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El primate erguido y la estepa óptica: antropología de la identidad en Hans Blumenberg

[Nota de la dirección: Este ensayo fundamental pertenece a la Primera Época (Proteo 0) del portal. Fue indexado originalmente en febrero de 2024 y se conserva hoy en el Archivo Vivo por su valor para la revisión histórico-crítico-ético de la fenomenología evolutiva, las genealogías de la representación visual y los límites de la identidad metafísica].





1. 

Hace aproximadamente 13.7 mil millones de años comenzó la expansión del universo que hoy describimos bajo el modelo del Big Bang. Nuestra galaxia, la Vía Láctea, se formó unos miles de millones de años después; el sistema solar, hace cerca de 4.6 mil millones de años; y la Tierra, hace unos 4.5 mil millones de años. El animal bípedo que habla y fabrica herramientas —el género Homo— apenas tiene unos 2 millones de años de historia evolutiva, mientras que Homo sapiens como especie diferenciada se sitúa en torno a los 300 mil años.

Si colocamos esos 2 millones de años sobre el fondo de la historia del universo, la vida humana consciente es casi una película de último minuto. Pero en ese brevísimo intervalo se da un cambio decisivo: el ver se emancipa de la pura supervivencia biológica y comienza a organizar un mundo como escena, como algo ante lo cual nos colocamos y del cual tomamos distancia.

2.


2.  En su libro póstumo Descripción del ser humano, el filósofo alemán Hans Blumenberg (1920-1996) busca una especie de “fenomenología de la evolución”: interroga la historia natural para encontrar el punto en que aparece una conciencia capaz de preguntarse por sí misma. 

Fenomenología viene de la expresión griega fenómeno (phainómenon) que significa  «permitir ver lo que se muestra, tal como se muestra por sí mismo, efectivamente por sí mismo» (Heidegger, Ser y tiempo & 7c, p. 45). Blumenberg se pregunta entonces qué acontecimiento histórico‑natural permitió que un viviente no sólo viera, sino que se viera a sí mismo viendo y que con ello inventara el concepto de identidad...

3.

En Descripción del ser humano, Blumenberg formula una hipótesis sencilla y radical: el ser humano es el primate que se mantiene erguido y, por ello, ve y es visto de un modo singular. La optimización de la visión trae consigo el riesgo de la visibilidad: el mundo se abre como horizonte, pero el propio cuerpo queda expuesto, se vuelve objeto para sí mismo. 

Al pasar del ambiente selvático al estepario, el futuro ser humano o proto-humano ya pudo abandonar genéticamente la cola, ya no la necesitó para vivir colgado de los árboles. Al abandonar la aparente protección de la selva, el bípedo humanoide tuvo que vérselas con la estepa, es decir, con un horizonte despejado de árboles: con un valle, con un desierto o con un altiplano. Solitario con su prole, el ser humano tuvo que enfrentar varias condiciones que lo obligaron a desarrollar una tremenda conciencia de la visibilidad externa. Blumenberg se remonta dos millones de años atrás. Citémoslo:

"Para la historia del origen del ser humano tendremos que partir de la reducción de las selvas terciarias, provocada por el clima, lo que llevó a las especies que habitaban las selvas a emigrar a la estepa. Podemos suponer que en el cruce de la frontera entre ambos hábitats se fue decidiendo lentamente la superioridad en la capacidad de adaptación de los individuos y finalmente de las especies. Superiores fueron quienes no tuvieron necesidad de aguantar o perder la lucha por la existencia, intensificada en el hábitat reducido, exclusivamente con los recursos genuinos de su dotación orgánica. La lucha por la existencia no consiste sólo en agresión. Superior puede haber sido el que se dio a la fuga. Porque la fuga significaba aquí pisar y dominar un espacio de condiciones básicas inmensamente diferentes: la vastedad y la apertura óptica de la estepa [...]. Una condición fundamental para un ser vivo que ha sido forzado a hacer que sus acciones útiles para la vida sean precedidas por el procesamiento de multiplicidades de sensaciones para convertirlas en objetos es la condición totalmente elemental de tener tiempo. Ése es el beneficio de la estepa con respecto a la selva. La selva ofrece escondrijos, pero también constantes amenazas. En cambio, el vasto espacio de la estepa o de los valles o altiplanos puede ser explorado ópticamente, lo cual siempre significa a la vez que se lo puede organizar según las distancias y por consiguiente según los tiempos. La vida fuera de la selva, sin el obstáculo de tantos árboles, dio pie para el nacimiento de la visión y de la reflexión y de la toma de decisión. Aquí comienza una parte de esa dignidad humana peculiar y relativamente grave que consiste en evitar la prisa y la precipitación, lo expeditivo y la ligereza, la inmediatez como irreflexión. […]. El que duda, el que consigue dilatar su acción, gana en confianza [Dudar es parte de la identidad. No hay identidades unívocas y éstas están siempre en situación]". (pp. 416-418).


Lo que ganó el ser humano al erguirse y caminar en dos piernas fue sin duda una gran visibilidad: mirar las estrellas, dominar el horizonte en sus cuatro puntos cardinales en un afán por predecir movimientos y eclipses. Este dominio le permitió planificar el cómputo del tiempo y del clima. Pero lo que perdió el ser humano al erguirse y obtener semejante visibilidad, por otra parte, fue un desconocimiento tremendo y hasta una vergüenza de su propio cuerpo. 

