El historiador del arte confronta Futuro pasado de Koselleck


Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Desconciertos (pp. 28–31)

El historiador del arte confronta Futuro pasado de Koselleck

Por Sebastián Pineda Buitrago



Sábado, 3 de octubre de 2026

Al abordar el vagón de la línea U1 desde la estación central (Hauptbahnhof), casi todos los pasajeros viajan hipnotizados por pantallas portátiles. Veinte minutos después, de golpe, chilla el freno neumático. La megafonía anuncia con sequedad la estación Donauinsel. Me dejo subir por las escaleras eléctricas. Al salir de la estación recibo un destello, un esplendor, un golpe visual. No lo puedo creer. La mirada queda desarmada ante la masa caudalosa del río Danubio. El sol del mediodía baña el ancho lecho del río de un azul intensísimo. Hace calor. Hay ciclistas, gente trotando, bañistas. No pasa por mi cabeza ningún vals de Johann Strauss (soy algo amusical) ni Claudio Magris ni Robert Musil. Sino algo mucho más denso.

—¿Te acordás del comienzo de Futuro pasado, de Koselleck? —me dice mi doble, el historiador, el que estudió un pregrado en Historia en Medellín y se ha dedicado a la germanística—. Ahí Koselleck menciona lo de unas pinturas, a propósito de la invasión a Viena en mil quinientos y algo.

—Lo de Altdorfer —le respondo—. Sí: la batalla de Alejandro.

—Eso es. Los persas vestidos de turcos.

—El anacronismo es un problema histórico-político.

—Y filológico —añado—. Porque estamos condenados a leer a Koselleck en la traducción de 1993 de Norberto Smilg para Paidós: Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, cuyo primer capítulo, «Sobre la teoría y el método de la determinación del tiempo histórico», seguida de «Sobre la semántica del cambio histórico de la experiencia», se agota cuando se contempla de frente el río Danubio.

—¿Qué quieres decir?

—Koselleck sostiene que la modernidad nace el día exacto en que el «horizonte de expectativa» se fractura y se separa del «espacio de experiencia», es decir, cuando la secularización del Apocalipsis extirpa el terror al Juicio Final y lo reemplaza por la aceleración del progreso. Para Koselleck, Altdorfer pintó en 1529 la batalla de Alejandro contra Darío vistiendo a los persas con los turbantes y caftanes de Solimán el Magnífico porque, para Altdorfer, los siglos no transcurrían, sino que la historia era una sola lámina atemporal previa a la trompeta final del Juicio divino. ¿No?

—Sí, pero ahora ¿qué objeción pretendes levantarle al maestro de Heidelberg, dime? —ironiza mi doble con una mueca escéptica—. Pues la tesis es perfecta: el anacronismo demuestra que en 1529 el tiempo no se había emancipado de la escatología; el fin del mundo aguardaba a la vuelta de la esquina.

—¿No lo ves? ¡Esa tesis peca de la ceguera incorregible del archivista! Koselleck reduce la fractura a un giro conceptual, a una mutación puramente semántica del léxico. Y la modernidad no nació en las cancillerías imperiales ni en las glosas teológicas, sino en el taller de pintura y en la geometría de los artilleros. Mucho antes de que Altdorfer mezclara sus pigmentos en Baviera, Europa ya había consumado la verdadera revolución técnica en la invención de la perspectiva lineal y el punto de fuga codificados por Filippo Brunelleschi hacia 1420 en Florencia.

—Una audacia óptica de arquitectos florentinos —admite mi yo historiador—.

—La perspectiva lineal jamás fue una pedagogía estética desarmada. Fue, desde su origen, una tecnología balística fraguada sobre la previa importación del cero hindú-arábigo que Fibonacci introdujo en Pisa con su Liber Abaci. El cero fue el signo para la ausencia radical de signo, es decir, la invención del vacío contable que hizo posible el crédito, la deuda flotante y el dinero fiduciario.

—Y cuando ese mismo cero matemático infectó el caballete renacentista, se transmutó en punto de fuga: un cero visual taladrado en el centro del lienzo. Voy entendiendo: al fijar una nada matemática en el horizonte de la tabla, Brunelleschi y Alberti le concedieron a Europa una soberanía óptica sin precedentes: le enseñaron al ojo humano a tratar la redondez viva del mundo como una superficie vacía, homogénea, mensurable y disponible para el saqueo colonial, la agrimensura y el reparto ultramarino.

—Así es. Además, ten en cuenta que en 1527 Durero publicó un manual para fortificar plazas y regular el tiro de las bombardas, y Miguel Ángel diseñó dos años después los bastiones de asedio de Florencia contra el avance de las tropas imperiales. Pintar fue, desde el comienzo, calcular un impacto de artillería. El punto de fuga y la perspectiva lineal se inventaron para fijar una línea de tiro, medir la distancia del blanco y transformar el ojo humano en un colimador militar.

