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ME HE VUELTO FEMINISTA

Rosie teh Riveter


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Conviene profundizar en las condiciones históricas del feminismo contemporáneo en cuanto ideología y marcha cuasi-militar.

  El célebre cartel "We Can Do It!", pintado en 1942 por el artista de Pittsburgh J. Howard Miller por encargo de la Westinghouse Electric Corporation, muestra a una mujer con pañuelo rojo en la cabeza, mono de trabajo azul y el brazo flexionado en señal de fuerza muscular. 

 El cartel no celebra una conquista ideológica: registra una emergencia demográfica y productiva. Las mujeres entraron en las fábricas de aviones, municiones y turbinas no porque la sociedad hubiese madurado súbitamente en su idea de igualdad, sino porque los hombres estaban muriendo en el Pacífico y en Europa. La Segunda Guerra Mundial –como antes la de 1914 con las carnicerías de Verdún y el Somme– vació las cadenas de montaje de mano de obra masculina, y alguien tenía que hacer funcionar la maquinaria del Estado y de la guerra.

La novelista británica Crompton lo decía sin rodeos en Sweet William (1936): "We'd never have got it if it hadn't been for the war. It was the war that gave it to us, not anything we did." De modo que aquel cartel, relanzado en los ochenta como estandarte feminista, guarda en su interior esa ironía brutal: el puño flexionado de Rosie es también el puño de una civilización que necesitaba brazos para sobrevivir, y encontró los de las mujeres porque los de los hombres estaban enterrados en las trincheras. 

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Mientras no haya otra palabra para llamar la simpatía por la igualdad de géneros me considero feminista. Sin ironías. Un feminista sui generis convencido de la igualdad de géneros por sensibilidad más que por cualquier dogmatismo. No me ha convencido ninguna feminista. Mi conversión ha sido laicamente y casi que por diversión mientras leía la trama de dos novelas muy actuales que han hecho las delicias de millones de lectores en todo el mundo porque reivindican lo mejor del género (hablo de la narrativa) al revelar los secretos de la cultura, y el secreto de esos secretos. 

Fue en las últimas vacaciones después de zamparme dos bestseller de más de quinientas páginas: 2666 de Roberto Bolaño y Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larson. Me revelaron cómo toda persona violenta tiene problemas con las mujeres, aun así perpetre su violencia contra los hombres –porque muchas veces actúa movido por los celos o "líos de faldas"–. También hay muchas mujeres que odian a su propio género, cómplices y alcahuetas de esos cabrones. No se escapan ciertos funcionarios solapados, padres de familia que en la tranquilidad del hogar cometen el incesto turbados por su hija adolescente de nacientes formas; una injusticia recurrente que la conciencia popular denuncia en el romance de "Delgadina", y que el Código Penal aun escamotea y poco castiga por considerar asunto "privado". Pero no. El feminismo –y la buena literatura– siempre ha puesto en evidencia que todo lo personal es político.

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Más de 30 millones de ejemplares se han vendido de Los hombres que no amaban a las mujeres, título mal traducido porque el original en sueco resulta aun más diciente: Los hombres que odiaban a las mujeres. La coherencia narrativa de Stieg Larsson va develando, al investigar la desaparición de una muchacha de 16 años en una isla millonaria al norte de Suecia, lo cercano que están los más machistas del soborno, de la estafa, de la tortura y hasta del holocausto nazi. Lo mismo plantea Roberto Bolaño en 2666, cuyo enigmático título puede haber sido la cifra de chicas asesinadas en Ciudad Juárez durante la ola de feminicidios que azotó la frontera a comienzos de este milenio. 

Ambos novelistas murieron antes de publicar estas novelas. En ellas exploran la naturaleza del mal. Invitan al lector a chocar de frente con las realidades morales, esto es, con la mentira de la virginidad y con la verdad de que la mujer también siente ganas –a veces muchas más que el hombre– y puede tomar el sexo como un ligero pasatiempo sin que por eso sea puta o promiscua.  Lisbeth Salender, la chica inteligentísima de la trilogía "Millennium", ha gozado en ocasiones de cinco parejas por año entre hombres y mujeres; no es tan voluptuosa porque sus pechos son pequeños y prácticamente no tiene caderas. "Pero aparte de eso", nos dice Stieg Larsson, "es una mujer normal, con exactamente el mismo deseo e instinto sexual que todas las demás". Lo mismo predican y practican las protagonistas de Bolaño en 2666:  Liz Norton, una académica inglesa, se acuesta con tres colegas y a ninguno engaña y con ninguno tampoco quiere ennoviarse o formalizarse del todo; es libre de hacerlo. La directora Elvira Campos goza de su soltería aún a sus cincuenta años y no está amargada ni "mal cogida" ni es lesbiana ni se siente infeliz por "carecer" de marido; al contrario, dice. Estas realidades morales a muchos aturde. La mujer de carácter, que no le ruega al hombre ni se muestra sumisa, desconcierta a los mezquinos. Son los misóginos. Los que se llenan de odio contra las mujeres y las torturan y asesinan como en Ciudad Juárez.

Mujer-Libro"Mujer libro" de Dali.  

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Hay que ponerse en guardia, sin embargo, contra los excesos del feminismo. Nuestra simpatía por el feminismo lo es porque pugna por igualdad de la mujer ante la Ley, pero se acaba si éste se inclina por una discriminación positiva, por una superioridad irresponsable que atenta contra el otro sexo. 

Conviene cuidarse del feminismo entendido como mero activismo: una beatería cuasi-militar que no implica la lectura de un solo libro. Solo marchar. Eso es ideología (inspirarse por ídolos, no por ideas). La mujer culta no ha de tener ideología, sino biblioteca. 

Las grandes feministas, más que activistas, son grandes lectoras: Simone de Beauvoir, Carol Hanish, Rita Sagato. El mero activismo feniminista es un juego neomachista: un set telenovelesco de jugar a la víctima, sin realmente discutir las condiciones sociopolíticas que afectan por igual a mujeres y hombres. 


A todo esto me han sensibilizado 2666 de Roberto Bolaño y el bestseller de Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres. El verdadero feminismo significa productividad: concentrarse en la biblioteca, producir conocimiento, no hostigar ni acosar con activismos anti-intelectuales. Ser feminista sigue siendo transgresor.