Uribe sigue siendo ese eje gravitacional que distribuye los odios —¡oh, Dios!— y las lealtades, y quienes parecen más próximos corren el riesgo de ser expulsados. Le ha pasado a Paloma Valencia: la tercera excluida, en el sentido casi aristotélico de una lógica que no admite matices. O se está dentro del odio o se está fuera; no hay término medio en política, aun cuando la oligarquía colombiana haya siempre querido jugar a lo tibio, a la mediocritas o aurea mediocritas (véase Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, 1977).
Una anécdota: en 2003, en la Universidad de los Andes, Paloma Valencia enseñaba argumentación jurídica como un ejercicio de puesta en escena: juicios orales, performances, la palabra como combate reglado. Yo estaba ahí —arrastrado también por inercias familiares, por ese abolengo Valencia que en mi caso no viene de Popayán, sino de Pamplona, Norte de Santander (de allí era mi abuela materna). No creo haber aprendido gran cosa. Paloma tenía mucho del estilo pragmático angloamericano que detesta la filosofía. Creo que me puso 10. Años después, la escena se invierte: quien enseñaba a disputar posiciones queda atrapada en una estructura que ya no admite la fineza del argumento, sino la brutalidad del alineamiento.
Abelardo de la Espriella es costeño, y en esa condición geográfica hay una política del gesto: el tono, la estridencia, la teatralidad como forma de presencia pública opuesta a los códigos andinos y notariales del poder bogotano. Pero la política actual, vaciada de sustancia, busca desesperadamente cuerpos que vuelvan a encarnar algo. Tras la arrogancia didáctica del progresismo gobernante, petrista, cualquier inflexión de estilo adquiere potencia. Cuando el poder se vuelve un sermón aburrido, la extravagancia se disfraza de rebeldía.
Si el patriarca afectivo de la nación es Uribe, de la Espriella lo celebra, pero Iván Cepeda lo combate y lo nombra en cada punto de su agenda. Ambos orbitan la misma estrella fija. Uribe es el Perón colombiano por estructura simbólica, pero Cepeda insiste en devolverla al terreno de la memoria, del expediente, del caso concreto. Frente al exterminio trágico de la Unión Patriótica, la discusión verbal y el documento son las únicas salidas que nos quedan frente al salvajismo. Entre el ruido eficaz del primero y el trabajo paciente del segundo, mi inclinación es clara: prefiero el rigor del senador que se toma el trabajo de documentar el horror para contenerlo, que la impostura del abogado que convierte el horror en un gesto de pasarela. En el fondo, la elección no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes explotan el odio y quienes intentan, al menos, nombrarlo con precisión.














