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La ucraniana de cabellos encendidos

 

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Doppelgängers (pp. 17–20)

La ucraniana de cabellos encendidos

Por Sebastián Pineda Buitrago




La vi en Viena. Roja. Pelirroja, le dije. Red-haired. Ginger. Me fascina tu voz, tu pronunciación del inglés, tus cabellos encendidos y tu manera de mirar un cuadro. Me sonrió, pero debía marcharse aquella noche. 

Quise transfigurarme en ella. Primero le tomé prestadas algunas palabras. Después, una fecha.

Se desdobla irremediablemente la conciencia del viajero al estar en el centro de Europa. Brota el Doppelgänger en este viejo corazón imperial que todavía tiembla ante sus propios fantasmas.


El 22 de febrero de 2022, al descender del tren en las inmediaciones de Frankfurt del Óder, supe que los hechos que habrían de sucederse pertenecerían a una disciplina más rigurosa que el azar o el miedo.

Una carta doblada en cuatro partes me confería una identidad civil incuestionable. Llevaba mi nombre transcripto en caracteres latinos. En mi bolso de cuero reposaban postales y bocetos de Pont de Sèvres. Durante años había estudiado aquellas formas como quien aprende las articulaciones de un animal desconocido: dónde se doblaba el hierro, qué sostenía cada arco, por qué una estructura destinada a unir dos orillas parecía estar separándose de sí misma. Ahora, al otro lado de la ventanilla, las vigas del puente ferroviario entraban y salían del cristal con la regularidad de unas tijeras.

Mi compatriota había hecho del puente una pregunta. Yo lo atravesaba con los documentos en regla.

El Óder corría abajo, lento y pardo. Junto a los pilares, el agua se recogía en pequeños remolinos antes de continuar hacia el Báltico. Busqué una diferencia entre las orillas: un color, una inclinación de los árboles, alguna señal que justificara la línea divisoria de los mapas entre Polonia y Alemania. Había barro en ambas. En ambas, ramas desnudas retenían bolsas de plástico.

Después de leer a Karl Popper, me irrita pensar en el río incesante de Heráclito. Popper acusa a Heráclito de ser un devoto del destino cósmico de la guerra, de la justificación metafísica de la guerra para defender las sociedades cerradas. Hasta el agua comparece ante un tribunal filosófico. Qué horror es la filosofía. El arte, en cambio, libera. Cierro el libro que llevo abierto sobre mis rodillas. No he leído una página desde la última estación. La mezcla entre historia del arte y filosofía materialista, me dijo mi padre, es un artefacto explosivo con el que harás temblar las galerías y los simposios de la centralidad europea. Ningún lienzo vanguardista es inocente; toda forma plástica esconde un combate.

En Kiev, él me había preguntado qué veía yo en Exter.
—La fractura de Europa —respondí.
No pareció impresionado.
—¿Has visto el cuadro?
Empecé a explicarme.
—El cuadro —repitió—. No lo que puedes decir de él.

Recordaba su impaciencia mejor que sus argumentos. Retiré una hebra de cabello de la comisura de mis labios. Entonces aparecieron los agentes. Eran tres. El más joven pidió mi pasaporte y lo sostuvo abierto bajo la luz del vagón. Mientras examinaba la fotografía, miré sus dedos. Tenía una pequeña herida junto a la uña del pulgar.

Respondí primero en un inglés limpio, aplicado, con esa dicción británica que durante años había pulido como se pule una pieza de plata ajena. Después añadí una aclaración en alemán. Había trabajado mucho para que las consonantes no denunciaran mi procedencia. Aquella mañana me avergonzó haberlo conseguido.

El agente levantó los ojos. Quise creer que mi belleza lo turbaba. Era una interpretación más agradable que las otras.

Me preguntó adónde iba.

Le di el nombre de una ciudad, una institución, una persona que podía responder por mí. A medida que enumeraba aquellas garantías, mi vida adquiría la forma de una solicitud bien redactada. La becaria, la historiadora del arte, la visitante de archivos: todas llegaron puntualmente a declarar. Yo permanecí sentada junto a la ventana.

La historia de Ucrania, mi patria, había entrado en mi equipaje sin respetar el límite de peso. La llevaba en las llamadas que no quería terminar, en las noticias que consultaba a escondidas, en la necesidad de cargar el teléfono aunque la batería estuviera casi llena. Llevaba también una llave de Kyiv. Antes de salir había comprobado dos veces que estuviera en el bolso.

El agente pasó una página del pasaporte. Después otra.

