Mostrando entradas con la etiqueta rodó. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rodó. Mostrar todas las entradas

mayo 21, 2026

En un foro sobre políticas maquínicas de infantilización digital



Apuntes de una estudiante obediente*

Hoy nos llevaron de forma obligatoria al auditorio principal. El ambiente prometía: el volante (iba a decir el flyer)  distribuido por los organizadores desbordaba términos como «juventudes digitales», «storytelling», «creadores de contenido» y celebraba cómo las redes sociales, por fin, nos habían democratizado. 

En el presídium sentaron a tres comentaristas de radio y a uno de televisión regional (todos eran cuates y se saludaban entre sí) y, con ellos, arrinconado al extremo izquierdo de la mesa, con cara de haber abordado el tren equivocado, al Profesor. Lo llamamos así, a secas. En realidad, hace mucho tiempo que nadie en la facultad sabe cuál es la verdadera especialidad del Profesor; no es estrictamente politólogo, ni sociólogo, ni antropólogo pero se dedica a desmantelar las mentiras del presente con una paciencia un poco de geólogo o arqueólogo.

El de la tele empezó fuertísimo (¿o es fortísimo? ¡Ay: el corrector automático no me corrige!). El de la tele, digo, vestía un saco de diseñador muy entallado. Nos insistió una y otra vez que la política moderna ya no se hace con ideas, sino con emociones. «Hay que conectar con las emociones, chavos», repetía mientras movía las manos en el aire como si estuviera encuadrando un video vertical. «Frases cortas, punzantes, mucho storytelling —lo pronunciaba con el mismo tono afectado con que mi compañera de banca pide un frappuccino de avellana— y al final se suelta el mensaje brutal, el mensaje vendedor». Mis compañeros de las primeras filas apuntaban todo con devoción en sus tabletas.

Mientras el experto vendía su marketing, yo miraba cómo el Profesor tomaba apuntes en una servilleta y a ratos permanecía inmóvil, mirando el techo con la expresión fija de un científico que observa una nueva mutación de hámsters dando vueltas en su rueda de laboratorio.

Entonces le llegó el turno de hablar.  Le pasaron el micrófono. El Profesor no encendió el proyector ni trajo diapositivas. Comenzó con una anécdota que nos dejó a todos a mitad de camino entre la duda y la risa. Dijo que venía escuchando un podcast sobre cómo el New York Times, el periódico más leído de Estados Unidos, extrae hoy más ganancias de sus juegos digitales —el Wordle y sus derivados— que de su propio aparato de corresponsales de guerra. Citó a un filósofo holandés, un tal Johan Huizinga, para recordarnos que el homo ludens antecede al homo sapiens y al homo faber. Es decir: el juego es anterior a la cultura. Jugamos antes de razonar o trabajar o estudiar; el problema, aclaró con una sonrisa amable, es que nuestro juego actual está tiranizado por una brutalidad matemática de interfaces amables diseñadas para medir cuánto tiempo resiste nuestra retina fija en la pantalla.

Luego se puso a desmontar el mito de la juventud. Explicó que la palabra juventud viene del latín iuvenis, que se deriva del verbo iuvare: «ayudar, sostener, ser útil a la comunidad». Y soltó el dato: para los romanos, la juventud empezaba estrictamente a los treinta años. De los diecisiete a los veintinueve uno era apenas un «púber», es decir, un borrador humano, un organismo incompleto que andaba aprendiendo las reglas del lenguaje antes de tener derecho a proferir un enunciado jurídico. A sus cuarenta y tres años, nos dijo mirándose las canas de las sienes, él apenas iba ganando el derecho de ser considerado un senior.

Pero lo que más rápido apunté en mi cuaderno fue su definición de la palabra infante. El Profesor nos recordó que en latín infante significa textualmente «el que no tiene habla», el que carece de fabla y solo balbucea. Y ahí lanzó su primera conclusión: el marketing de las cloacas (mal llamadas «redes») sociales no nos está dando voz; nos está infantilizando de forma planificada. Nos retira el lenguaje articulado para devolvernos a la fase prelingüística del emoticón, el grito tribal y el contenido snack. Las corporaciones nos prefieren infantes —mudos, sin fabla— porque el balbuceo emocional es mucho más fácil de estandarizar y monetizar.

