Sebastián Pineda Buitrago, "Dēmos sin arché: teorías del poblamiento americano", Proteo, 2 (julio, 2026)
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Las Américas fueron o son un dêmos sin arché: un pueblo sin archivo ni autoridad reconocida, disperso en islas civilizatorias que apenas llegaron a conocerse entre sí. En un principio, la autoridad vino de afuera hasta.
Para empezar, las poblaciones de bípedos que llegaron a las Américas ya eran plenamente Homo sapiens. No se han hallado en este continente registros fósiles de simios catarrinos ni, mucho menos, de homínidos. La historia de la evolución del Homo sapiens se jugó muy lejos de aquí, en las llanuras sudafricanas, donde la selva se retiró y el nuevo primate prescindió de la cola, liberó las manos para la creación de herramientas y comenzó a calcular el espacio y el tiempo: horizontes abiertos, amenazas calculables, noches llenas de estrellas; esa conciencia que Hans Blumenberg describe como resultado de la fuga hacia la llanura: un bípedo que mira y se sabe mirado, que necesita tiempo para dudar y decidir, que convierte el mundo en escenario.[1] Curioso: ese animal que aprendió a leer el horizonte para sobrevivir es el mismo que hoy no soporta leer un párrafo sin desplazar el pulgar.
No hay registros oficiales del arribo. La identidad de los primeros americanos se perdió en el balbuceo frente al fuego, en la onomatopeya que nombra al mamut con temor. Era un lenguaje pegado a la cosa.
En Blombos, Sudáfrica, se conservan trazos en ocre de entre 75.000 y 100.000 años de antigüedad; en Europa, las cuevas de Maltravieso conservan pinturas de hace 66.700 años acaso de neandertales, mientras las de Chauvet ya son de Homo Sapiens capaces de pintar bisontes, caballos y rinocerontes de 37.000 años [2]. Si África y Eurasia llevan decenas de milenios pintando cavernas y domesticando la visión, ¿desde hace cuánto hay en las Américas petroglifos y arte rupestre? Cualquier intento de trazar una linealidad cronológica tropieza hoy con la dispersión geográfica de los focos monumentales del arte y la lítica americana.
La cultura paleoindia de Clovis en Nuevo México, identificada por sus icónicas puntas de proyectil acanaladas y confinada a un horizonte de entre 13.050 y 12.750 años atrás, ha perdido su primacía. Saltan a la vista otras culturas pre-Clovis que obligan a descentrar la mirada arqueológica y a fracturar la narrativa del avance lineal norte-sur de la teoría del estrecho de Bering, según la cual los primeros hombres entraron por Alaska hace aproximadamente, 25.000 y 15.000. Pues, por ejemplo, en los murales de la serranía de Chiribiquete, dentro de la actual Amazonía colombiana, el arqueólogo Carlos Castaño-Uribe defiende una antigüedad de hasta 20.000 años para el arte rupestre del jaguar, aunquelas dataciones AMS independientes más recientes, lideradas por el ICANH, solo han confirmado hasta ahora unos 4.150 años. [3]. A pocos kilómetros, en la serranía de La Lindosa, otro equipo (Iriarte et al.) ha documentado paredes rocosas con paleolamas, gonfoterios y perezosos gigantes, es decir, la verdadera imaginería de megafauna de la región, fechados hace 12.600 años: un yacimiento distinto, con una edad menos de la mitad de la que se le atribuye a Chiribiquete. [4].
A este archipiélago pictórico se suman las controvertidas evidencias del Valle de Pedra Furada, en el noreste de Brasil, cuyo registro de radiocarbono y luminiscencia se remonta hasta unos 24.000 años —cifra ya beligerante por sí sola, que no debe confundirse con los 48.000-60.000 años que Niède Guidon reclamó para un abrigo rocoso cercano y distinto, el Boqueirão da Pedra Furada, en una controversia que la arqueología nunca aceptó del todo. [5]. Y está también Monte Verde, en Chile, que hasta hace apenas cuatro meses sostenía sin discusión sus 14.500 años de antigüedad —hasta que un estudio independiente lo dató al Holoceno medio, entre 4.200 y 8.200 años, desatando la réplica de treinta investigadores, con Tom Dillehay a la cabeza, que califican el hallazgo de "categóricamente falso". [6]. Ni el propio radiocarbono se pone de acuerdo sobre cuándo empezó a poblarse América.
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De los ocres minerales de Chiribiquete a los ocres de Pedra Fundada, el poblamiento de América se ha pensado siempre como migración, mezcla y disputa.
El anthropos prehispánico no conoció la rueda de tracción ni los grandes animales de carga para movilizarse por cordilleras y selvas que difícilmente resultan caminables; además, los huracanes (palabra arahuaca que rápidamente se incorporó al léxico hispánico para nombrar los ventarrones del Caribe) desbarataron una y otra vez la posibilidad de astilleros y flotas estables.