Yo dominaba las lenguas de quienes podían interrogarme. Sabía hablar de pintura en salones templados, pedir una beca, agradecer una invitación, reconocer el momento exacto en que una conversación exigía una sonrisa. Había dedicado años a adquirir aquella soltura. Bastaba ahora que un desconocido retuviera mi documento para que cada palabra se volviera un esfuerzo muscular.

Al devolverme el pasaporte, el joven evitó doblar una de sus esquinas.

Aquel cuidado casi me hizo llorar.

El tren avanzó entre almacenes, vías paralelas y edificios cuyas ventanas reflejaban un cielo bajo. Pensé en el vagón de Lenin atravesando Alemania en 1917. Después acudieron los otros trenes, los transportes del exterminio. Me reprendí por la facilidad de la asociación. Había estudiado demasiado para ignorar las diferencias y estaba demasiado cansada para impedir que las imágenes se amontonaran.

El hierro las reunía. Me correspondía a mí separarlas.

Alemania, das Herz von Europa. Había oído pronunciar aquellas palabras con orgullo y con temor. Desde mi asiento, el corazón de Europa era una sucesión de cambios de vía. Las agujas se movían, un convoy esperaba, otro recibía paso. Una decisión tomada lejos de allí llegaba hasta las ruedas y las obligaba a obedecer.

Apoyé la frente en el cristal.

Bajo la calefacción del vagón, bajo la puntualidad que todos parecían considerar una propiedad natural del paisaje, corrían combustibles extraídos en otros lugares. Me molestaba aquella comodidad y me entregaba a ella. Acerqué las manos a la salida del aire caliente. No tenía ninguna dignidad que oponer al frío.

En el bolsillo del abrigo encontré el recibo de un café comprado en la estación. Lo alisé sobre la rodilla y empecé a dibujar el puente. Dos orillas, unos pilares, la celosía de acero.


Cómo citar este texto:
Pineda Buitrago, Sebastián. «La ucraniana de cabellos encendidos». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 17–20. 

Texto de apertura de la sección Doppelgängers en la edición completa del fascículo

📥 Edición íntegra en acceso abierto:
El número completo de la revista (38 páginas, formato fascículo digital con ensayos, collages y documentos de archivo) puede consultarse y descargarse en:
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Descriptores / Metadatos: Doppelgänger · Alexandra Exter · Pont de Sèvres · Katia Denysova · Río Óder · Frankfurt del Óder · Karl Popper · La sociedad abierta y sus enemigos · Heráclito · Frontera polaco-alemana · Exilio y vanguardia · Proteo.

Ficciones de la violencia

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Crónicas académicas (pp. 8–12)

Ficciones de la violencia: México entre Estados Unidos y Latinoamérica

Conferencia en la Universidad de Ostrava, República Checa (7 de octubre de 2026)

Por Sebastián Pineda Buitrago

Lillyam González Espinosa y Sebastián Pineda Buitrago junto al cartel de la conferencia Ficciones de la violencia (Universidad de Ostrava, octubre de 2026)


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Lo primero es agradecer la invitación de mi amiga y colega colombiana, Lillyam González Espinosa, doctora y profesora de hispanística en la Universidad de Ostrava. Quisiera también celebrar estar en Silesia, la antigua región minera del centro de Europa tan disputada en las guerras, cuna de cierto germanismo; celebrar las praderas, los ríos y el cuidado de los niños. Una sociedad alcanza un alto grado de desarrollo cuando, en la infancia, se goza de seguridad para ir de la escuela a la casa sin la inseguridad de ser asaltado. Todo esto contrasta con lo que vamos a hablar aquí: con las ficciones de la violencia y con México.

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Para empezar, qué entendemos por «ficción». Voy a remontarme a las Instituciones de Gallo (en latín: Gai Institutiones), una recopilación sistemática del derecho privado romano, elaborada por el jurista latino Gayo (120-178 d. C). Aunque semejante manuscrito se descubrió en Verona apenas en 1816 por el romanista Barthold Georg Niebuhr, a partir de una copia que databa del año 500, su influencia en la antigüedad tardía, en la Edad Media y en los tiempos modernos sigue siendo descomunal. Las Instituciones de Gallo introdujeron la tripartición del derecho civil en personas, cosas y acciones. Las personas responden al «quién»; las cosas al «por qué», y las acciones al «cómo». Si el término latino para “persona jurídica”, persona ficta, viene de «máscara», entonces el concepto de persona es un concepto teatral que lo mismo personifica, actúa y representa. Esto quiere decir que todo tribunal presupone la escenificación teatral del antiguo drama griego. No se insistirá lo suficiente en ello. Lo cierto es que desde los tiempos de Gallo, para librarse de la carga teatral o artística del antiguo teatro griego, los juristas romanos se encargaron de desterrar cualquier vínculo con lo artístico o, más exactamente, cualquier vínculo con lo cómico, al que calificaron de “infame”. Literalmente, infame alude a quien carece de fama (de fabla, de habla) autorizada en la estimación civil y a quien, por lo tanto, se le cancela la autoridad de la voz pública y el honor cívico (véase Florence Dupont, L'Orateur sans visage. Essai sur l'acteur romain et son masque. París: PUF, 2000).

