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Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977

 Sebastián Pineda Buitrago, "Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977", Proteo 3 (agosto, 2026) 




Vi esta película en una pantalla de seis pulgadas incrustada en el respaldo de enfrente, a treinta mil pies de altura, mientras volaba entre Ciudad de México y Bogotá. A medianoche cualquier rectángulo iluminado se convierte en cine, y me sumergí en el Brasil de 1977, en el clima espeso de Guerra Fría, dobles agentes, empresarios, activistas.  

Wagner Moura (ese rostro ya codificado globalmente como Pablo Escobar por el aparato seriado de Netflix) aparece ahora reconvertido en otra clase de operador secreto: no de cocaína, sino de información y lealtades. Moura protagoniza un irónico thriller político: un hombre atrapado en la maquinaria opaca entre entidades públicas y negocios privados; entre el activismo izquierdista, unas veces tolerado y auspiciado por el Estado, pero otras veces perseguido y masacrado por otra rama del Estado que cohonesta con empresarios corruptos. 

Estamos en 1977. En las oficinas públicas todo el mundo fuma. La narración avanza por ese aire espeso; la paranoia no se dispara en persecuciones espectaculares, sino en la acumulación de detalles burocráticos; la pierna lanzada al río, sin nombre ni biografía, es sinécdoque. Esa pierna es el pedazo que basta para entender que el resto del cuerpo ya ha sido entregado a una estadística, a un expediente. 

Como para mí el cine político latinoamericano no es ninguna ficción lejana, sino un expediente familiar, voy a profanar mi reseña sobre O Agente Secreto proponiendo una suerte de remake colombiano.  Wagner Moura se parece a mi padre en 1977: el bigote de galán de telenovela, de latin-lover. 

***

Borrador del guion-remake

Una bruma de río se pega a los racimos de banano. Las grúas chirrían. Un carguero extranjero respira, inmóvil, frente al golfo. Un hombre joven baja de una avioneta: camisa floreada, gafas oscuras, cabello demasiado largo para la zona. Habla con el acento de Medellín.

Es EL AGENTE.

Un capataz lo conduce a una oficina con aire acondicionado. Dentro, tres empresarios contemplan un mapa: fincas, ríos, carreteras; líneas rojas hacia el mar.

—Aquí no necesitamos muchachos que lleguen hablando de sindicatos —dice el mayor, sin levantarse—. Ni de reforma agraria. Ni de Vietnam.

El Agente mira el mapa. Enciende un cigarrillo.

—No vengo a hablarles de Vietnam. Vengo a decirles que ya llegó.

Silencio. Afuera, los obreros descargan cajas sin saber qué contienen. Un empresario golpea la mesa.

—Sus amigos están agitando a la gente. Huelgas. Grafitis. Música extranjera. Marihuana. Eso destruye la disciplina.

El Agente sonríe con cansancio.

—La disciplina ya está destruida. Ustedes solo no han recibido el telegrama.

Se acerca al mapa. Señala el muelle, después las rutas interiores, luego el golfo.

—Quieren sacar mercancía nueva sin que nadie pregunte. Pero necesitan jóvenes que sepan bailar, repartir panfletos, fumar delante de los curas y hablar de libertad. Necesitan una contracultura que parezca revolución y una revolución que pueda caber en una caja.

Los empresarios intercambian miradas. El mayor apaga el ventilador. De pronto, el zumbido del trópico entra completo en la oficina.

—¿Y usted de qué lado está? —pregunta.

El Agente mira por la ventana: racimos de banano, lodo, hombres doblados bajo la carga.

—Del lado del que todavía no ha sido comprado.

CORTE A NEGRO.

Hágale, pues. Revolución con bareta. Negocio redondo, patrón..

***

En mi película filmaría muchas tomas aéreas: selvas de banano extendidas como un tapete verde; el río Atrato explayándose en ciénagas, brazos marrones, besando de lodo el golfo de Urabá. Filmaría la aduana de Turbó, ese pueblo extraño y ardiente situado por debajo del nivel del mar. Bodegas y muelles de infraestructura precaria, oxidada; barcos que cargan banano, maquinaria. Droga. Dragas. Grandes empresarios capaces de negociar banano, dragados, contratos con Europa y silencios forzados en la costa. 


