Una familia siempre es disfuncional: la identidad de Antígona

Sebastián Pineda Buitrago, "Una familia siempre es disfuncional: la identidad de Antígona", Proteo, 2 (julio, 2026). 




En un momento histórico en que las formas de familia se multiplican (divorcios, exilios, migraciones, familias recompuestas, hogares con más de una figura paterna o ninguna), Antígona se convierte en la figura que expone los límites de la inteligibilidad del parentesco: habla desde un lugar donde ya no está claro quién es el padre, quién la madre, quién el hermano [1]. El teatro trágico es el sitio donde el ente (el ser, la identidad de la persona-máscara) se pone a prueba frente al mito y al signo, es decir, frente al destino y la ley. 

Sófocles estrenó Antígona hacia el 441 a. C. en el Teatro de Dioniso, en Atenas, y en su primer estásimo dejó caer una de las teorías de la identidad más lúcidas jamás pronunciadas: Polá tà deiná, k'oudèn anthrópou deinóteron («muchas cosas hay terribles, pero nada más terrible que el ser humano»). No hay elogio ingenuo en esa sentencia: deinón nombra a la vez lo prodigioso y lo espantoso, y en esa ambigüedad irreductible se juega la identidad entera de nuestra especie. El hombre surca mares, doma la tierra, ha aprendido de sí mismo el «pensamiento alado» (pteróenta lógon) y ha inventado la ley de la ciudad; pero ese mismo genio técnico y lingüístico, capaz de todo, no puede librarlo de la muerte. La identidad, para Sófocles, no es serenidad ni plenitud: es el ingenio humano estrellándose, siglo tras siglo, contra el muro de su propia finitud. 

        Reconstruyamos el mito sin adornos, porque en su desnudez está la lección [2]. Edipo mata sin saberlo a su padre y desposa a su madre Yocasta; de esa unión nacen Polinices, Eteocles, Antígona e Ismene. Descubierto el crimen, Edipo renuncia al trono, que pasa a sus hijos varones bajo pacto de reinado alternado. Eteocles, cumplido su año, se niega a ceder el poder; Polinices regresa con un ejército y ambos hermanos se matan mutuamente en combate. La línea de sangre real se corta en un fratricidio que ya anuncia que toda identidad dinástica está marcada por la ruptura. Creonte, tío de los muertos, asume el gobierno y toma dos decisiones gemelas: honra a Eteocles con ritos plenos y condena a Polinices a la intemperie, insepulto, pasto de aves de rapiña. Un hermano queda sellado por el honor; el otro, por la infamia. Donde el rito funerario decide quién pertenece a la comunidad de los vivos y de los muertos, Creonte ejerce un poder soberano sobre la identidad misma: quién será recordado, quién será borrado.

        Antígona, de apenas diecisiete o dieciocho años, desafía el edicto. Ismene aconseja prudencia, silencio, la obediencia que salva el cuerpo; Antígona responde que no solo enterrará a su hermano, sino que se niega a hacerlo en secreto. «Grítalo», le exige a su hermana; «me serás más odiosa si lo callas que si lo publicas». Ahí está el giro que nos interesa: el acto no le basta a Antígona si permanece clandestino; exige ser visto, dicho, dramatizado ante la polis entera. 


            Judith Butler, en Antigone's Claim: Kinship Between Life and Death, lee esa frase como un acto de habla que es, simultáneamente, una puesta en escena: Antígona no solo entierra el cuerpo prohibido, sino que convierte el gesto en un acontecimiento tan público como el propio edicto de Creonte. Y aquí se cumple, en carne trágica, nuestra fórmula inicial: antes de que Antígona «sea» rebelde, la vemos hablar y actuar como tal. El signo antecede al ente; la identidad no se posee, se escribe, se habla, se ejecuta (to perfomance) ante otros.


    La genealogía de Antígona agrava el escándalo. Hija de Edipo y Yocasta, su madre es también su abuela; los lugares de padre, madre, hermana e hija se enredan hasta desestabilizar cualquier esquema ordenado del parentesco. Antígona ocupa «el lugar de la madre» sin ser madre, pues su nombre puede leerse como antigeneración. Ella encarna el límite mismo de lo pensable como familia en términos normativos. La ousía del parentesco (eso que «es» una familia) se revela como construcción frágil, sostenida por acuerdos sociales que, como en Tebas, pueden estallar en incoherencia pura. 


                    Hegel quiso ver en Antígona el espíritu de la familia enfrentado al Estado, cuya afirmación unilateral debía terminar en destrucción para que la comunidad se sostuviera. Butler responde con más finura: Antígona y Creonte son espejos, no opuestos absolutos; ambos invocan la ley (la del parentesco, la del Estado) y ambos, al chocar, exhiben las fisuras de esa ley. 

            El mito escenificado revela  un exceso de vida que el signo todavía no alcanza a nombrar, pues desborda cualquier ente estable que la ontología hubiera querido asegurar. Antígona se identifica con la tumba, con el espacio entre la vida y la muerte, con el lenguaje de quien ha sido excluido; su acto de habla la mata, pero también demuestra, ante la ciudad-espectadora, que la identidad jamás fue una ousía fija, sino un drama en curso. Cada vez que alguien pregunta «¿quién es tu familia?», está repitiendo, sin saberlo, el edicto de Creonte.


Notas


1) Judith Butler, El grito de Antígona. Trad. de E. Oliver. Barcelona: El Rourc Editorial, 1991, p. 40-41. 

2) María Rosa Lida, "Antígona", Introducción al teatro de Sófocles. Barcelona: Paidós, 1983, pp. 34-84.  

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