—¿De modo que el asedio turco a Viena no fue una colisión escatológica entre religiones...? —murmura, bajando la voz, mi yo historiador.

—No. Fue el instante exacto en que la mirada de la caballería medieval chocó contra la geometría del cerco balístico. Europa no subyugó los continentes por superioridad moral ni por designio providencial, sino porque aprendió a armar el vacío mediante el cero, el cómputo bancario y la mira telescópica de la perspectiva lineal.

—La «semántica» de Koselleck, pues, se agota ante la misma historia del arte.

—Lo figurativo por sobre lo conceptual.


Cómo citar este artículo:
Pineda Buitrago, Sebastián. «El historiador del arte confronta Futuro pasado de Koselleck». Proteo, n.º 5, octubre de 2026, pp. 28–31.


PRAGA

 

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Doppelgängers (pp. 21–23)

Un paseo con Kafka a la Torre de Žižkov en Praga

Por Sebastián Pineda Buitrago

1

No figura en las guías de turismo, o apenas muy tímidamente. Nadie recomienda visitarla. Los rebaños de turistas prefieren agolparse sobre el Puente de Carlos o fotografiarse bajo los arcos neogóticos de la Catedral de San Vito, devorando la estampa congelada de la Praga medieval. Todo lo medieval obscurece el instinto histórico. ¿No es así, mi querido Heine?

La vi al marcharme de camino a la estación, recortada en la bruma matinal, levantándose como un templo futurista en el barrio obrero de Praga, y alargué mi estancia de inmediato para plantarme a sus pies. Aguja de hormigón armado y acero perforando las nubes como un cohete balístico intercontinental. Es la Torre de Televisión de Žižkov (de Yísh-kou, como debería pronunciarse, con esa fricativa inicial que desgarra el paladar). 

En 1985 fue diseñada por el arquitecto checo Václav Aulický, en estrecha colaboración con el ingeniero estructural Jiří Kozák. Fue diseñada, leo en las placas explicativas, bajo el régimen comunista de la República Socialista Checoslovaca, pero concluida en 1992, es decir, cuando Checoslovaquia inauguraba un régimen completamente distinto. Para 2026, esos doscientos dieciséis metros concebidos para gobernar el éter hertziano sobre la masa proletaria son motivo de burla y mofa. El escultor David Černý (¿artista neoliberal?) intenta neutralizar la Torre incrustándole diez bebés de bronce sin rostro que trepan por pilares cilíndricos. David Černý es el mismo artífice de la cabeza rotatoria de Kafka en la Ciudad Vieja. ¿Lo habrá leído? Tanto Kafka como esas criaturas llevan un código de barras industrial sellado sobre el cráneo. Es decir: son los homúnculos mecánicos de El Golem de Gustav Meyrink intervenidos por la pesadilla cibernética; fetos despojados de facciones que escalan el transmisor buscando la orden algorítmica que los puso en marcha.

2

La Torre de Žižkov es como yo. Ambos nacimos y crecimos dentro de dos ramas irreconciliables. Yo nací y crecí en la católica apostólica y sanguinaria Medellín de Pablo Escobar, pero dentro de una familia comunista, los Pineda, entre libros de Marx, fotografías de campesinos vietnamitas derribando aviones de la US Air Force y lucha contra la explotación ecológica. Por la rama materna, en cambio, desciendo de una estirpe jurista y leguleya que me empujó a extasiarme en Franz Kafka.

En 1998, cuando el milenio agonizaba y la economía y la torpeza nos expulsado de Medellín, devoré la obra de Kafka en la frontera neurálgica entre Colombia y Venezuela. El proceso y El castillo se me incrustaron en los nervios a mis dieciséis años. Me produjeron un tumor en la zona lumbar, rica en conexiones nerviosas. El cuento de Kafka «Ante la ley» (Vor dem Gesetz en alemán) lo experimento a cada instante en las aduanas de aeropuertos o ventanillas de migración y oficinas públicas. ¿Está abierta esa puerta para mí? ¿Por qué no paso? ¿De veras aún no es mi turno? ¿No me dirá después el cancerbero, cuando ya me haga viejo y sea mi turno, que esa puerta siempre estuvo abierta para mí y que yo nunca pasé y entonces él la cierre para siempre?

Maldito Max Brod: debiste quemar los manuscritos de tu amigo Kafka, tal como él te lo pidió. Pero no lo hiciste, y mira: lo kafkiano se inoculó hasta en la médula espinal. 