Y en esa costa, el asesino de mi película saldría de entre el personal más mal pagado de los muelles, azotado por capataces, deseoso de vengarse matando a quien sea, con tal de no trabajar más en la plantación ni en el muelle húmedo y maloliente, donde el banano se embarca de madrugada. Tendría la mirada del Marte de Velázquez: ojos que no son psicología, sino guerra concentrada. Ese personaje, extraído de un imaginario de infierno industrial y portuario, cruzaría los ríos a bordo de lanchas rápidas, aparecería en las fincas bananeras, negociaría con capataces y mandos medios. La pierna del Brasil dictatorial se convertiría aquí en un resto arrojado al Atrato, flotando lentamente hacia las ciénagas. 

Yo haría como el director Mendonça Filho: compondría mi relato con una cámara que rehúye el subrayado melodramático, prefiriendo la ironía seca y dejando que el absurdo político surja de la lógica interna de las escenas. Que el asesinato no sea espectáculo, sino trámite burocrático, como en La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, pero sin ese narrador monolítico. 

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Las ruedas del avión tocan la pista de El Dorado justo cuando la película se acaba. Las luces se encienden. 

Una postal para George Steiner: la identidad siempre está en el exilio

Sebastián Pineda Buitrago", "Una postal para George Steiner: la identidad siempre está en el exilio", Proteo 2 (julio, 2026). 





En el verano lluvioso de la verde Inglaterra, un día de julio de 2008, viajé a Cambridge. Almendro me dio la dirección de George Steiner. Le puse una postal. No quise importunarlo con una visita intempestiva. Me vería como un bicho raro al enterarse de mi origen colombiano. Steiner confundía a Monterrey con Medellín. Nuestro mundo hispano, me contó Almendro, lo tenía sin cuidado. No perdonaba a los Reyes Católicos haber expulsado de sus reinos el componente judío, sefardí. La Europa franco-alemana-italiana y la anglosajona eran lo que a él le interesaba. Y China. 

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Steiner se pregunta, en el primer capítulo de My Unwritten Books, “Chinoiserie”, por qué China no conquistó el mundo con sus tempranas invenciones: la pólvora, la imprenta, la brújula, el papel, el agua a presión. El más memorable de todos los relatos de Kafka, “La muralla china”, plantea la paradoja de un emperador, infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio, que ordena a infinitas generaciones levantar infinitamente un muro infinito que dé la vuelta a su imperio infinito. La paradoja kafkiana-borgeana podría actualizarse en las fábricas chinas, cuya producción supera nuestra imaginación: miles de millones de microprocesadores, casi toda la infraestructura digital del planeta. 

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Vivimos en un jardín digital, impersonal, obediente, chinesco. 

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George Steiner hablaba fluidamente inglés, italiano, francés y alemán. Gozaba de doble o triple nacionalidad. Pero los prejuicios y atavismos territoriales del anfitrión le recordaron siempre que toda hospitalidad es provisional. Pues, por calurosa que sea la acogida, uno debe tener el equipaje hecho en cualquier momento. 

«La verdad siempre está en el exilio».

Semejante máxima, atribuida al rabino Baal Shem Tov (Israel ben Eliezer), fundador del jasidismo –un movimiento cabalístico del siglo XVIII, cuyo nombre proviene del hebreo jasid (חסיד), que significa “piadoso”–, era la oración matinal de Steiner. Pues él había nacido en París, en un ambiente muy parecido al descrito por Proust en Por el camino de Swann, pero debió huir a Nueva York con su padre, ad-portas de la ocupación nazi. Cursó estudios en la Universidad de Chicago y Harvard. Tras la guerra, volvió a cruzar el Atlántico. Prefirió ejercer la docencia en Inglaterra o en la Europa continental; no toleró el anti-intelectualismo académico angloamericano. Con todo, The New Yorker lo publicaba muy a menudo. El Estado de Israel, al saberlo judío y famoso, quiso invitarlo y hacerlo su ciudadano. Pero Steiner no se resignó a reducir el universalismo judío al sionismo israelí. Variando apenas la famosa frase de Heidegger, se declaró un «invitado de la humanidad». 

