Sebastián Pineda Buitrago, "Auschwitz", Proteo 2 (julio 2026)
En una esquina turística de Cracovia, compré los boletos para ir al Disney World del horror: Auschwitz.
Fui el primero, al otro día muy de mañana, en plantarme frente a la van o furgoneta. Mientras llegaban los otros turistas, me puse a conversar en inglés con el conductor, un polaco rubio y rebosante. Alabé la calidad de vida de Cracovia.
«Tienes razón», me dijo. «Trabajé como taxi-driver en Londres, pero me regresé. Londres se llenó de muslims, lo mismo París y Berlín. Aquí, look around, todavía somos blancos y cristianos».
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En la carretera, zigzagueando por una estrecha vía entre trigales dorados que ondulaban al viento, reparé con horror en que el antiguo taxi-driver no había aprendido nada de memoria histórica. el rebasante conductor polaco vivía en la fantasía de una Europa del Este blanca y aria, sin euros, aún con florines. Y precisamente nos conducía a Auschwitz. Allí iban a parar también todos los disidentes. Ay. Me dio dolor de cabeza. Andaba mareado por tanto zigzagueo; no había dormido bien; no había desayunado bien.
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¿Qué vine a buscar a Auschwitz?, me dije. ¿Qué es mejor: olvidar, recordar, comprender?
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Dos horas duró el recorrido. Volví a atravesar el arco con la leyenda de que el trabajo libera (Arbeit macht Frei); en la cámara de mi teléfono y en mi libreta de apuntes escudriñé los rincones de aquel campo de concentración que se explaya además en una inmensa estación de ferrocarriles. De vuelta al estacionamiento, a punto de abordar la van o furgoneta de vuelta a Cracovia, se me apareció un judío ortodoxo; se me plantó de frente. Vestía con la solemnidad de otra época: pantalones oscuros y un largo abrigo negro hasta las rodillas y un sombrero negro de ala ancha, impecablemente colocado, y los payot; rostro de barba espesa, ojos profundos en anteojos de carey. Lo sentí venir de otra época, un aire antiguo y solemne. Me escudriñó sonriendo, como si me reconociera, como si fuera mi abuelo. Con un marcado acento neoyorquino, en un inglés teñido de cadencias yiddish, me lanzó una pregunta que ya contenía una respuesta:
«Are you Spanish or Jew? Definitely one of them».
Ninguna de las dos, le respondí. Y cuando quise decirle que venía de México, pero que había nacido en Colombia, el rabino ya me había dado la espalda, decepcionado. Su figura se desvaneció entre la multitud.
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Ciudad desconocida hasta 1940, Auschwitz es la imagen del infierno donde se trató de erradicar el concepto de ser humano (Arendt). Fue la autodestrucción de la razón (Adorno).
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El término “genocidio” fue inventado por Rafael Lemkin, un jurista polaco a finales de 1942 o principios de 1943, luego de que en la conferencia de Wansee (enero, 1942) se propusiera la solución final.
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“Desde el primer día de guerra y muerte y hasta la caída del Tercer Reich, todo lo que es heroico en la tierra, en el mar y en el cielo, lleva el uniforme” (Victor Klemperer, La lengua del Tercer Reich).
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Como sentencia Steiner, uno ha de saber quién es. Si no, como borrego, va directo al matadero.

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