4.

Blumenberg se remonta al mito de Adán y Eva para preguntarse por qué ambos se cubren sus partes íntimas. ¿Acaso el conocimiento intelectual supone en el judeocristianismo un abandono o negación del cuerpo en virtud del alma? ¿Cómo nació la noción o identidad de un alma? Al ser conscientes de nuestra desnudez, se desarrolló en nosotros la necesidad del disimulo y del ocultamiento, de la opacidad, del fingimiento, todo lo cual contribuyó a la creación de trajes y telas, de la ropa, de una simbología y, más exactamente, de un lenguaje. 


En otro ensayo de Blumenberg, Trabajo sobre el mito (1979), se insiste en que la vergüenza a la desnudez se agudizó en el mundo judeocristiano por la condición monoteísta. El olvido del cuerpo, el limitar la sexualidad y hasta el oponerse a los instintos sexuales, fue una condición para obtener mayor conocimiento y ascender al cielo. 

Más allá de lo supersticioso del asunto, Blumenberg se apoya en el sociólogo Max Weber, en cuya sociología de las religiones éste insiste en la condición tremendamente antropomórfica del dios judeocristiano. Si bien este dios encarnó en su hijo Jesucristo, “el dios judeocristiano fue y siguió siendo un Dios sin esposa, y, por ello, sin hijos [...]. Esta circunstancia contribuyó –y seguramente, de una forma muy esencial en el caso de Yahvé– a hacerlo aparecer desde el principio, si lo comparamos con otras figuras de divinidades, como un ser de una especie singular; más alejada del mundo”. Incluso todavía hoy, el ser humano no se siente totalmente identificado –satisfecho– ni con su cuerpo ni con su ciudad ni con el paisaje ni con los animales ni con sus congéneres más inmediatos. Prefiere la simulación a la realidad. Interactuar todo el tiempo con su teléfono móvil que con la persona que tiene al frente. Prefiere la escritura a la oralidad, la representación a la voluntad.

5.

Blumenberg se remonta aquí a la filosofía de Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación [en alemán, Die Welt als Wille und Vorstellung, un clásico de la filosofía publicado en Berlín en 1819 con una segunda edición ampliada y corregida en 1844]. Para Schopenhauer, existimos por una Voluntad de Vivir, que puede ser inconsciente o no y que, en cualquier caso, compartimos con el resto de los animales y seres vivos. Hasta una rana en una charca tiene una enorme voluntad de vivir. Si no la limitara su morfología o anatomía, la rana también quisiera expandirse hasta las estrellas. Cualquier bacteria se esfuerza en resistir al antibiótico. Todo ser vivo lucha por sobrevivir. El ser humano sería solamente un ser de voluntad incluso si no hubiera tomado la decisión general de existir. 

Es cierto que hay personas que nunca se preguntan por su identidad. Hay otras que, torturadas por la pregunta sobre su identidad, anulan su existencia mediante el suicidio, que es la última de las decisiones posibles, la de no querer existir más. Lo cierto es que existimos. Alguien nos arrojó a aquí. 

 Si la mariposa y el gato no saben qué son ni se lo preguntan, porque viven por voluntad y no por representación, ¿quién (qué dios) nos arrojó al mundo? ¿Por qué no nos sentimos del todo identificados con este mundo? ¿Por qué hemos inventado tantos dioses supraterrenales, entre cuyos más poderosos y abstractos está el del judeocristianismo? 

Lo que condiciona el fenómeno externo que llevó a que el bípedo humano se preguntara y sufriera tanto por su identidad, como veremos más adelante, fue la invención de la escritura. Por lo tanto, para reforzar todo lo anterior desde la rigurosidad teórica, conviene abrir un paréntesis sobre los tres principios de la Lógica, el primero de los cuales es precisamente el principio de identidad.

 Al abandonar la inmediatez de la selva para explorar ópticamente la inmensidad de la estepa, el ser humano no solo ganó tiempo y distancia; inauguró la condena de tener que representarse para poder existir. 

Interactuar compulsivamente con la pantalla vertical del teléfono móvil en lugar de mirar al prójimo cara a cara no es una anomalía de la era digital, sino la consecuencia última de esa antigua vergüenza ante la desnudez de la materia. Preferimos la fijeza de la escritura a la contingencia de la oralidad porque el código nos ofrece el escondrijo y la opacidad que perdimos al ponernos de pie. 

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Cómo citar este artículo: Pineda Buitrago, Sebastián. "El primate erguido y la estepa óptica: antropología de la identidad en Hans Blumenberg". Proteo (Primera Época, Proteo 0), febrero de 2024. 


¿Qué es la arqueología de los medios?

[Nota de la dirección: Este ensayo fundamental pertenece a la Primera Época (Proteo 0) del portal. Fue indexado originalmente en febrero de 2024 y se conserva en el Archivo Vivo como la pieza teórica clave para el examen histórico-crítico-ético de las tecnologías de inscripción numérica, la estética de la desaparición y las genealogías del código contemporáneo].

Erhard Schoen, plancha extraída del Traité sur les Proportions (¿1542?)



Es de notar que el término arqueología de los medios no está datado aún en la Enciclopedia Británica, y que las entradas de Wikipedia al respecto aún dejan mucho que desear. Pues se trata de una disciplina que exige una «mentalidad dura». Los resúmenes  y aproximaciones que abundan en la web sostienen que la «arqueología de los medios» se deriva de L’ Archéology du savoir (1969), de Foucault (ver la entrada del Centro de Cultura Digital).