En mi libreta anoté en mayúsculas un nombre que tendré que buscar en el catálogo: FRIEDRICH KITTLER. Según el Profesor (no soy aún capaz de decirle «El Profe»), este tal Kittler descarta, excluye, proscribe la palabra «cultura». La odia. Pues la palabra «cultura» arrastra el aroma romántico y agrario de su raíz, colere —cultivar la tierra, cuidar el huerto familiar— cuando ahora, más bien, todos tenemos un microprocesador en el bolsillo o en la mano. 

El momento más polémico del foro fue cuando el conductor de la televisión insistió en que lo único real en la vida pública es que el mensaje "pegue, tenga impacto y se haga viral". Así de clarito. "Chavos", nos dijo."Tienen que ser influencers. Si ocupan dinero, ocupen las redes para eso, mis chavos. Apelen a las emociones."

 Le pasaron nuevamente el micrófono al Profe (ahora sí digámosle «Profe» de cariño). Se acomodó los lentes. Respiró hondo. Se acercó al micrófono y acusó de fascista al periodista televisivo. Eso de apelar a las emociones, le espetó, es fascismo puro. No conviene profesar esas cosas a estudiantes de una universidad pública. Hablarle a la juventud es acercarse a cierto grado de oratoria sagrada (Rodó). 

Si de verdaderos influencers se trataba, dijo, nadie había modificado más los flujos del mundo que Karl Marx, quien se pasó la existencia encerrado en la sala de lectura del British Museum, leyendo, subrayando en silencio. Son las ideas las que mueven el mundo. La emoción sola es la descarga que hace mover las patas de la rana en el laboratorio. El auditorio se sumió en un silencio muy denso. Luego, el Profesor invocó el fantasma de un tal Menéndez Pelayo con una cita fulminante:


«Los periodistas, mala y diabólica ralea, nacida para extender por el mundo la ligereza, la vanidad y el falso saber, para agitar estérilmente y consumir y entontecer a los pueblos, para halagar la pereza y privar a las gentes del racional y libre uso de sus facultades discursivas, para levantar del polvo y servir de escabel a medianías y espíritus de fango, dignos de remover tal cloaca».


No leyó esa cita de ningún papel; la recitó con una cadencia tan elegante y educada que el asalariado de la televisión sonrió complacido, asintiendo con la cabeza, sin enterarse de que el Profesor lo acababa de clasificar de facho y de espíritu de fango.

Algunos compañeros se rieron con nerviosismo; otros, acostumbrados a consumir la realidad en porciones comprimidas, lo miraron con la extrañeza con la que se examina a un sobreviviente de otra época. La mayoría siguió en el celular jugando tetrix o viendo TikTok. El Profesor siguió con una sencillez implacable: la universidad nació precisamente para suspender la urgencia del mercado, para permitir el lujo de la lentitud, para leer a contracorriente y desenmascarar los estándares que otros monetizan.

Al concluir el evento, el conductor de televisión corrió a buscar iluminación para tomarse retratos con las edecanes y subirlas a sus redes. El Profesor, en cambio, guardó sus libros impresos, cerró los cierres de su mochila y se marchó caminando solo en dirección a la biblioteca del fondo. 

El Profesor no tiene redes. 


marzo 19, 2025

–V– La Flor Reparadora. Todo bien puede ser sustituido por otro género de bien



Nuestra historia turbulenta debería enseñarnos que no todos los problemas tienen solución y que un énfasis demasiado grande en dominarlo o controlarlo todo podría alterar la armonía del universo. Ninguna constelación está estática y cualquier camino es temporal. Algo así enseña la parábola de la Flor Reparadora.

 Un niño jugaba, en el jardín de su casa, a golpear con un palito una copa de cristal. Feliz de su música improvisada, de arrancarle al herido cristal ondas sonoras y vibrantes, el niño quiso cambiar de juego. 

Cogió arena del camino y llenó la copa de cristal, puliendo los bordes con el mismo palito, y aun así quiso volver a arrancar al cristal, con el palito de junco, la misma resonancia; pero el cristal, enmudecido por la arena, ya no respondía sino con un ruido de seca percusión. 

El niño, enfurecido, estuvo a punto de arrojar al suelo la copa de cristal. Pero se detuvo. Miró, como indeciso, a su alrededor: sus ojos se detuvieron en una flor muy blanca y pomposa a la orilla del camino en espera de una mano atrevida. El niño se dirigió, sonriendo, a la flor; la hizo suya y la colocó graciosamente en la copa de cristal. "Orgulloso de su desquite", según Rodó, "el niño levantó, cuan alto pudo, la flor entronizada, y la paseó, como en triunfo, por entre la muchedumbre de las flores."