Mientras los incas tocaban casi las nubes en las alturas de Cuzco y del lago Titicaca, los mayas erigían ciudades de piedra en las costas de Yucatán que se hundieron en la selva mucho antes de la Conquista. Todavía en 1519, cuando Cortés se encontró con Moctezuma, éste le hizo saber que los aztecas también eran unos recién llegados al altiplano del Anáhuac (lo habían invadido hacia 1375 aproximadamente) y que esperaban una profecía de Oriente, es decir, del océano Atlántico según su perspectiva. [7].
Si Asia, África y Europa se conocieron entre sí y pudieron imaginar para sí mismas cierta homogeneidad racial o civilizatoria, las Américas jamás han podido reclamar ese privilegio ontológico. Son, por definición, el espacio geopolítico donde ninguna “raza” ni tradición puede erigirse como norma exclusiva, y donde el problema antropológico central radica precisamente en cómo pensar un mundo humano sin unidad previa de sangre, lengua ni ley.
Al margen de la antigua trinidad del Viejo Mundo, bajo el rigor cronológico del calendario juliano, América aparece como un continente “descubierto” en 1492 y declarado Mundus Novus en 1503. Periferia del jus publicum europaeum que quiso organizar el mundo como un círculo cerrado de mar libre, territorios estatales, colonias, protectorados, países exóticos y tierras “libremente ocupadas”, America permanece varios siglos administrado por delegación de virreyes, obispos, inquisidores o capitanes. Pero entre la Doctrina Monroe (1823) y la Guerra Fría (1945-1991) una parte de ese Unidos de América como árbitro y policía del planeta. Semejante escatología obliga a preguntarse por el reverso teológico-político de esta maquinaria de sujeción espacial. ¿Cuáles son los fines últimos que clausuran la historia colonial americana para convertirla en historia imperial?
Si no hay un “hombre autóctono” americano, si ninguna raza puede adjudicarse natividad absoluta, y si nos enfrentamos ante una agregación de pueblos nómadas que fragmentariamente se volvieron sedentarios, entonces el continente americano careció una autoridad (una arché) de alcance continental que unificara a los pueblos (dēmos) del hemisferio como totalidad pensada, desde Alaska hasta la Patagonia. Hablar hoy de “Abya Yala” o “Turtle Island” y otros topónimos panindígenas para disputar simbólicamente el nombre de “América” no es más que ceder a modas conceptuales propias del anti-intelectualismo académico de marras.
La realidad material es más severa: Mesoamérica (término acuñado por Paul Kirchhoff en 1943) y el mundo andino se desarrollaron como dos islas civilizatorias ciegas la una a la otra, irremediablemente separadas por la barrera selvática del tapón del Darién entre Colombia y Panamá. No alcanzaron a desarrollar las dos prótesis de comunicación que unificaron el Mediterráneo y el espacio eurasiático: la navegación a vela de gran calado y la tracción de la rueda. Ambas cosas, junto con la fundición de metales, se conocieron en el Mediterráneo desde antes de la Guerra de Troya (c. 12441209 a. C.). Desde la carta de Américo Vespucio sobre el Mundus Novus (1503), difundida en ediciones latinas que circulan por las redes humanistas europeas, América deja de ser sólo “las Indias occidentales” y se convierte en un cuarto mundo.
El concepto de “Nuevo Mundo” abre dos derivas complementarias: por un lado, la novedad absoluta se carga de fantasmas (caníbales, monstruos, “aliens” de la humanidad) que alimentan una iconografía de cuerpos desnudos, decapitados, devorados. Por otro, la misma novedad se traduce en derecho de apropiación total: los calvinistas y puritanos que poblarán la costa atlántica de Norteamérica leen la tierra nueva como escenario de realización individual y expansión de la “raza blanca”, una página en blanco donde el sujeto elegido (Calvino) escribe su propia historia. Frente a esa ontología del cuarto mundo, Bartolomé de Las Casas insiste en la prolongación de Asia: las “Indias occidentales” no rompen el ecumen tripartito, sino que completan la geografía bíblica de los descendientes de Noé. Bajo esta concepción, el indígena no es alien ni monstruo, sino hermano olvidado, pobre y maltratado, que debe ser reintegrado a la historia de salvación; pero precisamente por mantener ese marco providencial, Las Casas oscila entre compasión y tutela, entre la defensa radical del indio y la tentación inicial de descargar sobre los esclavos negros el peso del trabajo colonial. La discusión racial moderna nace, en buena medida, de esa tensión: un “Nuevo Mundo” que autoriza fantasías de conquista total, frente a unas “Indias” que prolongan el mapa bíblico, pero pagan el precio de ser vistas como periferia eternamente menor.