La arqueología relacionada con prácticas discursivas, en efecto, es una disciplina (episteme) que puso de moda  Foucault. Para él, la arqueología es una disciplina que busca definir los discursos en su especificidad, sin la presencia del autor ni del sospechoso "humanismo"; la arqueología, al estudiar el archivo o el artefacto, no es una disciplina interpretativa o alegórica; deja de lado al sujeto creador y se concentra en el discurso-objeto. Foucault quería abandonar, con la arqueología, la historia de las ideas. "No tendré derecho a sentirme tranquilo, mientras no me haya liberado de la historia de las ideas" (Arqueología del saber, p. 230). Pero como rehuir de la historia de las ideas es darse un tiro en el pie, Foucault más adelante reconoció que "la historia de las ideas cuenta la historia de los anexos y de las márgenes". Es decir: las ideas involucran los archivos y son materiales en sí mismas (no abstracciones platónicas). En cualquier caso, Foucault entendió por "archivo" (de donde se desprende "arqueología") lo textual, lo alfabético, lo que llega hasta 1840, lo anterior al archivo fotográfico, cinematográfico auditivo. 

Pues bien. Al advertir esta limitación histórica de Foucault, el filósofo alemán Friedrich Kittler (1941-2011) reformuló la noción de discurso foucaultiano para poner punto final a la hermenéutica tradicional fundada en la textualidad, es decir, el fin de la escritura en beneficio de técnicas de inscripción numérica o algebraicas. La arqueología de los medios supone a partir de entonces interesarse menos por el contenido semántico de un mensaje y más por los modos de grabación y transmisión. 

Expliquemonos mejor. Aunque rehuyó como las grandes inteligencias de sacrificar su manera de pensar bajo una escuela específica,  Kittler dio una definición exquisita del estudio de los medios en Optical Media (1999): no se trata del sujeto humano per se, sino de la variabilidad de nuestras propiedades estéticas como dependientes de la viabilidad tecnológica. Desde 1880 más o menos nos encontramos en un imperio de estándares (Kittler). En una convergencia –en una simulación– entre cine y vida (Virilio), entre realidad y realidad simulada por computadora (Nick Bostrom).

Los medios digitales destruyeron la visibilidad para iniciar una historia de la desaparición –una estética de la desaparición propia de la elegancia de las matemáticas.  

El libro homónimo de Siegfried Zielinski, Arqueología de los medios, el que ha popularizado el término. A su vez, el  Zielinski se apoya en el arqueólogo neoyorkino Stephen Jay Gould, especialmente en Time’s Arrow and Time’s Cycle (Flecha del tiempo y ciclo del tiempo, 1987). Pues, si la historia de nuestro planeta sólo puede ser deducida de manera científica y exacta a partir de los cuerpos naturales, es decir, de la acumulación de erosiones, sedimentaciones y elevaciones y sucesivamente de nuevas erosiones, algo parecido sucedería con la historia de los medios. En palabras de Zielinski:

«Ya todo estuvo alguna vez presente, sólo que en forma menos elaborada. Sólo tienes que observar con mayor detenimiento [para] descubrir cosas nuevas, sorprendentes, en lo viejo» (Arqueología de los medios: hacia el tiempo profundo de la visión y la audición técnica, trad. Álvaro Moreno-Hoffman, Bogotá, Universidad de los Andes, 2011, p. 4).

La arqueología de los medios, por lo tanto, no es un ejercicio de nostalgia anticuaria, sino una autopsia clínica de nuestro presente. Al excavar los sedimentos y las erosiones de la técnica, descubrimos que los algoritmos, las pantallas y las redes que hoy creemos haber inventado no son más que la sofisticación numérica de viejos dispositivos de captura. En esta historia de la desaparición —donde la elegancia matemática sustituye la visibilidad humana—, la tarea del pensador es forzar la mirada sobre lo viejo para descifrar el código de lo nuevo. Solo desde esa dureza metodológica es posible resistir al imperio de los estándares actuales y devolverle al lenguaje su potencia crítica.


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Pineda Buitrago, S. (Febrero, 2024). ¿Qué es la arqueología de los medios? Motivos de Proteo: revista de pensamiento (Primera Época, N.º 0). https://www.motivosdeproteo.com/2024/02/que-es-la-arqueologia-de-los-medios.html



Antropología visual e identidad pictórica: brevísima historia del arte mexicano


Introducción 

La antropología visual implica un acercamiento a la historia del arte. Pues el arte ofrece una ventana única a la comprensión de las identidades culturales y a la percepción del entorno. No olvidemos el principio de visibilidad con el que hemos comenzado nuestro curso. 

1. La pintura colonial mexicana

El Virreinato de la Nueva España, que duró apróximadamente entre 1521-1810, podemos conocerlo a profundidad a partir de sus pinturas. De la predominancia de los temas bíblicos y religiosos hasta la aparición de las pinturas de castas, el arte novohispano documenta la complejidad religiosa y diversidad racial de la sociedad colonial. 