En otras palabras, la parábola de la Flor Reparadora enseña que del mal irremediable ha de sacarse la aspiración a un bien distinto. Pues solo una Gran Pasión vence a otra Gran Pasión. 

El bien que muere nos deja en la mano una semilla de renovación. Cierto. Pero la Flor Reparadora también puede tornarse espinosa. Y cuidarla y cultivarla implica espinarse y afligirse y, en su momento, también convendrá abandonarla para embellecer algún acantilado, algún precipicio, en lugar de arrojarnos o precipitarnos por el desamor o la ira

Esta filosofía viril de enseñanza fecunda se parece al escolio XLV de la cuarta parte de la Ética de Spinoza. Nadie, a menos que sea un envidioso, puede deleitarse con nuestra desgracia ni tener por virtuosas las lágrimas, los sollozos, el miedo y otras cosas por el estilo, que son las señales de un ánimo impotente. Muy al contrario: cuanto mayor es la alegría que nos afecta tanto más participamos de la naturaleza divina. 

Semejante filosofía fecunda se opone a la sensiblería vulgar y lacrimosa que se deleita en el desamor, el sufrimiento y la pena.  

Gocemos del cambio abriéndonos camino en la espesura, en la selva de la vida. 

marzo 14, 2025

–IV– Anticiparse al agotamiento y al hastío


Un profeta errante auxilió demasiado a un humilde ovejero en el cuidado de su rebaño. En lugar de gratitud, el ovejero colmó al profeta errante con aparente sumisión y resignación. Lo dejó pastorear demasiado sus ovejas hasta que, agobiado, el ovejero se volvió  apático. Ni el profeta ni el ovejero  anticiparon tanto agotamiento y hastío. 


El ovejero, para librarse del profeta, pero para que incluso éste siguiera auxiliándolo, acudió a la treta de la agresividad, de la opacidad, de la «privacidad», de la independencia, de la rebeldía.  


Advertido, el profeta errante continuó su errancia, pensando:

«O es perpetua renovación o es una lánguida muerte nuestra vida. Conocer lo que dentro de nosotros ha muerto y lo que es justo que muera, para desembarazar el alma de este peso inútil. [...]. Renovarse, transformarse, rehacerse.» (Rodó, Motivos de Proteo»). 


Independencia con reciprocidad. Nada más difícil en un mundo regido por bajas pasiones. Quizás es lo natural entre los humanos ser un poco canallas y un poco crueles. Hasta es posible que la bondad y la generosidad sean una anomalía, observaba el realista y rudo Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía

Se necesita una Ética muy alta y geométrica, forjada en el infierno como la de Spinoza, para recomendar la generosidad y la firmeza de ánimo en la práctica corriente de la vida. Pues quien vive bajo la guía de la razón se esfuerza cuanto puede en compensar, con amor o generosidad, el odio, la ira, el desprecio, etc., que otro le tiene.


marzo 12, 2025

–III– De cómo el tránsito violento suele ser necesario


De modo súbito, hay cambios que anulan la obra de luengos años. Convierten nuestro inmediato pasado, lo que antes resultaba familiar y cercano, en algo extraño e inasible. 

Nada es igual después de una inundación, de la devastación de una creciente si el río se empeña en fluir por un nuevo (¿y errático?) lecho. Y hemos hecho bien en salvarnos quedándonos en la orilla opuesta. 

No conviene culpar a nadie de lo sucedido, pues toda naturaleza es cruel y placentera a la vez. Conviene, por el contrario, adaptarse con ánimo equilibrado a las dos caras de la suerte. A las dos orillas. Confiar en cierta crueldad; inclinarse a cierto desprecio. 

La piedad y el arrepentimiento son vanos y malos; lo que aumenta nuestro poder y alegría aumenta también nuestra bondad (Spinoza). 