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En aquel verano lluvioso de 2008 había viajado a Cambridge en plan de tomar una entrevista con el profesor John Kraniauskas. Le dije que quería escribir una «Historia de la lírica inglesa desde el ruiseñor de Keats hasta Pink Floyd». Me tomó como un lunático in the grass. Con todo, me animó a postularme. Pero el precio de la matrícula en Cambridge era exorbitante. Arruinaría a mi familia. La solución consistía en mendigar a fundaciones bancarias para obtener una beca; emplearme en las tardes como ayudante de cocina; meserear, lavar baños, remar las barcazas por los lagos de Cambridge paseando turistas japoneses. Lo pensé toda la tarde vagando de vuelta por los jardines simétricos de Cambridge. 

***
Tiene razón John Kraniauskas (Políticas literarias: poder y acumulación en la literatura y el cine latinoamericanos): lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pues las drogas alucinógenas son, para Benjamin, alarmas para despertar. El judío detesta lo onírico. Steiner cita un Proverbio: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.”. Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo la última monarquía funcional, la del del Imperio austrohúngaro. 

***

Llevaba aguantando varios meses en la verde Inglaterra, pero en agosto ya no la soporté. En Portsmouth, donde nació Dickens, abordé un ferri nocturno. Al mediodía siguiente, desembarqué en Normandía. Caminé, meciéndome como si viniera navegando durante meses, hasta la estación de trenes de Dieppe. Tomé el primero a París.

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Europa es una plaza y un café, dijo Steiner. Los últimos amaneceres de agosto me sorprendieron en la plazoleta de Ciudad Lineal, en Madrid, borracho, tarareando cualquier canción. El calor era insoportable y no dejaba dormir. Puse mis libros en cajas y los despaché por barco hasta Veracruz.

***
Como sentencia Steiner, uno ha de saber quién es. Si no, como borrego, va directo al matadero. 



Auschwitz

 Sebastián Pineda Buitrago, "Auschwitz", Proteo 2 (julio 2026)



En una esquina turística de Cracovia, compré los boletos para ir al Disney World del horror: Auschwitz. 

Fui el primero, al otro día muy de mañana, en plantarme frente a la van o furgoneta. Mientras llegaban los otros turistas, me puse a conversar en inglés con el conductor, un polaco rubio y rebosante. Alabé la calidad de vida de Cracovia. 

 «Tienes razón», me dijo. «Trabajé como taxi-driver en Londres, pero me regresé. Londres se llenó de muslims, lo mismo París y Berlín. Aquí, look around, todavía somos blancos y cristianos». 

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En la carretera, zigzagueando por una estrecha vía entre trigales dorados que ondulaban al viento, reparé con horror en que el antiguo taxi-driver no había aprendido nada de memoria histórica. el rebasante conductor polaco vivía en la fantasía de una Europa del Este blanca y aria, sin euros, aún con florines. Y precisamente nos conducía a Auschwitz. Allí iban a parar también todos los disidentes. Ay. Me dio dolor de cabeza. Andaba mareado por tanto zigzagueo; no había dormido bien; no había desayunado bien. 

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¿Qué vine a buscar a Auschwitz?, me dije. ¿Qué es mejor: olvidar, recordar, comprender?  

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Dos horas duró el recorrido. Volví a atravesar el arco con la leyenda de que el trabajo libera (Arbeit macht Frei); en la cámara de mi teléfono y en mi libreta de apuntes escudriñé los rincones de aquel campo de concentración que se explaya además en una inmensa estación de ferrocarriles. De vuelta al estacionamiento, a punto de abordar la van o furgoneta de vuelta a Cracovia, se me apareció un judío ortodoxo; se me plantó de frente. Vestía con la solemnidad de otra época: pantalones oscuros y un largo abrigo negro hasta las rodillas y un sombrero negro de ala ancha, impecablemente colocado, y los payot; rostro de barba espesa, ojos profundos en anteojos de carey. Lo sentí venir de otra época, un aire antiguo y solemne. Me escudriñó sonriendo, como si me reconociera, como si fuera mi abuelo. Con un marcado acento neoyorquino, en un inglés teñido de cadencias yiddish, me lanzó una pregunta que ya contenía una respuesta:  

«Are you Spanish or Jew? Definitely one of them». 

