Sebastián Pineda Buitrago, "Mito, signo y ente: una teoría de la identidad", Proteo, 2 (julio, 2026).
Introducción al tríptico
Existe una jerarquía que gobierna sin misericordia nuestra percepción del mundo, y conviene proclamarla como axioma: el mito está antes que el signo, y el signo antes que el ente.
Nada existe para nosotros como realidad concreta sin haber sido antes nombrado por un signo; y ningún signo brota de la nada, sino de una matriz narrativa anterior.
Todo ente, todo ser, está ya atravesado por signos, y todo signo remite a algún mito, explícito o no. Para entender el engranaje de nuestro tríptico, es imperativo interrogar el pórtico del Evangelio de Juan: «En el principio era el Verbo [Logos] y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Si interpretamos el Logos despojándolo de su posterior domesticación racionalista, lo que hallamos en el principio no es una voz humana dialogante, sino un murmullo sagrado e inasible. El mito nace precisamente en ese acto de nombrar lo que suena sin mostrarse, de convertir el ruido del entorno en una presencia divina. Esta es la primera, la más antigua y la más cruda de las violencias fundadoras: la violencia de tener que decidir quién habla cuando nadie o nada se ve, y entonces chirría una puerta, crujen las escaleras en mitad de la noche o se azota una ventana misteriosamente. ¿Dioses o demonios?
Mito
Por mito no hay que entender el catálogo ingenuo de fábulas que la Ilustración quiso arrinconar en la infancia de la especie, sino un laboratorio lingüístico muy sofisticado. Pues en la filología griega, se reconoce que mŷthos (μῦθος) proviene de la raíz indoeuropea mū-, que representa el sonido gutural o murmullo hecho con los labios cerrados [1]. De esa misma raíz descienden, no por azar, palabras como mudo, murmurar, miopía (cerrar los ojos) y misterio (aquello que se calla, que no se dice). Mito como murmullo originario y baño de lenguaje anterior a la escisión sujeto/objeto. El mito es, en esencia, este balbuceo originario en el que el sonido se pega al cuerpo: el «mu» de la vaca. De hecho, el mito emerge precisamente al nombrar lo que asalta el entorno inmediato: el balbuceo que intenta asimilar a la res, la "cosa", el bulto material que los latinos veían recortarse en la llanura del horizonte. A veces, la única función del mito es dar cuenta de un hecho lingüístico [2].
Signo
No hay identidad, en suma, que no dependa de la infraestructura material capaz de inscribirla, archivarla y, llegado el caso, borrarla. El mito no brota para adornar el mundo, sino para fijar y justificar una frontera, una exclusión o una articulación de la lengua. Las sirenas que se le aparecen a Ulises en los versos 185 y 191 del Libro XII de la Odisea, mientras navega por el estrecho de Mesina entre Italia y Sicilia con destino a Ítaca, no cantan un mensaje "puro" o inocente; cantan el momento mismo en que la voz humana se vuelve archivable, transmisible, citable y por tanto también borrable. Si toda identidad depende de una infraestructura capaz de inscribirla, el mito de las sirenas sería la escenificación perfecta de esa dependencia: el canto que hechiza no es la voz libre y natural, sino la voz ya capturada por el dispositivo técnico (el alfabeto) que la vuelve reproducible más allá del cuerpo que la emitió, e igualmente vulnerable a su desaparición si esa infraestructura falla o se destruye. [3]. Ningún alfabeto es un receptáculo neutro: al heredarlo, heredamos su carga mitológica entera. Antes del acta de nacimiento, hubo un coro cantando versos: de ahí el universo.
Ente (ser)
La palabra identidad desciende del latín entitas, cualidad del ens, entis: «lo que es». En su raíz más honda, identidad es apenas el despliegue del verbo ser en todas sus conjugaciones, la respuesta tozuda a la pregunta por la existencia misma. Aristóteles, en los libros VII y VIII de su Metafísica, ató esa raíz a la ousía (la sustancia, el ser fundamental) y llamó tò tí ên eînai, «lo que era ser», a la esencia irreductible de lo existente. Lúcido hasta la crueldad, Aristóteles advirtió que dos cosas jamás pueden ser absolutamente iguales: basta la diferencia espacio-temporal más mínima para quebrar la identidad absoluta. Somos unidad, sí, pero unidad situada, fechada, herida por el tiempo-espacio. Verbo hecho carne.
Conclusión
Quien exige una identidad sin máscara exige un actor sin escenario: pide, sin saberlo, la nada. Todo ente está ya atravesado por un signo, y todo signo remite a algún mito, explícito o no.
No hay identidad, en suma, que no dependa de la infraestructura material capaz de inscribirla, archivarla y, llegado el caso, borrarla con un clic tan silencioso como brutal fue el edicto de Creonte. No haydiferencia entre el papiro griego y el servidor californiano. Quien crea que su identidad digital le pertenece por entero ignora que, técnicamente, pertenece antes a quien controla el soporte donde esa identidad quedó inscrita.
Sobre esta primera estructura se monta una segunda, más despiadadamente política, donde el Estado ocupa el lugar del mito. El Estado es el gran narrador que decide quién cuenta como ciudadano, qué lenguas son oficiales, qué formas de vida son legítimas. Desde ahí asegura el signo (2): produce leyes, documentos, códigos, archivos, todo un arsenal de palabras-armas que puede proteger o amenazar. Y, al hacerlo, define la vida del ente (3): el individuo y las colectividades que quedan, o no, bajo su amparo.
En rigor, no existe identidad neutra: toda identidad se juega entre la protección y la amenaza. Si el mito —Dios, patria, tradición, Estado— legitima ciertos signos (2) —leyes, categorías, diagnósticos, certificados—, entonces algunos entes (3) pueden expresar su identidad a plena luz. Pero cuando ese mito es débil, fragmentado o excluyente, muchas identidades quedan fuera del marco de protección y se vuelven invisibles, clandestinas.
Aquí se abre el problema que verdaderamente nos concierne: la violencia de la identidad. Una identidad puede buscar reconocimiento y cuidado, pero también puede armarse como proyecto de aniquilación de otras identidades. Sería una necedad de sobremesa decir que «toda identidad es buena»: existen identidades racistas, misóginas, "misántropas", homófobas, supremacistas. La pregunta política no admite anestesia: ¿debe dejarse expresar toda identidad sin límite alguno? ¿Cómo sostener, a la vez, el derecho a la identidad y la crítica implacable de aquellas identidades que se constituyen como máquinas de exclusión o de exterminio? Quien esquiva esta pregunta por comodidad académica no hace teoría: hace turismo conceptual.
Notas
3) Friedrich Kittler, "Homero y la escritura". La verdad del mundo técnico. Ensayos para una genealogía del presente. Trad. de A. Tamarit. México: FCE, 2018. Véase nuestro resumen actualizado en S. P. B., "Las sirenas y el origen de las vocales", Proteo 0 (marzo, 2024).
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