Conceptos clave del judaísmo

Sebastián Pineda Buitrago, "Conceptos clave del judaísmo", Proteo 3 (agosto, 2026). 



Conceptos clave del judaísmo (Madrid, Catarata, 2026) no es exactamente un "judaísmo de diccionario". Es algo más. Auspiciado por la Federación de Comunidades Judías de España, con múltiples entradas escritas por diversos especialistas, este libro invita por lo menos a enriquecer nuestro léxico y, entre gente más audaz, a cuestionar cierta propaganda antisemita y cierto monopolio "espiritual". Conviene comentar algunas entradas. Al fin y al cabo, en su núcleo más severo, comentar es una operación rabínicaToda religión entraña un problema lingüístico y mediático. Jamás asesinaremos a Dios mientras sigamos sometidos a la gramática (Nietzsche). 

Conceptos clave del judaísmo se abre con “Aliá” —“ascenso” o “subida”—, entrada de Javier Simonovich. En apenas tres páginas, esa palabra concentra un arco histórico decisivo: la transformación de un deseo religioso de retorno a Tierra Santa en migración organizada, colonización agrícola, trabajo, instituciones nacionales y, finalmente, Estado. Para entender bien este arco histórico hace falta detenerse en el cambio de siglo 1800/1900, en aquel fin de siècle en que la “cuestión judía” fue decisiva. En enero de 1895, en el patio helado de la École Militaire de París, un oficial arrancó los galones del uniforme del capitán Alfred Dreyfus y partió su espada por la mitad. Mientras la chusma parisina rugía «¡Muerte a los judíos!», el periodista austrohúngaro Theodor Herzl comprendió que la asimilación y la ciudadanía francesa (hoy, digamos, de la Unión Europea) no garantizaban protección contra el antisemitismo. Un año después, en 1896, publicó en alemán El Estado judío. La solución era territorial, diplomática y política y daba lo mismo si tal Estado judío tuviera lugar en Palestina o en Argentina; en todo caso, fuera de Europa. 

La genealogía demográfica del Estado de Israel desde la primera aliá de 1882–1903 hasta la llegada de más de 950.000 judíos de la antigua URSS entre 1989 y 2003 difícilmente puede resumirse en la entrada “Aliá”, pues condensa una sucesión vertiginosa de oleadas migratorias: huidas, trabajo, adquisición de tierras, mesianismos secularizados, construcción institucional y disputas de soberanía. La aliá no nombra sólo un ascenso ni una estadística migratoria: concentra la tensión irresuelta entre exilio, refugio, nacionalismo, asentamiento y Estado.

La entrada “Aseret ha-Dibrot”, de Moshé Bendahan, obliga a corregir desde el principio la traducción acostumbrada. No son simplemente “mandamientos”, sino las Diez Palabras: la escena inaugural en la que un pueblo escucha una voz que no puede reducirse a imagen. La Torá (no “el Antiguo Testamento”, categoría cristiana posterior) sitúa esas palabras en Shemot, el libro que el cristiano llama Éxodo. Allí no se funda una moral abstracta, sino una política de la atención: antes de prohibir el asesinato, el robo o el falso testimonio, el texto ordena no fabricar dioses rivales ni imágenes ante las cuales inclinarse. Éste es quizá el precepto menos comprendido de nuestra época visual. 

Leer históricamente el decálogo exige no suavizar su gramática patriarcal. El séptimo enunciado –“No cometerás adulterio”– y el noveno –“No darás falso testimonio contra tu prójimo”– parecen demasiado familiares para escandalizar. Sin embargo, leídos juntos describen la catástrofe íntima de toda casa que se rompe. El adulterio destruye una confianza corporal y doméstica; el falso testimonio disputa después el lenguaje mismo en que esa destrucción será narrada. La traición no termina cuando alguien se va con otro: continúa en la batalla por decidir qué ocurrió, quién puede acusar, qué dolor merece nombrarse o callarse y cuándo una acusación deja de ser verdad para convertirse en venganza. El décimo enunciado devuelve, además, la dureza de su mundo histórico: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo…”. El decálogo intenta someter el deseo del varón a un límite, aun cuando lo haga desde un orden que imagina a la mujer bajo la custodia de otro hombre. 

La entrada “Cábala”, de José Antonio Olmeda Gómez, deja mucho que desear. Apenas nombra el Libro del Esplendor, del cabalista sefardí de la Castilla del siglo XIII. Desde México, Esther Cohen ha insistido precisamente en que la cábala no es una doctrina cerrada ni un repertorio de símbolos para consumo esotérico, sino una experiencia de lenguaje, interpretación y nombre. Sus trabajos —La palabra inconclusa y El silencio del nombre—, así como su antología del Zohar, ofrecen una vía mucho más fértil para leer la tradición cabalística en castellano. Una entrada sobre cábala merece hacer temblar la idea misma de autor, texto, lengua y tradición.