1.1. La pintura de Cristóbal de Villalpando

Nacido en la Ciudad de México alrededor de 1649 y fallecido en la misma ciudad en 1714, Cristóbal de Villalpando es una de las figuras más luminosas del barroco novohispano. En 1675 Villalpando comenzó pintando el retablo mayor del convento franciscano de Huaquechula, Puebla, para luego pintar en las grandes catedrales. Él en sí mismo tenía algo de fraile franciscano. En la Catedral de México, por ejemplo, Villalpando pintó La Apoteosis de San Miguel y La Mujer del Apocalipsis. En la Catedral de Puebla, en 1688, pintó la cúpula principal con el tema de la Apoteosis de la Eucaristía: celebración del misterio eucarístico, del cosmos cristiano, de la salvación. Pero acaso uno de sus cuadros más interesantes sea el menos religioso y el más políticamente cargado, el de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, pintado en 1695. Recordemos que el Zócalo de la CDMEX es la segunda plaza central más grande del mundo:


El Zócalo pintado por Villalpando, entre otros detalles, muestra la fachada dañada del palacio virreinal. Este daño se produjo en junio de 1692 durante el alboroto y motín de los indios de la Nueva España, según está documentado por una carta homónima del astrónomo y escritor novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora. La pintura de Villalpando, además de invitar a la reflexión sobre las causas y consecuencias de semejante disturbio popular en el corazón del imperio español en América, anuncia ya una conciencia del paisaje: al fondo de la Plaza, al final del inmenso Valle de México, se levantan los dos volcanes sagrados. 

1.2. La pintura de castas

 A la representación de temas bíblicos y religiosos como identidad visual durante los primeros siglos del virreinato, siguió a finales del siglo XVIII (1700) un interés por la temática racial. Semejante cambio de intereses refleja un cambio discursivo: del tema bíblico a cierto tema naturalista, sociocultural, lleno de curiosidad por la composición racial y social de la Nueva España. 


La pintura de castas en la Nueva España

Pintura de castas 




El cuadro de arriba, de autor anónimo, representa las 16 categorías en las que se clasificaba la diversidad racial de la Nueva España. Es una típica pintura de castas:

1. Español con india, mestizo.
2. Mestizo con española, castizo.
3. Castizo con española, español.
4. Español con mora, mulato.
5. Mulato con española, morisco.
6. Morisco con española, chino.
7. Chino con india, salta atrás.
8. Salta atrás con mulata, lobo.
9. Lobo con china, gíbaro.
10. Gíbaro con mulata, albarazado.
11. Albarazado con negra, cambujo.
12. Cambujo con india, sambaigo.
13. Sambaigo con loba, calpamulato.
14. Calpamulato con cambuja, tente en el aire.
15. Tente en el aire con mulata, no te entiendo.
16. No te entiendo con india, torna atrás.
 
Pintura paisajística 

El paisajismo se consolidó en México cuando, a mediados del siglo XIX, la Academia de San Carlos contrató al maestro italiano Eugenio Landesio. En su paisaje El valle de México desde el cerro de Tenayo (1870), Landesio resalta en primer plano una familia indígena, distinguiendo también la basílica de Guadalupe. Sucede igualmente en una de los primeros paisajes de su principal alumno,  José María Velasco (1840-1912), Vista del Valle de México desde el cerro de Atzacoalco (1873), confirmando igualmente la identidad religiosa –mariana– de México. 

Las pinturas de Velasco principalmente representan el Valle de México, donde está asentada la capital que le da nombre y forma al resto de la nación. Según Carlos Pellicer, “uno  de  los  mayores  episodios  de  la  historia  de  nuestro  planeta,  es  el    Valle  de  México. Edificado  a  dos  mil  trescientos  metros  de  altura  sobre  el  nivel  del  mar,  contiene  en  su  enorme  área  la  representación  de  vastos  y  numerosos  dramas  geológicos".
 
Todo el paisajismo mexicano se fijó en la meseta central. Fuera de esta especie de corazón de la nación sólo un estado, el de Veracruz, llegó a tener una presencia significativa en las exposiciones nacionales de bellas artes, y significativas quiere decir 6 % del total, frente a 61 % del valle de México (Tomás Pérez Vejo, 2024, p. 146). Veracruz es la conexión de la capital con el mar. Por ejemplo, en la pintura titulada Puente curvo del Ferrocarril Mexicano en la barranca de Metlac (1881), lo que Velasco resalta es la línea del ferrocarril. “No son imágenes de Veracruz, sino del progreso y de la capacidad de México, identificado con su capital, para comunicarse con el mundo” (Pérez Vejo, 2024, p. 146). Pero esto último suena demasiado reduccionista. 

Velasco, en realidad, sintió un genuino interés por los paisajes veracruzanos. Según Fausto Ramírez, Velasco leyó a Humboldt y a varios botánicos y naturalistas para pintar, por ejemplo, el cuadro Bosque de Pacho (Xalapa, 1875).    “Pacho es uno de los montes situados al sur de la capital veracruzana, que constituye a la vez sus barreras naturales y sus más deleitosos paseos” (Fausto Ramírez, José María Velasco: pintor de paisajes, FCE, 2017). En el cuadro Bosque de Pacho, si se observa a detalle, hay un gran estudio de botánica. 

Lo cierto es que tanto Fausto Ramírez como Tomás Pérez Vejo coinciden en que los paisajes de Velasco, al privilegiar los del Valle de México, contribuyeron a exacerbar el autoritarismo centralizador y el imperialismo interno de la Ciudad de México, lugar donde confluyen todas las mercancías y centro teológico-político del país. 

Descartes o el fin de la retórica

 Lo que guía la subjetividad (algo) ya no es la retórica, sino la matemática. 