«Las mudanzas sin orden, los bruscos cambios de dirección, por más que alteren la proporcionada belleza de la vida y perjudiquen a la economía de sus fuerzas, son, a menudo, fatalidad de que no hay modo de eximirse, ya que los acontecimientos e influencias del exterior, a que hemos de adaptarnos, suelen venir a nosotros, no en igual y apacible corriente, sino en oleadas tumultuosas, que apuran y desequilibran nuestra capacidad de reacción [...]; y el cambiar por tránsitos bruscos y contrastes violentos, si bien interrumpe el orden en que se manifiesta una vida armoniosa, suele templar el alma y comunicarle la fortaleza en que acaso no fuera capaz de iniciarla más suave movimiento: bien así como el hierro se templa y hace fuerte pasado del fuego abrasador al frío del agua». 

Rodó, Motivos de Proteo.



 

marzo 11, 2025

–II– La voluntad rige esta transformación y la orienta. Persistencia indefinida de la educación


Inteligencia significa presteza en ver las cosas tal como son. Semejante definición está condensada en el más impresionante poema filosófico de la antigüedad, La naturaleza de las cosas (De rerum natura), del romano Lucrecio. 


Santayana, en Tres poetas filósofos, relaciona a Lucrecio con Demócrito: espectadores aristocráticos que desdeñan a los tontos. Pues, si el mundo y la vida se ríen de nosotros y si todos los seres vivientes persiguen la mayor felicidad posible, perseguir la felicidad gratuita acusa una miopía peligrosaEn un mundo tan desapacible como el nuestro, la única felicidad posible consiste en aceptar con presteza que no somos otras cosa sino formas pasajeras de una sustancia permanente. Polvo que se convierten en polvo.


Quien vive bajo esta advertencia está consciente de la actividad sin tregua del cambio y procura cada día, según Rodó, tener clara noción de su estado interior y de las transformaciones operadas en las cosas que lo rodean. 


A Alfonso Reyes le encantaba esta máxima de Rodó. Atención: 

"Mientras vivimos está sobre el yunque nuestra personalidad. Mientras vivimos, nada hay en nosotros que no sufra retoque y complemento. Todo es revelación, todo es enseñanza, todo es tesoro oculto, en las cosas; y el sol de cada día arranca de ellas nuevo destello de originalidad. Y todo es, dentro de nosotros, según transcurre el tiempo, necesidad de renovarse, de adquirir fuerza y luz nuevas, de apercibirse contra males aún no sentidos, de tender a bienes aún no gozados; de preparar, en fin, nuestra adaptación a condiciones que no sabe la experiencia. [...] Conviene, en lo intelectual, cuidar de que jamás se marchite y desvanezca por completo, el interés, la curiosidad del niño, y el estímulo que nace de saberse ignorante (ya que lo somos siempre)...". 


Remover el recuerdo, vigilar lo adquirido, alentar nuestra aptitud a nueva energía, ensanchar nuestro amor, combatir el miedo y desanimar a la esperanza. Pues miedo y esperanza –en ello es incisivo la Ética de Spinoza– son las dos formas encubiertas de la esclavitud. 


marzo 10, 2025

–I– Reformarse es vivir. Nuestra transformación personal en el tiempo


Proposición 

«Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes». 

Rodó, Motivos de Proteo

Demostración

Vargas Llosa pone este epígrafe de Rodó en El sueño del celta, para hablar de la múltiple y compleja personalidad del activista irlandés Roger Casement. Aplica también para Agustín Cabral, el protagonista de otra novela del peruano, La fiesta del chivo (acaso una de sus mejores), pues la idea de que "cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos" se revela en aquel político que, después de haber dedicado su vida a servir al dictador Trujillo, al Chivo, cae en desgracia. Ignora porqué. 

Agustín Cabral pide una cerveza helada en un bar de Santo Domingo (que en ese momento se llamaba Ciudad Trujillo). No lo puede creer. Se abanica con su libretica ante tanto calor caribeño. La abre donde tiene transcrita una frase sobre la precariedad del poder y la existencia. Es de José Ortega y Gasset: «Nada de lo que el hombre ha sido, es o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo». 


Continúa Rodó de otra manera:


«¿Desde qué día preciso dejaste de creer? En qué preciso día nació el amor que te inflama? – Pocas veces hay respuesta para tales preguntas. Y es que cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no deja en tu sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe una leve copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido sintético de tus movimiento, la forma fisonómica de tu personalidad. [...] Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones; en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta a arribar a la transformación más misteriosa y trascendente de todas... Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos instantes sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obra sobre un objeto constantemente renovado». 