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Aunque el primer en postular la teoría del paso terrestre entre Asia y América fue el jesuita José de Acosta en 1590, en su Historia natural y moral de las Indias, quien la defendió con ahínco a partir de 1898-1903 fue el antropólogo checo‑estadounidense Aleš Hrdlička, curador de la sección de antropología física en la Smithsonian Institution de Washington entre 1910 y 1941. Hrdlička era un antiguo militante del nacionalismo checo y un fiel defensor de la eugenesia y el racismo científico. En abril de 1937 salió su panfleto The Question of Ancient Man in America, en el que Hrdlička defiende con mayor violencia dogmática su cronología. Para Hrdlička, los eslavos de la antigua Unión Soviética eran una "reserva biológica de la raza blanca" frente al mundo. [8].
En 1943, en Les origines de l' homme américain, Paul Rivet sostiene la tesis "poliracial": junto a la oleada mongoloide por Bering, una migración australiana (unos 6.000 años antes) y otra melanesio-polinesia, explícitamente como refutación del monogenismo de Hrdlička. El tipo de dato que usó Rivet no fue el calibrador craneano (frenología) sino el cuestionario lingüístico y el grupo sanguíneo para clasificar pueblos por frecuencias de grupos O/A/B.
Obligado al exilio tras la ocupación nazi de Francia, Rivet fundó en Bogotá el Instituto Etnológico Nacional (1941) con Gregorio Hernández de Alba, bajo el auspicio del presidente de entonces, Eduardo Santos, y dos años después, en 1943, fundó en la Ciudad de México, con otro círculo de exiliados, el Instituto Francés de América Latina. [9].
Rivet regresó a París el 22 de octubre de 1944, con autorización del gobierno de Argel, no como "protección" difusa sino como un trámite político preciso tras la Liberación. Y lo que hizo al volver fue reanudar sus cátedras y publicar sobre lingüística indígena americana con el fin de interpretar el poblamiento de América como un complejo choque de ondas migratorias intercontinentales. Muy pronto, sin embargo, tal teoría devino obsoleta. En Las estructuras elementales del parentesco (1949), Lévy-Strauss argumentó que no hay un lazo de sangre biológico (como pensaba la antropología física), sino un sistema de comunicación mediante el cual las sociedades humanas intercambian tres cosas: bienes, mensajes y mujeres. Mientras la antropología física de Rivet buscaba refugio político en Colombia y México integrando la ciencia a las batallas antifascistas, la antropología lingüística-matemática de Lévy-Strauss se preparaba para vaciar al anthropos de su experiencia histórica, entregándolo definitivamente a la soberanía formalista de la naciente era digital.
Notas
1) Hans Blumenberg, Descripción del ser humano, trad. G. Mársico, Buenos Aires, FCE, 2011. Véase especialmente el capítulo quinto, “Cuerpo y conciencia de la realidad”, pp. 491-592.
2) D. L. Hoffmann et al., "U-Th dating of carbonate crusts reveals Neandertal origin of Iberian cave art", Science 359 (6378), 2018, pp. 912-915. (Cifra disputada por A. W. G. Pike et al. y otros, que proponen ~47.000 años; cf. comentario en Science 361, 2018, eaau1371).
3) Carlos Castaño Uribe, Chiribiquete: la maloka cósmica de los hombres jaguar, Bogotá, Villegas Editores, 2019, p. 81. Sobre las dataciones AMS del ICANH (2025), cf. "Ancient Indigenous Paintings in Colombia on the Verge...", Colombia One, 1 de julio de 2025.
4) Cf. J. Iriarte et al., "Ice Age megafauna rock art in the Colombian Amazon?", Philosophical Transactions of the Royal Society B 377 (1849), 2022, art. 20200496.
5) C. Lahaye et al., “New insights into a late-Pleistocene human occupation in America: The Vale da Pedra Furada complete chronological study”, Quaternary Geochronology, 30 (2015), pp. 445–451.
6) Cf. T. A. Surovell et al., "A mid-Holocene age for Monte Verde challenges the timeline of human colonization of South America", Science, 391 (2026), pp. 1283-1288.
7) Cf. H. Cortés, “Segunda carta de relación” (1520), en Cartas de Relación, ed. de Á. Delgado Gómez, Barcelona, Castalia, 2016, p. 239.
8) Cf. Mark A. Brandon, The Perils of Race-Thinking: A Portrait of Aleš Hrdlička, Budapest, Central European U. P., 2023.
9) Cf. A. Birkenmaier, The Specter of Races: Latin American Anthropology and Literature between the Wars, Charlottesville / London: University of Virginia Press, 2016, pp. 61–92.



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