 Ninguna de las dos, le respondí. Y cuando quise decirle que venía de México, pero que había nacido en Colombia, el rabino ya me había dado la espalda, decepcionado. Su figura se desvaneció entre la multitud. 

*** 

Ciudad desconocida hasta 1940, Auschwitz es la imagen del infierno donde se trató de erradicar el concepto de ser humano (Arendt). Fue la autodestrucción de la razón (Adorno).  

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El término “genocidio” fue inventado por Rafael Lemkin, un jurista polaco a finales de 1942 o principios de 1943, luego de que en la conferencia de Wansee (enero, 1942) se propusiera la solución final.  

*** 

“Desde el primer día de guerra y muerte y hasta la caída del Tercer Reich, todo lo que es heroico en la tierra, en el mar y en el cielo, lleva el uniforme” (Victor Klemperer, La lengua del Tercer Reich)

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Como sentencia Steiner, uno ha de saber quién es. Si no, como borrego, va directo al matadero. 

Éxodo y pertenenencia

S. P. B. "Éxodo y pertenencia", Proteo 2 (julio, 2026)




                                      
Vuelo trasatlántico (15 de septiembre de 2024)

Alrededor del aeropuerto Benito Juárez todo es triste y feo. Incluso el llamado cerro de La Estrella, donde está la torre de control. Todo carece de elevación, de cualquier sentimiento sublime. Nada eleva, salvo los aviones. Este es el barrio de la araña:

🕷️
Los pasajeros mexicanos celebran torpemente su día de la independencia y gritan «¡viva México!» al abordar.

El avión despega a medianoche y desde el aire advierto que la Ciudad de México no es una ciudad, sino una mancha de luces derramada sobre varios valles que se extienden, al oriente, hasta Puebla y Perote y bajan por zanjas y barrancos a través de Xalapa y se explayan en Veracruz puerto. 

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«Iremos a conocer su país, joven», me dice una señora al lado de mi asiento cuyo marido ya dormita. No tengo tiempo de decirle que no soy de España, sino de Colombia, porque de inmediato me suelta una perorata: «Los mexicanos somos una tacita de té. Nos resquebrajamos por cualquier comentario. No soportamos la majadería al modo ibérico. Somos muy susceptibles. Venimos de civilizaciones hieráticas. Arrastramos cierta infelicidad colectiva desde los aztecas. De sonrisa fácil, nos cuesta alegrarnos de veras. Somos, ay, cómo decirlo, sonrientes y crueles».

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La primera semana en Europa estuve en Polonia leyendo en inglés, en la Universidad de Cracovia, una ponencia sobre el pintor Dr. Atl como futurista. Dos días de intensas discusiones. Después me puse a recorrer aquella antigua ciudad del Imperio austrohúngaro. El domingo 22 de septiembre aterricé en Madrid.   

En la mañana he ido a contemplar el cuadro La comida en la barca, de Sorolla. El grado de amor que necesitó Sorolla para pintar con tanta delicadeza a sus criaturas es algo inexistente en América. 

        Nadie sabe el pasado que le espera. En la tarde, en una terraza de Malasaña, por fin conozco a mis hermanas mayores. Son hijas de mi padre, nacidas en la clandestinidad, ocultas durante décadas por la vergüenza y el miedo. Nos abrazamos. Somos hijos de la Guerra Fría, cuyas esquirlas nada tuvieron de frías en Colombia. Pongo en la mesa dos botellas de licor polaco, las destapo. Bebemos. 