Escolio nuestro


En el flujo constante de nuestras vidas, que son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, las rupturas son inevitables. Allanar otro camino, tomar otro brazo, fluir por otro cauce inadvertido se vuelve imperativo. 

Transformar es desenmascarar. Detrás de la máscara amorosa a menudo se oculta un rostro resentido, más cercano a la crueldad y al odio que al afecto tranquilo. Aun en la pasión más intensa roe, calladamente, el gusanillo de la disolución. Se necesita, para advertirlo, la mirada vigilante de la inteligencia. 

agosto 06, 2017

Impresiones sobre el Primer Congreso Internacional José Enrique Rodó (Montevideo, 24- 26 de julio de 2017)





Los rodonianos: Ottmar Ette, Belén Castro, Hugo Manini,
Susana Monreal, Sebastián Pineda, María Saavedra, Gustavo San
Román, Fabio Muruci, Alejandro Cáceres, Horacio Bernardo,
Gonzalo Aguiar, Casandra Boldor, Martha Canfield, Juan Pablo
 Drews, Osmar González, Jorge Leone, Laura Osta, Brigitte
Natanson, Romeo Pérez, Ramiro Pedetti, Shawn McDaniel.
Acaba de renovarse –renovarse es vivir– el interés por uno de los ensayistas más entrañables de este idioma, puesto que se ha celebrado en Montevideo el Primer Congreso Internacional sobre el pensador uruguayo José Enrique Rodó. Cierto aire de no creerlo todavía me lleva a preguntarme si fue verdad tanta dicha: ¿Un Congreso sobre José Enrique Rodó? Como si hubiese sido hace unos minutos, todavía me veo escuchando de viva voz las 21 conferencias en torno a Rodó y conociendo de primera mano a los 24 rodonianos invitados, provenientes de diversas regiones del planeta, y aún a gente del público en general que comentaba alguna cosa después de cada ponencia. El entusiasmo por semejante Congreso no se me disipa, y ante mí quiero pensar que tengo a Hugo Manini, el presidente de la Sociedad Rododiana, para agradecerle. El trato de tú a tú salvará a la humanidad, porque es la única forma del diálogo (no las redes sociales). Aún me veo en un café con Belén Castro, quien hizo la edición crítica del Ariel para Cátedra; me veo bebiendo un medio y medio, el trago tradicional uruguayo que combina vino espumoso dulce y vino blanco seco en iguales cantidades, con Gustavo San Román, un rodoniano radicado en Saint Andrews, Escocia; me veo, después de presenciar tremendo Réquiem de Verdi, cenando pesca del día en el restaurante contiguo al Teatro Solís con Gonzalo Aguiar, Fabio Muruci y Alejandro Cáceres. Gracias a la impecable logística de Laura Osta, todo fue estupendo. 


El escritorio de Rodó
No se trató de un congreso exclusivamente académico sino ecuménico.  Abierto a personas de todo el mundo, de todos los países y de todos los tiempos. No hay nada de raro en ello. El Ariel de Rodó, desde cuando apareció por primera vez en la imprenta Dornaleche de Montevideo a principios de 1900, fue como una piedrecilla cuyas ondas concéntricas alcanzaron un diámetro muchísimo mayor que las dimensiones del estanque local o nacional. Al cabo de un año, en 1901, el Ariel se reprodujo en la antigua la isla La Española, en el suplemento de la Revista Literaria de Santo Domingo; por intermedio del ensayista dominicano Pedro Henríquez Ureña también se editó en 1905 en la revista Cuba literaria de La Habana; en 1908 el general Bernardo Reyes –padre del ensayista mexicano Alfonso Reyes– lo editó en la Imprenta del Estado de Nuevo León, en Monterrey, y ese mismo año el Secretario de Instrucción Pública, Justo Sierra, lo hizo editar en la Escuela Nacional Preparatoria de la capital de México; ejemplares del Ariel aparecieron también en la Editorial Sempere, de Valencia, España, igualmente en 1909.  Como toda fuerza positiva desata una negativa, el Ariel de Rodó ha sobrevivido al siglo XX y aun lo que llevamos del XXI como un yunque, soportando los golpes o martillazos del “revisionismo” ideologizado de la Revolución cubana a manos del Calibán (1971) de Roberto Fernández Retamar, y aun los hachazos del multiculturalismo y el poscolonialismo que le reclaman –bajo el más absoluto anacronismo– el discurso indigenista, el de las negritudes, el feminista y el queer. Rodó nunca necesitó cohonestar con el apartheid anglosajón. Su mensaje es, insistamos, ecuménico.