Aunque, conviene admitirlo, no recae en Max Brod toda la responsabilidad. Franz ya había publicado La metamorfosis en octubre de 1915 en la revista mensual expresionista Die Weißen Blätter (Las hojas blancas). Basta tal novelista para intoxicarse de Kafka. Por cierto, si Kafka escribió originalmente en alemán viviendo en Praga, entonces estuvo lejos de apoyar el nacionalismo checo. ¿No vivían mejor los judíos bajo las entrañas del Imperio austrohúngaro?

En checo, Kafka (o kavka) quiere decir grajilla, un pariente menudo del cuervo. El patriarca Hermann Kafka hizo de ese pájaro la marca de su negocio y lo imprimió en sus sobres comerciales cuando su tienda ocupaba la planta baja del palacio Kinský, en la plaza de la Ciudad Vieja. El desgarro de su hijo desciende (pensemos en Gregorio Samsa convertido en un bicho sin poder alistarse para llegar puntualmente a tomar el tren) de una mercería familiar.

Kafka, amigo, ven conmigo a la Torre de Televisión de Žižkov. 

3

Friedrich Kittler (¿lo has leído, Franz?) dictó el axioma inapelable: quien habla de medios de comunicación habla de tecnologías de guerra. Debajo del mensaje televisivo operan voltajes, frecuencias balísticas y redes de dominación material. La televisión consuma la fractura ontológica entre dos épocas. Si el comunismo del siglo XX creyó en la transformación radical del espacio mediante la audacia demiúrgica y el gigantismo de sus infraestructuras colectivas, el neoliberalismo del XXI capitula en la más cobarde de las impotencias. Quien ya no concibe un destino común teme a la escala del coloso. El capitalismo tardío ha desterrado al titán para sembrar el planeta de cajas de vidrio genérico (glass boxes): paralelepípedos intercambiables de aluminio y tablarroca que no aspiran a inspirar terror sagrado ni redención épica. La timidez arquitectónica contemporánea es el síntoma definitivo de una civilización castrada que trocó la conquista del horizonte por la especulación financiera del metro cuadrado.

El turista bobalicón fotografía la Torre de Žižkov como una ruina exótica, pasa a comprar un café en el vestíbulo y se marcha satisfecho. Desde abajo, la aguja de Žižkov sigue apuntando a un cielo que ningún balance bancario ha conseguido clausurar.

Rescatemos la certeza de que la materia y el arte solo justifican su paso por el mundo cuando se afirman con violencia soberana sobre la pasividad del paisaje.


Cómo citar este artículo:
Pineda Buitrago, Sebastián. «Un paseo con Kafka a la Torre de Žižkov en Praga». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 21–23.


Ucrania

 

Proteo N.º 5 · Octubre de 2026 · Doppelgängers (pp. 17–20)

La ucraniana de cabellos encendidos

Por Sebastián Pineda Buitrago




La vi en Viena. Roja. Pelirroja, le dije. Red-haired. Ginger. Me fascina tu voz, tu pronunciación del inglés, tus cabellos encendidos y tu manera de mirar un cuadro. Me sonrió, pero debía marcharse aquella noche. 

Quise transfigurarme en ella. Primero le tomé prestadas algunas palabras. Después, una fecha.

Se desdobla irremediablemente la conciencia del viajero al estar en el centro de Europa. Brota el Doppelgänger en este viejo corazón imperial que todavía tiembla ante sus propios fantasmas.


El 22 de febrero de 2022, al descender del tren en las inmediaciones de Frankfurt del Óder, supe que los hechos que habrían de sucederse pertenecerían a una disciplina más rigurosa que el azar o el miedo.

Una carta doblada en cuatro partes me confería una identidad civil incuestionable. Llevaba mi nombre transcripto en caracteres latinos. En mi bolso de cuero reposaban postales y bocetos de Pont de Sèvres. Durante años había estudiado aquellas formas como quien aprende las articulaciones de un animal desconocido: dónde se doblaba el hierro, qué sostenía cada arco, por qué una estructura destinada a unir dos orillas parecía estar separándose de sí misma. Ahora, al otro lado de la ventanilla, las vigas del puente ferroviario entraban y salían del cristal con la regularidad de unas tijeras.

Mi compatriota había hecho del puente una pregunta. Yo lo atravesaba con los documentos en regla.

El Óder corría abajo, lento y pardo. Junto a los pilares, el agua se recogía en pequeños remolinos antes de continuar hacia el Báltico. Busqué una diferencia entre las orillas: un color, una inclinación de los árboles, alguna señal que justificara la línea divisoria de los mapas entre Polonia y Alemania. Había barro en ambas. En ambas, ramas desnudas retenían bolsas de plástico.