            En ese momento, la tarde de Madrid se vuelve más nítida. Pienso en la luz de Sorolla, en su manera de mirar a los suyos, de encontrar belleza en lo que otros llamarían ruinas. 

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Una puerta se cierra, otra se abre. El viaje, la pintura y el duelo se confunden. Por un instante, siento que pertenezco.


Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante


Proteo 1 (junio, 2026) 




Muchas veces, para no discutir con Nuria Lorena, Sarmiento amó su estudio de azotea como otros aman a su patria. Muchas veces se sumergió en su cuarto de azotea, exiliado dentro de su propia casa, como otros regresan a su tribu. No sabía lo que ocurría.

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De su nutrida biblioteca solamente pude llevarse dos libros: la Biblia de Jerusalén y la Ética de Spinoza. Leyó en esta última que el odio debe ser vencido por el amor y la generosidad, y no compensado con odio. Y, además, que las aflicciones e infortunios de ánimo toman su origen, principalmente, de un amor excesivo hacia una persona que está sujeta a muchas variaciones y que nunca podemos poseer por completo. De lo que se deduce que debemos amar a Dios sobre todas las cosas y los seres, pues el amor a Dios no puede ser mancillado por ninguno de los vicios del amor ordinario; pues en el amor a Dios, que es el conocimiento, gozamos reprimiendo nuestras concupiscencias y malos afectos.

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Más tarde, leyó intensamente los Proverbios
- “Más vale ración de verduras con amor que carne de vacuno con odio”. 
-“Una persona tiene proyectos. Yahvé, la última palabra”. 
–“Casa y fortuna se heredan de los padres, mujer prudente es un don de Yahvé”. 
– “Mejor es vivir en un rincón de azotea que compartir mansión con mujer pendenciera”. 
–“Es mejor dormir a la intemperie, aunque sea bajo la lluvia, que con una mujer de mal genio, más desagradable que una gotera incesante”.
– “Mejor es vivir en el desierto que con mujer irritable y pendenciera”.

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Las rupturas más trágicas son las de esas parejas que se han casado jóvenes y gozado de diez años de felicidad, al cabo de los cuales estallan los fuegos tapados de la pasión y la independencia, y sin saber por qué, puesto que continúan queriéndose mutuamente, emprenden su común destrucción. 

Añade Cyril Connolly en La tumba sin sosiego:

“There is no fury like a woman seeking a new lover. When we see a woman placidly chewing the cud of her thoughts beside her second husband, it is difficult to imagine how brutally, relentlessly and meanly she got rid of the first. […] Women are different from men, and the breaking with the past and tearing to pieces of the man they loved answers to a dark need of their being. Thus a woman’s friends will feel almost as much pleasure as she does when she is about to leave her man. Together they prepare the decree against the husband. They like to know the date, poke the fire, and walk round the monster, inspecting him carefully when he is left alone. At hundreds of miles’ distance they can hear the heavy thud of the trunks on the floor as they are being packed for departure.”

O en excelente traducción de Ricardo Baeza (UNAM, 1963):

“No hay furia comparable a una mujer que busca un nuevo amante. Cuando vemos una mujer rumiando mansamente sus pensamientos al lado de su segundo marido, es difícil imaginar lo brutal, implacable y mezquinamente que se deshizo del primero. [...] Las mujeres son distintas de los hombres, y el romper con el pasado y dejar hecho trizas al hombre que querían responde a una oscura necesidad de su ser. Así, las amigas de la mujer sentirán casi tanto placer como ella cuando se dispone a abandonar al hombre. Juntas preparan el edicto contra el marido. Les gusta saber la fecha, atizar el fuego, y dar vueltas en torno del monstruo
inspeccionándolo atentamente cuando se queda solo. A centenares de millas de distancia oyen el ruido pesado sobre el suelo de las valijas a punto de partida”.

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Arrebatar una mujer al marido, o un marido a la mujer, es una especie de asesinato; la culpa convierte a los amantes en cómplices, y la destrucción del hogar destruye a los destructores. Como dejamos a los demás así seremos dejados.

