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Primer editorial, Mundial barroco y teatro electoral colombiano

Proteo, n.° 1, junio de 2026.

Yolanda Pineda, 1977


Proteo renovado


Proteo no aparece: irrumpe, interrumpe,  intercepta. Pasa de blog (nació en 2009 como homenaje de los cien años de Motivos de Proteo [1909] de Rodó) a revista mensual unipersonal (¿estilo Monterrey de  Reyes, es decir, revista unipersonal?). Sí, pero cuidado. Las revistas unipersonales no son mera vanidad cuando exigen abandonar la comodidad de las redes sociales —ese coro sin riesgo—. Pensar es pensar quién manda (Nietzsche), pues  todo pensamiento es político. 

Toda escritura es un combate implícito o explícito contra algo o alguien. Toda prosa digna de ese nombre reconoce su adversario, aunque no lo nombre. El nuestro no es un individuo concreto, sino esas gentes mezquinas y vanidosas que Max Weber diagnosticó con precisión en la clausura de La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905):  «especialistas sin espíritu y hedonistas sin corazón» (en alemán: «Fachmenschen ohne Geist, Genußmenschen ohne Herz»). 

Aquí no tememos que nos “roben las ideas” –miedo rústico y cerril del ladrón que juzga por su condición. Para nosotros,  el pensamiento es como el oleaje de un mar abierto. 

Llamarnos Proteo es una advertencia. La inteligencia está obligada a no dejarse apagar aun cuando la mezquindad usurpe su fuego. Toda inteligencia está obligada a fundar su propio espacio, a pasar revista a sus tropas—ideas y prepararlas para el ataque y la defensa. 


Mundial barroco en el Gran México


“...cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas...”, dice el ácido narrador de La virgen de los sicarios (1994). La época de la imagen del mundo (Heidegger) se postra ante la pantalla y la obediencia visual del fútbol. 

En la Ciudad de México, la urbe con más tráfico del mundo, el espectador llegará deshidratado al Estado Azteca, si es que antes no queda atrapado en la calzada de Tlalpan. Bajo el inclemente sol de junio, el espectador mundialista (consumidor globalista) quedará atrapado en el barroco mexicano. Pues no existe Norteamérica. A lo mucho existe  Áridoamerica o Angloamérica. Como realidad geopolítica, México  es un país levantisco. Todo lo que se eleva en sus altiplanos se vuelve volcán 🌋. Aquí toda pedagogía roza la insurrección. 

Conviene distinguir la distancia entre instruir (paideia) y formar (Bildung). La primera viene de la esclavitud (el pedagogo era el esclavo que acompañaba al niño). La segunda, aunque viene de la Ilustración y particularmente del Aufklärung alemán, no es menos libertaria. La Bildung (traducida generalmente como formación) es en realidad obediencia visual (Bild es imagen, cuadro). Y nada produce mayor obediencia visual que las pantallas, que la transmisión de un partido de fútbol. Le ahorra al Estado mil gendarmes, mil pedagogos. De ahí la pelea entre texto-imagen, entre libro-pantalla. De ahí que los maestros de la CNTE estén a punto de tomarse el Zócalo, por lo demás ya invadido por pantallas gigantes. Es la Contrarreforma permanente pero invertida.


Elecciones presidenciales en Colombia 


Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977). 

Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento. 

Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía. 

Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.