Confieso que estuve a punto de pensar que mi interés por el autor de Ariel iba a quedarse en algo personal, compartido con dos o tres colegas, pues ya se sabe que el Ensayo Hispanoamericano es una asignatura que brilla por su ausencia en casi todos los estudios medios y superiores. Seguimos siendo, en buena parte, colonias mentales del estructuralismo francés o del multiculturalismo anglo-americano. 


En noviembre de 2016, cuando justamente discutía eso en un Tercer Congreso de Historia Intelectual de América Latina en El Colegio de México, de repente recibí un correo electrónico de la Sociedad Rododiana. Siete meses después, el 24 de julio de 2017, se hizo realidad la invitación. Una Van me recogió en el aeropuerto de Montevideo para llevarme al Hotel Victoria en la Plaza Independencia. Era una mañana lluviosa. La Van abandonó el distrito de Canelones por la avenida de las Américas y se enfiló por la rambla atravesando Carrasco, Pocitos y Punta Carretas, bordeando todo el tiempo el mar. No se olvide que Rodó nació, creció y escribió al lado de este mar. Los vientos y las mareas le conceden al mar de Montevideo justamente un carácter proteico o cambiante, pues a veces sus orillas cobran el color cobrizo o de león del Río de la Plata y otras veces le conceden el azul marino o cobalto o verde esmeralda de mar adentro. 


 Montevideo acaso sea una de las capitales hispanoamericanas más jóvenes. Se erigió por Real Cédula de 1726 de la Corona Española, y tiene su parte de Ciudad Vieja que, volcada al mar, conserva su espíritu de municipalidad o cabildo hispano. Se dice que se fundó para frenar el avance del imperialismo británico (disfrazado de portugués) que ya había fundado la Colonia de Sacramento en la Banda Oriental. Se ha dicho que Uruguay es como un país coto o tapón, hecho república por los intereses de la Corona Británica, para impedir que se miren de frente –que choquen entre sí–  dos monstruos como Argentina y Brasil; pero yo quisiera pensar que Uruguay es más bien como un katheon (en lenguaje bíblico el que frena la llegada del Anticristo), es decir, el que mantiene unida la banda oriental del Río de la Plata –que es la principal puerta de entrada fluvial del Cono Sur– con el habla española.  Desde el país más pequeño de América se ha pensado mejor en la América magna —pues los mitos nacionales quedan anulados— y prueba de ello son los nombres de origen uruguayo de primera línea en la crítica y la ensayística: Ángel Rama, Carlos Real de Azúa,  Emir Rodríguez Monegal, Arturo Ardao, Carlos Reyles, Alberto Nin Frías, y otros que se me escapan. 

Ahora bien, ríos de tinta han corrido sobre las identidades nacionales de cada país o región bajo el mito de que un gesto, un rasgo, una bebida, un acento ya nos hace una colectividad distinta de otra. Para Rodó, sin embargo, la democracia genuina no puede asentarse sobre colectividades abstractas, sino sobre individuos concretos. Rodó vivió en una era anterior a las despolitizaciones de nuestro tiempo, y justamente su Ariel ha de verse como katheon o freno de la plutocracia, es decir, de la torpe confianza en que basta el dinero para sacar de pobre a alguien; o que basta saber y dominar la economía para regir las relaciones de los pueblos. Militante político del Partido Colorado, Rodó se postuló y fue electo diputado en tres legislaturas, y contra el liberalismo plutocrático se enfrentó al líder de su propio partido, el dos veces presidente José Batlle y Ordoñez. 

Rodó fue amigo del obrero y se consideró a sí mismo parte de clase trabajadora por cuanto daba el pan espiritual para su pueblo. Murió meses antes de la Revolución Bolchevique (1917), es decir, antes de que el humanismo fuera reducido a sociología de izquierdas por el marxismo-leninismo, o totalmente marginado por la tecnocracia del neoliberalismo. 

No se nace siendo hispanoamericano o latinoamericano. Alemania es un Estado-nación aún más joven que Uruguay, y sus ciudadanos se hicieron alemanes a fuerza de cultura y método, es decir, de instrucción pública. La civilización y la cultura son indivisibles, y Latinoamérica (incluyendo España y Brasil) tendrá aún mayor bienestar y progreso si a la posesión de máquinas se une la lectura y el comentario del Ariel de Rodó.  