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La necesidad de olvidar es de la gente ilustrada. Cuando uno ha sido bien atormentado, bien hostigado por su propia sensibilidad, comprende que hay que vivir al día, olvidar mucho; en suma: absorber la vida a medida que mana.

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Ética viene del griego ethos («morada» y «manera de ser»). La moral en cambio, del latín mos («costumbre»).
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Cómo citar este texto: Pineda Buitrago, Sebastián (2026). "Exilio interior ante la furia de una mujer que busca nuevo amante", Proteo 1, (1).  

Walter Benjamin alucina con México

Proteo 1 (junio 2026)


Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional de París (Foto de Gisèle Freund, 1937)





A la llegada de Cortés, según Gruzinski, los indios de Huejotzingo habían destrozado el monolito de Tláloc que se veneraba en la sierra de Texcoco. Baltos voluminosos se enviaban en barcazas por la laguna para escapar de los conquistadores. La Inquisición de 1539 condenó a la hoguera a quien siguiera adorando ídolos. En 1536, presionada para crear otro imaginario, la Corona envió a la Nueva España al pintor flamenco Simón Pereyns y, en 1580, al pintor español Baltasar de Echave Orio. 

Ambos pintaron paisajes bíblicos y alegóricos. La imaginería católica de la Contrarreforma se hacía imperativa ante la amenaza luterana, judaizante. El culto guadalupano de 1648 antecedió el gran auto de fe de 1649 contra los judíos, es decir, contra el pueblo del libro.

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De un rabino en Múnich, Scholem aprendió la práctica rabínica del comentario del Talmud, que luego transmitió a Walter Benjamin. La práctica de conversar con un cuerpo de leyes y tradiciones, cuyo significado nunca está fijo, sino en perpetua construcción, a la espera de una revelación futura, es inexistente entre los adoradores de Cristo. La letra aún no se ha hecho carne, como en Juan. Es aún fuego vivo. 

Y en su extenso análisis sobre Las afinidades electivas, de Goethe, Benjamin puso en práctica esa «crítica rabínica» –si tal cosa existe–: vislumbrar la distancia y la fuerza histórica de una obra, y situarse frente a ella como ante una hoguera en llamas. 

El mero comentarista actúa como un químico, pendiente de la forma externa y del contenido objetivo: maderas, cenizas. El crítico rabínico, en cambio, actúa como un alquimista, pendiente del fulgor del fuego que no puede mirar sin un asombro antiguo (Borges). Eso no lo entiende sino un judío o alguien para quien un texto es tan significativo como un ser.

***


En 1916, a los veintitrés años, Benjamin asistió en Múnich a los cursos del americanista Walter Lehmann, experto en lenguas y culturas del México antiguo. Allí, entre códices, Benjamin entrevió la sombra de Bernardino de Sahagún, y adquirió un ejemplar del Vocabulario en lengua castellana y mexicana, considerado el primer diccionario bilingüe impreso en América, atribuido al fraile franciscano Alfonso de Molina, y según relata Gershom Scholem en Historia de una amistad, ambos asistieron a los cursos de Lehmann; ambos leían, en voz alta, himnos mayas a sus dioses.

***

En Einbahnstrasse (Calle de dirección única), de 1928, Benjamin incluyó el fragmento “Embajada mexicana”. Lo antecedió con un epígrafe tomado de Baudelaire: “Cuando paso junto a un fetiche de madera, un buda dorado, un ídolo mexicano, nunca dejo de decirme: podría ser el Dios verdadero”. Dado que en 1862 el ejército francés invadía Veracruz, Baudelaire buscaba hacer enfadar al parisino clasemediero, vanidoso y patriotero, preguntándose si el verdadero dios no podía ser un ídolo mexicano. ¿Qué entrevía Benjamin con México?

«En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mexicano de la época del preanimismo, el anaquivitzli. Me desperté riendo (ana = ava; vi = vie; witz [broma] = iglesia mexicana».

