Sebastian Pineda Buitrago, "Justicia lingüística. Glosas de sobre el libro póstumo de Werner Hamacher", Proteo 3 (agosto, 2026)
1. La justicia no existe fuera de la lengua
Un aula de la vieja Universidad. La luz de la tarde entra oblicua, polvorienta, como si el tiempo mismo se hubiera quedado a escuchar. El Profesor Abreu se limpia las gafas con el borde de la chaqueta. No mira a sus pocos alumnos (Clara, Marcos, Gabriel...); mira la ventana, como si conversara con un fantasma.
Abreu:
—Se preguntarán por qué empiezo el curso hablando de justicia, si en el programa pone «Filosofía del Lenguaje». Quien enseña justicia sin hablar de lengua está enseñando una mentira.
La justicia no habita en la naturaleza, ni en el cosmos, ni en las cosas. Existe única y exclusivamente en la lengua. Fuera del logos solo existe la indiferencia ciega de la materia, la garra del depredador y el peso inerte de las piedras. El universo no sabe lo que es ser justo. La justicia es un acontecimiento puramente lingüístico.
El filósofo-filólogo alemán Werner Hamacher nos arroja por este precipicio: si la justicia no existe fuera de la lengua, la lengua es también el único lugar donde se perpetra la injusticia más atroz. Aquí radica el drama. La justicia no consuela; hiere. Y al herir, abre la posibilidad de que, alguna vez, alguien sepa escuchar la herida del otro.
Cuando la lengua actúa como logos delótico, muestra el mundo, expone el sufrimiento, abre la pluralidad y mantiene viva la conversación. Pero cuando la lengua se transforma en logos crítico (en la lengua del tribunal, del fallo, del cobro y de la ley), comete un crimen ontológico: cancela la conversación para dictar una sentencia.
2. La multiplicidad de lo malo
Aristóteles, en la Ética nicomáquea, sentencia lo siguiente: «Lo noble es sencillo, múltiple lo malo» (1106b35). Aristóteles vincula la bondad con una unidad capaz de decidir y la maldad con una dispersión que no puede decidirse. Lo malo es múltiple porque no decide. Se ramifica, se dispersa, se excusa, se prolifera. Lo bueno, en cambio, sabe que toda decisión es una herida infligida a lo posible. La decisión sólo puede decidir porque antes hubo una lengua que expuso las posibilidades sin cerrarlas. Toda justicia lleva debajo una lengua a la que ha debido silenciar parcialmente. Lo noble es una línea recta. Requiere la valentía de sostener una voz propia, desarmada y transparente frente al otro. Lo malo, en cambio, es siempre un comité.Lo malo no puede entablar un diálogo porque ha dejado de ser un sujeto autónomo para convertirse en un enjambre. Necesita refugiarse en la multiplicidad: el murmullo del odio acumulado. Y esa polifonía de voces no busca la justicia. La multiplicidad es cobarde por definición. Al consultar a diez intermediarios, nadie decide nada, pero todos ejecutan la agresión. Es la «no-lengua» en su máxima expresión: un ruido sordo de pasillos leguleyos donde la verdad ha sido asfixiada por la táctica. Es imposible pactar con un tribunal de fantasmas.
Pero entonces, desde el fondo del aula, se alzó una voz que nadie había oído hasta ese momento. Era Marcos, quien siempre permanecía en la penumbra de los últimos pupitres. Dijo, sin levantarse:
—Profesor, su diatriba contra la multiplicidad es, sin embargo, una sentencia. ¿No está usted, al condenar al enjambre y ensalzar la unidad del "sí" o el "no", cometiendo exactamente el mismo crimen ontológico que denuncia? Porque la decisión noble, la línea recta, también es un cierre. También cancela la conversación. También inflige una herida. Si la justicia es puro acontecimiento lingüístico, ¿no será acaso que la unidad, la nobleza aristotélica, no es más que la ilusión retrospectiva de un poder que ha logrado silenciar a las otras voces? Lo malo no es múltiple por cobarde; lo malo es múltiple porque la realidad lo es. Y pretender reducirla a una única voz firme quizás no sea justicia, sino la más elegante de las tiranías.
El profesor Abreu no respondió de inmediato. Dudó y, en lugar de rebatir, asintió levemente:
– Puedes tener razón. No se trata de elegir entre unidad y multiplicidad, sino de sostener la tensión entre ambas sin permitir que ninguna de las dos se convierta en verdugo de la otra. El verdadero drama de la justicia no es decidir; es decidir sin olvidar que toda decisión es, también, una traición a las posibilidades que sacrifica. Con todo, la justicia debe ser decisión. Aristóteles vincula la bondad con una unidad capaz de decidir y la maldad con una dispersión que no puede decidirse. Lo malo es múltiple porque no decide. Se ramifica, se dispersa, se excusa, se prolifera. Lo bueno, en cambio, sabe que toda decisión es una herida infligida a lo posible. La decisión sólo puede decidir porque antes hubo una lengua que expuso las posibilidades sin cerrarlas. Toda justicia lleva debajo una lengua a la que ha debido silenciar parcialmente.
No se confundan –añadió Abreu. – El axioma aristotélico es perfecto: lo malo es múltiple porque necesita una multitud para esconder su propia incapacidad de ser noble. Lo noble es decir 'sí' o decir 'no' cara a cara. Lo malo es armar un expediente. Con lo cual, no intenten dialogar con un expediente; los expedientes solo saben tragar papel y escupir condenas. Frente a la krisis que busca aniquilarlos, la única postura ética es la epieikeia. Pero la equidad no consiste en dejarse devorar por la pretensión ajena. Tampoco en responder al expediente con otro expediente más grueso, más feroz, más satisfecho de su gramática. Consiste en no olvidar que toda regla falla ante el caso singular. Consiste en poner límites sin hacer del límite una venganza.
—Claro –opinó Clara. – El expediente comienza cuando el lenguaje pierde confianza en la palabra; la barbarie comienza cuando el expediente pretende haber reemplazado para siempre a la lengua.
–Para Hamacher –reclamó Abreu– el problema no es que exista mediación documental o jurídica: es que la justicia se reduzca a sentencia, procedimiento y ejecución, olvidando la apertura lingüística de la que dependía. La epieíkeia desplaza la justicia desde el fallo inmediato hacia un hablar que considera la singularidad, el contexto y la insuficiencia de toda regla universal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario