Consejero de la «contrarrevolución cultural»

 

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Desconciertos (pp. 31–35)

El consejero de la «contrarrevolución cultural» en un país tropical sin revolución ni cultura

Por Sebastián Pineda Buitrago

De tanto soñar ser émulo de Mohamed Koagin, consejero de sátrapas orientales, el sueño se le ha hecho realidad.

El nuevo virrey del trópico —un tribuno de balcón aerodinámico y barba geométrica de jeque de catálogo, a medio camino entre Mussolini y Gadafi— lo ha nombrado Consejero Presidencial para la Contrarrevolución Cultural.

Nuestro Consejero ha empezado de maravilla mandando descolgar de las vitrinas oficiales la cursilería pedagógica del gobierno anterior, ese «progresismo» de izquierdas que buscaba canonizar a los antiguos compañeros de armas caídos al final de la Guerra Fría. La orden es clara: desterrar el wokismo ministerial.

“Pero, Consejero”, le dice un periodista en el pasillo: “¿no le parece que para derribar una revolución es indispensable haber tenido una, y que para restaurar una cultura se requiere haberla poseído?”

El Consejero pasa de largo esa pregunta. En su fuero interno él sabe que en nuestro país jamás ha habido una sacudida de masas como la Revolución mexicana de 1910, ni un andamiaje civilizatorio al estilo de la Europa ilustrada. Sabe que la única mutación real, irreversible y soberana que moldeó el gusto de nuestra élite, la arquitectura de nuestras ciudades, el lenguaje callejero y las finanzas del poder ha sido el narcotráfico. Lo calla.

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Imaginemos al flamante Consejero de regreso a casa después de su faena contracultural, sobándose las manitos dentro de la camioneta blindada, retozando con una asistente rubia («monita», la llama él). Disimula reír, pero se carcome de dudas con una perplejidad fundacional: ¿ha habido realmente en esta excolonia una Revolución y una cultura previas contra las cuales emprender una contrarrevolución?

Tenía razón aquel periodista: la única materia que ha puesto a pensar en serio a este pueblo tropical —su auténtica gimnasia intelectual, logística y metafísica— ha sido el narcotráfico: desde cómo burlar radares hasta cómo corromper aduanas y encajar toneladas de cocaína en las fosas nasales del norte global.

Es imposible extirpar el traqueteo, el perreo, la suntuosidad del blindaje y el frenesí de la rumba. Contra eso no hay contrarrevolución posible (valga la redundancia). Entonces hay que decretar lo siguiente.

“Anota, monita”, le dice a su asistente.

Desde la Conquista y la colonia, somos un refugio de judíos y moros conversos; una nación de estirpe díscola pero elegida.

La monita se queda meditabunda.

“Eso es”, prosigue el Consejero. “Ahí está la cábala, el prurito teológico para despachar de un plumazo la incómoda verdad material del narcotráfico y la narcocultura, y transfigurar la podredumbre en una prueba bíblica de simpatía semítica. Somos gente pugnaz, viva, tenaz, de tenacidad judía, ¿me entiendes? Por eso decimos tanto tenaz. En definitiva, estamos emparentados con algo semítico. Todo esto llenará de simpatía al Estado israelí, sí, y podré hacer más visible el fantasma de una temible «intelectualidad progre» enemiga de Occidente (léase del Estado de Israel) y de los valores judeocristianos”, y se soba de nuevo las manos el Consejero.

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La pregunta aquí es cómo fraguó semejante farsa nuestro Consejero. ¿Desde cuándo, por Dios? No es algo de ayer. Él la ha fraguado desde sus años de marinero raso de la marina mercante, una experiencia náutica que aún lo obliga a dormir con almohadas en el piso. No hay noche en que no se caiga de la cama.

De joven, atracando en varios puertos de Europa, recibió una revelación: el Tercer Mundo podía soñar cuanto quisiera con superar el subdesarrollo; Europa seguiría siendo ama y señora.

Al regresar a su república tropical, el Consejero desafió al profesorado inocente: toda promesa de emancipación le pareció una ficción; toda teoría poscolonial o decolonial, basura. Él de inmediato se convirtió en profesor. Compuso un libro de cuentos sobre la historia de España desde fenicios, romanos y visigodos, para así explicar lo que los puertos le habían enseñado: que España llevaba un milenio marcando nuestro rumbo civilizatorio. Lo presentó como literatura, pero ya era un programa de gobierno.

El nuevo milenio le dio la razón. Con el euro en el bolsillo, España ya no necesita embarcarse hacia las antiguas colonias: son los ex colonos quienes cruzan el océano para buscar trabajo en la vieja metrópoli. Cada compatriota que aterriza en Barajas es un voto a favor del imperio; cada alquiler pagado en Madrid, un tributo tardío a la Corona. ¿Dialéctica del amo y el esclavo? Nada de dialéctica: el amo ha cambiado de moneda y el esclavo hace cola en extranjería. Que unos lleguen para servir mesas y otros para comprar edificios es un detalle menor. Todos eligen España, y con eso para dar por refutada la emancipación.

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Siendo ya un famoso profesor universitario, alguna vez un estudiante de literatura le consiguió impartir un curso sobre La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, en la universidad más anglobalizada del país, donde la élite adiestra a sus vástagos en finanzas y desdén por la lengua materna. El futuro Consejero dio dos o tres clases, pero no aguantó tanto escepticismo. Desertó a mitad de semestre y se refugió en otra universidad de la capital, una abadía secular todavía gobernada por sotanas.

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Volvamos al presente. El Consejero ha amanecido de buen humor. Lo espera la camioneta oficial con chofer abajo de su edificio. Hay rueda de prensa en Palacio. Se afeita al ras.

“Miren”, les dice a los periodistas, “miren cómo en medio de la barbarie circundante nuestro Presidente está levantando un Estado democrático, respetuoso del orden y obsesionado con la seguridad. Bien dice el filósofo sefardí Benedictus Spinoza (ilustre sefardí como todos nosotros) que la suprema virtud y el fin último del Estado no es la libertad ni la justicia, sino la seguridad. Somos con orgullo «el Israel de Suramérica»: una fortaleza asediada por guerrilleros, con derecho divino a empuñar el garrote y blindar nuestras fronteras internas; con derecho divino a encomendarnos al poder hegemónico y proteger nuestros valores judeocristianos.”

“No joda: estuviste genial. Duro contra esos mamertos y progres…”, lo felicita su jefe, el virrey tropical, pero por WhatsApp.

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Al acostarse esa noche, el Consejero revisa que las almohadas y las colchonetas sigan bien dispuestas bajo su cama para amortiguar el golpe cuando el país se dé vuelta a medianoche, y la marea del narcotráfico —la única sustancia verdaderamente revolucionaria del trópico— siga corriendo por debajo de las alfombras del palacio, lista para devorar de un solo bocado al príncipe histriónico, a su visir mareado y a sus guerras contra narcóticos.


Cómo citar este texto:
Pineda Buitrago, Sebastián. «El consejero de la «contrarrevolución cultural» en un país tropical sin revolución ni cultura». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 31–35

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Descriptores / Metadatos: Contrarrevolución cultural · Sátira política · Narcotráfico y poder · Benedictus Spinoza · Ortega y Gasset · La rebelión de las masas · Museo Nacional · Trópico y retórica · Proteo.

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