Infame pasó a ser en español y otras lenguas occidentales sinónimo de algo cruel y contrahecho, pues la pérdida civil de la voz se transformó en fealdad física y crueldad moral. Quien carece de fama ante la ley termina fatalmente convertido en un monstruo visible. Entiendo que en checo el término culto directo es infámní (y el sustantivo jurídico infamie), pero que en los tribunales de Praga y del antiguo Reino de Bohemia se utiliza también hanebný (y en su grado más deforme y monstruoso, ohavný). Así pues, si la máquina jurídica funciona con el dolor (pues, de otro modo, sin dolor o privación de la libertad, tal máquina no es tal, no funciona), entonces la ficción de la ley encarna en la medida en que haya violencia. Algo infame.

¿No es así? ¿Entienden lo que estoy diciendo?

Hubo silencio en el auditorio y cierta mirada de aprobación. Comprendían mi lengua mis estudiantes de la República Checa. Proseguí.

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Ahora conviene aclarar el concepto de violencia y de paso entrar en materia. Si por definición la policía está representada allí donde haya fuerza de ley, entonces hay que hacer notar que ninguna ciudad tiene más policías que la Ciudad de México. Ella, la policía, está presente, invisible a veces, pero siempre eficaz, allí donde hay conservación del orden social. La policía es un deber ser (un Dasein) coextensivo al deber ser (al Dasein) de la pòlis (véase J. Derrida, Nombre de pila Benjamin. Madrid: Tecnos, 1997, p. 110). La policía, de polis, viene etimológica e históricamente de la estructura de la ciudad y sirve, por lo tanto, para mantener o conservar el orden, pero también para imponerlo y si es del caso alterarlo.

Ya en 1921, bajo el terrorismo de la República de Weimar (de un régimen aparentemente democrático y que ya se había cargado contra Rosa Luxemburgo), Walter Benjamin publicó originalmente en alemán Zur Kritik der Gewalt (Para una crítica de la violencia). Es un texto lleno de referencias barrocas. Pues, por esa época, Benjamin escribía El origen del drama barroco alemán. Allí decía que el espíritu (Geist) se manifiesta en el poder (weist sich aus in Macht); el espíritu es la facultad de ejercer la dictadura (Geist ist das Vermögen Diktatur auszuüben). Esta facultad exige una disciplina interior rigurosa, así como una acción sin escrúpulos (skrupelloseste Aktion). A lo que comenta Derrida que la degeneración del poder democrático (y la palabra poder es con frecuencia la más adecuada para traducir Gewalt, la fuerza o la violencia interna de su autoridad) no tendría otro nombre sino el de la policía. ¿Por qué? Porque en la monarquía absoluta los poderes legislativos y especulativos están unidos. En la democracia, en cambio, la violencia no está ya de acuerdo con el espíritu de la policía. A causa de la supuesta separación de poderes, la policía ejerce de forma ilegítima, sobre todo cuando en lugar de aplicar la ley, la hace. Benjamin indica aquí el principio de un análisis de la realidad policial en las democracias industriales y sus complejos militares de alta tecnología informatizada. Por lo tanto, las democracias mexicana y estadounidense, sobre todo esta última, exigen una policía altamente militarizada.

Definidos ambos conceptos, el de ficción y el de violencia, lo demás fue coser y cantar.

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Pasé de inmediato a las fotografías de mi archivo personal tomadas en 2011. Playas de Tijuana en el límite exacto con el Border Field State Park e Imperial Beach. La imagen muestra la mole de hierro oxidado, esos barrotes verticales que cortan la arena y se hunden de manera delirante en el oleaje del Pacífico. Es la prueba forense de la persona ficta encarnada en metal: el derecho romano despojado de comedia y convertido en puro dolor de jaula. En la foto, una grúa mecánica suspende una garrucha sobre el cerco mientras dos hombres operan la tramoya de la vigilancia; más allá, el malecón peatonal de Playas de Tijuana se desvanece en la bruma marina y, al fondo de la loma, se divisa la silueta impasible de Coronado y San Diego. Dos mundos que se dan la espalda a través de un enrejado que pretende contener la marea. La frontera física no divide geografías: administra el cautiverio del ente.

