Sebastián Pineda Buitrago", "Una postal para George Steiner: la identidad siempre está en el exilio", Proteo 2 (julio, 2026).
En el verano lluvioso de la verde Inglaterra, un día de julio de 2008, viajé a Cambridge. Almendro me dio la dirección de George Steiner. Le puse una postal. No quise importunarlo con una visita intempestiva. Me vería como un bicho raro al enterarse de mi origen colombiano. Steiner confundía a Monterrey con Medellín. Nuestro mundo hispano, me contó Almendro, lo tenía sin cuidado. No perdonaba a los Reyes Católicos haber expulsado de sus reinos el componente judío, sefardí. La Europa franco-alemana-italiana y la anglosajona eran lo que a él le interesaba. Y China.
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Steiner se pregunta, en el primer capítulo de My Unwritten Books, “Chinoiserie”, por qué China no conquistó el mundo con sus tempranas invenciones: la pólvora, la imprenta, la brújula, el papel, el agua a presión. El más memorable de todos los relatos de Kafka, “La muralla china”, plantea la paradoja de un emperador, infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio, que ordena a infinitas generaciones levantar infinitamente un muro infinito que dé la vuelta a su imperio infinito. La paradoja kafkiana-borgeana podría actualizarse en las fábricas chinas, cuya producción supera nuestra imaginación: miles de millones de microprocesadores, casi toda la infraestructura digital del planeta.
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Vivimos en un jardín digital, impersonal, obediente, chinesco.
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George Steiner hablaba fluidamente inglés, italiano, francés y alemán. Gozaba de doble o triple nacionalidad. Pero los prejuicios y atavismos territoriales del anfitrión le recordaron siempre que toda hospitalidad es provisional. Pues, por calurosa que sea la acogida, uno debe tener el equipaje hecho en cualquier momento.
«La verdad siempre está en el exilio».
Semejante máxima, atribuida al rabino Baal Shem Tov (Israel ben Eliezer), fundador del jasidismo –un movimiento cabalístico del siglo XVIII, cuyo nombre proviene del hebreo jasid (חסיד), que significa “piadoso”–, era la oración matinal de Steiner. Pues él había nacido en París, en un ambiente muy parecido al descrito por Proust en Por el camino de Swann, pero debió huir a Nueva York con su padre, ad-portas de la ocupación nazi. Cursó estudios en la Universidad de Chicago y Harvard. Tras la guerra, volvió a cruzar el Atlántico. Prefirió ejercer la docencia en Inglaterra o en la Europa continental; no toleró el anti-intelectualismo académico angloamericano. Con todo, The New Yorker lo publicaba muy a menudo. El Estado de Israel, al saberlo judío y famoso, quiso invitarlo y hacerlo su ciudadano. Pero Steiner no se resignó a reducir el universalismo judío al sionismo israelí. Variando apenas la famosa frase de Heidegger, se declaró un «invitado de la humanidad».
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En aquel verano lluvioso de 2008 había viajado a Cambridge en plan de tomar una entrevista con el profesor John Kraniauskas. Le dije que quería escribir una «Historia de la lírica inglesa desde el ruiseñor de Keats hasta Pink Floyd». Me tomó como un lunático in the grass. Con todo, me animó a postularme. Pero el precio de la matrícula en Cambridge era exorbitante. Arruinaría a mi familia. La solución consistía en mendigar a fundaciones bancarias para obtener una beca; emplearme en las tardes como ayudante de cocina; meserear, lavar baños, remar las barcazas por los lagos de Cambridge paseando turistas japoneses. Lo pensé toda la tarde vagando de vuelta por los jardines simétricos de Cambridge.
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Tiene razón John Kraniauskas (Políticas literarias: poder y acumulación en la literatura y el cine latinoamericanos): lo que Benjamin expresa al desenterrar una iglesia mexicana sepultada bajo un mercado en Weimar, y despertarse riéndose de la broma, es la “concepción no dialéctica de concebir la esencia de la intoxicación”. Pues las drogas alucinógenas son, para Benjamin, alarmas para despertar. El judío detesta lo onírico. Steiner cita un Proverbio: “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te hartarás de pan.”. Freud, otro judío de lengua alemana, desmitificó lo onírico en su libro de 1914, La interpretación de los sueños, el mismo año en que se vino abajo la última monarquía funcional, la del del Imperio austrohúngaro.
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Llevaba aguantando varios meses en la verde Inglaterra, pero en agosto ya no la soporté. En Portsmouth, donde nació Dickens, abordé un ferri nocturno. Al mediodía siguiente, desembarqué en Normandía. Caminé, meciéndome como si viniera navegando durante meses, hasta la estación de trenes de Dieppe. Tomé el primero a París.
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Europa es una plaza y un café, dijo Steiner. Los últimos amaneceres de agosto me sorprendieron en la plazoleta de Ciudad Lineal, en Madrid, borracho, tarareando cualquier canción. El calor era insoportable y no dejaba dormir. Puse mis libros en cajas y los despaché por barco hasta Veracruz.***
Como sentencia Steiner, uno ha de saber quién es. Si no, como borrego, va directo al matadero.

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