En el Discurso del método, Descartes relata un sueño. En el sueño hay un libro intitulado Corpus poetarum (Antología de poetas) que Descartes abre al azar. Le aparece un verso de la primera Égloga de Ausonio: «¿qué camino seguiré en la vida?». Cita también otro extracto de la tercera égloga de Ausonio, "El sí y El no", que expresa también una fórmula pitagórica relacionada con la educación o la formación espiritual. Esta formación, según Descartes, tiene tres etapas: 


1) El del lector de libro (las letras). 

2) El de la salida al mundo (soldado-viajero). 

3) El del actor («avanzo ocultándome, como un actor que se esconde tras una máscara»). 


De aquí se desprenden a su tres fórmulas morales: 

1) Acepta las leyes y costumbres del país, sigue las opiniones moderadas, cambia de opinión a la más conveniente y acepta la refutación. 

2) Es mejor resolverse a fingir. Pues si no está en nuestro poder discernir las mejores opiniones, debemos seguir las más perdurables. Por ejemplo, se ha decretado una pandemia. Aun cuando todo esté muy opaco, hay que creer a pie juntillas en la pandemia.

3) Y aceptar la realidad. Nada hay que esté enteramente en nuestro poder, como no sean nuestros propios pensamientos. No hay, pues, que sentir pena por no ser dueños de los reinos de la China o de México. 


Con Descartes aparece la absoluta visibilidad. Descartes es contemporáneo de Velázquez y Cervantes, de Las meninas y el Quijote. Descartes también se enmascara y se funde con sus personajes. Abandona la red de metáforas relacionadas con la luz (Derrida) e inaugura un nuevo sistema metafórico relacionado con el suelo (H. Blumenberg). Para él ya todo ya es edificable. 


El suelo se hace edificable de acuerdo con reglas matemáticas, con la verificación del terreno y del suelo, en la capacidad de soportar los cimientos y levantar sobre ellos, caracteriza el carácter de profundidad teórica de la época moderna. 


Para Descartes el mundo es un sistema mecánico y todos los hechos son producto de tal sistema. Para el barroco Descartes, pues, no se trata de leer el mundo, sino de describir cómo funciona, con lo cual no es necesario acceder a su interior, a la Historia, a la argumentación retórica, sino dar razón de sus efectos mediante la geometría. 



Salir del DF infinito




¿Para qué citan a Héctor Abad Faciolince al inicio del prólogo de una antología de Relato Fantástico de la Ciudad de México (Almadía, 2013)? Nada tiene que ver. Le da demasiado realismo; esos caprichos de los antologadores Vicente Quirarte y Bernardo Esquinca.
         Ignoro si ya ha salido el Tomo II. Sólo he leído el Tomo I, claro, con los relatos imprescindibles, clásicos, necesarios en cualquier selección de este tipo: “La cena” de Alfonso Reyes, “Teoría del Candingas”, de Salvador Elizondo, “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco. No voy a entrar a juzgar éstos ni los otros relatos de la antología. No es mi propósito escribir una reseña. Sino aprovechar para recordar el relato inacabado que alguna vez me contó una amiga desaparecida, cuando la ciudad de México le pareció que se alargaba en suburbios infinitos. La dejaré hablar:

[…] Chale. Salí borracha del fiestón que se puso cansado en una casucha de Chalco. Al llegar no me preocupé mucho para saber cómo devolverme. ¿A dónde salgo ahora? He olvidado cómo llegué, chingada madre. El pinche huey con quien vine se equivocó tres veces de ruta guiándome a su propia casa. Y en lo que comprábamos las botanas y el six pack de chelas me hizo conducir por un laberinto de calles sin pavimento y llenas de escombros y basura para encontrar algún Oxxo o Seven/11 por estos... Y ahora me perdí. Pinche huey. Días que llevaba ya retándome en la Escuela. Acusándome de “fresa”, explotando mi complejo de culpa de supuesta niña rica por tener coche y vivir con mis papás. Cabrón. Claro que sé beber y coger, le dije. Y cogimos sin amor en su habitación sórdida. Se sació en mí el muy infeliz. Luego se puso a beber con sus cuates. Y se ha quedado vomitando con ellos. Se ha olvidado de mí. Ni me besó una sola vez en toda la fiesta por estar fumando mota. Me vale ese huey, ya. Me seco las lágrimas. Son las tres y cuarenta y cuatro de la madrugada. Bastante falta para amanecer. Es octubre 31, ay, ya Día de los Muertos: debo estar para la ofrenda a mi abuela luria. No encuentro mi celular. Me lo robaron esos pendejos poca madre. Mi papá debe estar llamándome desesperado. He dado reversa, por fin, para salir por la que parece ser la única vía. Un gato se encandila con las luces del coche. Mal augurio. No hay salida tampoco por esa calle: luego luego topo con pared. O muro: muro negro grafiteado y con bocetos de patinadores. Calle cerrada debieron haber puesto. Pinche delegación. Diviso a lo lejos una autopista a juzgar por las luces. A lo mejor puede ser el Periférico. Salen como fantasmas. Son ellos. El pendejo poca madre y sus cuates. Me ponen sus jetas contra el vidrio, queriéndome besar. “¿A dónde vas, mamacita? Abre el carro, güerita. O no saldrás nunca”.    
tomado de http://www.flickr.com/people/hotu_matua/