La cartografía no miente. Mientras la vasta pradera del Misisipi otorga a los Estados Unidos una autopista fluvial uniforme, continua y unificada para el flujo del capital y las tropas, México aparece fracturado, atenazado y asfixiado por las murallas telúricas de la Sierra Madre. El imperio anglosajón es una llanura hidrológica hecha para la expansión técnica; México es un laberinto de altiplanos diseñado para la resistencia trágica y el asedio constante.

La siguiente diapositiva mostró la invasión de 1847. Sobre el mapa mutilado de la República Mexicana, el grabado descomunal del Revólver Colt Walker (1847) apuntando al corazón del territorio. La invasión de Winfield Scott desde Veracruz hasta Chapultepec no fue una victoria moral; fue la superioridad aplastante de la máquina de repetición industrial sobre la caballería tradicional de lanzas y tercerolas. La ley sigue al plomo, jamás a la inversa.

Vino luego el mapa del cerco marítimo: México y el Caribe. Allí se constata la geopolítica de la asfixia: el Golfo de México rebautizado sin pudor por la hegemonía estadounidense como Golfo de América, mientras la línea histórica de Veracruz a La Habana estrangulada por el bloqueo, y la presencia tutelar del cuartel general de la Cuarta Flota de Estados Unidos con sede en Mayport, Florida, proyectando su garra naval sobre las bocas del Caribe. México es un país cercado por agua y por tierra.

Y para quien todavía albergue el sueño bolivariano de la integración continental, la diapositiva de un probable viaje en carretera de la Ciudad de México a Buenos Aires dicta la sentencia definitiva. Hay una selva impenetrable, un abismo geológico y humano sin continuidad vial que corta en dos al hemisferio americano. La discontinuidad del Darién es el monumento natural al fracaso de la unidad latinoamericana, cuya red de carretera es aún una osamenta dispersa plagada de aduanas.

La penúltima confrontación fue visual y estética: el óleo clásico de José María Velasco, El valle de México desde el cerro de Santa Isabel (1877), enfrentado a la fotografía aérea contemporánea de Pablo López Luz (2007). El contraste es una demolición ontológica. Allí donde Velasco pintaba la transparencia del aire, la serenidad del lago y la luz fundacional de la cuenca bajo nubes monumentales, la cámara de López Luz registra un tumor infinito de cemento, lámina y asfalto que devora los cerros hasta el horizonte asfixiado de smog. La polis ha dejado de ser un albergue humano para transmutarse en un hormiguero ciego.

Cerré la conferencia con la lámina que devolvía la mirada a los estudiantes de Ostrava: la síntesis cartográfica de las Europas históricas. En ella, el mapa del continente quedaba disecado en sus cuatro matrices de hierro: la Europa mediterránea del derecho escrito y los foros de asamblea; la Europa atlántica de las potencias navales que transmutan la energía de la tierra en imperio marítimo global; la Europa hanseática y báltica de los recursos madereros y la Reforma protestante; y, en el centro neurálgico, la Europa Danubiana/Mitteleuropa, esa cuenca fluvial de los imperios plurinacionales donde se levanta Ostrava, justo en la fractura del Danubio y el Vístula. Les señalé esa estrella en el mapa: estábamos en la bisagra de todas las guerras europeas, hablando de la violencia mexicana desde el corazón minero donde la técnica aprendió a cavar la piedra antes de fundir las armas de la modernidad.


Referencia bibliográfica recomendada:
Pineda Buitrago, Sebastián. «Ficciones de la violencia: México entre Estados Unidos y Latinoamérica». Proteo. Cuadernos de ensayo y fantasía, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 8–12. Xalapa / Ostrava: Mesa de Control de Proteo.

Texto presentado en la conferencia magistral del Departamento de Estudios Románicos de la Universidad de Ostrava (República Checa, 7 de octubre de 2026), dentro del bloque Crónicas académicas del fascículo.

📥 Fascículo completo en acceso abierto:
Consulte y descargue la edición íntegra de la revista (38 páginas con foto-montajes, cartografía y ensayos visuales):
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Descriptores / Ontología: Gaius · Instituciones · Persona ficta · Walter Benjamin · Jacques Derrida · Crítica de la violencia · Dasein policial · Playas de Tijuana · Frontera norte · Guerra de 1847 · Tapón del Darién · José María Velasco · Pablo López Luz · Mitteleuropa · Universidad de Ostrava 2026.