Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977
Una postal para George Steiner: la identidad siempre está en el exilio
Auschwitz
Éxodo y pertenenencia
Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante
Proteo 1 (junio, 2026)
Walter Benjamin alucina con México
Proteo 1 (junio 2026)
A la llegada de Cortés, según Gruzinski, los indios de Huejotzingo habían destrozado el monolito de Tláloc que se veneraba en la sierra de Texcoco. Baltos voluminosos se enviaban en barcazas por la laguna para escapar de los conquistadores. La Inquisición de 1539 condenó a la hoguera a quien siguiera adorando ídolos. En 1536, presionada para crear otro imaginario, la Corona envió a la Nueva España al pintor flamenco Simón Pereyns y, en 1580, al pintor español Baltasar de Echave Orio.
Ambos pintaron paisajes bíblicos y alegóricos. La imaginería católica de la Contrarreforma se hacía imperativa ante la amenaza luterana, judaizante. El culto guadalupano de 1648 antecedió el gran auto de fe de 1649 contra los judíos, es decir, contra el pueblo del libro.
De un rabino en Múnich, Scholem aprendió la práctica rabínica del comentario del Talmud, que luego transmitió a Walter Benjamin. La práctica de conversar con un cuerpo de leyes y tradiciones, cuyo significado nunca está fijo, sino en perpetua construcción, a la espera de una revelación futura, es inexistente entre los adoradores de Cristo. La letra aún no se ha hecho carne, como en Juan. Es aún fuego vivo.
En 1916, a los veintitrés años, Benjamin asistió en Múnich a los cursos del americanista Walter Lehmann, experto en lenguas y culturas del México antiguo. Allí, entre códices, Benjamin entrevió la sombra de Bernardino de Sahagún, y adquirió un ejemplar del Vocabulario en lengua castellana y mexicana, considerado el primer diccionario bilingüe impreso en América, atribuido al fraile franciscano Alfonso de Molina, y según relata Gershom Scholem en Historia de una amistad, ambos asistieron a los cursos de Lehmann; ambos leían, en voz alta, himnos mayas a sus dioses.
«En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mexicano de la época del preanimismo, el anaquivitzli. Me desperté riendo (ana = ava; vi = vie; witz [broma] = iglesia mexicana».
Tiene razón Kraniauskas: lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pero aun las drogas alucinógenas como la profecía y la magia, lejos de redenciones o ensueños, son en Benjamin alarmas para despertar. Vigilia. El judío detesta lo onírico: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.” (Proverbios 20:13). Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo el último sueño imperialista o eurocéntrico, el del Imperio austrohúngaro. También en 1914 ya estaba hecho añicos el sueño afrancesado del Porfiriato.
El 31 de julio de 1916 Benjamin le escribió a Scholem: “...ahora me centro en una meditación de orden estético: me propongo perseguir la distinción entre gráfica y pintura hasta su último fundamento”. Esta reflexión sobre la diferencia entre pintura y escritura es el germen de La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, y lo es también, según Scholem, del problema de la identidad. Benjamin distinguía dos edades del mito: la de los fantasmas y la de los demonios, que preceden a la edad de la revelación mesiánica.
The Father Waiting for His Daughter at the Airport to Fly to Colombia
On that last Sunday—our seventh, sacred day,
the day of feeding fish in Tecaljetes—
we walked as we often did from our new home,
maybe only two blocks but a world’s journey for us.
You, SariSofi, held the whole trembling earth in your arms
as you tossed breadcrumbs onto the green water.
The garden gave us back a green more generous than spring—
Tecaljetes, the park you loved to say aloud,
its name a soft murmur in the reeds, your laughter echoing.
Your small fingers knotted in my hair,
the world shrank to a gentle circle where,
for a moment, the river’s current seemed to run backward.
Just for us. Just for the hush that told us nothing is ever truly lost, as long as we remember.
Mexico is a country I tried to make mine too.
As long as I love seeing you learn,
as long as I tried to build a home and a family here—
you, Sari-Sofi, are my only tie,
the living fruit of a deep love
that could not plant more seeds.
Sara Sofía is not a coin to flip,
nor a treasure to fight over or hoard.
I turn away from the theories, the reports—
“adult-centrism,” “child’s voice,” “well-being”
—because you are none of these.
Your voice is one of the most musical in the world:
remember I signed you up for music class to sing your favorite songs?
That voice—that is the one I love.
As long as you can read, my lovely and little daughter,
I hope one day you find these lines or hear them spoken,
just as they come from my heart,
meant only for you.
On the day of departure,
I wrote alone. Your ticket unused,
your name missing next to mine at the check-in desk.
Rain blurred every border;
the law, which promised to keep us together,
became an abstract wall,
a father writing silent lines in an airport...
Sometimes I imagine us—
laughing, landing together in Colombia,
your grandparents’ arms wide with welcome,
the family we visited every six months,
you, your mom and me, a trio of guides.
I know this should not weigh you down,
and I write not to lay any burden,
but to keep open a door only love can see.
You are so much more than paperwork,
so much more than a debate or a verdict.
You are the heart I built a house for,
the only family I have here,
the daily hope that gives meaning to a country
that sometimes feels less like home
when I am not with you.
You know how I love you,
how I tried—always, together with your mother—
to build a family.
Even when it was not possible,
I never renounced you,
never stopped walking beside you,
never lost the joy in every new day we shared.
My Sari-Sofy,
nothing and no one—not a law, not a quarrel, not time—
can erase the green of those quiet Sundays
or the love that made me, always, your father.
Love you—always.