Después de leer a Karl Popper, me irrita pensar en el río incesante de Heráclito. Popper acusa a Heráclito de ser un devoto del destino cósmico de la guerra, de la justificación metafísica de la guerra para defender las sociedades cerradas. Hasta el agua comparece ante un tribunal filosófico. Qué horror es la filosofía. El arte, en cambio, libera. Cierro el libro que llevo abierto sobre mis rodillas. No he leído una página desde la última estación. La mezcla entre historia del arte y filosofía materialista, me dijo mi padre, es un artefacto explosivo con el que harás temblar las galerías y los simposios de la centralidad europea. Ningún lienzo vanguardista es inocente; toda forma plástica esconde un combate.

En Kiev, él me había preguntado qué veía yo en Exter.
—La fractura de Europa —respondí.
No pareció impresionado.
—¿Has visto el cuadro?
Empecé a explicarme.
—El cuadro —repitió—. No lo que puedes decir de él.

Recordaba su impaciencia mejor que sus argumentos. Retiré una hebra de cabello de la comisura de mis labios. Entonces aparecieron los agentes. Eran tres. El más joven pidió mi pasaporte y lo sostuvo abierto bajo la luz del vagón. Mientras examinaba la fotografía, miré sus dedos. Tenía una pequeña herida junto a la uña del pulgar.

Respondí primero en un inglés limpio, aplicado, con esa dicción británica que durante años había pulido como se pule una pieza de plata ajena. Después añadí una aclaración en alemán. Había trabajado mucho para que las consonantes no denunciaran mi procedencia. Aquella mañana me avergonzó haberlo conseguido.

El agente levantó los ojos. Quise creer que mi belleza lo turbaba. Era una interpretación más agradable que las otras.

Me preguntó adónde iba.

Le di el nombre de una ciudad, una institución, una persona que podía responder por mí. A medida que enumeraba aquellas garantías, mi vida adquiría la forma de una solicitud bien redactada. La becaria, la historiadora del arte, la visitante de archivos: todas llegaron puntualmente a declarar. Yo permanecí sentada junto a la ventana.

La historia de Ucrania, mi patria, había entrado en mi equipaje sin respetar el límite de peso. La llevaba en las llamadas que no quería terminar, en las noticias que consultaba a escondidas, en la necesidad de cargar el teléfono aunque la batería estuviera casi llena. Llevaba también una llave de Kyiv. Antes de salir había comprobado dos veces que estuviera en el bolso.

El agente pasó una página del pasaporte. Después otra.

Yo dominaba las lenguas de quienes podían interrogarme. Sabía hablar de pintura en salones templados, pedir una beca, agradecer una invitación, reconocer el momento exacto en que una conversación exigía una sonrisa. Había dedicado años a adquirir aquella soltura. Bastaba ahora que un desconocido retuviera mi documento para que cada palabra se volviera un esfuerzo muscular.

Al devolverme el pasaporte, el joven evitó doblar una de sus esquinas.

Aquel cuidado casi me hizo llorar.

El tren entró a Berlín. Avanzó entre almacenes, vías paralelas y edificios cuyas ventanas reflejaban un cielo bajo. Pensé en el vagón de Lenin atravesando Alemania en 1917 para hacer estallar a Rusia desde las entrañas. Alemania (¿Marx?) es la conciencia del mundo, dice un personaje de Borges. 

En el metro de Berlín tomé trenes equivocados, hice cambio de estaciones que me martirizaron las piernas y me hospedé en cuartuchos de amigas y primas y en ocasiones terminé en un cuartucho amándome con algún guapo. Me reprendía por mi facilidad. Había estudiado demasiado para ignorar las diferencias y estaba demasiado cansada para impedir ligues, coqueteos y que el alcohol hiciera su efecto. 

Deutschland, das Herz von Europa. Había oído pronunciar aquellas palabras con orgullo y con temor. Desde mi asiento en el avión con destino a Londres, desde el aeropuerto de Berlín, el corazón de Europa me era una sucesión de cambios de vía. Las agujas se movían, un convoy esperaba, otro recibía paso.

Apoyé la frente en la ventanilla del avión. Se sucedían hangares y el pájaro de acero despegó.

Todo en Europa se mueve por combustibles extraídos en otros lugares. Me molesta aquella comodidad pero me entrego a ella. 

En el bolsillo del abrigo encuentro el recibo de un café comprado en la estación. Lo aliso sobre la rodilla y empiezo a dibujar el puente. Dos orillas, unos pilares, la celosía de acero.


Cómo citar este texto:
Pineda Buitrago, Sebastián. «La ucraniana de cabellos encendidos». Proteo, n.º 5 («Desde Mitteleuropa»), octubre de 2026, pp. 17–20. 

Texto de apertura de la sección Doppelgängers en la edición completa del fascículo