosfera como un pueblo filósofo, como un conglomerado de reinos con castillos, princesas,  fábricas e industrias, duques y nobles, y filósofos y poetas sumamente respetuosos de la Autoridad? 

En un párrafo censurado de su libro Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania [Zur Geschichte Der Religión und Philosophie in Deutschland, 1835], pero que más tarde publicó por separado en la revista Der Geächtete, bajo el título de “La futura revolución en Alemania”, Heine apuntó lo siguiente: 


“La filosofía alemana es un asunto importante, que afecta a toda la humanidad”.


Y agregó: 


[...] “Aparecerán kantianos que tampoco querrán saber nada de compasión en el mundo fenoménico, y resolverán sin misericordia el suelo de nuestra vida europea con la espada y con el hacha, hasta arrancar las últimas raíces del pasado. Entrarán en escena fichteanos armados, que en su fanatismo de la voluntad no son refrenables ni por el temor ni por el egoísmo; pues ellos viven en el espíritu, resisten a la materia y la niegan igual que los primeros cristianos, a los que tampoco era posible vencer con torturas o placeres corporales; aún más: esos idealistas trascendentales serían, en una transformación social, mucho más resistentes que los primeros cristianos”.


[…] “Pero aún más espantosos serían los filósofos de la naturaleza interviniendo activamente en una revolución alemana e identificándose ellos mismos con la obra destructora. Pues si la mano del kantiano golpea fuerte y segura porque su corazón está libre de todo respeto tradicional, y si el fichteano resiste valerosamente todo peligro porque para él la realidad empieza por no existir, el filósofo de la naturaleza será temible porque se encuentra en contacto con las potencias primigenias de la naturaleza, porque puede conjurar las fuerzas del antiguo panteísmo germánico, y porque en él se despierta entonces aquel gusto por la lucha que hallamos en los viejos germanos y que no lucha por destruir ni por vencer, sino por luchar.” [cito la traducción de Manuel Sacristán y Juan Carlos Velasco (Madrid: Alianza, 2008), pp. 207-208].

Todo esto que señala Heine en 1844 ya parece estar antecedido en el primer Fausto, de Goethe, cuya publicación completa data de 1808. En la primera parte de la tragedia, “Noche”, el sabio o erudito Fausto siente que el Espíritu de la Tierra se le acerca: “Du, Geist der Erde, bis Mir näher” (v. 461). Fausto, al contemplar el signo de las esferas anotado en alguno de sus libros, obliga a que tal espíritu o genio se manifieste. La acotación de la obra es tremendamente reveladora: Fausto coge el libro y pronuncia misteriosamente el signo del genio. Oscila una roja llamarada y el GENIO aparece en ella. Este hecho, en que Fausto pronuncia en voz alta lo que se dice en un libro, es la encarnación de la conciencia del lector:  El Genio es Mefistófeles, el demonio, y le dice a Fausto en los versos 486 y 490:  


“Suplicas jadeante por verme, / por oír mi voz, mi rostro contemplar […] ¡Aquí estoy! ¿Qué lastimero espanto se apodera, superhombre, de ti?” (Da bin ich! Welche erbärmlich Grauen Fasst Übermenschen dich). 


Los ruidos en el estudio de Fausto hacen que se acerque Wagner, su criado. Ambos discuten sobre el Espíritu de los tiempos (Geist der Zeiten) y cómo este está presente en los manuscritos y en las bibliotecas. Pero estos manuscritos, libros y legajos no dicen nada por sí mismos. Se acumulan en el estudio de Fausto, quien bien bien dice en los versos 683 y 685: 

Lo que has heredado de tus padres, 

¡adquiérelo para poseerlo!

Lo que no se utiliza es un pesado fardo; 

tan sólo lo que el instante crea puede ser utilizado en el instante.  

Fausto quiere que toda esa erudición cobre voz. Vida. Él ve en los signos alfabéticos un un poder mágico para liberar poderes sensuales y embriagadores en el lector si logran encarnar en una voz. Para apagar la sed del deseo de conocimiento, Fausto pide aprender a valorar lo sobrenatural y aspirar una revelación. Por lo tanto, toma el Nuevo Testamento y lo abre en San Juan I, 1 con la intención de traducirlo del griego original a “mi alemán querido” (verso 1223). La acotación dice:

 

Consulta un volumen y se dispone a ejecutar su deseo


Al traducir la famosa frase de Juan I, Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, καὶ ὁ λόγος ἦν πρὸς τὸν θεόν, καὶ θεός ἦν ὁ λόγος («En el principio era el Verbo [Logos], y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»),  Fausto tropieza y dice: “Me resulta imposible darle un valor tan alto a la «palabra»” (Ich kan das Wort so hoch unmöglich schätzen, Ich muss es Anders übersetzen [versos 1225]). Este ensayo de una nueva traducción significa poner fin a una patológica tradición de filología (amor a la palabra) protestante, desde que Lutero en 1517 obligó a aprenderse la Biblia de memoria (según su traducción al alemán) 


El problema es mundial. También en la actual literatura alemana, según el crítico Florian Kessler (1981), no tiene cabida el pensamiento crítico. Un par de viejos jubilados, a la salida del Berliner Ensemble,  polemiza con más fervor que los jóvenes escritores. Sus libros giran alrededor de los mismos (y políticamente correctos e irrelevantes) temas. 

En su provocador artículo publicado en Die Zeit, (“Lassen Sie mich durch, ich bin Arztsohn” –Déjenme pasar que soy hijo del médico–), Kessler acusa a autores como Kevin Kuhn y Thomas Kluppde de posar de inconformes con el “sistema” y la “sociedad”, pero de vivir muy satisfechos de becas y en el Hotel Mamá. El tedio se ha hecho entretenimiento, y estos escritores aburridos tienen una aún más aburrida audiencia.

El panorama se extiende por todo el orbe. En cierto país latinoamericano vibran de revoluciones y en otro viven dibujando palomitas de la paz. Casi todos poseen gafas de concha y anhelan el 68. Todo lo delegan.

No hay inteligencia donde no hay decisión.

El pensamiento crítico, lejos de precipitarnos en la ambigüedad y en la evasiva, nos recobra del vértigo. 

¿Sturm und Drang? ¿Aufklärung?
Hacia 1917, hastiado de noticias sobre la Revolución en Rusia y en México y de la pila de cadáveres en las trincheras de Francia y de cubistas y futuristas, George Droz, en un café de Berlín, ordenó y asumió sus ideas:
No más pintores, no más literatos, no más músicos, no más escultores, religiones, republicanos, monárquicos, proletarios, democracias, burguesías, revoluciones, policías, patrias. En fin –decía– basta de esas imbecilidades. No más nada, nada.