Tiene razón Kraniauskas: lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pero aun las drogas alucinógenas como la profecía y la magia, lejos de redenciones o ensueños, son en Benjamin alarmas para despertar. Vigilia. El judío detesta lo onírico: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.” (Proverbios 20:13). Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo el último sueño imperialista o eurocéntrico, el del Imperio austrohúngaro. También en 1914 ya estaba hecho añicos el sueño afrancesado del Porfiriato.

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El 31 de julio de 1916 Benjamin le escribió a Scholem: “...ahora me centro en una meditación de orden estético: me propongo perseguir la distinción entre gráfica y pintura hasta su último fundamento”. Esta reflexión sobre la diferencia entre pintura y escritura es el germen de La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, y lo es también, según Scholem, del problema de la identidad. Benjamin distinguía dos edades del mito: la de los fantasmas y la de los demonios, que preceden a la edad de la revelación mesiánica.

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Pobreza de la experiencia. Crisis de la narración. Relatos débiles, frágiles, repetitivos, sin comienzo ni fin, sin desenlace. Sin tragedia. En tiempos de Benjamin, según Agamben, Proust trabajaba y escribía sin levantarse de la cama, y En busca del tiempo perdido parece narrado entre sueños.

***
Adorno lo esperaba en Nueva York, pero Benjamin nunca pudo zarpar de Portbou. La Gestapo, a través de la policía franquista, le respiraba en la nuca. Y la noche del 25 de septiembre de 1940, Benjamin prefirió empastillarse con tabletas de morfina, “suficientes para matar a un caballo”. Aunque nunca cruzó el Atlántico, Benjamin se asomó a México con cierto destello en los ojos, como si se tratara de un enigma.


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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastian (2026), "Walter Benjamin alucina con México", Proteo 1 (1).


The Father Waiting for His Daughter at the Airport to Fly to Colombia

On that last Sunday—our seventh, sacred day,

the day of feeding fish in Tecaljetes—

we walked as we often did from our new home,

maybe only two blocks but a world’s journey for us.

You, SariSofi, held the whole trembling earth in your arms

as you tossed breadcrumbs onto the green water.

The garden gave us back a green more generous than spring—

Tecaljetes, the park you loved to say aloud,

its name a soft murmur in the reeds, your laughter echoing.

Your small fingers knotted in my hair,

the world shrank to a gentle circle where,

for a moment, the river’s current seemed to run backward.

Just for us. Just for the hush that told us nothing is ever truly lost, as long as we remember.

Mexico is a country I tried to make mine too.

As long as I love seeing you learn,

as long as I tried to build a home and a family here—

you, Sari-Sofi, are my only tie,

the living fruit of a deep love

that could not plant more seeds.

Sara Sofía is not a coin to flip,

nor a treasure to fight over or hoard.

I turn away from the theories, the reports—

“adult-centrism,” “child’s voice,” “well-being”

—because you are none of these.

Your voice is one of the most musical in the world:

remember I signed you up for music class to sing your favorite songs?

That voice—that is the one I love.

As long as you can read, my lovely and little daughter,

I hope one day you find these lines or hear them spoken,

just as they come from my heart,

meant only for you.

On the day of departure,

I wrote alone. Your ticket unused,

your name missing next to mine at the check-in desk.

Rain blurred every border;

the law, which promised to keep us together,

became an abstract wall,

a father writing silent lines in an airport...

Sometimes I imagine us—

laughing, landing together in Colombia,

your grandparents’ arms wide with welcome,

the family we visited every six months,

you, your mom and me, a trio of guides.

I know this should not weigh you down,

and I write not to lay any burden,

but to keep open a door only love can see.

You are so much more than paperwork,

so much more than a debate or a verdict.

You are the heart I built a house for,

the only family I have here,

the daily hope that gives meaning to a country

that sometimes feels less like home

when I am not with you.

You know how I love you,

how I tried—always, together with your mother—

to build a family.

Even when it was not possible,

I never renounced you,

never stopped walking beside you,

never lost the joy in every new day we shared.

My Sari-Sofy,

nothing and no one—not a law, not a quarrel, not time—

can erase the green of those quiet Sundays

or the love that made me, always, your father.

Love you—always.