La casa de Rodó en Montevideo, en la Ciudad Vieja y cerca de la del poeta Julio Herrera y Reissig, luce con lianas y abandonada, pero se conserva un liceo con su nombre que ya lleva 100 años y en donde se guardan y se exhiben sus principales manuscritos. La continuidad es la clave de la cultura. Y las bibliotecas. En la Biblioteca Nacional (situada en el centro de Montevideo y no secuestrada por una universidad como en Ciudad de México) están los archivos de Rodó, que aún contienen innumerables riquezas según pude explorar de la mano de Gustavo San Román. Ya sabemos que Emir Rodríguez Monegal hacia 1967, en la edición de las Obras completas de Rodó  para Aguilar, puso casi todo, pero aún hay más. Abundan también las bibliotecas digitales sobre autores uruguayos como Anáforas

Por lo demás, mi emoción no cesa todavía de haberme visto en Montevideo y entre rodonianos: Motivos de Proteo llegó a ser mi libro de cabecera, al punto incluso de inspirarme a bautizar homónimamente este blog en 2009.


Catedral metropolitana


Biblioteca Nacional 
mercado uruguayo en invierno
Pesca del día
Desde mi cuarto de hotel 
Amanecer en Montevideo

agosto 24, 2009

"MOTIVOS DE PROTEO", DE RODÓ




Leí por azar este libro que me hizo quedar meditabundo; volví a confundirme en el bullicio de las gentes y las cosas; olvidé la impresión que el libro me causó; pero, andando el tiempo, llegué a averiguar que aquella lectura, sin yo removerla, había labrado de tal modo dentro de mí, que toda mi vida espiritual se había impregnado de ella y se había modificado según ella.

Esa lectura –ese libro– es MOTIVOS DE PROTEO, del ensayista uruguayo José Enrique Rodó. A 100 años de su primera edición (1909) abrí este blog en aras de resucitar semejante ensayo, transcribir apartes, parafrasearlo, comentarlo, mantenerlo presente siempre.


Por dicha, todo el libro ya se puede gozar online en la página del Instituto Cervantes:
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12482954220138282976846/index.htm


Motivos de Proteo me ha servido muchísimo para la vida, para esa educación sentimental de la que habla Flaubert. Con Motivos de Proteo he estado aprendiendo que, ante todo, debemos ser fieles a nuestros cambios y transformaciones, o de lo contrario nos estancaremos y, adiós, moriremos.

Es el libro más interesante de Rodó desde un punto de vista artístico (su prosa ondulante se parece a esa oratoria heterodoxa de los antiguos, o mejor, a las olas del mar). Es un clásico. Útil a la vida. Acaso inservible para la educación ortodoxa porque no infla, sino que nutre.

Así pues, este es un blog de muchos motivos inspirado en Proteo, un mito griego del mar, numen del mar, cuyas opiniones multiformes lo hacen también una deidad del pensamiento crítico, de la verdad nunca fijada. Pues los blogs, más que las redes sociales, facilitan la fluidez del pensamiento culto y libre.



MOTIVOS DE PROTEO -fragmentos-



Por José Enrique Rodó


"Reformarse es vivir... (...)


Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes.

¿Desde qué día preciso dejaste de creer? ¿En qué preciso día nació el amor que te inflama?

Pocas veces hay respuesta para tales preguntas. Y es que cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no deje en tu sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe una leve copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos; no hay idea ni acto que no contribuyan a determinar, aun cuando sea en proporción infinitesimal, el rumbo de tu vida, el sentido sintético de tus movimientos, la forma fisonómica de tu personalidad. El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni reposo; y sus operaciones concordes, a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te crean... Muertes cuya suma es la muerte; resurrecciones cuya persistencia es la vida.

Perseveramos sólo en la continuidad de nuestras modificaciones; en el orden, más o menos regular, que las rige; en la fuerza que nos lleva adelante hasta arribar a la transformación más misteriosa y trascendente de todas...

Somos la estela de la nave, cuya entidad material no permanece la misma en dos momentos sucesivos, porque sin cesar muere y renace de entre las ondas: la estela, que es, no una persistente realidad, sino una forma andante, una sucesión de impulsos rítmicos, que obran sobre un objeto constantemente renovado"