Mi amiga dice que les abrió. Que siguieron hacia las luces que anunciaban el Periférico o al menos una autopista. Que la niebla espesa impedía la visibilidad y caía una llovizna cenicienta, literalmente de ceniza, que dificultaba la labor de los limpiabrisas rechinando en el vidrio. Ella manejaba en tercera, a menos de 60 km, temerosa de estrellarse, y a pesar de que seguían dentro de la ciudad, saturados de urbanismo, se preguntó si no iban más bien por la carretera al Valle de Tlaxcala, hacia el Paso de Cortés, bajo el Volcán, a juzgar por tanta ceniza. ¿O por qué por esa zona México y Puebla se juntaban como dos lagos desbordados, sin orillas? "Tú sigue, güerita", le dijeron.
Y supo que el DF, a ciertas horas de la noche y por ciertas desviaciones, carece de límites: se extiende por el mundo.
Tomaron una desviación al sur, o por donde ella pensaba el sur en la noche inabarcable. La desviación zigzagueaba por barrios de Iztapalapa, por la falda de ciertos cerros; siguieron avanzando por Tlahuac y Xochimilco y Milpa Alta donde nació Octavio Paz, el que también se dio cuenta de otro laberinto mexicano.
Mi amiga, nerviosa, llorando, aterrada, no giró por la calzada Ignacio Zaragoza ni por la de Tulyehualco ni advirtió el viaducto Tlalpán ni reconoció nunca la carretera a Cuernavaca. Dice que siguió a Suramérica. A otra dimensión de la ciudad alargada, del DF infinito...
Ya desapareció. Se perdió en Bogotá: le debió parecer una extensión del DF, otra delegación O llegó hasta alguna costas, hasta el mar, porque hasta cierto punto –al menos– los Océanos ponen ciertos límites a la expansión de la ciudad devoradora de lagos y costas. Imagina a mi amiga avanzado al sur, al sur, al sur: hasta  el puerto de El Callao, en la delegación Lima, Perú, o acaso más lejos, por  Antofagasta, atravesando el desierto de Atacama, camino a Valparaíso.  
“Estás mal, Sebitas”, me dijo la última vez. “La carretera a Suramérica sólo se acaba en el Tapón del Darién para los cautos como tú”.

Ayer ensayé esa dimensión y a esa hora de la noche –cuatro de la madrugada– y también desde Chalco, pero hacia el norte. Vi, en efecto, cómo una vía alargada cargada de trailers petroleros, botaneros, con frigoríficos de refrescos y carne y pescado se alargaba, conurbadamente y a cada lado rodeada de  molls y restaurantes y unidades residenciales, hasta Canadá.
No lo podía creer.
Me eché un par de chelas para el impacto. Dormí en el trayecto.

He despertado en Boston.

0. Teorías de la identidad (programa del curso)




Introducción: 

Este curso, que se imparte en la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana, introduce en el problema sobre las teorías de la identidad, particularmente en relación con el lenguaje (la Lógica) tanto en su dimensión lingüística como literaria, plástica y musical. Puesto que no hay en sí una teoría única y unívoca de la identidad, sino múltiples teorías al respecto que legitiman identidades plurales y diversas, este curso hará un recorrido panorámico por algunas escuelas filosóficas, tales la fenomenología, el estructuralismo y el posestructuralismo. Con base en la Realpolitik, en la realidad política de una identidad basada en el Estado-nación, no se descuidará el contexto veracruzano, mexicano y latinoamericano. 


1. la palabra identidad proviene del término latino entidad, que significa la cualidad de ser, derivada de ens, entis («que es», «que existe»). El concepto de (id)entidad en griego antiguo se decía ousía. La entidad como la sustancia son categorías fundamentales en la historia de la filosofía, especialmente de la ontología (del estudio del ser). Por lo tanto, el núcleo característico de la Identidad se define por el verbo ser en todas sus conjugaciones: ¿quiénes fuimos, somos y seremos? Tu identidad (tu ID en inglés) es lo primero que te pregunta un policía al llegar a otro país, o un funcionario al solicitar cualquier trámite. La identidad es pues, desde la antigüedad, el estudio del ser de cualquier cosa que exista abstracta o concretamente. 

2. Según el Diccionario de filosofía, de Nicola Abbagnano, para Aristóteles la Identidad es una unidad, aun cuando la unidad se refiera a muchas cosas. Aristóteles define la (id)entidad como «el que es ser» (en griego antiguo, Tò tí ên eînai) o «la esencia de lo que es ser» (consúltese Metafísica, libros VII y VIII).  En 1936 el lógico austriaco Friedrich Waismann redefinió la identidad bajo la idea de que dos cosas en el universo no pueden ser absolutamente iguales, pues una mera diferencia espacio temporal es por tanto suficiente para considerar no-idénticos a dos objetos (consúltese Sobre el concepto de identidad, 1936 [Über den Begriff der Identität]). 

