Vuelo trasatlántico (15 de septiembre de 2024)
Alrededor del aeropuerto Benito Juárez todo es triste y feo. Incluso el llamado cerro de La Estrella, donde está la torre de control. Todo carece de elevación, de cualquier sentimiento sublime. Nada eleva, salvo los aviones. Este es el barrio de la araña:
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Los pasajeros mexicanos celebran torpemente su día de la independencia y gritan «¡viva México!» al abordar.El avión despega a medianoche y desde el aire advierto que la Ciudad de México no es una ciudad, sino una mancha de luces derramada sobre varios valles que se extienden, al oriente, hasta Puebla y Perote y bajan por zanjas y barrancos a través de Xalapa y se explayan en Veracruz puerto.
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«Iremos a conocer su país, joven», me dice una señora al lado de mi asiento cuyo marido ya dormita. No tengo tiempo de decirle que no soy de España, sino de Colombia, porque de inmediato me suelta una perorata: «Los mexicanos somos una tacita de té. Nos resquebrajamos por cualquier comentario. No soportamos la majadería al modo ibérico. Somos muy susceptibles. Venimos de civilizaciones hieráticas. Arrastramos cierta infelicidad colectiva desde los aztecas. De sonrisa fácil, nos cuesta alegrarnos de veras. Somos, ay, cómo decirlo, sonrientes y crueles».
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La primera semana en Europa estuve en Polonia leyendo en inglés, en la Universidad de Cracovia, una ponencia sobre el pintor Dr. Atl como futurista. Dos días de intensas discusiones. Después me puse a recorrer aquella antigua ciudad del Imperio austrohúngaro. El domingo 22 de septiembre aterricé en Madrid.
En la mañana he ido a contemplar el cuadro La comida en la barca, de Sorolla. El grado de amor que necesitó Sorolla para pintar con tanta delicadeza a sus criaturas es algo inexistente en América.
Nadie sabe el pasado que le espera. En la tarde, en una terraza de Malasaña, por fin conozco a mis hermanas mayores. Son hijas de mi padre, nacidas en la clandestinidad, ocultas durante décadas por la vergüenza y el miedo. Nos abrazamos. Somos hijos de la Guerra Fría, cuyas esquirlas nada tuvieron de frías en Colombia. Pongo en la mesa dos botellas de licor polaco, las destapo. Bebemos.
En ese momento, la tarde de Madrid se vuelve más nítida. Pienso en la luz de Sorolla, en su manera de mirar a los suyos, de encontrar belleza en lo que otros llamarían ruinas.
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Una puerta se cierra, otra se abre. El viaje, la pintura y el duelo se confunden. Por un instante, siento que pertenezco.

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