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Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977

 Sebastián Pineda Buitrago, "Remake de «O Agente Secreto»: Urabá, 1977", Proteo 3 (agosto, 2026) 




Vi esta película en una pantalla de seis pulgadas incrustada en el respaldo de enfrente, a treinta mil pies de altura, mientras volaba entre Ciudad de México y Bogotá. A medianoche cualquier rectángulo iluminado se convierte en cine, y me sumergí en el Brasil de 1977, en el clima espeso de Guerra Fría, dobles agentes, empresarios, activistas.  

Wagner Moura (ese rostro ya codificado globalmente como Pablo Escobar por el aparato seriado de Netflix) aparece ahora reconvertido en otra clase de operador secreto: no de cocaína, sino de información y lealtades. Moura protagoniza un irónico thriller político: un hombre atrapado en la maquinaria opaca entre entidades públicas y negocios privados; entre el activismo izquierdista, unas veces tolerado y auspiciado por el Estado, pero otras veces perseguido y masacrado por otra rama del Estado que cohonesta con empresarios corruptos. 

Estamos en 1977. En las oficinas públicas todo el mundo fuma. La narración avanza por ese aire espeso; la paranoia no se dispara en persecuciones espectaculares, sino en la acumulación de detalles burocráticos; la pierna lanzada al río, sin nombre ni biografía, es sinécdoque. Esa pierna es el pedazo que basta para entender que el resto del cuerpo ya ha sido entregado a una estadística, a un expediente. 

Como para mí el cine político latinoamericano no es ninguna ficción lejana, sino un expediente familiar, voy a profanar mi reseña sobre O Agente Secreto proponiendo una suerte de remake colombiano.  Wagner Moura se parece a mi padre en 1977: el bigote de galán de telenovela, de latin-lover. 

***

Borrador del guion-remake

Una bruma de río se pega a los racimos de banano. Las grúas chirrían. Un carguero extranjero respira, inmóvil, frente al golfo. Un hombre joven baja de una avioneta: camisa floreada, gafas oscuras, cabello demasiado largo para la zona. Habla con el acento de Medellín.

Es EL AGENTE.

Un capataz lo conduce a una oficina con aire acondicionado. Dentro, tres empresarios contemplan un mapa: fincas, ríos, carreteras; líneas rojas hacia el mar.

—Aquí no necesitamos muchachos que lleguen hablando de sindicatos —dice el mayor, sin levantarse—. Ni de reforma agraria. Ni de Vietnam.

El Agente mira el mapa. Enciende un cigarrillo.

—No vengo a hablarles de Vietnam. Vengo a decirles que ya llegó.

Silencio. Afuera, los obreros descargan cajas sin saber qué contienen. Un empresario golpea la mesa.

—Sus amigos están agitando a la gente. Huelgas. Grafitis. Música extranjera. Marihuana. Eso destruye la disciplina.

El Agente sonríe con cansancio.

—La disciplina ya está destruida. Ustedes solo no han recibido el telegrama.

Se acerca al mapa. Señala el muelle, después las rutas interiores, luego el golfo.

—Quieren sacar mercancía nueva sin que nadie pregunte. Pero necesitan jóvenes que sepan bailar, repartir panfletos, fumar delante de los curas y hablar de libertad. Necesitan una contracultura que parezca revolución y una revolución que pueda caber en una caja.

Los empresarios intercambian miradas. El mayor apaga el ventilador. De pronto, el zumbido del trópico entra completo en la oficina.

—¿Y usted de qué lado está? —pregunta.

El Agente mira por la ventana: racimos de banano, lodo, hombres doblados bajo la carga.

—Del lado del que todavía no ha sido comprado.

CORTE A NEGRO.

Hágale, pues. Revolución con bareta. Negocio redondo, patrón..

***

En mi película filmaría muchas tomas aéreas: selvas de banano extendidas como un tapete verde; el río Atrato explayándose en ciénagas, brazos marrones, besando de lodo el golfo de Urabá. Filmaría la aduana de Turbó, ese pueblo extraño y ardiente situado por debajo del nivel del mar. Bodegas y muelles de infraestructura precaria, oxidada; barcos que cargan banano, maquinaria. Droga. Dragas. Grandes empresarios capaces de negociar banano, dragados, contratos con Europa y silencios forzados en la costa. 


Y en esa costa, el asesino de mi película saldría de entre el personal más mal pagado de los muelles, azotado por capataces, deseoso de vengarse matando a quien sea, con tal de no trabajar más en la plantación ni en el muelle húmedo y maloliente, donde el banano se embarca de madrugada. Tendría la mirada del Marte de Velázquez: ojos que no son psicología, sino guerra concentrada. Ese personaje, extraído de un imaginario de infierno industrial y portuario, cruzaría los ríos a bordo de lanchas rápidas, aparecería en las fincas bananeras, negociaría con capataces y mandos medios. La pierna del Brasil dictatorial se convertiría aquí en un resto arrojado al Atrato, flotando lentamente hacia las ciénagas. 

Yo haría como el director Mendonça Filho: compondría mi relato con una cámara que rehúye el subrayado melodramático, prefiriendo la ironía seca y dejando que el absurdo político surja de la lógica interna de las escenas. Que el asesinato no sea espectáculo, sino trámite burocrático, como en La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, pero sin ese narrador monolítico. 

***



Las ruedas del avión tocan la pista de El Dorado justo cuando la película se acaba. Las luces se encienden.