3. Recientemente,  desde el fin de la Guerra Fría, con la categoría de identidad se designan también nuevas realidades individuales y sociales entre los seres humanos, tales como identidad lingüística, nacional, regional, local, étnica, sexo-genérica (véase la entrada de Lindomar Albuquerque en Palabras claves para el estudio de las fronteras). Hacia esas identidades tendremos que enfocaremos. A continuación, indicaremos el contenido de nuestro curso:
  • a) ¿Qué es y de dónde viene la «identidad» y qué es la «teoría»? La formación fenomenológica y antropológica de la identidad humana en relación con el tiempo profundo y la tecnología. Leer, comentar y discutir de Hans Blumenberg, Descripción del ser humano, especialmente el capítulo “Variaciones de la visibilidad” (pp. 583-670). // Y de Jacques Derrida, De la gramatología, especialmente los capítulos “La guerra de los nombres propios. / La escritura y la explotación del hombre”, (pp. 183-180). 
  • b) Leer, comentar y discutir de Judith Butler, Lenguaje, poder e identidad, especialmente la “Introducción: de la vulnerabilidad lingüística”. Plantear un problema de investigación sobre el lenguaje políticamente correcto.
  • c) Introducción y contexto de la formación de la identidad nacional en la modernidad Leer, comentar y discutir afinidades en La invención de la nación. Lecturas de la identidad dos capítulos: a) de J. G. Herder, “Genio nacional"; b) A. Renan, “¿Qué es una nación?”. 
  • d) Introducción histórica a la novela latinoamericana como presupuesto de la identidad sexual-nacional. Leer, comentar y discutir de Pedro Henríquez Ureña, Seis ensayos en busca de nuestra expresión (especialmente, el apartado “El problema del idioma”). // También de Doris Sommer, “Un romance irresistible: las ficciones fundacionales de América Latina” (en Homi K. Bhabha, Nación y narración. Entre la ilusión de una identidad y las diferencias culturales, pp. 99-134). 
  • e) Introducción a la cultura visual como identidad nacional: el paisajismo en la pintura mexicana. Leer, comentar y discutir de Fausto Ramírez, José María Velasco, pintor de paisajes. - Control de lectura. Exposiciones grupales. 
  • f) Cultura musical como identidad comunitaria: el son jarocho como identidad veracruzana. y discutir afinidades en el libro de Santiago Auserón, Arte sonora: en las fuentes del pensamiento heleno. 











Eikonómica o imágenes en fuga: «...De la persecución en el cine...» de Marie-José Mondzain

Sebastián Pineda Buitrago, "Eikonómica o imágenes en fuga: «...De la persecución en el cine...» de Marie-José Mondzain", Proteo 3 (agosto, 2026). 

Trad. I. Albornoz y G. Hernández, Santiago de Chile: Metales Pesados, 2022.


Reseñar persiguiendo 

Si el libro que se reseña está escrito en fragmentos, la reseña también debería fragmentarse. No por obediencia mimética, sino porque seguir una imagen exige aceptar su fuga. La misma palabra «curso» inflige a la imagen una continuidad didáctica difícilmente fiel a la turbulencia de su objeto.

Los traductores Ignacio Albornoz Fariña y Gala Hernández advierten la complejidad de traducir a la filósofa francesa Marie-José Mondzain, cuyo libro Images (à suivre): de la poursuite au cinéma et ailleurs (2011) es autobiográfico, arbóreo y fragmentario. Escribir sobre Mondzain es perseguir sin apresar. De ahí la necesidad del fragmento, del aforismo, del escolio. 

El Herem del Pintor

En 1915, un joven judío polaco desciende a las trincheras de Verdún manchado por un pecado imperdonable: pintar. Escapa del gueto judío en Polonia para enrolarse en el ejército francés y empuñar los pinceles de la herejía definitiva. Es el padre de Marie-José Mondzain. Él huyó previamente del gueto polaco porque había sido sentenciado por su padre judío ortodoxo al Herem (a la excomunión) por haberse dedicado previamente a la pintura: quien elige la imagen, elige la idolatría. De manera que de niña, Marie-José contempló los numerosos y bellos cuadros que decoraban la casa familiar. Le producían temor y, a veces, asco. Ella pertenece al siglo de todos los ídolos y, sobre todo, de todas las abominaciones declaradas infigurables e irrepresentables. La cuestión no es menor: ¿cómo deshacer las abrumadoras cadenas del Herem sin aceptar, a cambio, el refugio de las promesas icónicas de la Iglesia? ¿Hay que profanar simultáneamente la asfixia del tabú judío y la prostitución icónica de la Iglesia? ¿No hay salvación en la imagen, solo desobediencia?


Los amigos iconoclastas

Mondzain simpatiza con los iconoclastas. La cacería de la imagen es, por excelencia, el régimen de todo seguir: quien caza sigue, pero también expulsa. «Los persecutores de la imagen fueron mis primeros amigos» (p. 40). El eikon de los iconófilos es una zona de intercambio ilimitado entre miradas. 

El eikon escapa por naturaleza a la destrucción: quien destruye imágenes no destruye nada. 

La teología persigue a la imagen y llega incluso a acosarla. Pero la imagen, como la presa que no sabe que ha sobrevivido, se rehace en el acto mismo de su destrucción.



Eikonómica

En el año 692, el emperador bizantino Justiniano II acuñó el eikon (el rostro frontal de Cristo) directamente sobre el solidus de oro (la moneda de la oikonomia imperial). En adelante, todo ícono exige un diezmo. El capitalismo se engendró en los concilios teológicos de los Padres de la Iglesia. Al instaurar el régimen icónico como régimen económico, los Padres negociaban la ruptura con el Antiguo Testamento y su culminación en la nueva alianza.

La ley del eikon es la que administra, en un mismo movimiento, el “semblante” (eikon) y el hogar (oikos)» (p. 40). He ahí el núcleo del libro de Marie-José Modzain: eikon no es solamente imagen; es también economía. ¿No resuena la palabra griega eikon (imagen) con oikonomia (administración de la casa)? 

