Editorial. Arte y guerra en México: el cráter, el mural y la pistola de aire

Sebastián Pineda Buitrago, "Editorial. Arte y guerra en México: el cráter, el mural y la pistola de aire", Proteo 4 (septiembre, 2026)




La vanguardia en México jamás fue un eco dócil de París, sino una erupción geológica. 

Este número de Proteo asume esa premisa como continuación directa y radical de nuestra investigación sobre el pintor vulcanólogo: «Dr. Atl’s Aerolandscapes, Futurism and the Mexican Revolution», capítulo integrado en el International Yearbook of Futurism Studies (vol. 16, De Gruyter Brill, 2026, doi: 10.1515/9783689240943-toc). 


Ed. Günther Berghaus


Atl no miraba el paisaje; lo fundía en Atl-colors, resina, cera y petróleo, obligando a las fumarolas del Popocatépetl o del Paricutín (Michoacán) a comportarse como una turbina futurista. De esa lava en parte haya brotado la Revolución mexicana de 1910, la primera y más populista del siglo XX –anterior a la rusa de 1917– y cuyas esquirlas peligrosamente pueden salpicar en cualquier momento. De modo que la pintura mexicana moderna no nació en el silencio aséptico de los estudios de caballete, sino en el estampido seco de las trincheras. 

Trazar la historia del arte del siglo XX es pasar revista a las dos grandes carnicerías totalitarias de la modernidad: el fascismo y el comunismo. No hay término medio ni refugio moral. Gerardo Murillo, el maestro telúrico de la Academia de San Carlos y de los cuarteles de Orizaba, acabó encallado en el delirio antisemita, nazi y filofascista; su discípulo predilecto, David Alfaro Siqueiros, empuñó la pistola de aire comprimido con la fe fanática de quien rinde culto al dogma de la Tercera Internacional


En nuestro capítulo Historia y significación del muralismo mexicano: la conquista del espacio pública en la era de la «abstracción»", publicado dentro de La desclasificación de las artes (Instituto Juan Andrés, Madrid, 2026) 
desmontamos la impostura monumental de este panteón cívico para exaltar a un Siqueiros abstracto, experimental y disidente. Pero esa celebración exige ser violentada: la grandeza de Siqueiros no reside en una pureza formal incontaminada, sino en su complicidad orgánica con la máquina de guerra. La piroxilina Duco y los compresores industriales que Siqueiros manipuló en Manhattan eran morteros escupiendo esmalte sintético sobre los ojos del espectador. La vanguardia fue el ensayo general del bombardeo masivo.

Frente a este despliegue de artillería, el archivo contemporáneo petrifica lo que toca: momifica la metralla en índices pulcros, protege la barricada bajo vitrinas climatizadas y cobra boleto electrónico para contemplar lo que fue concebido para demoler el muro. El presente exige pedagogía desdentada y patrimonio inerte. Frente a los sepultureros de la memoria, Philip Marlowe desciende a los callejones de Los Ángeles para levantar el acta pericial de América Tropical, y Nietzsche, desde su intempestiva de 1874, nos arroja su sentencia de muerte: quien se indigesta de historia pierde el pulso para disparar.

Envío 

Y sin embargo, ¡qué alivio mandar al carajo la pesadumbre del simposio! Que los mandarines del Congreso midan el calibre de nuestras citas, mientras nosotros destapamos el mezcal sobre las piedras humeantes del cráter.

¡Suelta el visor, David! Deja el máuser enfriándose en la nieve del volcán. 

Bailaremos un danzón endemoniado sobre el andamio tembloroso, escupiendo pólvora hacia el cielo, con las botas manchadas de chapopote, el corazón zumbando a mil revoluciones por minuto y una risa salvaje que reviente, de un solo golpe, el cristal blindado de todos los museos.

Para empezar, la perspectiva lineal no fue nunca una inocente pedagogía de la profundidad; nació como una tecnología para someter el espacio a regla, escala y cálculo. Brunelleschi ensayó hacia 1420, en Florencia, un sistema donde las líneas convergen en un punto fijo y la ciudad puede reconstruirse sobre una superficie según proporciones mensurables. Miguel Ángel, llamado en 1529 a intervenir en la estrategia defensiva de la ciudad dibujó fortificaciones, taludes, bastiones, puertas y trayectorias de asedio. Durero fue todavía más explícito en su tratado de 1527, Diversas instrucciones para fortificar ciudades, castillos y lugares (Etliche underricht, zu befestigung der Stett, Schlosz, und Flecken). Pintar era ya calcular un impacto. La fuga no abría solamente la ventanapara que el propietario burgués midiera su dominio: trazaba una línea de visión, organizaba distancias, distribuía obstáculos, hacía del ojo un aparato de puntería. La Ilustración armamentística, la dialéctica de la violencia, volvió el punto de fuga mirilla de fusil, visor de bombardeo en picada, colimador que fija la coordenada del blanco antes de que el dedo cierre el circuito del disparo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario