LA TORRE DE ŽIŽKOV EN PRAGA

 

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Doppelgängers (pp. 21–23)

Un paseo con Kafka a la Torre de Žižkov en Praga

Por Sebastián Pineda Buitrago



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No figura en las guías de turismo, o apenas muy tímidamente. Nadie recomienda visitarla. Los rebaños de turistas prefieren agolparse sobre el Puente de Carlos o fotografiarse bajo los arcos neogóticos de la Catedral de San Vito, devorando la estampa congelada de la Praga medieval. Todo lo medieval obscurece el instinto histórico. ¿No es así, mi querido Heine?

La vi al marcharme de camino a la estación, recortada en la bruma matinal, levantándose como un templo futurista en el barrio obrero de Praga, y alargué mi estancia de inmediato para plantarme a sus pies. Es una aguja de hormigón armado y acero que perfora las nubes como un cohete balístico intercontinental. Es la Torre de Televisión de Žižkov (de Yísh-kou, como debería pronunciarse, con esa fricativa inicial que desgarra el paladar), diseñada por el arquitecto checo Václav Aulický, en estrecha colaboración con el ingeniero estructural Jiří Kozák, en 1985, es decir, bajo el régimen comunista de la República Socialista Checoslovaca, pero concluida en 1992, es decir, cuando Checoslovaquia inauguraba un régimen completamente distinto.

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La Torre de Žižkov es como yo. Crecimos en dos ramas irreconciliables. Por la materna, yo cargo la estirpe jurista y leguleya que me empujó a extasiarme en Franz Kafka; por la paterna, la genealogía de comunistas obstinados que me exige no desprenderme de la ciencia y la técnica para desmantelar la superestructura.

En 1998, cuando el milenio agonizaba, devoré la obra de Kafka en la frontera neurálgica entre Colombia y Venezuela. El proceso y El castillo se me incrustaron en los nervios a mis dieciséis años. Es la hora en que todavía el cuento «Ante la ley» (Vor dem Gesetz en alemán) lo experimento a cada instante en las aduanas, las porterías y las ventanillas de oficinas públicas. ¿Está abierta esa puerta para mí? ¿Por qué no paso? ¿De veras aún no es mi turno? ¿No me dirá después el cancerbero, cuando ya me haga viejo, que esa puerta siempre estuvo abierta para mí y que yo nunca pasé y entonces él la cierre para siempre?

Maldito Max Brod: debiste quemar los manuscritos de tu amigo Kafka, tal como él te lo pidió. Pero no lo hiciste, y mira: lo kafkiano se inoculó hasta en la médula espinal. Aunque, conviene admitirlo, no recae en ti toda la responsabilidad. Franz ya había publicado La metamorfosis en octubre de 1915 en la revista mensual expresionista Die Weißen Blätter (Las hojas blancas), y tal novela basta para intoxicarse. Por cierto, si Kafka escribía originalmente en alemán viviendo en Praga, entonces estaba lejos de apoyar el nacionalismo checo. ¿No vivían mejor los judíos bajo las entrañas del Imperio austrohúngaro?

En checo, Kafka (o kavka) quiere decir grajilla, un pariente menudo del cuervo. El patriarca Hermann Kafka hizo de ese pájaro la marca de su negocio y lo imprimió en sus sobres comerciales cuando su tienda ocupaba la planta baja del palacio Kinský, en la plaza de la Ciudad Vieja. El desgarro de su hijo desciende (pensemos en Gregorio Samsa convertido en un bicho sin poder alistarse para llegar puntualmente a tomar el tren) de una mercería familiar.

Kafka, amigo, ven conmigo a la Torre de Televisión de Žižkov. Inclinémonos por el ateísmo combativo. A mí, mi padre me educó así dentro de la Medellín católica, apostólica y sanguinaria donde Pablo Escobar ejercía una soberanía de plomo. Ante esta Torre, te lo confieso, experimento una conmoción familiar. En mi infancia no hubo imágenes piadosas ni camándulas; hubo libros de Marx, fotografías de campesinos vietnamitas derribando aviones de la US Air Force y la certeza prometeica de que la especie humana no nació para arrodillarse a implorar absoluciones, sino para doblegar la materia mediante la ciencia y la tecnología.

Al llegar a la Torre de Žižkov, Kafka y yo comprobamos que esos doscientos dieciséis metros concebidos para gobernar el éter hertziano sobre la masa proletaria es motivo de burla y mofa. El escultor David Černý (¿artista neoliberal?) intenta neutralizar la Torre incrustándole diez bebés de bronce sin rostro que trepan por pilares cilíndricos. David Černý es el mismo artífice de la cabeza rotatoria de Kafka en la Ciudad Vieja. ¿Lo habrá leído? Tanto Kafka como esas criaturas llevan un código de barras industrial sellado sobre el cráneo. Es decir: son los homúnculos mecánicos de El Golem de Gustav Meyrink intervenidos por la pesadilla cibernética; fetos despojados de facciones que escalan el transmisor buscando la orden algorítmica que los puso en marcha.

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Friedrich Kittler (¿lo has leído, Franz?) dictó el axioma inapelable: quien habla de medios de comunicación habla de tecnologías de guerra. Debajo del mensaje televisivo operan voltajes, frecuencias balísticas y redes de dominación material. La televisión consuma la fractura ontológica entre dos épocas. Si el comunismo del siglo XX creyó en la transformación radical del espacio mediante la audacia demiúrgica y el gigantismo de sus infraestructuras colectivas, el neoliberalismo del XXI capitula en la más cobarde de las impotencias. Quien ya no concibe un destino común teme a la escala del coloso. El capitalismo tardío ha desterrado al titán para sembrar el planeta de cajas de vidrio genérico (glass boxes): paralelepípedos intercambiables de aluminio y tablarroca que no aspiran a inspirar terror sagrado ni redención épica. La timidez arquitectónica contemporánea es el síntoma definitivo de una civilización castrada que trocó la conquista del horizonte por la especulación financiera del metro cuadrado.

El turista bobalicón fotografía la Torre de Žižkov como una ruina exótica, pasa a comprar un café en el vestíbulo y se marcha satisfecho. Desde abajo, la aguja de Žižkov sigue apuntando a un cielo que ningún balance bancario ha conseguido clausurar.

Rescatemos la certeza de que la materia y el arte solo justifican su paso por el mundo cuando se afirman con violencia soberana sobre la pasividad del paisaje.


Cómo citar este artículo:
Pineda Buitrago, Sebastián. «Un paseo con Kafka a la Torre de Žižkov en Praga». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 21–23.

Texto perteneciente a la sección Doppelgängers del número completo de la revista

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