Antropología de la imagen

Las imágenes pertenecen quizá al reino animal, como sugirió Fernand Deligny. Pero «el cristianismo es la fundación antropológica de la imagen separada de toda naturaleza» (p. 61). Tal separación concede al hombre una soberanía excepcional. La imagen deja de ser vecindad con animales y dioses; se convierte en máquina antropológica, en frontera administrada, en excepción teológica. Al desterrar a la bestia de la retina, el bípedo no se hizo divino: inauguró su propio cautiverio. 

Cine y cacería

La guerra de 1914 y el cine traen juntos al mundo a la multitud y al figurante: el pueblo enviado a la lucha y el hombre ordinario que puede tornarse héroe sin nombre. 

Los westerns relatan la conquista del Oeste, es decir, el nacimiento y la legitimidad de América enmarcada en carreras jadeantes: crímenes y castigos, criminales y justicieros. En las cacerías humanas, perseguidores y perseguidos acaban en el umbral irreconocible y vertiginoso de su propia animalidad.

La persecución de la imagen ha de ser la vida misma.

Hitchcock es el creador de la persecución sin fin. «La persecución es la esencia misma del cine» (p. 116). Claro.

¿Me ves?

«Las mujeres y los hombres no tienen la misma experiencia de las imágenes, como tampoco tienen la misma experiencia del placer ni del poder. No hay vínculo entre los sexos, únicamente entre las imágenes. [...] La relación específica de las mujeres con las imágenes es inseparable del puesto que les fue otorgado en la filosofía. De muy niña, las circunstancias me enfrentaron a la cuestión de mi visibilidad en la mirada del otro. Inquietud perseguidora. “¿Me ves?” ¿Qué respuesta cabe esperar? Estar precozmente sometida a un vaivén incierto entre desaparición y aparición frente al otro determinó, sin duda, lo que para toda mujer implica una suspensión a la mirada y al deseo del otro» (p. 46). ¿El maquillaje?

Para Mondzain, apropiarse del poder de penetración y captura que pertenece a la mirada de ese otro del que una mujer parece ya querer depender corre el riesgo de alienarla. «El reparto de la desigualdad, como el del poder, no puede sustituirse a la exigencia de igualdad [...]. Evitar la falsa igualdad es también reconocer el intercambio asimétrico que implica todo encuentro. La circulación del don del reconocimiento funciona en una economía de desapego y sobreabundancia». Pero, según Mondzain, la imagen cristiana promovió otra operación: excluyó a las mujeres de la categoría de la sangre e hizo que fuese un hombre quien sangrara (p. 47). Lo que sigue es demasiado iconoclasta.

El Hombre que Sangra


El cristianismo, según Modzain, le robó a la mujer la exclusividad del sangrado (menstruación). Coronó al Hombre que Sangra. Jesucristo, al ensuciar con plasma divino el paño de la Verónica, consuma la cancelación anatómica y política de lo materno. El patriarcado teológico excluyó a la mujer de la encarnación: sarkosis. 



Psicoanálisis y fuga

La verdad no debe ser nunca un trofeo. Malaventurado quien se jacte de atraparla.

«La verdad —escribe Lacan— es lo que corre tras la verdad» (“Del amor a la libido”, Seminario 11).

El psicoanálisis es una cacería: una jauría de sabuesos tras una verdad que jamás atraparán, porque las palabras corren más rápido que sus perseguidores.

Infidelidad femenina 

En 1910, Georges Feydeau subió a las tablas una supuesta farsa donde una esposa desata un desenfreno cinegético contra un marido patético y bobalicón. La guerra de los sexos obedece a una ley biológica irrefutable: la mujer siempre da caza al hombre, lo aísla, lo purga y lo expulsa.

Lacan lo diagnosticó con crueldad matemática: el marido deambula por la casa convencido de que posee el Falo, hasta que el tedio de la esposa le demuestra que él es apenas un apéndice ridículo. La verdadera infidelidad femenina no ocurre jamás en las sábanas de un amante; ocurre meses, o años antes, en el instante gélido en que ella simplemente deja de desearlo. Una mujer jamás abandona a un hombre vivo. Primero lo asesina psíquicamente, lo castra con la indiferencia y lo convierte en un fantasma molesto que estorba en la sala. Cuando ella finalmente hace las maletas o exige el divorcio, es un mero trámite administrativo: el marido ya es un cadáver. Desde su más tierna infancia, la mujer aprende que el hombre no es un compañero, sino una presa biológica que debe ser liquidada para poder respirar.

Atención sin propiedad

La «atención conjunta» no es propiedad de ninguna de las partes. Prestar atención es, por tanto, dar tiempo.

Dar aquello que se resiste a su economización, a su conversión y a su retribución. Dar, al fin y al cabo, aquello que nunca saldrá de nuestras manos, por la sencilla razón de que nunca podrá estar ahí, entre ellas (Emmanuel Alloa, citado en p. 143).


La cuerda

«Caminar sobre una cuerda es la disciplina circense más similar al ejercicio de la filosofía». ¿Con qué paso camina determinado filósofo? ¿Tolera el peligro del pensamiento cuando éste lo sitúa al borde del abismo?

«Sin toma de riesgos, no hay pensamiento que valga» (pp. 28-29).

Mondzain escribe en esa cuerda.