La entrada “Halajá”, de Marilda Azulay Tapiero, es una de las más logradas del volumen porque obliga a abandonar una oposición demasiado cómoda entre ley y espíritu. La Halajá no es la letra muerta que el cristianismo aprendió a oponer a su propia gracia: es una técnica de existencia. Su pregunta no es primero qué debe creer un judío, sino cómo debe caminar, comer, descansar, amar, discutir, trabajar, recordar, reparar. La autora propone una imagen vegetal que merece ser prolongada. La Torá es la raíz; la Mishná y la Guemará, reunidas en el Talmud, forman el tronco lo que está en discusión, lo interpretativo; los comentarios rabínicos son las ramas de la llamada literatura postalmúdica; las responsa, preguntas y respuestas, son los frutos siempre nuevos. Así pues, la ley deja de ser abstracción y vuelve a encontrar una vida concreta que pregunta. Lo sagrado no está fuera de lo cotidiano.

Leído con atención, Conceptos clave del judaísmo deja entrever una verdad que su propia forma de glosario apenas consigue contener: el judaísmo no es una colección de sustantivos sagrados, sino una civilización de verbos. Aliá es subir; Janucá, dedicar; midrash, buscar; Mishná, repetir; mitzvá, mandar o vincular; galut, vivir fuera; mesianismo, reparar una fractura que el mundo ha normalizado. Son definiciones con energía histórica; prácticas de supervivencia.

La entrada “Jerusalén”, de Joseph Salama, debería resistir la tentación de una etimología pacificadora. Jerusalén no es simplemente la “ciudad de la paz”. Su nombre probablemente conserva la huella de Shalim, divinidad cananea asociada con el crepúsculo, la salud y la plenitud; la paz aparece, pues, no como esencia transparente de la ciudad, sino como promesa, disputa y herida. Nada más irónico que una ciudad cuyo nombre ha sido leído como paz y cuya historia concentra la defensa religiosa, imperial y nacional de Occidente.

La entrada “Mesías”, también de Joseph Salama, ofrece una definición más convincente: el mesianismo sólo se comprende a partir de galut. El exilio es habitar un mundo que no coincide con su promesa de justicia. Y el Mesías es, en la imaginación judía, el nombre de una reparación histórica: el momento en que la violencia pierde legitimidad y la opresión deja de ser norma. El midrash y la Mishná enseñan, por su parte, que esa reparación comienza en el lenguaje. Midrash viene de buscar: el texto no se recibe, se persigue. Mishná viene de repetir: enseñar es volver a decir, pero cada repetición modifica lo repetido. De allí que las 613 mitzvot no deban leerse como una burocracia de prohibiciones, sino como el intento de que ningún ámbito de la existencia —comer, trabajar, descansar, juzgar, amar, recordar— quede abandonado a la indiferencia moral.

Torá, Mishná, Talmud, comentario, disputa, carta, responsa. Allí donde un diccionario ofrece la definición de una palabra, la tradición rabínica —y de modo especialmente intenso la literatura de responsa— devuelve una escena: alguien pregunta desde una vida concreta, y una comunidad de intérpretes se obliga a responder.  El mejor judaísmo que este libro alcanza a mostrar no cabe en sus conceptos: cada vez que el glosario detiene un verbo para convertirlo en ficha, la tradición vuelve a escapar por la puerta de la historia.

(Un paréntesis: Mark Zuckerberg no inventó el muro: industrializó una de sus tentaciones. En Facebook, el cibernauta contemporáneo acude a una pared de silicio para adherir quejas, exhibir heridas y mendigar ante un algoritmo la gracia mínima de la visibilidad. Pero esa pared no escucha; mucho menos responde. En cambio, el Muro Occidental de Jerusalén jamás ha sido una red social: fue y es el resto material de una destrucción, un lugar de plegaria, memoria y duelo. Confundirlo con Facebook es profanarlo conceptualmente. Pues, además, la catástrofe contemporánea no consiste en haber democratizado el Muro, sino en haber reducido la responsa a un “me gusta”).


Frente a una identidad que rebasa los cinco mil años, otras identidades palidecen. ¿Quién le teme al judaísmo? El "pensamiento judío" es una ilusión pedagógica; la única enseñanza válida es la de releer históricamente: las palabras tienen fecha, viaje, herida y generan conflicto. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario